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Jaime
Augusto Shelley: La razón de ser
(entrevista)
José
Ángel Leyva
JAL
- En
la escritura poética de Jaime Augusto se detectan diversos
registros emocionales y preocupaciones de carácter social. Uno se
pregunta ¿cómo ha ocurrido dicha evolución literaria?
JAS
- Es difícil responder. Te voy a decir por qué. Yo trabajo por
periodos. Acumulo textos y luego los reviso. Entre ese conjunto de
poemas descubro uno que tiene un particular sentido y comienzo a
organizar el material con base en una lectura. Yo no publico
poemas sueltos, para mí el libro representa una unidad. Puedo
entonces guardar poemas durante cuatro o cinco años y luego
incorporarlos a un libro o dejarlos para otro. Este proceso o método
me ha permitido observar las distintas escalas en las que me
muevo. Ello me lleva a la conclusión de que no hay una poema,
sino pulsos, referencias, resonancias con otros poemas de
distintos momentos. Cada
poema cambia mi percepción de la escritura.
JAL
- Pero
entonces, ¿qué determina la unidad de un libro? ¿Acaso un poema
hace girar a los demás en torno suyo?
JAS
- Sí, hay un poema central, pero ignoras cuál es la secuencia
que le dará cuerpo al libro. Pero yo hablaba de cómo la poesía
se conforma de diferentes de temporalidades y no de una secuencia
lineal, temática. Por lo menos así sucede en mi caso.
JAL
- Ese
poema rector (llamémosle así), ¿sería necesariamente el que te
gusta más, el que le otorga el significado general al libro?
JAS
- No necesariamente, y también suele ocurrir que a la gente le
gustan más otros poemas que al que yo hago referencia. Pero es el
poema alrededor del cual yo ordeno mi libro. Por ejemplo, escribí
un poema basado en la estructura del triple concierto de Beethoven
(fue la única cinta con la que me quedé luego de mi separación
matrimonial). Me di cuenta, cuando lo terminé, de que ese era el
poema que le daría sentido a los demás. Curiosamente, fue justo
ese poema (“Anacusia”) el que nadie pareció tomar en cuenta.
JAL
-¿No te preocupa que haya una correspondencia estilística,
temática, de tonos?
JAS
- En absoluto. Yo nunca fuerzo la unidad, así tiene que darse, de
lo contrario hay una intención artificial en la escritura. Por
ejemplo, escribí en un mismo periodo mis dos primeros libros, el
que aparece en La Espiga amotinada y La gran Escala. El segundo es
un disparo de búsqueda formal. Puedo afirmar que ese es mi método,
el estar arriesgando; por supuesto, consciente de mi aciertos y
desaciertos. Yo no tengo la visión tan clara como para planear el
trazo de mi obra. Sólo sé que debo mantener una búsqueda
constante sin temor a equivocarme. Luego, creo, espero, que eso se
va afinando con el tiempo.
JAL
-¿Sientes que la crítica te quiere encajonar y
vincularte a ciertas posiciones ideológicas y políticas, a
determinados acontecimientos históricos?
JAS
- Nadie ha entendido los mitos que se crearon con respecto a La
Espiga Amotinada. Eraclio Zepeda, Jaime Labastida y yo estábamos
en una escuela militar. Éramos de la poca gente que leía y
formamos una especie de núcleo que discutía e intercambiaba
información. Cuando llegamos a la Universidad, ya teníamos una
idea más clara de nuestra intención de escribir. Antes sólo nos
ligaba la lectura. Eraclio trajo a Óscar Oliva y a Juan Bañuelos
para que se integraran a esas reuniones. No era un taller, sino el
encuentro incidental de amigos a quienes les unía el gusto por
los libros.
JAL
- Son
poco los puntos de contacto en sus escrituras, los mueven
diferentes motivaciones y búsquedas. En tu caso descubro una
necesidad de llamar a la cosa, al hecho real por su nombre, sin
adornos, directamente al hueso, como si temieras que se
desvirtuara su significado. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
JAS
- Creo que cada vez es más angosto el camino que me fijo. Detesto
los adjetivos, las formas parabólicas. Si puedo atacar de frente,
romper la red y sacar la esencia de la cosa no dudo en hacerlo de
ese modo.
JAL
- ¿Nunca
has temido al panfleto?
JAS
- Nunca los he escrito porque nunca tuve una filiación
partidista. Eso me salvó siempre.
JAL
- Pero
el exabrupto, la pasión política o la inconformidad con la
realidad histórica puede llevarlo a uno a crear formas duras, rígidas,
alejadas de la poesía. ¿Cómo logras apartarte de ese peligro
sin renunciar a la necesidad de decir, de nombrar la realidad en
tus versos?
JAS
- Bueno, mira, hace poco escribí un telegrama a Bush, diciendo
simplemente: “Si matas uno, dos se habrán de levantar”, y
termino señalando que las guerras coloniales no terminan nunca.
No pretendo sentar moral alguna, sólo digo lo que ocurre.
JAL
- Rimbaud
fue una figura tutelar en tus lecturas de juventud. Así lo has
comentado. ¿Continúa siéndolo en esta etapa de tu vida?
JAS
- En gran medida, sí. Entiendo lo que él hizo: romper brechas.
Baudelaire fue el padre de la teoría, pero Rimbaud fue el
ejecutor. La poética de Rimbaud se concentra en esos versos:
“Una noche senté a la Belleza en mis rodillas y la encontré
amarga”. No resisto la estructuras formales, académicas. Mi
descubrimiento de Rimbaud en la adolescencia fue el gran
acontecimiento, pero entender esa propuesta ha sido el gran desafío
para mí: asumir la creación -no la repetición de esquemas.
JAL
-¿No tomas en cuenta lo que una comunidad ordena y
cataloga para imponer parámetros de calidad y de reconocimiento?
JAS
- Tú métete en eso y dejas de ser creador.
JAL
- Volviendo
a tu poesía. Me llama mucho la atención el poema “Conjuración
de la amada”, de 1965. Lo siento en otro extremo de tus vínculos
con la realidad. Hay también una relación diferente con el
lenguaje, eres más experimental y al mismo tiempo no pierdes la
expresión directa de lo que estás hablando. En un terreno
estrecho haces enormes malabarismos verbales, empleas numerosos
recursos lingüísticos que provocan un poema notable.
JAS
- El poema que mencionas aparece originalmente en Hierro
nocturno, que es también título de un poema que allí se
publica, en el segundo volumen colectivo de la Espiga. Lo político
y lo amoroso se mezclan porque hay una contigüidad con Himno
a la impaciencia. En Victoria
hablo de la mujer, que no es en sí la mujer, sino la esencia de
la mujer, que puede también ser la patria. ¿Cómo se puede vivir
separado de la pasión amorosa e instalado en la militancia política
cuando eres un joven como lo era yo? Son mis dos mundos. Pero
nunca vinculo mi poesía con mi vida existencial. El que escribe
es el poeta, pero el que vive es Jaime Augusto, un hombre sencillo
y feliz con su cotidianidad.
JAL
- Hay
una preocupación moral en tus poemas ligados a la figura
femenina. Por ejemplo en el texto “Material de desecho” dices:
“Cuidado con las niñas de sexo trágico,/ que en vez de orgasmo
te ensucian el poema”
JAS
- Yo diría ética. Es el riesgo de equivocarte e ir por lo
material en vez de atender a tus principios, dejar que te seduzca
el placer y te aleje del compromiso con tus ideales. Aceptas un
nivel de degradación espiritual por una posesión momentánea.
Pero si lo lees bien, se trata de un poema divertido, satírico,
si quieres.
JAL
- Lo
ético lo llevas a distintos niveles, incluso a la vergüenza de
vivir en un país que de niño te enseñaron que sería prodigioso
y toda tu vida ves en lo cotidiano un proceso de descomposición
donde la sociedad queda, en los discursos, al margen de la culpa,
pero tú sabes que no es cierto, que la sociedad, la gente, es cómplice
de tal corrupción. ¿Lo político y lo amoroso pertenecen al
mismo cuerpo en tu visión del ser y del deber ser?
JAS
- Primero, la degradación es pasiva o es activa. El que ejecuta y
el que se hace de la vista gorda para permitir tales hechos de
degradación.
Segundo.
Un editor me preguntó cuando le entregué mi libro inédito, ¿Podrías
quitar algunos poemas políticos y meter más de amor? Por
supuesto que no. Yo no escribo para darle gusto a nadie, sobre
todo porque no vivo de la poesía. En un sistema como este, en el
que vamos encabalgados, se pierde la noción de la coherencia.
JAL
- El
verso libre. ¿Qué tanto lo consideras liberado de sus orígenes
preceptivos?
JAS
- Me parece que todos lo versos, incluso los llamados libres, están
medidos. Ahora bien, debemos revisar cuál es su medida, su ritmo
interno. La música, su estructura, es lo más cercano a la poesía.
El poema puede gustar por lo que dice, por lo que se lee, pero si
no tiene musicalidad es casi imposible que pueda resistir una
lectura en voz alta, que pueda ser percibida por un auditorio.
Porque además se escribe poesía por lo que uno siente, no por lo
que uno piensa. El efecto emocional de la palabras está en su
sonoridad, en sus vínculos con las otras palabras. La poesía
surge de la pasión, de la sinceridad y no de la elaboración
intelectual. Allí radica su libertad, pero es necesario luego
pasarla por el tamiz de la corrección, del trabajo literario,
pero esa es ya la segunda fase, que no puede ni debe censurar la
primera sino enriquecerla, perfeccionarla. El oficio de la
escritura es posterior a la revelación poética. Hay pues un
ritmo en las emociones que dan origen al poema y que también
determinan su medida, su musicalidad, la forma que se ajusta a las
exigencias gramaticales y lingüísticas en cada texto.
JAL
- La
mujer, la poesía y la patria. Esta es una triada que se conjuga
en el símbolo del hogar, del lugar de origen y de la pertenencia.
Dices que la esencia de la mujer es la patria. ¿Es una preocupación
poética o una inconformidad con sus significados particulares,
personales?
JAS
- No, no es un preocupación poética, simplemente allí está.
Hegel dice que la Patria es lo que se ama. Lo que yo amo es mi
infancia, mi vida en México, un mundo que era prodigioso,
habitado por cosas y seres plurales, en un horizonte abierto y
pleno de ilusiones. Pero luego vi cómo se desmoronaba
irremediablemente, como se caía en pedazos por el crecimiento
desmedido y la centralización política y demográfica, urbana.
Hará unos 20 años escribí “Canción de las ciudades” y no
lo podía terminar porque tenía un toque nostálgico,
reaccionario. Años después viajé a Chiapas a una reunión y quién
sabe por qué, una noche, hallé la solución. La respuesta era:
las ciudades son seres vivientes y como tales cambian.
Probablemente estemos en el periodo de fealdad en que no hay carácter
y la espiritualidad se encuentra en proceso de desvanecimiento. Y
no tenemos horizonte, es una planitud absoluta, monótona.
JAL
- En
tu poesía percibo el desencanto y la esperanza como un
contrapunteo sostenido. Dos estados de ánimo que se alternan y
rivalizan por dominar tu discurso. ¿Qué los motiva?
JAS
- No lo creo. Habría que desconfundir. Si el poema tiene un toque
de desesperanza es la circunstancia la que está reflejada, no yo.
Mi persona no se mete, es una situación de la gente que percibes,
no una condición particular del hombre que escribe. El yo de mis
poemas es un yo poético.
JAL
- En
uno de tus poemas “Homenaje a Satie”, le dices al músico:
“Te agradezco ser tú mismo/ a pesar de las modas/ y dejarme
estar en ti,/ quinqué del tiempo,/ repasando las distancias”.
Este sentido de permanencia y de ética ¿vuelve ahora bajo la
forma de la fidelidad a la obra y a la vida?
JAS
- Se trata de un gran compositor a quien nadie peló. Él le hacía
los arreglos musicales a Debussy, pero eso muy pocos lo saben. No
se dio a la vanidad de asistir a los salones para ganarse los
aplausos fáciles y se quedó con su música entre pequeños
grupos de seguidores. El verdadero creador no puede dejarse
arrebatar por la tentación del poder, del elogio, de la corrupción,
porque perdería su esencia, su pureza.
JAL
-¿Qué significa hacer guiones de cine para ti?
JAS
- Desde niño mi pasión era el cine. Tanto, que me sabía
parlamentos de las películas que veía casi a diario. Pienso que
mi esquema mental fue, antes que literario, cinematográfico. Por
coyunturas accidentales me dejaron entrar en un teatro durante los
ensayos y observé cómo era el ejercicio actoral y la dirección
escénica. Desde entonces, casi un niño, me metí mucho en los
teatros y comencé a estudiar la dramaturgia y la dirección de
manera instintiva. Ese camino me llevó luego a un trabajo como
supervisor de películas y de las filmaciones extranjeras. Esto me
condujo a la escritura de guiones. Pero la actividad estaba
limitada por el sindicato que prohibía a los no miembros elaborar
guiones cinematográficos. Yo, por supuesto, no estaba
sindicalizado. En esa época eran unos 15 o 18 los que sí estaban
autorizados. Era común que presentaran los guiones escritos por
los no autorizados y cobraban por nuestro trabajo, luego nos
pagaban un porcentaje.
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