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Antonio
Arráiz Testigo en rebelión
Marianela
Balbi
El corazón le jugó una
mala pasada a Antonio Arráiz (Barquisimeto, 1903-Westport, 1962)
aquella mañana del domingo 16 de septiembre -hace 40 años-,
justo cuando se disponía a salir de paseo para aprovechar la bucólica
tranquilidad de los senderos de Westport, zona suburbana de Nueva
York. Había elegido vivir allí un exilio que ya sumaba 14 años,
pero que no parecía atenuar su íntima resistencia a presenciar,
una vez más, el oscurantismo de la última dictadura. Había
dejado atrás muchos años de brega y develamientos de
autoritarismos y caudillos como para volver a ser testigo de un
nuevo ensañamiento contra la libertad.
Quizás había comenzado
demasiado pronto su tránsito por el mundo, y aquellas
experiencias adolescentes, que lo impulsaron a tomar un barco para
Estados Unidos, con apenas 16 años y 50 dólares en el bolsillo,
habían tallado bruscamente los filos de su rebeldía. El sudor de
los astilleros donde trabajaba como remachador –entre otros
tantos oficios- y aquellas noches que pasó en el Metro de Nueva
York y en los bancos del Central Park habían mellado el deseo
inicial de aquel viaje, que emprendió con la ilusión de vender
sus argumentos en algún estudio de cine –o quizás de
convertirse en actor- o, en todo caso, de hacer uso de su diploma
de aviador, obtenido gracias a un curso por correspondencia que
había realizado en una escuela de Chicago.
Nada pasó desapercibido a
su curiosa y desprejuiciada mirada durante aquellos dos años de
aventuras y de errar. Las visiones de una ciudad marcada por la
depresión, los vapores de la era industrial y el implacable
ejercicio de soledad al que toda urbe somete a sus almas, eran
tamizadas por su sensibilidad ...”Arrastraré mis pies profanos
–por el silencio de una ciudad inmóvil- cuyos hombres extraños
no me confían sus vidas”, dice en Parsimonia (1932),
Las experiencias de
Antonio Arráiz no eran compatibles con los esquemas formales de
la poesía modernista de entonces, y mucho menos con el lirismo
propio de los dictámenes de Darío. Prefería darse la mano con
ese otro rara avis de la poesía de la primera mitad del siglo XX,
José Antonio Ramos Sucre. Entendían de rupturas, de trastocar
ritmos y de romper las cuentas de las rimas, de adueñarse de imágenes
inéditas y, en ese ejercicio precoz de vanguardismo, preservar
–como enseña Juan Liscano, en su prólogo a la Antología Poética
de Antonio Arráiz, de 1966- algún “respeto por lograr
determinadas combinaciones de acento que recuerden las cláusulas
rítmicas de los modernistas”. Era también el terreno de Áspero
(1924). En ese ámbito, Antonio Arráiz, poeta, podía hablar en
el idioma de obreros y extenuados hombres de la ciudad, tosco,
rudo, sudoroso, mimetizado en los engranajes de las industrias,
sobreviviente de ese ejercicio permanente del egoísmo. Su poesía
era la palabra de sus pasiones y convicciones, gustos y entregas a
la emoción, a sus mitos personales. Sin tapujos, sin reservas, se
ensañaba contra los orígenes de la conquista y la colonización,
disparaba su canto contra “lo establecido” y “lo política o
intelectualmente correcto”. Raúl Agudo Freites recuerda, por
ejemplo, su transparente virilidad cuando dice “...mujer me has
de seguir/ porque yo así lo quiero/ tengo el tórax amplio y
fuerte/ tú serás mi esclava sumisa”. No había lugar para lo
sublime en el testimonio sobre el horror del confinamiento. Siete
años en la prisión de La Rotunda despojaron su ejercicio
narrativo de cualquier asomo de imaginación y tallaron con rudeza
el lenguaje del encierro. La palabra le pertenecía a los hombres
y Antonio Arráiz era el único testigo tras los barrotes de sus
diálogos y silencios. Siete años de convivencia con el ruido de
los grillos y de las cadenas, con el olor de la celda, con las
sombras de los delincuentes y los truhanes, con el miedo a la
requisa y la sórdida complicidad de los depravados. Y la
muerte... “No hay que hablar tanto de muerte. Muerte llama
muerte. La muerte coge fuerza y entonces no hay quien la ataje, ni
Dios, ni diablo, ni Santa María. Hay que tragarse la muerte, para
adentro. Hay que tragársela. Así, así –exclama el loco,
excitado, y coge un pedazo de trapo y se lo mete en la boca, y
hace esfuerzos por deglutirlo”, cuenta en Puros Hombres.
En apariencia, cuesta
acercar este Arráiz al otro que fue también con vehemencia. El
atleta, el jugador de fútbol, el que amaba el ring para ver a dos
hombres repartirse derechazos, el de la celebración de la
naturaleza, el del canto a la América virgen y la obsesión
indigenista, el de la devoción por su patria (“Quiero estarme
en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela, pese aún a ti misma”),
el admirador de Agustín Codazzi y paciente recolector de la
Geografía física de Venezuela, el autor del clásico de la
literatura infantil Tío Tigre y Tío Conejo, y el precursor de
los ecologistas.
No era suficiente recorrer
el país como fuera –a veces en bicicleta en compañía de ese
otro venezolano educador, pediatra y ex ministro de Educación,
Rafael Vegas, en sus excursiones de fin de semana-. Esa
experiencia debía nutrir los textos pedagógicos para la enseñanza
de la geografía a los alumnos de una Venezuela azotada por la
ignorancia y el subdesarrollo y a los que dedicó tantos desvelos.
Uno y otro compartían un
espíritu en rebelión y una ferviente militancia en la libertad.
No resulta extraño encontrar a Arráiz trabajando en una casa de
comercio, arreglando las cuentas e inventando la publicidad del
cine Rialto, o escribiendo sobre fútbol y carreras en El Nuevo
Diario, Ahora y Elite. No era común verlo en los bares, pues,
cuenta Arturo Uslar Pietri, “carecía de los hábitos inherentes
al poeta: no fumaba, no bebía y había leído muy poca
literatura”, pero sí a Homero, Búfalo Bill y Walt Whitman. Su
próximo destino no podía ser otro que acompañar a Henrique
Otero Vizcarrondo y a Miguel Otero Silva en la creación de un
nuevo periódico, El Nacional, del cual fue su primer director en
1943. Su pasión por ser testigo de los acontecimientos tenía en
el diario el espacio propicio, para darle forma a un país que
requería con urgencia de su talento y de su cercanía a las
vanguardias, de su espíritu abierto a las nuevas voces y al
pensamiento renovador, “de su apasionado modo de intuir las
cosas”, como recuerda Juan Liscano.
De tanto averiguar en las
historias ocultas de las guerras civiles (como las relata en Los días
de la ira, y de reconocer los rasgos comunes de los autócratas,
caudillos y dictadores (en Una galería para Miraflores: de Páez
a Gómez. Presidentes de Venezuela, aún inédito), cuentan que su
espíritu no pudo con el derrocamiento de Rómulo Gallegos y la
llegada de otra dictadura militar. El recuerdo de la Semana del
Estudiante del 28 y La Rotunda siempre estarían frescos. Escribió,
entonces: “Varias sucesivas promociones de políticos han sido
derribados, zarandeados, zaheridos, vilipendiados, juzgados y
condenados con los más viles epítetos y para terminar ese
cuadro, a grandes rasgos de la situación, por primera vez en la
historia de Venezuela tenemos un gobierno militar”.
Otra vez Nueva York, pero
ahora tenía 46 años y un deseo de encontrar sosiego. Quizás
podría ayudarlo el oficio en el Departamento de Publicaciones de
las Naciones Unidas. “Había cierto cansancio en su voz y ya no
era su risa aquella inolvidable risa de niño...Y allí se estuvo
quedo, recogido, resistiendo todas las persuasiones y
conminaciones fraternales, adoleciendo del incurable mal de
Venezuela”, relata Arturo Uslar Pietri, ocho días después de
su muerte. Apenas tenía 59 años.
Venimos en son de guerra
contra la mentira y la corrupción donde quiera que se encuentre,
en son de invicta y de censura contra la ineptitud y la
prevaricación”.
Viejos
recuerdos
“El viaje de Antonio Arráiz
a Estados Unidos tuvo perfecta explicación: fue el producto de un
hombre que vivía en rebeldía contra su medio”(...) “Regresó a
Venezuela no sólo para hacer la revolución de la poesía sino la
revolución de la justicia” .
Miguel Otero Silva
“Poeta, con Ismael
Urdaneta, Pedro Rivero y Julio Morales Lara, rompió las amarras de
la rima y descoyuntó ritmos vulgares por vulgarizados, en la
mocedad desafiadora –no boba- de 1294”(...) “Arráiz,
futbolista, que había sido obrero en Manhattan, es entonces nuestro
Walt Whitman”.
Luis Beltrán Guerrero
“Antonio Arráiz ya no
comparte ningún sitio de Venezuela donde su voz afiance el
sentimiento que expresó casi con sangre en la boca de su poema
“Sobre ti Venezuela”, que sigue siendo el hecho de amor más
arduamente compartido entre un hombre como él, poeta de demasiadas
pasiones y adivinaciones, y la pura tierra de toda madre”.
Alfredo Armas Alfonso
“Durante siete años,
Antonio Arráiz combatió con la locura, la desesperanza, el miedo,
la nada, la abyección, el vacío. Solía escribir cada día un
soneto, en una pizarra, aprenderlo de memoria y borrarlo luego. Daba
clases, recibía lecciones. Así entretenía despierta su mente y
evitaba la depresión mortal. También crea poemas: las sinfonías
–La Heroica, Reencuentro con la naturaleza, La Revolución-,
tomaba notas para su novela que se titularía Puros hombres” (...)
Juan Liscano
“Fue Antonio Arráiz
hombre de gran curiosidad por todo y de intensa inquietud
intelectual, y que poseyó una clara inteligencia, lo que hizo lo
hizo bien. Mi mayor admiración ante su obra fue, sin embargo, por
el caudal de poesía que la desbordaba”.
Isaac J. Pardo
“Antonio Arráiz quería
a Venezuela sin condiciones y sin reservas. La quería para
honrarla, para servirla, para exaltarla, para buscarla, para acompañarla,
para expresarla. Para estarse con ella, y en ella y para ella. Para
darle su sudor de trabajador, y su palabra de poeta y su enseñanza
de “cosas sabias y útiles y buenas” y el dolor de su
sufrimiento y la alegría de su hallazgo”.
Arturo Urlar Pietri
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