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Eduardo
Chirinos: la poesía del conocimiento y del sueño
(entrevista)
Miguel
Ildefonso
Eduardo Chirinos es poeta
peruano. En poesía, ha publicado Cuadernos de Horacio Morell,
Lima, 1981; Crónicas de un ocioso, Lima, 1983; Archivo
de huellas digitales, Lima, 1985; Rituales del
conocimiento y del sueño, Madrid, 1987; El libro de los
encuentros, Lima, 1988; Recuerda, cuerpo… (Madrid,
1991); El equilibrista de Bayard Street, Lima, 1998; Naufragio
de los días. Antología poética 1978-1998, Sevilla, 1999; Abecedario
del agua, Valencia, 2000; Breve historia de la música,
Madrid, 2001; Escrito en Missoula, Valencia, 2003 y Derrota
del otoño. Antología personal, Guadalajara, 2003. También
ha escrito libros de crítica y dos volúmenes de literatura mixta
(Epístola a los transeúntes, Lima, 2001 y El
fingidor, Lima, 2003). Enseña literatura en La Universidad
de Montana, Estados Unidos. [MI]
MI - Siguiendo la lectura de sus libros
de poesía, el lector va construyendo una suerte de «biografía
secreta cuyo argumento (…) se ha extraviado» —como dice en el
prólogo de «Amores y desamores»—. El
lector es conducido por viajes interiores y exteriores, reales e
imaginarios. Partiendo de esta premisa, ¿será que el poeta no
vive solamente una vida? En ese sentido, veo que en su poesía hay
una fuerte capacidad de deslumbramiento ante el mundo y la
belleza; pero a su vez, desde su condición de poeta, cierto
desencanto por la vocación poética, que en uno de sus recientes
poemas se ve como fatalidad. Es una lucha constante (con el
lenguaje, entre vida y muerte, etc.), pero que se justifica, como
dice en Abecedario del agua: la vida se justifica por un
instante de belleza.
EC - Aquí hay varias preguntas, y también varias
observaciones. La primera de ellas es muy significativa, pues
mencionas el prólogo de un libro de circulación muy restringida
y que fue como una botella arrojada al mar. Allí me refería a
los poemas de amor y desamor, pero —como bien lo has notado—
la frase puede ser extensiva a todos los poemas: ellos configuran
«una biografía secreta cuyo argumento, por íntimo,
desconcertante o banal, se ha extraviado». Las palabras «biografía»
y «argumento», que pueden parecer sinónimas, no lo son si
aceptamos que la biografía de un poeta está en sus poemas, y que
las situaciones que los motivaron no difieren de las que afectan a
cualquier persona. No se trata de establecer una jerarquía entre
aquellos que escriben poemas y aquellos que no; se trata de
reintegrar a la vida lo que le pertenece por derecho propio: el
deslumbramiento ante el mundo sólo es posible en la medida en que
recuperemos la capacidad de sentirlo, de verlo y de oírlo en todo
su esplendor y en toda su miseria. Un poema nos conmueve porque
nos recuerda o nos devuelve algo. Ese algo puede haber sido
escrito por Eurípides, Dante o Shakespeare, pero también por el
poeta joven que acaba de publicar su primer libro. Allí, en ese
sistema de diálogos y devoluciones, es donde encuentro el valor
social del poema.
¿Qué valor tiene la
biografía, entonces? Ninguno, si nos atenemos a los laberintos
civiles o psicológicos que determinaron tal o cual poema; mucho,
si reparamos en ese momento de encuentro entre el lector y el
poema, ese momento privilegiado en que el lector hace suyo el
poema y puede continuar más felizmente (o más infelizmente) su
vida. Nunca entendí la separación entre poesía y vida. Creo que
hay una trampa implícita en quienes la formulan: la de considerar
a priori que la poesía supone una actividad tan excluyente
y exclusiva que aparta a sus hacedores de las demandas de la vida
social, como si los poemas no se nutrieran continuamente de la
vida social y le dieran sentido. Pero, como toda trampa, ésta
ofrece también sus atractivos y exigencias; de ellas se nutre el
lugar común que ve a los poetas como seres especiales y ajenos al
discurrir del mundo. Ese lugar común está muy extendido y muchos
poetas han caído en la trampa; pero eso tal vez no importe
demasiado: hasta los cultores de la mal llamada «poesía social»
están radicalmente solos en el acto creativo; hasta los cultores
de la mal llamada «poesía pura» son solidarios con el acontecer
de una historia que podrá ser leída también a partir de
sus poemas.
Yo no entiendo la poesía
como una vocación que se sigue o se rechaza, sino como una
fatalidad que puede (y debe) convivir con cualquier vocación. La
historia de la poesía está llena de poetas médicos, profesores
y hasta funcionarios. Sospecho que a la poesía le tiene sin
cuidado cómo se gane uno la vida si esa vida se encuentra signada
por la fatalidad. Ahora bien, esa fatalidad no es necesariamente
negativa, tampoco se la debe entender como un destino señalado
por los dioses (¡los románticos embellecían tan bien sus
propias demandas!). Hay un poema de Juan Gonzalo Rose donde
seculariza y dignifica esa vieja creencia: «Yo jugaba la ronda
entre chiquillos, y tus manos, temblando, me eligieron». Esas
manos eran las de la poesía.
¿Qué si vivimos muchas
vidas? No lo sé. Sólo puedo decirte que si tenemos el coraje de
aceptar que aquello que soñamos modifica nuestra vida como el
libro que leemos o la pieza que escuchamos, entonces vivimos no
una, sino muchas vidas.
MI - La presencia de «retratos literarios» es muy
importante. Son muchos: el joven Alí Nur, Orfeo, Anquises,
Narciso, Ofelia, Segismundo, las sirenas, el herrero, etc. Como
dice Pedro Lastra de su poesía, «máscara, doble en el espacio
poético». Este recurso, muy bien aprovechado por cierto, ¿se
debe a cierta desconfianza en la palabra poética que hay en la
actualidad? ¿O es porque, como dice en Abecedario del agua, el poeta no logra parecerse
a lo que escribe?
EC - No es la primera vez que un lector atento desea
indagar sobre el tema de las máscaras literarias, las cuales,
indudablemente, pueblan mis poemas. Desde ese suplantador suicida
que fue Horacio Morell hasta El fingidor, ellas podrían
conformar una suerte de museo donde cabe una multitud de
personajes (no olvidemos que «personaje» viene de personæ,
que vale por máscara). Pero la conformación de ese museo puede
ser explicada por muchas razones sin que ninguna sea válida en sí
misma: el deseo de desplegar un universo donde tengan cabida las
expresiones vedadas a un yo vacío y unitario, el deseo natural de
fabular, la conciencia de que somos aquello que fingimos, la
necesidad de encubrir el pudor de un tímido… Siempre me conmovió
ese verso en el que Álvaro de Campos (esa máscara de Pessoa)
habla del momento en que decidió arrancarse la máscara y
descubrió —tal vez con alivio, tal vez con horror— que la tenía
pegada al rostro. En ese poema entreví la certeza de que los
poemas borran nuestra cara para, años después, revelarnos otra:
la verdadera, la que hemos construido a través de las palabras.
MI - Dentro de su preocupación por el conocimiento, está
la reflexión del trabajo poético, es decir la cuestión de su
finalidad, su búsqueda, y también la cuestión misma de la
esencia de la poesía, una metapoética. Ejemplos: «quiero
terminar aquello que suponía un poema» (de Cuadernos). «difícil trabajo, poesía», «debe
haber un poema que hable de ti» (de Crónicas). O como en
«La perdición por la poesía» (de Abecedario). «Se
desmorona la pared en la que antaño se escribieron poemas tan
hermosos», «Todo poema, por el hecho de serlo, es un acto de
amor», «qué es la poesía sino el olvido de los nombres» (de Abecedario).
La pregunta es: ¿cómo ve la poesía y su poesía hoy? ¿Si ha
cambiado o evolucionado? ¿ O tal vez no existen rupturas dentro
de la poesía? Pongo otras citas también, que me dan la certeza
de que existe un diálogo intratextual dentro de su obra: «25 años
en la vida de un hombre /son dos vidas en una de 50» (de El
libro), «Debo aproximarme a una puerta silenciosa/ y abrirla
cuidadosamente/ Cuán inútil la experiencia, los años revueltos
como plumas desgajadas/ de un ave» (de Recuerda).
EC - Tal vez la respuesta esté en la misma formulación
de la pregunta. Tú mismo has advertido esa conciencia de la
escritura poética como un acto de conocimiento. Me sentiría más
cómodo si reemplazáramos la palabra «acto» por «ritual» y la
homologáramos al sueño, una de las puertas más inquietantes del
conocimiento. Esa —y no el ejercicio indiscriminado de la
escritura automática— es la mejor lección que nos han dejado
los surrealistas.
¿Qué si la poesía que
he escrito ha cambiado o evolucionado? Sospecho que no mucho. Y no
porque no crea que mis últimos poemas sean «más maduros» que
los primeros, sino porque todos ellos me han acompañado siempre,
porque forman parte de una búsqueda que tal vez coincida en algún
punto con la de mis compañeros de generación. Sospecho que con
el tiempo, las diferencias de tono y de lenguaje que diferencian
cada uno de mis libros van a resolverse en un solo poema que todavía
no termino de escribir. Es natural, entonces, que con el tiempo
los poemas establezcan ese diálogo que observas.
MI - La memoria es el lugar privilegiado de la poesía;
hay muchos ejemplos que citar: «Recuerda amada cuando te cantaba»
(de Archivo), o cuando recuerda a Teresa, o en otros
versos como: «Páginas antiguas se han grabado con hierro en la
memoria», «Recuerdo un río triste» (de El equilibrista),
«Recuerdo el atardecer en un parque de Lima./ No lo olvidaré
nunca». Encuentro dos tipos de memoria en su poesía, una biográfica
y otra que proviene de la tradición poética, de la historia, de
los mitos. La pregunta aquí es: ¿puede existir memoria sin
palabra, y viceversa?
EC - La memoria nunca es el recuerdo de lo que
efectivamente ocurrió, sino las palabras con que lo ocurrido
retorna, a veces obsesivamente, a nuestra conciencia. Y la
conciencia no distingue los hechos fácticos de los leídos y soñados.
¿Me creerías si te digo que conservo fresca la memoria del colérico
y ciego Polifemo palpando entre sus ovejas al astuto Ulises?
MI - Si me permite citar versos que hablan del silencio:
«El antiguo silencio que aún me habla entre las ondas» (de Recuerda), «Era el silencio que me enseñaba sus
metáforas,/ su laborioso lenguaje deshaciéndose una vez más
sobre las piedras» (de El equilibrista). Y también
versos que hablan del mar: «deseo para ti el sencillo equilibrio
del mar, su profundidad y su silencio, su inmensidad y su belleza»
(de Crónicas), «¿Alguna vez has visto el mar? Nada más
risible que su tosca mecánica/ su insensata fábrica de signos
que nadie comprende, que a nadie le interesa comprender» (de Recuerda),
«Escuchar el mar es escuchar un antiquísimo lenguaje» (de Recuerda).
Quisiera que me hablara del silencio y del elemento agua (que se
presenta en su poesía de diversas formas), y la relación de cada
uno con la palabra, del cual también quisiera citar unos
ejemplos: «en cada palabra una cadena que aprisiona la carne»
(de Rituales), «Pero estoy aquí, escribiendo este
poema, midiendo sus palabras» (de Abecedario).
EC - Tu pregunta me hace ver con claridad la relación
entre silencio y agua que no había advertido. Te agradezco que me
hayas hecho consciente de esa ignorancia, la misma que me
perturbaba esta tarde cuando leía a Claudio Rodríguez (me
encanta la poesía de Claudio Rodríguez) y me topé con esta
declaración de Santa Teresa: «Me paso mucho tiempo / mucho
tiempo, contemplando cómo es el agua». Cuando leí estas
palabras pensé que si toda contemplación es también una
lectura, el agua debe ser como un libro abierto. Un abecedario
corriente y movedizo donde los signos revelan la música de un
silencio mayor. El silencio verbal al que aspira la poesía.
MI - El amor está relacionado también con el oficio de
la poesía, ¿o es el ser mismo de la poesía? Aunque me caiga en
un cliché por esta pregunta tipo colegiala, quisiera saber ¿Cómo
define el amor, o los tipos de amor? ¿Y cómo explicaría estas
palabras: «Un amor que se pierde es un anhelo encontrado» (de Recuerda)?
EC - Si bien refleja el despecho de quien se siente
abandonado y se consuela por la poesía (consuelo inútil, pero
consuelo al fin y al cabo), el verso que mencionas alude a la
liberación del amor que da lugar a algo infinitamente más alto y
con frecuencia menos doloroso: el deseo de amor que se mantiene en
deseo. Tu pregunta hace bien en vincular el amor con la poesía,
pues es precisamente ese vínculo lo que me permite definir
provisionalmente la poesía como el deseo de palabra que se
mantiene en deseo. Y al poeta como un eterno deseante. De amor y
de palabras.
MI - De su poesía se ha hablado que hay una «invención
de una oralidad»; de la importancia del ludismo, la glosa, los
heterónimos, la multiciplicidad de matices, el intertexto; de la
reinvención del mito, del tiempo histórico; de un «lenguaje de
deslumbramiento», un «rigor clásico». Mi inquietud va
relacionada con una parte que está en El fingidor que dice: «ya que la experiencia del
exilio invita forzosamente a la hibridación creativa de lengua».
¿Esto también se relaciona a su forma de mirar el mundo?
EC - Si esas cosas se han dicho, entonces deben estar
bien. No me corresponde impugnar ni aprobar. Ahora bien, esa frase
que mencionas proviene de un ensayo dedicado a los poemas
sefarditas de Juan Gelman, pero bien pueden tener un alcance que
trascienda el aspecto lingüístico: el exilio es una experiencia
que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos, incluso a
aquellos que no hemos sido expulsados por motivos políticos. A
veces me pregunto si la famosa «invención de la oralidad» no es
sino una hibridación del lenguaje que aprendimos en la calle con
el que suponemos poético. Insertar un coloquialismo en un poema
es darle una escenografía que nos permitirá escucharlo como por
primera vez; es también exiliarlo de su lugar natural para
revestirlo de significados insospechados y naturalizarlo en
nuestra memoria, es decir, convertirlo en «literatura». Incluso
un poeta como Nicanor Parra, que reivindica el lenguaje de la
calle y denuesta con furia al pobre lenguaje literario, no es más
que un Midas (un maravilloso Midas, hay que admitirlo) que
convierte en literatura todo lo que toca. Pero conviene recordar
que lo contrario no es posible: nadie —salvo los políticos más
demagógicos y los enamorados con buena memoria— incluye en su
discurso palabras de ningún poeta.
MI - En estos tiempos de desencanto, ¿la poesía puede
plantear alguna alternativa? Pregunto esto porque hay en su poesía,
de forma irónica, un cuestionamiento a la poesía grandilocuente.
Cito: «De nada sirve la elocuencia, las palabras/ que antaño
adormecieran leones, los poemas que cantaran la belleza y la
bondad de las mujeres», «¿de qué sirven el heroísmo, la
grandeza, el entusiasmo? (…) inútil prodigio» (de El equilibrista).
EC -¿Qué si la poesía puede plantear alguna
alternativa? Yo creo que no. Y no lo digo por desengaño ni por
escepticismo, sino porque a la poesía no le corresponde ofrecer
respuestas ni plantear alternativas, sino hacer preguntas y
proponer retos. Además, todas las épocas son épocas de
desencanto e incertidumbre; lo que ocurre es que somos más
sensibles a la nuestra porque somos sus víctimas. Pero, claro,
los problemas de nuestra época no exigen una respuesta «heroica»
ni grandilocuente: las transnacionales, los traficantes de armas,
los poderes del estado y la moral de la competencia tienen los oídos
higienizados contra la poesía. Sospecho que hasta les agrada que
ella los ataque (mejor si en voz muy alta), pues de ese modo se
legitiman en el imaginario social. Es una ley de mercado: para
ellos no nada hay peor que la ironía o la indiferencia.
MI - Encuentro en su poesía citas, homenajes a poetas o
artistas en general. «Junto a la tumba de Salinas», o el
homenaje, como le dijo Gonzalo Rojas, «inequívoco» a Neruda: «repitiendo/
versos de Neruda que nunca me gustaron», también en Breve
historia de la música (2001) (en el que además dice: «La música
elude las trampas del concepto y del símbolo, y accede a un
estado de pureza»). Mi inquietud es diversa, desde el asunto de
si cada poeta construye su tradición hasta aquello del parricidio
literario; también me interesaría saber qué lecturas en la
actualidad le interesan.
EC - A diferencia del inglés —cuya palabra quote
alude al acto específico de incorporar en el discurso las
palabras de otro—, en español tenemos la palabra cita
que, además, significa punto de encuentro entre dos voluntades.
No puede haber cita si el otro decide no asistir. Eso es lo que
uno espera en un poema: la aparición del otro para entablar un diálogo
cuya escenografía la construirán los lectores. Todo esto me
ayuda a explicar por qué entiendo el poema no como el punto de
llegada de una tradición autoritaria e intimidante, sino, más
bien, como su punto de partida. Eso siempre ha sido muy
estimulante para mí, por eso nunca entendí a los parricidas. ¿A
quién hay que matar para seguir viviendo?
¿Qué lecturas me
interesan? Debo confesar que soy muy errático y desordenado en
mis lecturas. También un hedonista: leo únicamente aquello que
avive mi seso y lo despierte, sea o no lo que convencionalmente
llamamos «poesía». En los últimos meses, por ejemplo, he
estado leyendo a Slavoj Zizek, un tipo al que no estoy seguro de
entender del todo sin que eso signifique un estorbo al placer de
su lectura; lo mismo podría decir de Giorgio Agamben, cuyas
Estancias recomiendo vivamente. Y, claro, literatura. Tardíamente
(como siempre me ocurre) he descubierto a Ives Bonnefoy y a António
Ramos Rosa, a quien fui a visitar el año pasado en Lisboa. Y
poetas jóvenes. Siempre es grato leer poetas jóvenes.
MI - Hay en sus últimos libros una fuerte carga melancólica
(«que no puedo volver, aunque quisiera» en Escrito en Missoula), una melancolía y una
nostalgia con menos ironía que su poesía anterior (que utilizaba
la historia, los mitos, los personajes, tal vez para no
evidenciarlas). También encuentro en estos poemas recientes un
presente real, donde la contemplación va captando el acontecer
humano, cotidiano, en los diversos lugares que recorre el poeta,
en especial de los Estados Unidos. Así como en su primer libro
hay un poema como Beatus Ille (de Cuadernos), que cuenta
o narra lo que ocurre en un lugar cercano, en ese caso el Rímac,
con las vacas sacrificadas; así podemos encontrarnos, desde El
equilibrista, con poemas como «Thanksgiving», «Los mapaches
de Johnson Park», etc. ¿De qué manera América del Norte ha
influenciado en su poesía?
EC - Otra pregunta con varias preguntas y observaciones.
Esa melancolía que observas es cierta y no me corresponde
discutirla. Sólo puedo recordar y estar de acuerdo con Gide,
quien definió la melancolía como «fervor caído», de allí esa
sensación de nostalgia que percibes. Y recordar que la historia,
los mitos y los personajes —aunque de manera menos obvia— están
allí, aunque con otros nombres y otros ropajes: el mito
americano, la historia mínima y los personajes que la conforman y
fabulan, comenzando por el Equilibrista de Bayard Street, un
personaje admirable e irrisorio al mismo tiempo.
¿Qué si la estadía en
los Estados Unidos ha influido en mi poesía (¿por qué cada vez
que uso el posesivo tengo que apretar los dientes?…)? Sí, en la
medida en que este país se ha convertido en el escenario donde
escribo. Pero se trata de un escenario muy vasto, cuya cartografía
la he diseñado conforme volvía a leer a sus poetas: releer a
William Carlos Williams luego de haber visitado Paterson (la
ciudad norteamericana con mayor presencia de peruanos), a Eliot
luego de haber pisado su calle de St. Louis, o a Ginsberg luego de
haber recorrido las estanterías de City Ligths, son
experiencias que permiten mayores posibilidades de encuentro, como
el que me ocurrió aquí en Missoula con Mark Strand cuando me
hallaba en el proceso de traducción de sus poemas.
MI - A propósito de la reciente exposición de poetas y
pintores en La Galería titulada Cuando cruzan el camino, en el que expone el
texto Poema de amor con rostro oscuro, ¿cómo es su
relación con las artes plásticas? Está también el collage de Archivo
de huellas digitales, o el dibujo de la portada de El
equilibrista. En el cuaderno que presenta en su instalación
cuenta su visita al taller de Tokeshi, cuando sintió nostalgia «del
artista que nunca fui, que nunca seré». La pregunta también se
puede extender hacia otras artes como la música.
EC - Mi interés y mi pasión por las artes es
inversamente proporcional a mi capacidad para ejercerlas. Es
verdad que siempre me gustó dibujar, pero no paso de ser un amateur
a quien le divierte hacer monigotes cuando se aburre. Tal vez me
faltó constancia y disciplina para educar el trazo, pero a estas
alturas puedo sentirme contento de disfrutar dibujando y de, por
lo menos, tener la autoría de una de mis portadas. El collage
al que aludes lo hice bajo la mirada atenta de mi amigo, el pintor
y grabador Miguel Von Loebenstein, quien ilustró bellamente ese
libro. La experiencia de Cuando cruzan el camino se la debo
a la visión y a la constancia de Alicia Cabieses. De allí saldrá
el «Poema de amor con rostro oscuro», que estoy trabajando en
estos momentos. No creo que salgan más pizarras con muñecas
amarradas.
¿Y la música? Allí la
cosa es todavía más grave. Mi amor por la música ha sido
siempre correspondido por la felicidad de quien la disfruta; pero,
tal vez debido a mis pobres oídos, estoy absolutamente negado
para crearla. Claro, algún alma caritativa me consolará recordándome
que hay música en la poesía, a lo que puedo responder que también
hay música en el amor, en las matemáticas y en la danza. Pero
crear música, lo que se llama música, será siempre una
nostalgia para mí.
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