| Cintio Vitier: Poesía y naturaleza
Félix
Guerra
[Diálogo que se convierte
en entrevista con el autor de Lo cubano en la poesía. Entrevista que se convierte
en artículo-ensayo. Suprimimos las preguntas, y ya está: listo para saborear. Así
transcurre la extraña dialéctica de este texto-charla, que versa enigmáticos nexos.]
Un francés, Guillaume Apollinaire, a propósito de Matisse
escribió: «Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de
ella y debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un
árbol, un cielo o una idea...» Copié la cita de una vitrina del Museo de Arte Moderno
de París en julio del 49, la traduje en mi Diario y la comenté en De Peña Pobre cuando
viajaba en ómnibus hacia Aguacate para asistir al entierro del tío Jesús: «Curiosa
observación... Aquí sería innecesaria... Sabemos que somos naturaleza. Yo soy eso que
se ve por la ventanilla...Allá la naturaleza es un jardín, una abstracción, una
idea...Idea de la voluptuosidad, voluptuosidad de la idea...» Esa conjeturada diferencia
entre Europa y América vuelve a mi memoria con la frase de Roger Caillois acerca de la
imaginación como «extensión de la naturaleza». No me parece un hallazgo: claro, qué
es eso ni se discute, y más si se entiende por naturaleza, según la concebía Martí,
tanto el mundo físico como el espiritual. Incluso en la tradición específicamente
europea (que desde luego también es nuestra), de Aristóteles a Spinoza, pasando por los
maestros de la Escolástica, se elaboró la distinción de natura naturata y natura
naturans, correspondiendo ésta a la condición de Dios en cuanto naturaleza formadora de
las cosas, y la natura naturata a las cosas ya formadas. Una interpretación más libre
nos llevó a pensar en la juventud que el arte realista o académico imitaba literalmente
a la naturaleza dada, mientras el arte creador -es decir, el verdadero- imitaba a la
naturaleza en cuanto creadora: no como naturaleza sida sino como naturaleza siendo, y que
eso era lo que realmente quería decir Aristóteles en su Poética cuando hablaba de
«imitación de la naturaleza». Tal interpretación estaba a un paso de la idea de
Caillois de la imaginación cómo extensión de la naturaleza, que por otra parte me
parecía, y me parece, caracteristica (aunque sea inconsciente) de la tradición
romántica americana.
La poesía como «savia natural» es premisa, por no decir
axiomal de la poética martiana, pero Julián del Casal, y con él buena parte de los
maestros franceses de nuestro modernismo, pensaban lo contrario, a saber, que la poesía
es arte, y el arte, artificio, y que Arte y Vida constituyen potestades enemigas entre
sí. Lo curioso es que no hay lírica más desoladamente confesional que la del autor de
Nieve, quien, por otra parte, como observó reciente la profesora Daisy América Cué,
reencontró el trópico (la naturaleza menos deseable para él) a través de las
nostalgias imaginativas que campeaban en los sonetos parnasianos de Heredia el francés,
tan admirador como Casal de Gustave Moreau, el pintor-poeta que vino a ser, en cierto
modo, el catalizador de ambos poetas-pintores. Sobre la catarsis erótica que a mi juicio
implicó «Mi museo ideal», la serie de sonetos casalianos dedicada a cuadros de Moreau,
escribí un ensayo en 1963. La lectura del epistolario de Juana Borrero que Fina (García
Marruz) y yo publicamos en 1966 me convenció definitivamente de que, por raro que
parezca, el catarismo de los trovadores provenzales, la religión del amor sin la carne y
del matrimonio blanco, esa corriente soterrada que tan bien estudió Denis de Rougemont en
El amor y Occidente, hizo presa en Casal, contagió a Juana, por más que esta le fuese
temperamentalmente refractaria, y proyectó su influjo, tal vez su maleficio, sobre las
relaciones de la «virgen triste» con Carlos Pío Uhrbach. La digresión anterior hizo
falta para ilustrar complejidades de algunas cuestiones que pueden visitar a esta
pregunta. Por lo demás, si de algo pecó nuestro modernismo en general, y en especial
Rubén Darío, no fue de castidades artificiales ni desdenes al sexo. «En mi jardín se
vio una estatua bella; se juzgó mármol y era carne viva», dijo en Cantos de vida y
esperanza. Martí, en sus agónicos Versos libres, rinde tributo, en «Pomona», al
«ritmo de la carne», al «filtro dulce/ de la hechicera forma», que no siente inferior
ni enemigo, en «Sed de belleza», ante «lo sumo y lo perfecto» de una obra del Angelo o
Cellini, «más hermosa/ que las hechumbres de marfil calado/ que se place en labrar
Naturaleza». De una sola Naturaleza, en fin, se trata, la de la india bañándose en el
río oculto y la del «alma de mármol» de la Venus de Milo. La imaginación artística,
pues, proviene de la misma Naturaleza que rodea y sostiene: ambas tienen un origen
«divino». La poesía, sí, es «un fluir múltiple de los entornos que escapa vehemente
y abarcadora a través del alma y la garganta humana». Una sola palabra omití de tu
formulación: «sofisticado», por lo que pueda quedarle de «sofisticar» («adulterar,
falsificar con sofismas»). Si hay algo que no adultera ni engaña nunca (cosas que puede
hacer la literatura) es la poesía.
Sentarse en un palco, por modesto que sea, es un acto
privilegiado. Usted me sienta en el número 13 (el de los poetas que aparecen mencionados
en el recuadro), que era el frecuentado por dos jóvenes cubanos en el Teatro Principal de
Zaragoza, y me invita a ver lo que en el Espejo de paciencia se llamaba desfile o
«alarde», en este caso, de poetas. Pero tan pronto se descorre la cortina, el teatro
desaparece y estamos en la intemperie de la poesía, donde una voz aindiada reza sílabas
de fuego: «Riégame con tu rojo riego/ y ponme a hervir dentro tu caldo./ Emblanquéceme
u Oscuréceme/ en tus lejías y tus cáusticos.» Al sol se dirige directamente esta
mujer, mirándolo de frente como si ya estuviera ciega, y sin temor al anonadamiento
porque ya sintió en sus en»s el secreto de la gran hospitalaria, de la gran consoladora.
Gabriela no le teme a la naturaleza, ni aunque desborde caudales ni derrumbe ventisqueros.
De sus aromas sabe, de sus filigranas, de sus ternuras. Es para ella la madre sabia, la
que alisa el pelo de la agonía del crucificado. No es extraño que le gustara tanto
Italia, donde hasta el mármol se hizo Pietá, quiero decir, piedad. Naturaleza de la
agonía y de la consolación. Lo que sí es extraño que su travesura (de usted) nos lleve
sin respiro de estas severidades a las amenidades del caballito trotón «por la orilla
floreciente», etcétera. A nivel de palma tendida, sin embargo, creo que los dos poetas
se hubieran hablado con naturalidad, intercambiando estrellas y aguaceros, olores y
sabores. No sería el diálogo de lo incaico y lo siboney, por favor, que ninguno de los
dos había perdido la inocencia, sino el intercambio sabichoso de dos seres campestres.
¿Más simple El Cucalambé, o más imaginario? Difícil saberlo, porque su simplicidad
acuñada y rimadísima tiene más de «proyecto», mucho más, que el incondicionado
«aroma roto en ráfagas» de los almendros de Gabriela. La naturaleza en El Cucalambé no
es ella misma sino un elemento, como la materia prima, de la patria. De pronto desborda su
propia estampa e irrumpe con el hervor vivo de su realidad, donde la andina y el cubano
pueden abrazarse, ganando otra identidad:
Ya vendrán las noches bellos en que después de un aguaje no
empañe ningún celaje el fulgor de los estrellas. Se escucharán las querellas de las
aves nocturnales, crujirán los colosales árboles del bosque umbrio, y oiremos crecido el
río sonar en los pedregales. ("Sabemos que somos naturaleza")
Tal vez el pillete de Charleville le hubiese advertido, por un
momento, el reverso grotesco del autorretrato y los versos esdrújulos de El Cucalambé,
rareza naive de quién sabe qué exotismo. No hay salto de saltimbanqui, sin embargo,
capaz de medir ahora las distancias, los abismos, si bien, antropológicamente hablando,
debamos admitir que seguimos dentro de una misma naturaleza: la naturaleza humana. Y es a
la corrupción de ésta que Arthur Rimbaud dedicará todas sus capacidades de explorador.
Criatura teológica hasta la médula de sus negaciones, no habrá otro objeto de estudio
para él que la infección indetenible del pecado que en su caída arrastró a la otra
naturaleza, la que parece ajena al infierno humano. Como apuntara Jacques Riviere,
todavía niño descubrió «con alegría muda y maligna», la corrupción escondida en la
naturaleza, que por otra parte es el único reino que le puede ofrecer, como en súbitas
iluminaciones de una arqueología o geología espiritual, pedazos, ruinas, vestigios de
una virginidad paradisíaca. Lo vemos entonces describiendo fragmentos colosales de una
Atlántida tan perdida, tan irrecuperable, como la evocada por Platón en el Critias. Y en
el fondo sólo hay para él una sola naturaleza: la que se perdió. Es esa pérdida,
después de constatarla y cantarla en Europa, la que va a recorrer incansablemente en los
desiertos de Africa. El desierto se convirtió en su página en blanco, la que obsesionaba
a Mallarmé. Lo que en esa página escribió no lo sabremos nunca. Entró a formar parte
del silencio de la noche estrellada que José Martí, desde la borda del barco que los
alejaba de Cayo Hueso, le enseñaba al niño Bernardo Figueredo como demostración y
ejemplo del sentido del universo. No es una bolsa de bolas que se ha tirado ahí, le
decía, sino parte de una Creación ante la que, como partes también de ella, tenemos
deberes. Aquí está su idea de la naturaleza tanto física como espiritual, de la vida
doble y armónica, a la que se unió siempre la concepción del sacrificio compensatorio y
la del equilibrio como «ley matriz». A Rimbaud se acerca por la capacidad visionaria de
sus imágenes y por haber asumido, aunque de muy distinto modo, la naciente tragedia de la
modernidad. Ningún lector más hondo hubiera tenido la página titulada «Democracia» en
Iluminaciones. Rimbaud hubiera leído las «Escenas norteamericanas» como otras tantas
páginas de «la comedia humana» que a sus doce años, dice, ilustró en un granero. El
tercer visionario mayor de su época fue Whitman, de quien Martí asumió la espacialidad,
la simultaneidad, el entusiasmo matinal, pero no la bandera mesiánica que ondeaba detrás
de sus versículos. Para Whitman lo natural era el amor universal del varón, las mujeres
y los «camaradas». Su libro prohibido fue altamente elogiado por Martí como suceso
expresivo de una humanidad nueva y desmantelamiento del templo puritano. Su templo, sin
embargo, era otro: estaba en la montaña, no en la urbe, y en una montaña no lejana de
las bienaventuranzas. Pero Martí no dividía a los hombres en adeptos y herejes. De
conocerlo en profundidad, hubiera amado a Rimbaud, como amó a Whitman por su caudaloso
aporte a lo mejor de la naturaleza humana. Cuando finalmente desembarcó en Cuba, era ya
un individuoespecie, un natural de la sobrenaturaleza, un hombre nuevo. Sus relaciones con
lo que usted en su pregunta llama «el reino contiguo», eran relaciones de amistad y de
identificación, de profunda gratitud, casi diría nupciales. Del territorio martiano al
vallejiano el camino es expeditó. Hace ya bastantes años, en un trabajo titulado
«Martí futuro», con la ayuda epistolar de Juan Larrea, establecí conexiones que en
definitiva pueden llamarse de cristología poética. Pero la naturaleza plutónica,
forestal y jardinera, omnipresente en Martí, apenas asoma en Vallejo con el escalofrío
de su «andina y dulce Rita de junco y capulí», o con el granizado «hocico» del final
de Trilce, totalizador aguacero que se traslada de Trujillo a París. Si descartamos
barajas anteriores con oros de Darío y Bizancios de Reissig, para el Vallejo la
naturaleza sólo tiene un fin: el hombre. Ser ella hombre, hacerse hombre, sufrir con él
y como él. Por eso en el centro de la tierra de su obra, en España, aparta de mí este
cáliz, pide ya sin miramientos que sean
el caballo, un hombre, el reptil, un hombre, el buitre, un
hombre honesto, la mosca, un hombre, y el olivo, un hombre Y hasta el ribazo, un hombre,
el mismo cielo, todo un hombrecito!
Por aquí andaba la hominización de la historia que también
anuncia (o ruega) Pierre Teilhard de Chardin, porque el vínculo es de placenta, ya que
sin naturaleza no hay historia, y ya el profeta Isaías (24,35) estableció el vínculo
ecológico entre la justicia humana y la enfermedad o salud de la naturaleza. Y por su
parte Martí nos habla, en su visión del Monte Ávila en Caracas, de una tierra prometida
que se ofrece a los hombres «ebria de gozo de que sus hijos la hubieran al fin
adivinado». De la adivinación del camino hacia la humanización de todo lo creado se
trata, y de nada menos. En el camino inverso todavía estamos, y quizás la raza de los
no-poetas, que es la que normalmente tiene el poder en este mundo, nos lleve a la
inhumanización total, de la que el siglo que agoniza ya dio signos suficientes. Pero la
raza, o más bien la familia de que hablamos, desde que el romanticismo empezó a dialogar
con el paisaje y a atribuirle los sentimientos del poeta, señaló un sendero no sólo de
exaltaciones sino también de posible sabiduría. De la sabiduría del romanticismo se
habla poco. Y sin embargo él descubrió el pasadizo secreto que va de las horas del día
a las sílabas del corazón, de los colores del cielo a las formulaciones del amor, de la
materia animada al ánima inspirada. Descubrió el mundo visible como interlocutor del
invisible. Tal descubrimiento no merecía ser convertido en una escuela literaria. No en
vano Darío preguntó: «¿Quién que Es no es romántico?» Porque románticos fueron
Safo y Píndaro, y los herméticos trovadores medievales, y Petrarca y Garcilaso, y entre
nosotros el que se atrevió a conversar, intercambiando comunes experiencias personales,
con las cataratas del Niágara, pero también Vallejo, que de muchacho estudió el
romanticismo en la lengua española y descubrió un párrafo seminal de Martí en el
Prólogo a El poema del Niágara de Pérez Bonalde, cuando en su madurez escribió «El
libro de la naturaleza», donde llama «profesor de sollozo» a un «tilo rumoreante, a la
orilla del Marne», y ante él se queda balbuceando:
¡Oh profesor, de haber tanto ignorado! ¡oh rector, de temblar
tanto en el aire! ¡oh técnico, de tanto que te inclinas! ¡Oh tilo! ¡oh polo rumoroso
junto al Marne!
Del romanticismo como escuela al surrealismo ídem sólo había
un paso. Tal vez hubiera sido mejor no darlo, pero se dio, y entonces apareció aquello
frente a lo cual Rimbaud levantaba, llorando en sueños, parapetos de metales fríos y
preciosos, inventaba la alquimia verbal, nuevas matemáticas: apareció el caos larval del
subconsciente, un Eros sin destino. Los españoles, cubistas por destino, entraron el
surrealismo con ánimo de alarifes. Así al menos entró Lorca en aquel viaje de Granada a
Nueva York que fue uno de los sucesos más inquietantes de la poesía contemporánea. Una
voluntad de perfil romano, de geometría andaluza, intentaba rehacer con los añicos de la
modernidad el escenario de una tragedia que se negaba a serlo. Sólo el equilibrio
ancestral de Ignacio Sánchez Mejía podía evitar la caída en el atestado vacío de
aquel Nueva York que acabó exhibiendo a Salvador Dalí con los maniquíes de sus
vidrieras. ¿Y la naturaleza, dónde? Indiscutiblemente, e los mataderos: «Todos los
días se matan en New York/ cuatro millones de patos,/ cinco millones de cerdos,/dos mil
palomas para el gusto de los agonizantes.» El poeta lo dice: lo que aquí ha venido a ver
es la sangre. Pero no la sangre que provoca el ritmo, sino la sangre que alimenta a las
máquinas: esa máquina única que como diría Juan Ramón en el 36, sólo comía dinero,
y acabaría por comerse a sí misma. (Ver «Límites del progreso», en el primer número
de Verbum.) La sangre nocturna y sin puerta de los negros de Harlem, cuyo ritmo bíblico
no llegó siquiera a Lorca sacado brutalmente de la melodía de su sangre natural hasta
que volvió a encontrarla, de otro modo y la misma en el caritativo «Son de negros en
Cuba», preciosa resurrección de su voz y su persona para que la viera y oyera el
adolescente José Lezama Lima. Es entonces cuando se produce 1a imantación de dos
estrellas: las del olivo y la palma. El adolescente escribe en secreto: «La estrella/ se
está mojando en el río, punta por punta-,/ se van juntando sus puntas, se van fundiendo
sus oros.» Es toda una estirpe áurea, es Lorca, es Juan Ramón, es Góngora, es
Garcilaso, es Lezama que escribe «El secreto de Garcilaso» y poco después, en «Ah, que
tú escapes»: «Ah, mi amiga, que tú no quieras creer/ las preguntas de esa estrella
enemiga.» Pero ya esta estrella no es del olivo ni de la palma, no está en ninguna
bandera ni pertenece a ningún país, su enemistad es la del Enemigo rumor que ese poema
inicia, la de una poesía que quiere erigirse como otra naturaleza, como sobrenaturaleza,
que pretende «la realización de un cuerpo que se constituye en enemigo y desde allí nos
mira» según la carta que me escribió, con motivo de mi Experiencía de la poesía, en
1944. Empieza entonces la gesta lezamiana de la que he escrito tantas páginas que una
más no añadiría nada, sería una menos. Pongo, pues, punto final, recordando sólo la
frase de Pascal que Lezama situó en el centro de su poética: «Como la verdadera
naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza.» Esto permitió ver en el rostro de
Rubén Darío la bondad de un dios del maíz, ser a la vez el más martiano y el más
casallano de nuestros poetas, dialogar con Juan Ramón Jiménez como si ambos estuviesen
firmando la verdadera independencia de Cuba, y reconocer en Pablo Neruda, pareja indudable
de Gabriela Mistral, dentro de lo que Martí llamó nuestra «política de la naturaleza»
y Lezama concibió como «el espacio gnóstico americano», al que tenía «las palabras
bellas y radiantes» que el héroe, (Allende) necesitaba de 1a muerte. A lo que añadió,
con sorpresa de los que quisiera separarlo del protoplasma histórico que fue su mayor
naturaleza: «El héroe y el canto se ocultaban momentáneamente para reaparecer de nuevo
en un recuperado cielo de creación.» |