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Hesnor Rivera y Maracaibo

Valmore Muñoz Arteaga

 

Probablemente la poesía zuliana del siglo XX se divida en tres autores fundamentales; Udón Pérez, Jesús Enrique Lossada (aunque muchos no lo tengan como gran poeta), y Hesnor Rivera, quien a mi juicio podría ser la voz más importante de la lírica regional. Sus libros son ampliamente conocidos por el gremio de la palabra, lo que significa también que las nuevas promociones estudiantiles, sobre todo las del bachillerato, no conocen ni siquiera al propio poeta, mucho menos su obra. 

Una obra que se pierde entre los años cuarenta cuando inicia su largo peregrinar por la metáfora, el vino y las bellas mujeres.  Justamente en 1948, en un importante diario caraqueño, publica sus primeros poemas, de allí a la hora de su partida hacia los confines de la noche donde emprende a alimentar túneles hambrientos, se le conocen una docena de libros, entre ellos La gramática del alucinado que se mantiene inédito. En muchos de sus textos acude a la ciudad nativa para embriagar de imágenes las líneas del misterio. Maracaibo se descubre escondiéndose en una suerte de rito sagrado que devele las muecas y las ranuras de su cultura, de sus colores, de sus sueños. Hesnor se fuga. Se transforma en gendarme que busca en la noche el despertar de nuevos sentidos en donde yace su ciudad, la ciudad que lo sedujo en la infancia. La ciudad en donde descubrió: Un lago en cuya superficie roja/ bailan las cabezas reblandecidas de las naranjas/ abandonadas por los navegantes borrachos. La obsesión de Hesnor por su ciudad lo lleva a desnudar los laberintos para liberar una clase distinta de calor, de sudor. Desde la palabra refunda Maracaibo para hacerla transparente, habitable para el alma sensible poco acostumbrada a esa extraña tradición al cual fue crucificado el gentilicio zuliano. Y refunda Maracaibo por una necesidad vital: poder habitarle más allá de la apariencia real porque: Las apariencias no engañan/ menos de lo que puede hacerlo/ la controvertida realidad de esta zona. 

La poesía es territorio para el sueño, y es allí y sólo allí, donde sueño y realidad se dejan de distinguir como irreconciliables para generarse uno del otro. En el caso de Hesnor, la Maracaibo de la realidad queda subyugada por la del sueño, y desde allí la reinventa, la refunda: Confundido te nombro. Registro/ con tu nombre –esa rama de pelambre mágica/ grata de ver como el ojo del trueno-/ los laberintos del agua. Sólo allí puede ser reconocido el poeta, allí en medio de las membranas metafóricas de una ciudad oculta está él desnudo y sonriente; el otro vive de aquí para allá cumpliendo con las exigencias de la vida social: LUZ, algún recital, alguna exposición, la presentación de un libro, habitando pletórico de angustia las fangosas tierras de la “hora”; en la hora se vuelve invisible, no, falso, no se hace invisible, se rehabita tanto, se pertenece tanto que son las miradas quienes se incapacitan para reconocerlo, pero está presente: Me interno más aún en el comienzo/ que me acerca a un lejano retorno. Llevo apenas la piel y la camisa/ que oí coser a brincos en la ciudad materna.  

Y de de la misma consistencia en que están hechas las fibras de los sueños, Hesnor se construye una historia, una tradición, cuyo origen se difumina en la boca inflamada de un caracol incrustado en una playa del oriente. Al igual que Ramos Sucre, el poeta Hesnor viene de un pasado, pertenece también a una raza distinta: Mis antepasados los marinos/ cambiaron sus barcos por cabalgaduras/ para entrar en el reino de la tierra…/ Mis antepasados se nutrían/ de la gracia que hace florecer en la arena/ la llama vegetal de los peses. Y así como se crea una historia, se la obsequia a Maracaibo. Las ciudades nativas reflejan esa búsqueda extra-territorial de una Maracaibo que bullía en sus venas como un trópico de recuerdos no vividos; es decir recuerdos soñados. Así lo comenta José Gregorio Rodríguez, prologuista de Las ciudades nativas: Una suerte de inventario minucioso de su pasado y del pasado de su ciudad junto al trabajo de un verdadero lingüista que elabora su propia lengua haciendo del lenguaje el objeto mismo de su poesía. Idéntico movimiento que canta el mundo y el poema que los reúne. 

Hesnor Rivera, poeta imprescindible, hace un registro de sensibilidades para disponerla, como mesa para el festín, a la colectividad zuliana, así como una fuente embriagadora para refundar a todo un país. Venezuela, en la hora actual, necesita urgentemente hacer una revisión de su sensibilidad y de los hombres que fraguaron su vida para cebar esa sensibilidad. Es un justo reclamo hacia los detentadores del poder ayudar a esa revisión, y un primer paso, sin lugar a dudas, sería la reedición de las obras de estos creadores de la palabra. Es un compromiso con quienes, inundados de angustias, deambulan buscándose un rostro en la historia donde comienza la mañana.  

 

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