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TRÓPICO
UNO Y GUSTAVO PEREIRA: PARALELO EN LA POESÍA CONTEMPORÁNEA DE
VENEZUELA
Ramón
Ordaz
La década del sesenta, debido a la conjunción de
relevantes acontecimientos históricos en nuestro país como en el
exterior, posee un peso específico, una fuerza, una violencia que
la definen culturalmente, circunstancia que en las décadas
siguintes empieza a languidecer, casi hasta su disolución. La
abundante literatura que arrojó la década del sesenta no tiene
parangón en nuestra historia literaria. Nunca antes en Venezuela
había tenido lugar tal efervescencia de grupos, de revistas y
periódicos,de panfletos, de polémicas, controversia de grupos,
signados por el afán de inaugurar una nueva literatura en el país.
Habría que acotar con justicia que este espíritu literario que
tuvo su verdadero estallido en los sesenta, se incubó, se gestó
en los años cincuenta. América Latina conoció la primera
revolución socialista, hecho que indefectiblemente posibilitó un
abanico de perspectivas hacia cambios y transformaciones profundas
en la conciencia del ser social latinoamericano. Fue una década
violenta como bien lo apuntó Orlando Araujo. Los fenómenos
sociales, políticos, estéticos, que se encadenaron en este período
explican su singularidad: La Revolución Cubana, la guerra de
Vietnam, las guerrillas, las comunas, el movimiento Hippie, Los
Beatles y los Rolling Stones, el Zen, las drogas psicodélicas, la
gesta creadora de Solentiname, el mayo francés, el pop, los
recitales de Evtuchenko, las canciones de Bob Dylan, la Beat
Generation, los hapenings, la reminiscencia de Hiroshima, el
movimiento antibélico, el terror planetario ante la amenza de la
Bomba H, el Black Power, los nadaístas, los patoteros de Caracas,
el Amencan Way Life, la Alianza para el Progreso, la crisis de
Praga, el suicidio de Jan Palach; aparecen las primeras grandes
novelas del boom latinoamericano (Rayuela, La ciudad y los perros,
El siglo de las luces, Cien años de soledad, Paradiso, etc.), se
produce la hazaña espacial de Yuri Gagarin, se hacen familiares
los ordenadores electrónicos y las teorías de McLuhan, son
asesinados Kennedy y Martin Luther King y muere Marilyn Monroe, la
que, al decir de uno de sus biógrafos "da un perfurme de
espriego al dramático diseño de los años 60".
En Venezuela la situación
no es distinta a la que vive el mundo cultural de entonces. Se
concierta esa vieja cofradía de pintores, poetas, narradores y músicos
para la búsqueda de otro porvenir. Célebres fueron las atrevidas
exposiciones de El Techo de la Ballena: "Homenaje a la
necrofilia", "Homenaje a la cursilería", etc. En
los Rayados sobre el techo se aventaba una literatura insurgente,
visceral, cáustica; de amor, de rabia y autoflagelación. Dadá
redivivo y el surrealismo lanzando sus llamaradas sobre los
acartonados cielos de nuestra vida literaria. Fue un incendio de
resurrección. Los compromisos subían y bajaban de tono. La
esperanza tenía un acre olor a pólvora.
Contemporáneos de este
período son Tabla Redonda, En Letra Roja,
Sol Cuello Cortado, Lam, Critica Contemporánea, 40 grados
a la sombra, En Haa,
Zona Franca, Cal, Poesía de Venezuela, Ciudad Mercuria, Trópico
Uno, etc., ediciones éstas de revistas y periódicos muchos de
ellos con posiciones encontradas, pero mensajeros al fin de la
agitada y enervante vida de la época.
A la par de los
sacudimientos que provocaban en la literatura nacional los
diversos grupos capitalinos, Trópico Uno fue una experiencia
literaria que tuvo su centro de gravedad entre Puerto La Cruz y
Barcelona. No registramos antecedentes de tal magnitud en Ia
historia literaria de la región. El azar - ¿o las
circunstancias?- quiso que se reunieran escritores como Gustavo
Pereira, José Lira Sosa, Jesús Enrique Barrios, Luis José
Bonilla, Eduardo Lezama, Eduardo Sifontes, Rita Valdivia, Luis
Luksic, compartiendo, a su vez, a la manera de El Techo de la
Ballena, un santoral donde los poetas eran pintores y los pintores
poetas. Tal vez sea Carlos Hernández Guerra el pintor más
"puro" del grupo, aunque no dejó de acometer la crítica
de arte. Curiosamente Lezama, Bonilla y Sifontes, poetas y
artistas plásticos, estuvieron signados por la fatalidad de una
muerte temprana; porque Bonilla, aúncuando está vivo, permanece
ajeno alo que fue su actividad creadora. Pereira y Barrios, continúan
oteando por los cielos de la palabra. Trópico Uno jugó a un
mayor radicalismo en sus proposiciones estéticas e ideológicas,
pero no por ello menos contaminado del absurdo dadaísta y del
desplante surrealista que caracterizó a otros grupos de la época.
En su Manifiesto inicial Trópico Uno planteaba que no había
"nada más sospechoso en el terreno de la literatura como una
revista y además provinciana", para argüir luego:
"Sobre todo si se considera que no creemos en la
Literatura". No estaba entre sus propósitos señalaban,
"llenar ningún vacío", ni "renovar nada". En
el Manifiesto del número 2 Trópico optan por una clara toma de
posición "Trópico Uno afirma su furiosa intransigencia en
favor de crear la atmósfera subversiva que, hoy por hoy, el hecho
poético reclama en nuestro país".
Y Gustavo Pereira, en otro
innegable manifiesto -"Rugido de Bisagras" - al estilo
Dadá se va de bruces contra la "fuerza individual",
contra los versos "que hoy no nos sirven, pura y llanamente,
los versos, al diablo los versos"; contra los clásicos, los
neoclásicos, etc., para concluir: "Los nuevos poetas le
abrirán a la poesía paso a tiro limpio por entre lugares comunes
y espejos, y conquistarán definitivamente para ella Ia libertad y
para nosotros la libertad" (Trópico Uno, N° 3, Puerto La
Cruz, 1965). Subvertir era un signo de la época y Trópico Uno
cumplía lo suyo. A la hora de recoger las velas, después de la
odisea, por allá andan Jesús Enrique Barrios, jovial,
entusiasta,conversador,con su historia de Axel y las hormigas; José
Lira Sosa, poeta de risa dadaísta, de palabra onírica, solar y
bretoniana, ejerciendo de chamán surrealista en el puerto de
Porlamar; y Gustavo Pereira, con una constancia poco común en
nuestros poetas, reincidente de siempre, amolador de vientos y
palabras en una provincia llamada Venezuela, vigía en los mares
de Lecherías y Telésforo, con
esa consecuencia muy suya donde el amor y la rebelión no
se guardan distancias porque ha comprendido a tiempo esa dualidad
de la poesía.
Gustavo Pereira es uno de
los poetas verticales en el escenario de las letras venezolanas, y
en un país degradado, turbio, desmemoriado como el nuestro ¿para
qué puede servir esa verticalidad? Para nada, expresamos con una
clara confesión derrotista, al no vislumbrar ningún camino
despejado . Habría, entonces, que darle un poco de razón a
Gustavo: para quienes "hacen" literatura es fácil
advertir el ascenso; pero para quienes viven la literatura que
hacen, en su transparencia y lucidez, no hay más que
descenso.
Los pasos inaugurales de
Gustavo Pereira en la literatura datan de la revista Símbolo que
editaba en Caracas a finales de los años cincuenta con Maximino
Melchor y Adalberto Carrasco; una revista que tendrán que tomar
en cuenta los bistoriadores de nuestra literatura, porque en ella,
además de Gustavo, tuvieron sus primeras experiencias literarias
poetas como Víctor Valera Mora y Luis Alberto Crespo. Símbolo, más
allá de una supuesta amplitud, asomaba ya un compromiso de su
realidad social y embestía contra el "arte-purismo". El
llamado de Símbolo desembocará abiertamente en la práctica
literaria que desarrolló luego Trópico Uno. De 1958 son estos
versos finales de un poema de Pereira: "Y que vuelve otra vez
mi alondra peregrina/ para seguir amando -sólo amando- en
silencio/ este mundo que llora como pequeño enfermo" . (Se
hizo en el cielo el trueno": Símbolo, No. 3, Caracas, junio
1958).
Preparativos de viaje es
el libro que instala definitivamente a Pereira en el universo de
la poesía contemporánea en Venezuela.
Aquí están definidas las dos vertientes de su poesía:
por una parte, el poema que pulsa la realidad social, el de su
compromiso de hombre ante la historia; poema, impetuoso, rabioso,
desbocado, sin retórica, directo, pero con sabia y trabajada
tensión su vuelo: y por otra, el poema reposado, sereno
proverbial, irónico, reflexivo; poema breve, nutrido en la poesía
gnómica de vieja estirpe, cerebralmente amoroso y mordaz, que
tendrá luego una expresión concreta: el somari. Consultado
acerca de su origen, nos precisaba Gustavo Pereira hace unos años:
"creo que de la antigua poesía japonesa (de los tankas y los
hai-kus), de la china (de las dinastías Tang y Ming), de la árabe
e indostànica, de las canciones y proverbios de los pueblos
africanos asiáticos de los viejos poetas griegos, de los
epigramistas romanos, principalmente Maracial y Catulo, del buen
Leonidas, y por último, en no menor grado- acaso al contrario- de
las canciones y mitos-, de las canciones y mitos de los pueblos
indígenas americanos" (Revista En Ancas, No. 8, 1981).
De Preparativos de viaje
(1964) hasta Vivir contra morir (1988) la obra de Pereira es una
sola voz que se expresa ya en el poema breve, ya en el poema
largo, sin mayores desvíos frente a las interrogantes iniciales
conque asumió la poesía. Esa constancia es la misma que exigía
Tristrán Tzara a los poetas de su tiempo: "La obra escrita
de un poeta no es una serie discontinua de trozos aislados, cada
uno con un comienzo y un fin en sí, sino que debe ser concebida
como la ola continua de una continuidad en evolución" (El
surrealismo de hoy. Buenos Aires. Ediciones Alpe, 1955. p. 75).
Quizás donde se puedan apreciar algunos giros diferentes
al resto de su poesía sea en Los Cuatro Horizontes del cielo
(1973), debido a la atmósfera de nostalgia y reminiscencia
familiar presente en algunos poemas, pero que en definitiva se
inscribe en el tono elegíaco que caracteriza a la poesía de
Gustavo Pereira. En Prepararativos de viaje leemos: "Salgo a
recibir el abrazo del siglo veintiuno,/ Sin una sola canción en
los labios./Hay un niño al otro lado del revuelo de las
palomas,/A mi puerta no vino a llorar nadie". Poesía de
anunciación, cultivada con brevedad y énfasis por Pereira, lo
convierte en precursor del poema corto, al que acuden con
frecuencia los poetas posteriores. Tal vez sea Gustavo Pereira uno
de los pocos poetas venezolanos que ha sabido darnos, sin abusar
del panfleto y sin avergonzar el poema aún cuando él haya
querido abrirle "paso a tiro limpio por entre lugares comunes
y espejos...", una poesía social y una poesía amorosa que
le confiere altura y dignidad a la literatura del presente. Cuánto
se parece el siguiente poema a la poesía que se ha querido hacer
en la década de los ochenta. |