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Nostalgia
y diversidad temática en la poesía de Luis Alberto Angulo
Juan
Calzadilla
Cinco libros publicados entre 1979 y 1999, más una
antología poética (Fusión
de poesía, 2000), cubren con generosidad fidedigna el
itinerario poético de Luis Alberto Angulo. Tal itinerario, si así
puede decirse, a despecho de la diversidad temática de su obra,
nunca ofrece en forma y estilo cambios tan marcados que afecten o
interrumpan la unidad y coherencia que de libro en libro ofrece su
lírica. La trayectoria de Angulo pareciera predeterminada por el
curso que a su poética le imprime el tema principal de su primer
libro, Antología de la casa sola (1979): en la reiteración de la
nostalgia está ya definido el registro verbal e, incluso, el
formato breve o fragmentario que perdurarán a lo largo de todo su
trabajo poético. La Antología de la casa sola no sólo revela que el sentimiento de las
vivencias de infancia puede ser aprehendido como algo
relativamente cercano en el tiempo, sino que pone de manifiesto,
como constante, un rasgo nostálgico, de naturaleza romántica,
que encontramos luego sembrado a lo largo de toda su obra,
caracterizándola y, si se quiere, como eje de ella.
De hecho, la Antología
de la casa sola propicia el recuento y el reencuentro con el
espacio de la infancia, al que continuamente vuelve el poeta ya
como ejercicio de vida, ya como forma de escapar al drama de la
civilización urbana, del que sin desafección el poeta comienza a
estar consciente a partir del momento en que abandona el lugar de
origen para establecerse en la ciudad cosmopolita: Valencia. Aquí
van a enfrentarse los pares opuestos que se conjugan en su obra poética:
voluntad y necesidad, realidad y ficción, permanencia y cambio,
reflexión y acción, presente y memoria. Aparte de
proporcionarnos las claves donde se configura el lenguaje naciente
y el que vendrá, la Antología
de la casa sola renueva o cancela, según se mire, la deuda
del poeta con el lugar de origen o, para decirlo sencillamente,
con la aldea y los padres
–con
la provincia del hombre, como diría Elías Canetti.
El poeta no sólo lucha por su sobrevivencia
espiritual en este oprobioso y mecanizado universo donde ha pasado
a ser, en nombre de la humanidad, el último de la fila, sino que
también debe luchar para preservarse él mismo en el idílico
paraje de la infancia que se le escapa y que sólo puede restituir
en los versos. La poesía, asumiendo las contradicciones de la
vida contemporánea y en medio de ellas, está obligada a
perseverar para instalarse plenamente en la alegría del lenguaje,
lenguaje ante todo celebratorio de la poesía misma. Tal es la
función que se dispone a asumir Luis Alberto Angulo cuando,
trazado ya gran parte de su recorrido y obsesionado por el tiempo,
decide rendir cuenta de la diversidad de asuntos transmitidos al
papel en un lenguaje enérgico y a ratos compulsivo, como si de
repente, haciendo un alto, percibiera que ha llegado al punto
final donde presente y pasado se funden.
Aparte de que en la obra de Angulo reaparecen
insistentemente los temas de la aldea, el paisaje y la casa
paterna hasta constituir una especie de ritornelo, para el que la
nostalgia ofrece sus alas, no se producen sin embargo cambios
abruptos, en materia de estilo y temática, cuando pasamos a leer
sus libros siguientes: Una
niebla que no borra, Antípodas y, sobre todo, De Norte a Sur, obras donde se perfila la madurez del poeta, y
publicadas en el mismo orden, entre l979 y l994. Estos libros
contienen el pensamiento central de la poética de Angulo y a su
vez prefiguran, adelantándose a los hechos, el cauce futuro de su
obra.
Hasta aquí podemos afirmar, para decirlo de algún
modo, que la obra de Angulo gira en torno a cuatro o cinco grandes
ciclos temáticos, en los cuales se funda un realismo de la visión
cuya piedra angular nos remite, en principio, como si miráramos
desde una altura y a través de textos breves o fragmentarios, al
tiempo ido, a la infancia campesina, a la fascinación del paisaje
o los recuerdos paternos, que ninguna niebla borra, para
conformar, con todo lo que ello entraña, un cuerpo primigenio en
el cual es más lo que se alude simbólicamente y pasa a ser
expresado de manera indirecta, que lo que está referido
descriptivamente, con nombre y apellido. El otro ciclo de esta poética
es la cotidianidad: sucesos e impresiones de la vida real,
transcritos al calor del apunte o la notación en forma de diario,
como cuando el poeta habla de amigos y funcionarios, o se refiere
a la vida doméstica, al amor perdido o reencontrado, a su hijos,
al perro, al conserje, en fin, cuando aborda, una crónica de la
vida inmediata, esa que le depara el instante en cualquier lugar
en que se encuentre, y reseñada mediante un circunloquio que, de
texto en texto, pareciera obedecer a una saga autobiográfica,
latente y lentamente dibujada y distribuida asimétricamente a lo
largo de toda la obra de Angulo. Contrastando con esta voz de la
intimidad, aparece la temática irreverente, expuesta en lenguaje
coloquial, o por momentos sucio, y cuyos temas desarman, o
ironizan con sesgo satírico o humorístico, asuntos de la
realidad o del sistema puesto en tela de juicio.
Por otra parte, como si requiriera de un punto de
observación constante a través del tiempo, Angulo acude a la
referencia literaria, el epígrafe o el comentario erudito,
alusivos a esto o aquello, como respuesta a una solicitud
conceptual que, reiteradamente, aquí o allá, crece al par del
tiempo, con machacona insistencia, como si de ella derivara el
futuro de una poesía destinada a constituirse en reflexión sobre
sí misma. Las poéticas resultan, así, para quien no cesa de
preguntarse sobre la validez del lenguaje, un juicio de valor que
no escapa a la paradoja por la cual se festeja en la nostalgia del
pasado justamente aquello que no puede ser recuperado ni por la
vida ni por el poema. Para la poesía, ya lo dijo Gide, el
sentmiento con que se celebra un suceso afortunado de la infancia
es de la misma intensidad que la que produjo, en su momento, el
suceso mismo. La poesía de Angulo juega incesantemente a este
ecuación.
Un rasgo dominante en la poesía de la década del
70, y (por inscribirse en ésta) en la obra de Luis Alberto
Angulo, fue la vuelta a la brevedad y a la síntesis como reacción
a las poéticas de la década anterior, tan marcadas por la apología
del inconformismo y, en otro orden, por la influencia del
surrealismo y el coloquialismo. En el poema breve, tal como lo
apuntaba Julio Miranda, subyace una especie de clasicismo del ojo
que, desprendido de la métrica tradicional, se esfuerza en
expresar una concisión para la cual el verso libre y la economía
verbal son los medios adecuados: aunque no pudieran escapar los
poetas, como en efecto ocurrió en muchos casos, del giro críptico
o de las fórmulas elípticas, cifradas o herméticas, rayanas en
el subjetivismo a ultranza o en esa asepsia completa de la mirada
en que tan abundante ha sido la poesía venezolana de las últimas
décadas. Cuando hablamos de síntesis nos referimos a la relación
entre forma y palabras. Lo cual no quita que pueda haber síntesis
en la extensión, puesto que no es un problema cuantitativo, sino
de sentido.
En todo caso, las publicaciones iniciales de Angulo,
en particular su Antología
de la casa sola y La
niebla que no borra, se inscriben en el ámbito de unas poéticas
(las de la década del 70) que apuestan a retrotraer el lenguaje
en que se escribe el poema a una pureza extraída de su propia
especificidad, con abstracción de toda anécdota. Esta misma
concepción conduce al discurso fragmentario, tal como éste se
desprende del esfuerzo de sintetizar un determinado asunto con la
mayor economía de palabras, al punto de que podemos definir como
minimalista la técnica de escritura aplicada por Angulo para
componer sus poemas en forma de segmentos o sucesión de
segmentos, donde cada parte, independientemente de su extensión,
se convierte en una unidad de sentido.
La caja negra (1978):
Nunca
he salido de aquí/ todo ha venido/ por corrientes subterráneas/
he bebido sus viajes/ y ese llegar/ embriaga siempre.
De todo lo dicho se desprende que Angulo se muestra
a lo largo de su obra como un poeta ecléctico, formado en varias
vertientes de la
vanguardia y para quien el tono lírico, la confesión intimista o
la simple pincelada sintética y gestual, se entremezclan o
marchan paralelos, en planos distintos, a la ironía y el humor
que de manera velada o explícita apuntalan y comunican fuerza a
lo que presuntamente constituye la parte corrosiva de su lenguaje.
Así
pues, por un feliz encuentro de la geografía montañosa con el
llano libérrimo, tal como esta conjunción milagrosa opera en la
infancia y adolescencia del poeta barinés, Angulo ha sido fiel
hasta ahora a una estética que por oposición a todo exceso
barroco o discursivo, podemos definir como un realismo de la
visualidad. Código asumido voluntariamente o que el poeta lleva
en su sangre, y cuyo resultado se traduce en una obra signada por
la necesidad de armonizar un conflicto interior: la lucha entre el
hombre de llanura adentro, el cantor de lo claro, y el poeta
citadino que ha hospedado también en su lenguaje la bruma de la
comedida reflexión teórica o la rabia del irónico e irreverente
protestatario. Esos polos de la angustia y la sabiduría no están
tan opuestos en su voz como para hacerse incompatibles y, por lo
general, conviven en formas verbales tan pronto abreviadas como
expandidas, que lo mismo encierran el poema condensado como abren
cauce al fogonazo del epigrama. Todo ello fruto tal vez del
desarraigo telúrico que permite la duda y la incertidumbre
instaladas por momentos, aquí y allá, entre el relato místico y
prudente y la exaltación momentánea del éxtasis o de la ira,
que en la poesía de Angulo remiten a expresiones paradójicas y
ambivalentes. Despojo del gentilicio o exilio de la mirada en el
cual puede encontrarse el origen de la pregunta por el ser mismo
de la poesía que tantas veces nos hacemos. Finalmente, no puede
dejar de reconocerse que una parte, y no la menos importante de la
obra de Angulo, se inscribe en el capítulo de la irreverencia,
cuya causa quizás pueda encontrarse en la reacción de
inconformidad del poeta en contra del ambiente académico,
extremadamente formal y apegado a convenciones, de la ciudad donde
fijó residencia. Quizás sea este mismo clima tenso y abortivo lo
que por momentos lo ha llevado a transitar la calle del medio que,
entre improperios y denuestos, han recorrido otros poetas como
Valera Mora y William Osuna, sin que por ello, en el caso de
Angulo, desmerezca el talante romántico que impregna a todo su
discurso. Veámoslo en un epigrama:
Un poeta
Un
crítico dijo que yo no cuidaba los versos
Otro afirmó que eran perfectos pero nada decían
Unos restregaron mi falta de estudios formales
Para otros fui un sabio de extinguida emoción
Mientras tanto unos y otros jamás escribieron una línea
Y yo vivo mi poesía sin pedirles nada
Tal como se desprende del contenido de su obra y
como lo sugiere el título de su antología Fusión
de Poesía, Luis Alberto Angulo es un poeta de vario tiempo y
polifacética visión. En él luchan y se contradicen tradición y
contemporaneidad, el vanguardismo y la cadencia de la lírica
surgida a la luz del paisaje llanero en la obra de Enriqueta
Arvelo Larriva y Rodolfo Moleiro, el desparpajo y las formas
sintetistas de los años 70, de las cuales Angulo retoma la
brevedad contenciosa y el gusto del fragmento. Irreverencia y
reflexión, por último, no están reñidas en sus textos con unos
señalamientos que si por un lado apuntan a una crítica del
sistema, por otra ponen de manifiesto la duda y la incertidumbre
que el propio oficio de la poesía despierta en una época de
profunda crisis. El mismo poeta ha podido decirlo en versos más
elocuentes que cualquier explicación, y de manera previsiva:
Si el país
Si
el país se desploma/ si la madre muere/ ¡escribiré/desde la
noche/sin los días/ de la inutilidad/ de mi dolor/ o la mariposa/
que elevó la infancia/ y otros fusilaron? |