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Enrique
González Rojo: Tuércele el cuello a la señora Posteridad
(entrevista)
José
Angel Leyva & José Vicente Anaya
Nos
encontramos con el poeta Enrique González Rojo (México, DF,
1928) en un café de la ciudad. Llega impecable, alto y espigado,
con su barba blanca crecida un poco en desaliño, pero sólo un
poco, cargando libros bajo el brazo y en una bolsa de tela en la
otra mano. Aéreo en el andar y en el movimiento de sus manos,
sonríe con franqueza, busca acomodo en el asiento y deposita a un
lado la bibliografía. La charla se inicia sin grabadora de por
medio. Nos habla de sus orígenes, de su abuelo, el poeta
fundamental Enrique González Martínez, con quien vivió su
infancia y adolescencia, de su padre, el poeta Enrique González
Rojo, de quien lleva íntegro el nombre y a quien perdió cuando
éste había cumplido los 39 años de edad. Se apellida igual que
él porque la familia decidió que no se perdiera el nombre, pero
su segundo apellido es Arthur. Su abuelo vio en él no sólo al
nieto, sino además al hijo que perdió, que por si fuera poco
también le salió poeta. En algún momento, cuando ya hemos
repasado anécdotas y hemos intercambiado bromas, sale a relucir
el problema del tiempo y se coloca entre tazas y cubiertos, música
de fondo, y un alumno que interrumpe porque desea que el maestro
lea su trabajo teórico y le dé sus puntos de vista. Enrique González
Rojo lo atiende con suma amabilidad y generosamente le promete que
leerá su manuscrito y dará sus opiniones al respecto. Lo despide
con una cortesía casi oriental. Se vuelve hacia nosotros y sonríe
satisfecho de tener contacto con jóvenes talentosos como ése,
que nervioso gira la cabeza para hacer genuflexiones al maestro.
Cambiamos
el giro de la conversación y vamos directos al grano, a los
asuntos del poeta.
JAL
& JVA - En un poema de tu libro
el Antiguo relato del principio comienzas escribiendo algo así
como “Yo era una buena persona,/
yo era lo que se llama un muchacho decente,/
hasta que me salió un hijo de puta” y de allí en
adelante tu vida cambió. Tu apariencia es justamente la de una
buena persona, la de un hombre decente, pulcro, elegante, hasta
cierto punto aristócrata, pero es cierto, eres en la letra, y
creo que en la acción, rebelde y a ratos vociferante, subversivo.
¿Cómo conviven esas dos personas, una que a ratos se antoja un
poco beatnik, y otra la de un profesor respetable?
EGR
- Es una pregunta compleja porque me cuesta mucho trabajo rastrear
esa dualidad o doble personalidad que observas en mí. En alguna
ocasión, en una entrevista, el entrevistador me preguntaba por qué
siempre usaba corbata. Sin pensarlo mucho, respondí que era el único
lazo que me ataba con mi generación. En mi vida familiar y en mi
vida política sí he intentado sostener una actitud subversiva,
para usar el mismo término que tú, y estoy convencido que esa
decisión se refleja en mi escritura. La subversión no pasó por
mi aspecto físico, pero sí en los demás aspectos de la vida.
JAL
& JVA - Ese
grito, ese “hijo de puta” que brota de tu boca adolescente
nace en el seno de una familia burguesa, intelectual, con ciertas
comodidades dispuestas para el buen hombre, no para el poeta. ¿Cómo
entiendes tú ese grito trasgresor, inconforme?
EGR
- Para mí fue muy importante el sincretismo de esa educación
formal, académica, proveniente de mi casa y de mis vínculos con
la izquierda en general y con el Partido Comunista en particular.
Salí del seno familiar para entregarme a los brazos de la ideología
y la militancia comunista. Descubrí entonces que no sólo existen
los problemas del poder, sino además los de la enajenación, de
la alienación, y están por todas partes. Descubrí también que
pueden ser tema poético-literario en múltiples direcciones.
JAL
& JVA -¿Ese
momento de ruptura familiar y social representó un desgarrón
existencial que tú recuerdes?
EGR
- No creo que haya sido un momento, sino un proceso en el cual
desempeñó un papel muy importante la filosofía, las ideas. Yo
soy profesor de filosofía política desde muy joven y ese cúmulo
de lecturas y de ideas me fue conformando una posición
contestataria, impugnadora. Tuve conciencia de lo que sucedía en
México y en Latinoamérica. Recuerdo cómo me afectó la caída
de Arbenz, en Guatemala. Me comenzó a interesar mucho la filosofía
de carácter idealista, incluso idealista extrema, como el
pensamiento kantiano y de los post kantianos. Luego vino la
filosofía existencial como Heidegger, Jean Paul Sartre,
Merleau-Ponty, y estuve incluso muy cerca del grupo Hiperión,
como lo estuve de los miembros de la Espiga Amotinada (Juan Bañuelos,
Oscar Oliva, Eraclio Cepeda, Jaime Augusto Shelley Jaime
Labastida), pero fui únicamente su compañero de ruta, pues era
mayor que éstos y menor que los primeros –entre los cuales
recuerdo especialmente a Luis Villoro.
JAL
& JVA - En un fragmento
de tu poema “Antesala” dices: “Ningún gruñido resultó
culpable/ por obra y gracia de los hombres/ pero de los rebeldes,
de los siempre audaces/ de los dispuestos a retar a duelo al
infinito mismo/ Dios fue roto, destruido sin piedad/ diezmado
hasta volverlo nada/ casi nada, polvo divino, disipado.” Aquí
se nota mucho esta fuerza acumulada del crítico, del pensador, y
de una personalidad un tanto anarquista.
EGR
- Antes de mí predominaba una poética basada en la imagen, en
los tropos fundamentales del hacer poético. Bajo esa estética,
la anécdota es lo prohibido, lo que se hace merecedor de una
infracción literaria. Mi abuelo decía que Ramón López Velarde
era prosaico porque echaba mano de lo coloquial, y en ese mismo
sentido la utilización de la anécdota se consideraba no sólo de
mal gusto sino antipoético. En uno de mis libros, que me parece
no tienen ustedes, que se llama En
tránsito, yo hablo deliberadamente del cuentema, o sea la síntesis
del poema y el cuento. Ante las implacables críticas que me
hicieron los colegas y la crítica, tomé la determinación de
agarrar al toro por los cuernos y responder que no sólo no me
importaban sus reglas, sino que le sacaba partido y hacía una
propuesta imaginativa en la que planteaba un vínculo entre lo
fantástico y la poesía, entre el relato y la imagen, el verso.
Las dos partes de mi personalidad estaban puestas en el cuentema,
el filósofo y el poeta, el lado reflexivo, conceptual, y el
imaginativo servían a un mismo propósito. Lo narrativo y lo
anecdótico provienen quizás de mi necesidad de contar, de una
vena novelística y también pedagógica que se revelan a través
de mi poesía.
JAL
& JVA - También
se percibe una preocupación óntica, por tu relación con el ser
humano, con el mundo. En ese poema “Antesala” terminas
diciendo: “Y un día renunciaremos al dolor de bestias/ para
empezar a padecer como hombres.”
EGR
- Es muy interesante subrayar que yo comencé con los escritores
de mi generación, es decir, los poeticistas, poniendo énfasis en
la metáfora. Nosotros nos reuníamos horas y horas para hacer la
autopsia de las metáforas. Pronto caímos en la trampa de ver a
la metáfora como el fin de la creación literaria. Me hizo crisis
esa conclusión y comencé a verla como un medio y no como fin.
Establecí una relación pecaminosa, pasional, utilitaria, con la
metáfora, pero no poética, sino imaginativa. Siempre en función
de. No sé si registren ese poema que escribí justamente a partir
de dicha crisis que se llama “Viaje de Gulliver al país de las
metáforas”.
JAL
& JVA - Cómo
no, lo íbamos a citar, por ejemplo esa línea en la que dices:
“Siente que las metáforas lo acosan, lo esclavizan,/ se
sufre mordisqueado por los tropos/ ahogado por las
metonimias, las perífrasis./ Halla que su cuello yergue lo
vulnerable/ huye de la intimidad de sinécdoques venenosas/ y apócopes
que dan sus tarascadas a los vocablos.”
EGR
- Este poema es una especie de manifiesto contra la metáfora como
fin. Es un manifiesto antipoeticista, cosa que nadie ha subrayado
en mi obra cuando mis compañeros de esa generación, Marco
Antonio Montes de Oca y Eduardo Lizalde, afirmaron que a
diferencia de ellos yo sí seguí siendo poeticista. Allí está
la prueba de que abandoné ese camino desde muy temprano, de que
me declaré justamente antipoeticista desde el seno de mi propia
obra. Por ejemplo, en mi libro El
junco y otros poemas (Gottdiener Editores, 1998) se puede
hallar todo tipo de figuras, pero siempre en función de algo. No
quiero tener un poema que no signifique algo, mi poesía debe
significar. Por supuesto, como han dicho ustedes, hay una
preocupación óntica, más amplia, con un carácter filosófico
que va más por el lado de la dialéctica.
JAL
& JVA - Parecería
que tus filiaciones marxistas y tus militancias socialistas fueron
rebasadas por un pensamiento más libre y más crítico.
EGR
- Sí, y aunque parece que me salgo de tema, les diría que tuve
una visión dogmática del socialismo, pero afortunadamente conocí
al camarada José Revueltas y él me ayudó a salir de esa posición
acrítica. Revueltas sembró la semilla, en mí y en otros
intelectuales, de una posición crítica no sólo hacia Stalin,
hacia el socialismo real, sino también hacia figuras como Lenin.
JAL
& JVA - Dejemos un poco
atrás este tema de las ideologías y tu posición política, que
iremos abordando de cualquier modo a lo largo de la plática, y
fijemos la atención en esa otra gran cuestión que te preocupa y
centra tu poesía, el tiempo. Eso se ve ya desde el título de tu
libro Para deletrear el infinito.
Por ejemplo, en el poema “El poeta”que dice en un fragmento:
“Y tan sólo puedo comentarme con mí mismo/ porque me suena el
timbre de otro mundo y quiere el infinito darme línea.” El
humor viene junto con la temporalidad.
EGR
- Exacto, el personaje central de mi poesía es el tiempo. Hay
otros, como el amor, la política, el lenguaje, pero no ocupan ese
lugar que llena el tiempo. En algún lugar de mi obra digo que yo
quiero ser un cronista de gerundios, que es una forma verbal muy
directa de meter el tiempo. Hasta tengo poemas al gerundio. Por
otro lado no puedo dejar de tener una visión irónica de las
cosas serias. Mi poesía a veces transcurre en un velorio y como
en todo acto fúnebre en nuestro país, es necesario destensar el
drama haciendo bromas de las circunstancias o de otros temas.
Bromas negras, corrosivas, que pretenden distender la reflexión y
la gravedad de los asuntos, otorgar levedad a lo solemne.
JAL
& JVA - Bueno, has
anunciado que tu obra será el tema de nunca acabar, una
arquitectura que se inicia con Para deletrear el infinito
y sus cantos, que a su vez se convertirán en libros con cantos
titulados que se desprenderán también en número equivalente de
volúmenes nuevos y hacia ad infinitum.
Hay en esencia la construcción de un mismo poema, fragmentado o
dividido en libros, en ramas, en hojas, en árboles que dan sobre
sí árboles. Ante lo imposible esbozas una sonrisa burlona para
los incrédulos o para quienes se toman demasiado en serio esta
especie de broma o juego al que eres fiel, ¿no es así?
EGR
- Desde el momento en que escribí el primer tomo de mi primer
libro, que acepto como tal, Para deletrear el infinito --son cuatro tomos--, tuve desde el
inicio la idea de hacer un solo poema, pero con la enorme variedad
que nos muestra la vida, o sea un poema en el que caben todas los
poemas habidos y por haber. Hubo notas favorables que sí
comprendieron el sentido de mi propuesta, pero otras no tanto,
como una que escribió Jaime Labastida, a pesar de que éramos íntimos
amigos y ambos filósofos. Lo digo no por la crítica, sino por la
incomprensión. Él se preguntaba cómo podía ser un poema si hay
en éste sonetos, romances, prosa, no concebía que distintos géneros
pudiesen ser contenidos en un poema. Fue víctima de la diferencia
formal que presentan las diferentes aproximaciones a un mismo
poema. No alcanzó a entender la parte lúdica del proyecto. Por
eso me sorprende que tú, José Ángel, hayas captado de un
plumazo el espíritu y la intención de la propuesta.
JAL
& JVA - Habría que
agregar que esa diversidad se vislumbra en un mismo poema o
segmento de ese otro poema infinito. Por ejemplo, en La clase
obrera va al paraíso
dices: “Una vez me enamoré de una trotskista./ Me gustaba estar
con ella porque me hablaba de Marx,/ de Lenin y desde luego de León
Davidovich./ Pero más que nada porque estaba en verdad como quería./
Tenía las piernas más hermosas/ de todo el movimiento comunista
mexicano./ Sus senos me invitaban a tener con ellos actitudes
fraccionales,/ las caderas eran pequeñas, redondas./ Trazadas por
no se qué geometría lujuriosa/ lucían ese movimiento binario
que forma cataclismos en las calles populosas.” Desacralización,
política, deseo, erotismo, humor.
EGR
- Adolfo Gilly me contó que ese poema lo habían discutido los
trotskistas al interior de su organismo, pues en alguna ocasión
me pidieron poemas para publicar en su revista y yo les entregué
ese. Al saber que se habían negado a publicarlo, socarronamente
le contesté, “entonces queda demostrado que no son partidarios
de Trotski, sino de Stalin”. ¿Conocen un poema mío que se
llama “Discurso de José Revueltas en el parque Hundido”? Es
una arenga de Revueltas a los perros y se basa en un hecho real.
Pepe vivía muy cerca de allí y en una ocasión se fue con su
amigo el pintor Héctor Xavier Guerrero al parque Luis G. Urbina o
Parque Hundido. Charlaron por horas y les dio hambre. Revueltas
compró unas tortas y a él no le gustó el pan con que estaban
hechas, así que las hizo pedazos y comenzó a lanzar migas a los
perros que pululaban por allí. Se subió a una banca y tejió un
discurso para la jauría. Hasta allí es verídico, pero luego en
mi poema yo agrego que, en el momento más exaltado de la
oratoria, pasa una perra y le da en la madre a la concentración
canina.
Yo
encuentro muy pocos vasos comunicantes con la poesía y los poetas
mexicanos tan solemnes. Hay excepciones, como es el caso de Efraín
Huerta o Eduardo Casar, pero en general nuestros poetas son muy
acartonados. Con Octavio Paz, al que reconozco como un gran poeta
en determinados momentos, descubro mi antípoda. Seguramente es o
era un problema de comprensión mutua. Con él me sucede como con
Chopin, lo escucho y me parece un gran músico, pero no hay química,
no lo soporto, me duermo.
JAL
& JVA - Eso
nos lleva a deducir que la materia con la que has amasado tu obra
poética es la de una cosmovisión alucinante. Es decir, en el
momento más extático, más sublime de tu viaje interior e
intergaláctico, explota una nebulosa mundana y hormonal,
hilarante, descontextualizadora.
EGR
- Sí, absolutamente sí. Me gusta eso de cosmovisión alucinante.
Si te dejas llevar exclusivamente por la abstracción metafísica,
con la solemnidad respectiva, estás en un gran peligro. El hombre
es las dos cosas, una reflexión seria, una preocupación
existencial, pero contiene además la frivolidad, el deseo, la
burla de su propia condición intrascendente, de su finitud. En el
anhelo de poseer el infinito está la conciencia de los límites,
ante lo cual sólo te queda volver a la tierra. Es decir, en mi
poesía están contenidas mis reflexiones filosóficas y psicoanalíticas
con toda seriedad, mi instinto de conservación y la idea
inexorable de la muerte. Eros y Tanatos establecen un juego, un
ritmo en el que el instinto de conservación no se desborda porque
aparece la conciencia de la muerte, y ésta no nos inmoviliza
porque el placer y la risa desentume el cuerpo y las ideas, además
de que nos aleja del abismo, o por lo menos nos obliga a mirar
hacia otros lados.
JAL
& JVA - Y
la señora Posteridad de la que nos hablabas, ¿dónde la colocas?
Yo
la veo como una señora, pero no es alguien en particular. Es una
señora que cambia con el tiempo. No es lo mismo la posteridad en
el siglo V d.C., cuando
muere San EGR - Agustín o cuando está Constantino el Grande en
el poder, que la
posteridad en la época de Santo Tomás de Aquino o en la época
actual. Me interesa personificarla porque es una señora que hace
balances, dicta conferencias con puntos de vista muy informados
sobre el pasado ante públicos que suponen tener muy claro el
mundo de su tiempo. Esta señora casi nunca se equivoca, pone cada
cosa en su justo lugar. Dentro de 50 años, esta señora desdeñará,
tal vez, a las figuras más geniales de este momento y mostrará
la dimensión desconocida de personas olvidadas, ignoradas o
ninguneadas, nos enseñará que los verdaderos fenómenos y
valores de cambio no son los que pensamos, sino otros menos
espectaculares. ¿Qué dirá la señora posteridad?
JAL
& JVA - Acerca del
poeticismo. Fuiste acusado de ser el más poeticista y a la larga
has sido el menos. Eduardo Lizalde consideró esta experiencia
como un desacierto en su libro El fracaso escribe su propia
vida:
“Navegábamos con natural petulancia por el kindergarden del
mundo literario, bajo la mirada paternal del poeta Enrique González
Martínez.” Así describe Lizalde a esos jóvenes reunidos por
la amistad que dan pie a un intento de ismo literario. ¿Cómo ves
ahora a esa cuadrilla de muchachos retozones?
EGR
- Sin duda éramos eso, jóvenes con actitudes desafiantes y
trasgresoras. La palabra poeticismo fue inventada deliberadamente
por nosotros para diferenciarnos de los poetas. El término poeta
lo considerábamos peyorativo, pues definía a personas que de vez
en cuando hacían poesía y lo que en verdad valía la pena eran
sus finales condensados: “Polvo serás, mas polvo enamorado”.
Allí, en esa línea de cierre, estaba el poema y lo demás salía
sobrando. En cambio los poeticistas buscaban la intensidad en cada
verso como si fuera el final y no cesaban de escribir poesía. Por
eso cuando una ocasión Pablo Neruda fue a visitar a mi abuelo no
quisimos bajar a saludarlo, para nosotros no tenía ningún
encanto, era simplemente un poeta. Es cierto, mi abuelo toleraba
nuestros desplantes, nuestros gestos de rebeldía contra una
escritura y contra figuras que no nos interesaba seguir.
Otra
anécdota que nos retrata es cuando nos invitaron de la Academia
Manuel Acuña para que habláramos del poeta. Por supuesto,
aceptamos la invitación y hablamos de Acuña, pero contra él y,
por tanto, deploramos lo absurdo de que existiese una academia que
llevara el nombre de ese poeta, que ni siquiera –pensábamos
entonces-- era bueno. La posición subversiva era llevada a todos
los niveles de nuestras existencias. Por supuesto que nos alimentábamos
de las experiencias dadá, futuristas, creacionistas,
estridentistas, pero con mucha conciencia crítica de lo que hacíamos.
Éramos adolescentes impulsados por sus inquietudes. Así, en ese
plano de libertad, pero sin perder de vista la necesidad de
reflexionarlas. Eso me llevó a la filosofía, especialmente a la
estética. Me leí cuantos libros de estética encontré y puedo
decirlo con certeza, de mi generación era yo el que más sabía
del tema.
JAL
& JVA - Luego
vino tu relación con el marxismo y tus vínculos con José
Revueltas, en ese y en todo momento un gran luchador social y un
gran escritor. Para Eduardo Lizalde se trata ahora de la
“artificial y deshonesta práctica del análisis ideológico del
momento”. ¿Hay en ese sentido también una identificación
generacional?
EGR
- No. Mi actitud, además de otras posiciones políticas, difiere
mucho de las de Eduardo Lizalde. Cuando él llega a una posición
crítica simplemente niega el pasado, lo ve como un mal recuerdo y
se va por otro camino. Eso en gran medida nace de su separación
de Revueltas a raíz del 68 y de su acercamiento a Octavio Paz. En
ese viraje él también cambia su posición política y no sigue
produciendo nada teórico. Yo continué escribiendo de manera crítica
acerca del rumbo de la lucha socialista y seguí produciendo
textos teóricos, incluso algunos libros ya publicados. Nada menos
tengo ahora un libro inédito, que estoy seguro es muy importante,
pero no he hallado la forma de publicarlo, que se llama La actualidad de Marx en el siglo XXI. Es, curiosamente, una obra
que va a contracorriente de las nuevas posiciones teóricas y
demuestra por otro lado mi vocación anti ortodoxa.
JAL
& JVA - Tus diferencias
con Octavio Paz son notables, incluso le dedicas un libro que casi
nadie conoce y que es muy difícil de encontrar en librerías, se
trata de El rey va desnudo.
EGR
- No sé qué sucedió. Apareció el libro bajo el sello de la
editorial José Guadalupe Posada y estaba en exhibición en todas
las tiendas Sanborn’s. De pronto, en una semana, desapareció,
no había indicios de su presencia. Nunca pregunté las razones de
esta sospechosa censura. Supongo que las causas se hallan en la
relación que tenía Paz con Carlos Slim y con Televisa. Pero
nunca lo comprobé ni tampoco me sentí motivado a investigar el
asunto. Típica actitud mía.
JAL
& JVA -¿Cuál
es tu visión del panorama literario hoy en día? Todo parece
indicar que el caudillismo cultural se ha desvanecido o por lo
menos ha entrado en un impasse muy sospechoso.
EGR
- Creo que no nos va a ir muy bien. Quizás por mi experiencia
filosófica estoy acostumbrado a mirar las cosas a más largo
plazo. En México hay como una especie de tendencia entre los
intelectuales a empujar en dirección de la conformación de un
tlatoani, de un líder supremo que rija y domine el territorio de
la ideas y de la cultura. Alguna vez lo hablé con mi abuelo. Le
dije: “Tú eres en este momento el poeta más reconocido en México,
pero cuando mueras, ¿quién va a ser el más reconocido, quién
te va a sustituir?” Me respondió que no tenía idea, que no había
pensado en eso. Dudó un momento y luego opinó que tal vez sería
Carlos Pellicer. Curiosamente no encarnó en Pellicer la figura
del caudillo, porque a éste nunca le interesó ejercer el poder,
le interesaba la poesía. Fue, y es, un enorme poeta. Por esa época
se acercaba mucho a mi abuelo un joven escritor que acostumbraba a
envolverlo con incienso, se llamaba Octavio Paz. La primera vez
que supe de él me preguntó mi abuelo: ¿Sabes quién es ese
muchacho? Le contesté que no. “Pues es un joven muy inteligente
y muy buen poeta,” Cuando falleció mi abuelo hubo un
interregno. Nada se sabía de figuras emergentes, pero al paso de
unos cuantos años el nombre de Octavio Paz comenzó a ser
asociado con la más alta esferas del poder cultural. Así comenzó
una regencia a la manera de Porfirio Díaz o de Fidel Velázquez.
Era tan poderoso su dominio que voy a contar, a la manera de una
simple anécdota, qué pasó con un texto mío, “Por los siglos
de los siglos”, que se publicó en una colección que dirige
Mario del Valle. Octavio Paz en persona le llamó a Del Valle para
criticarlo porque había iniciado la colección con un texto mío.
Era pues un hombre que estaba ocupado y preocupado por todo lo que
pasaba a su alrededor y no se le pedía autorización o se le
informaba. Paz anhelaba el control sobre la señora Posteridad,
quería decidir quién podía o no recibir los favores de esta
dama. Era un hombre, en efecto, muy inteligente y ambicioso, un
gran poeta y escritor con una sólida información que le permitió
figurar primero en lo nacional y luego en lo internacional. En un
trabajo donde hablo de las mafias literarias en México menciono
la mafia de Alfonso Reyes, pero reconozco que ésa era apenas un
monopolio nacional que alcanzaba a cartearse con Paul Valery,
mientras que la mafia de Octavio Paz ya no era un monopolio, sino
una auténtica trasnacional que trabajaba en el objetivo de lograr
un premio Nobel. Y lo logró. Los movimientos políticos de este
intelectual estaban perfectamente calculados, formaban parte de
una táctica que respondía a una estrategia de vínculo con el
poder, incluso cuando después de la masacre de 1968 renunció a
su cargo en el cuerpo diplomático, lo hizo como un golpe
publicitario, como una jugada que lo ponía en el centro de los
reflectores.
JAL
& JVA - Bueno,
el capitán del barco pasó la posteridad y a la fama
internacional, pero no incluyó a la tripulación. Fuera de Paz no
existe otra figura poética relevante en el panorama mexicano de
la actualidad. ¿Crees que todo el grupo trabajó en función de
su éxito y no en la posibilidad de proyectar el trabajo propio?
EGR
- Lo que sé es que gente como Gabriel Zaid o Eduardo Lizalde no
figuran en el plano internacional, y son escritores muy
importantes. Tampoco el resto del grupo Vuelta.
Paz era un monarca.
JAL
& JVA - Dejemos
a un lado el asunto de Paz y volvamos los ojos a ese grupo con el
que tú naciste y que juguetonamente le llamaron los Poeticistas:
Eduardo Lizalde, Montes de Oca, Arturo González Cossío, David
Orozco Romo y Rosa María Philips, ¿qué es de ellos, de su obra?
EGR
- Primero Arturo González Cossío, quien sigue escribiendo. No sé
si habrán leído algo de él, pues durante muchos años perteneció
al partido en el poder y me parece que el priismo no se lleva muy
bien con el ser poeta. Pero no lo hace mal y está muy vinculado
con la poesía china y japonesa. El que ya no escribe nada es
David Orozco y él se fue más hacia la derecha, militó en el
sinarquismo. El caso de Rosa María, quien fue la esposa de
Lizalde, es un caso muy interesante, con una vida muy trágica,
pues se suicidó. Muy conocedora de la literatura extranjera;
dominaba el alemán y el ruso y era una mujer muy culta. Ella no
era poeta, sino cuentista, ensayista y traductora. Buena parte de
su obra la tiene Eduardo Lizalde. Me parece que valdría la pena
que la publicara.
JAL
& JVA -¿Cuál
consideras que fue la relación de los poeticistas con el grupo de
los Contemporáneos, partiendo además de la relación de ustedes
con tu abuelo y de éste con aquéllos?
EGR
- Es una pregunta que yo siempre me he hecho. No sólo con
respecto a los Contemporáneos, sino de dónde vengo, de dónde
recibimos influencias. La verdad es que aún no lo sé. Es obvio
que hay marcas de Apollinaire, del surrealismo, del futurismo, del
dadaísmo, pero sobre todo hay un impulso de lanzarse a una
aventura propia, así que en un momento nos desvinculamos de aquéllos
y también de los Contemporáneos, con excepción de Gorostiza,
con quien sí identificamos un lazo estrecho, sobre todo en el
caso de Eduardo Lizalde, en particular entre su poema “Cada cosa
es Babel” y “Muerte sin fin”.
En mí no está claro, pero he sido un lector asiduo de
Gorostiza, pues si hay un poema intenso y bien estructurado ése
es Muerte sin fin.
Jaime
Labastida hizo énfasis en una cosa, que Muerte
sin fin se inicia con González Rojo padre. Dice que el primer
poema que se va un poco por el lado purista, bajo la dirección
del Abate peregrino, de la poesía pura de Mallarmé y de Valery,
pero ya traducida a nuestro lenguaje y nuestras preocupaciones es
el “Estudio en cristal”, poema póstumo de mi padre, que fue
el primero que se publicó en la revista Contemporáneos.
Una cosa rara de mi padre es que también tiene la vena popular,
como lo muestra su Romance de José Conde, al cual Salvador
Elizondo considera uno de los mejores corridos de la literatura
mexicana. En su última época, no suficientemente valorizada, en
la que está La muerte de
Narciso, mi padre inicia con el “Estudio de cristal” esa línea
que retoma Cuesta en la “Elegía de un dios mineral”. Ambos
fueron leídos de viva voz por Gorostiza. Éste se fue por allí,
en una lectura profundísima, y superó con mucho los poemas de mi
padre y de Jorge Cuesta. Muerte sin fin es un gran poema, un tanto hermético, pero un gran
poema.
JAL
& JVA -¿Qué
tan importante es Sor Juana en tu obra?
EGR
- Desde la época de los poeticistas leíamos mucho a Sor Juana y
ha sido una autora y una obra que admiro profundamente.
JAL
& JVA -¿Cuáles
son los poetas más importantes en tu formación?
Los
franceses. Pues además los he leído y gozado en su idioma. Mi
abuelo decía: “la música en Francia es Verlaine”. Pero a mí
me interesa más el simbolismo y sin duda
el surrealismo, que significa una ruptura de barras, una
liberación.
JAL
& JVA - Hay
un personaje que recorre tu poesía, don Juan. ¿Qué tanto
encarna en ti como en la letra?
EGR
- Es cierto, es un personaje que aparece en ella, casi diría, que
en exceso, tanto, que tengo un libro inédito que se llama El
primer burlador y otros don Juanes. Es un personaje que
literaria y musicalmente me ha atraído enormemente. Si me
preguntas cuál es una de mis obra musicales favoritas te
responderé sin sombra de duda que Don
Giovanni, de Mozart. He sido muy lector de Tirso, de Moliere,
de Lord Byron y de toda literatura donde figura dicha
personalidad. Debo aclarar que no soy un don Juan, ese personaje
que seduce y abandona, pues yo no pierdo a mis amistades, me
enamoro y creo que lo hago para siempre.
JAL
& JVA -¿Un
don Juan wertheriano?
EGR
- Bueno, quizás eso sí.
México,
27 de nov. 2001
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