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OCTAVIO
PAZ Y LA INTUICIÓN CRÍTICA HISPANOAMERICANA
Camila
Pulgar
mata la indiferencia taciturna,
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.
Rubén Darío
A finales de la década del sesenta, Octavio Paz
llamaba la atención sobre un punto clave en su destino: la situación
del pensamiento crítico en Hispanoamérica. Reconocía la
existencia de algunos críticos literarios, específicamente, pero
indicaba la falta de doctrinas o un “cuerpo de doctrina” que
desplegara el “espacio intelectual” del intercambio de ideas,
alimento esencial de la imaginación y creación artística.
Asimismo ocurría durante los años de la Colonia y, posteriormente,
la Independencia, apunta Paz en otro lugar. Incluso, podría argüirse
que se trata de un cuadro general del continente. Hispanoamérica ha
tenido años de silencios ante la posibilidad –si hubiese
existido– de expresarse críticamente.
Su expresión crítica fue nula durante el
tiempo de asentamiento de los extranjeros; y luego barroca,
indirecta y alambicada, en los siglos que reconocemos como la mejor
época de la Colonia. Posteriormente, irrumpió la modernidad a través
del espíritu criollo y aunque no fueron pocos los documentos analíticos
y de oposición entre los poderes enfrentados, en pugna bélica además,
la crítica apenas comenzaba a germinar. Tardaría en constituirse
como práctica cívica y derecho a la soledad de la conciencia
individual. Sin embargo, aun garantizada en sociedades democráticas,
la actividad de examen a la realidad, del análisis autocrítico,
entre nosotros, se ha mostrado más carente que presente. De tal
forma lo advierte el poeta mexicano en varios momentos de su obra.
Para él esto llega a ser un mal cuya incidencia en la realidad
moral de las naciones puede palparse como una enfermedad crónica.
En gran parte, nuestra crítica literaria ha sido un
pálido reflejo de una verdadera práctica de exégesis o análisis.
Sobre todo si consideramos que desde el romanticismo alemán la
capacidad reflexiva del arte constituye su sentido primordial. La
obra y el artista se insertan en un sistema de relaciones,
asociaciones y diferencias con otras obras y artistas. Nada ni nadie
de la creación escapan al entramado de signos críticos, “no un
sistema sino la negación y confrontación de todos los sistemas. La
crítica ha sido el alimento de todos los artistas modernos.” Medium
de la reflexión llamó Walter Benjamin a esta materia mixta
omnipresente que inscribe a cada obra de arte moderna. Con el
romanticismo se establece un canon artístico fundado en la
liberalidad del idioma, en su infinitud y progresión accidentada o
azarosa. Dispuesta ésta por los actos reflexivos, especulares y
transformadores de los múltiples espíritus artísticos que se
enlazan y sueltan en el medium híbrido de la reflexión creadora,
espejo del mundo. Acota Paz lo siguiente: “Ese espacio es el lugar
de encuentro con las otras obras, la posibilidad del diálogo entre
ellas.” Y más adelante: “En este sentido, la crítica tiene una
función creadora: inventa una literatura (una perspectiva, un
orden) a partir de las obras.” Concluye en relación con Hispanoamérica:
“Esto es lo que no ha hecho nuestra crítica. Por tal razón no
hay una literatura hispanoamericana aunque exista ya un conjunto de
obras importantes.” Pero, además, según su interpretación,
nuestra literatura también ha sufrido la carencia del pensamiento
crítico. La gran obra moderna “se resuelve en convocación de la
negación (Un coup de dés) o en negación de la obra (Nadja).
En nuestras literaturas, sea en lengua española o portuguesa, hay
pocos ejemplos de ese radicalismo: Pessoa y, ante todo, Jorge Luis
Borges, autor de una obra única, edificada sobre el tema
vertiginoso de la ausencia de obra. La crítica como invención
literaria, la negación como metafísica y como retórica. Entre los
que vinieron después, fuera de Cortázar y algún otro, no
encuentro por ninguna parte esa decisión de construir un discurso
sobre la ausencia de discurso.”
Otros críticos literarios de nuestra mejor tradición,
han observado lo mismo según sus distintas perspectivas. Ángel
Rama en un libro escrito con posterioridad a la observación de
Octavio Paz y que ha contribuido, especialmente, a la disposición
de ese medium reflexivo, La ciudad letrada (1984), analiza el
sistema ‘literario’ cerrado, minoritario y controlador de la
Colonia, sugiriendo que la forma feudal en que se distribuyó el
poder de los letrados –sólo el poder económico le era
equiparable– tuvo larga data, continuando durante la Independencia
y más allá, incluso. Una nota característica de la conquista,
colonia e independencia fue la primacía de un sistema represivo de
ordenamiento escriturario, administrado por el protocolar grupo
letrado. Es decir, se impuso con ímpetu monolítico un sistema simbólico
verbal, la lengua oficial, reservado y cuyos márgenes eran rurales
y analfabetas. Así, las murallas españolas, las plazas medievales
transplantadas en ciudades colonizadas, la rígida forma del
machismo conquistador, la burocracia monárquica de las reales cédulas,
primero, y luego las ciudades diezmadas por las guerras intestinas,
la falta de educación primaria, los sistemas teológicos de las
universidades, el complejo de raza criollo, la textualidad leguleya,
etc., nos enseñaron muy pronto y, paradójicamente, en los albores
de la civilización capitalista, a resistir la flexibilidad crítica
del espíritu moderno. El poder abusivo y extremado de la metrópoli
silenció psicopáticamente, tal vez, la naturaleza indómita de la
nueva era. Sin embargo, Rama indica tres casos aislados de crítica
a la ciudad letrada, ciudad de las ciudades, previos al advenimiento
del modernismo, dos de los cuales vienen al caso.
En principio, Sor Juana Inés de la Cruz en su célebre
poema Primero sueño intuyó “que sólo en el hemisferio
oculto se producía la verdad, rigiendo y desbaratando el discurso
racional que creyendo ser autónomo y autosuficiente no hacía más
que recoger los impulsos oscuros.”
Juana Inés de la Cruz se adelantó al estallido del inconsciente
literario. No halló la causa divina porque su viaje fue a la
diversidad del alma racionalmente perdida. Descubrió un
‘desorden’ anímico ante el poder de Dios. Cantó, agrega
Octavio Paz, la interrogación melancólica al descubrir que el
sistema cerrado teológico de su época contenía una herida
inexplicable. Fuga de la razón superior: se escapa el Sí de la
divina existencia. En palabras de Paz, este es el primer antecedente
poético hispanoamericano de la intuición crítica moderna. Podríamos
decir que Primero sueño es nuestro primer gran poema crítico.
Organismo verbal cuyo crecimiento se dirige al cero o a su propia
ironía: el poema se disipa relatando su experiencia de extinción
en el espacio de la significación. Desaparece, agregamos, en el
medium de la reflexión. Y de allí emerge un libro como Sor
Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982). El libro,
agrega el escritor mexicano Adolfo Castañón, “que hubieran
querido escribir tantos sorjuanistas y que nunca le van a perdonar a
Paz el haberlo escrito.”
Para Ángel Rama, Simón Rodríguez es el fundador
de la requisitoria contra la ciudad letrada. Ya convertida en ciudad
escrituraria, de la Colonia a la Independencia. Su propuesta supera
en radicalismo a la de otros maestros –Andrés Bello y D.F.
Sarmiento. Más allá de las reformas ortográficas necesarias en la
adaptación del español a su naturaleza americana buscaba un
“arte de pensar.” Agrega Rama: “Es la radicalidad democrática
del proyecto de Simón Rodríguez, la que le confiere un puesto
excepcional en la época y ese acendrado utopismo que aún hoy
conserva, como si siguiera a la espera de su realización.”
Tal democratización del pensamiento estaba al margen del populismo
siempre presente en la educación de nuestros pueblos. Rodríguez
fue un maestro exigente y su proyecto pedía, en principio, un
cuestionamiento a la educación ilustrada, prosopopéyica;
solicitando luego una revolución o renovación del pensamiento.
Vuelta al origen del idioma que él asociaba al habla, por encima de
toda sanción escrituraria. Propuso, enseña Rama, una prosodia
fundada en el oído explorador del habla americana; acento orgánico,
cadencia reflexiva que “coordinara la universalidad del hombre
pensante moderno y la particularidad del hombre que pensaba en América
Latina mediante la lengua americana de su infancia.”
Para ello creó su propia cartilla escolar, reorganizando el idioma
según un orden logográfico vanguardista. Así como Paz compara Primero
sueño con el poema de Mallarmé Un coup de dés, Rama
establece un paralelismo entre esta logografía y, también, la del
poeta francés: “Si a fin de siglo Mallarmé distribuyó en el
espacio la significación del poema, en la primera mitad Simón Rodríguez
hizo lo mismo con la estructura del pensamiento, mostrando simultáneamente
su proceso razonante y el proceso de composición del
significado.”
Extrañamente, Paz no lo incluye en la suma de escritores nuestros
capaces de recrear la inclinación crítica de la expresividad
moderna. No olvidemos, además, que ambos comparten el temple adánico
ante el paisaje, ciertas enseñanzas de Rousseau cuyas profundidades
entrañan el habla y sus orígenes, tan discutibles por lo demás.
Aun cuando en Paz la distancia del maestro francés es mayor.
Por último, otro crítico literario, entre los
diversos, que han tocado el tema aquí en cuestión, Ezequiel Martínez
Estrada, advierte la falta de inteligibilidad de la lectura a la
realidad americana, es decir, la mala lectura. Impedimento que
atribuye, entre varios factores, al catolicismo. “Es una modalidad
del catolicismo, insisto: leer y no pensar en lo que se lee, tener
delante el mundo y la vida y sacar por conclusión que no se ajustan
a la moral del párroco (…). Los países católicos no han sabido
leer la historia ni la literatura y se han conformado con versiones
de segunda categoría.” “Todavía muchos leen Facundo y Martín
Fierro sin miedo como cuentos divertidos y pintorescos.”
Para Martínez Estrada literatura e historia forman parte de una
misma materia. O la literatura suele ser un terreno algebraico donde
leer los signos del destino histórico que, a veces, retorna en
clave de metáfora. “La lectura de nuestra realidad hoy es un
palimpsesto donde quedan muy borrosos los signos primitivos, mas
dice lo mismo con otra palabras.”
Palimpsesto colmado de silencios y desvíos, en un sentido,
reprimido para la interpretación subjetiva. Hispanoamérica carga años
de silencio, algunos de una mudez impuesta. En gran medida prevalece
una suerte de desencuentro entre la acción civilizatoria, del
progreso técnico, y la espiritualidad moral de las repúblicas.
Cosa que ya había indicado Sarmiento: “Lo que había ocurrido era
una desconexión entre la realidad de las cosas representadas por
los ferrocarriles, el telégrafo, la industria, la edificación, las
maquinarias agrícolas y de transporte, las tiendas y almacenes
donde acumulábamos los productos de la fábrica y las manufacturas
internacionales como bienes propios; y por otra parte, la realidad
de los espíritus, la educación y la instrucción públicas, la
novela, el drama y la historia funcionando en el vacío.” Martínez
Estrada ve en ello la letra fallida de tanta literatura
hispanoamericana: “Nos falta un conciencia veraz porque nos falta
una historia y una literatura veraces.”
¿Conscientes ambas de ese vacío, irónicamente constitutivo del
alma continental?
Consideremos que a comienzos del siglo XXI estas
observaciones no pueden sostenerse con la misma vehemencia de Paz y
Martínez Estrada. La actividad crítica de la academias ni es poca
en cantidad ni carece de calidad generalizada, es decir, el
inventario bibliográfico de exégesis a nuestras prácticas
discursivas es tan vasto como universal. Críticos no nos faltan y México,
por ejemplo, es un país en el que Paz pudo fundar instituciones
culturales y participar en la formación de nuevas generaciones que
han hecho de la cultura mexicana un proyecto cuyo destino no ha
fracasado. Pudiéramos mencionar los frutos de Ángel Rama o
Ezequiel Martínez Estrada. Ahora, tampoco cabe decir que hemos
superado todos la falta de espacio intelectual, del cuerpo de
doctrina del pensamiento crítico. Mucho menos si nuestro destino es
Venezuela. Aquí, si bien existe una tradición literaria de la
reflexión en torno al lenguaje,
la crítica es, quizá, demasiado dispersa y constantemente se
sabotea la continuidad institucional que se ocupa de integrar los
esfuerzos y crear, por ejemplo, un corpus sostenible, inteligible.
En fin, mucho más pudiéramos decir de nuestra debilidad crítica e
inclinación a vender nuestras conciencias a intereses extranjeros y
demagógicos o a modos mediatizados de existencia. La crítica
ciudadana del venezolano tiende a ser opaca, laxa y servil.
II
En Octavio Paz el tema del pensamiento crítico es
prolijo y refiere más de un ámbito de su interés: pudiera verse
en su opinión política, de hombre público que responde a su país
México, y en tantos artículos sobre ciertos hechos históricos que
participan de su itinerario o han tenido en él alguna repercusión.
También es un tema de sus ensayos literarios, de otros temas como
el nihilismo, la dialéctica del pensamiento, el ateísmo, las
revoluciones políticas, la temporalidad moderna. Y sobre todo, es
un asunto primordial de su juicio literario, de su poética, poesía
e interpretación de la tradición literaria moderna. En primer
lugar, nuestro interés recae sobre este último punto pues en sus
libros Los hijos del limo, Sor Juana Inés de la Cruz o
las trampas de la fe y en otros ensayos como “El caracol y la
sirena” (1965) en torno a Rubén Darío, Octavio Paz construye una
perspectiva hermenéutica de la tradición literaria
hispanoamericana que no sólo le da amplitud a su misma poesía,
inscribiéndola en un terreno enérgico, minado de relaciones
sugestivas, sino que también nos permite establecer una suerte de
coloquio entre las voces que él va consagrando, revelando. Y otras
más. Discusión, diálogo poético, ecos de un concierto imantado
cuyo centro es la irrupción de la conciencia reflexiva e irónica
en el ámbito mágico de la palabra poética. Casi llega a plantear
que Hispanoamérica es la imagen de un vacío ontológico. El
Descubrimiento de América coincide con el nacimiento de la
desconfianza hacia Dios y la eternidad medieval. Cristóbal Colón
viaja a una región ominosa y oscura, cuya extensión es, tal vez,
proporcional a la incertidumbre creciente de Europa. En todo caso,
América pertenece a lo foráneo, a lo exógeno de una religión que
iría quebrantándose. Así, sólo logra descubrirse a sí misma
cuando da con las múltiples resonancias sonoras del impacto contra
el abismo; cuando hostigada por la monotonía monárquica de la
Colonia, decide voltearse hacia el accidente del idioma modernista
creando una música vivaz, revolucionaria e irónica, nunca oída en
español de América ni de España. Sólo con el advenimiento de la
modernidad melancólica hemos logrado la imagen propia, originaria
de nuestra cultura fragmentada, hibridez cundida de fisuras por
donde discurre nuestro ojo crítico.
En “Traducción y metáfora”, capítulo de Los
hijos del limo (1986), Octavio Paz refiere a través de su
acostumbrada síntesis ensayística nuestra historia literaria desde
el romanticismo. ¿Cómo fue el nuestro? Sabemos que Paz tiene mucho
de romántico. Su concepción de la inspiración, es decir, la
creencia en el carácter orgánico de la práctica poética nace con
el romanticismo alemán. Estudia este movimiento como fuente
primordial de su cultura y concepción del lenguaje o su poética.
Sin embargo, el primer romanticismo hispanoamericano, el del siglo
XVIII, que ingresa conducido por el galope revolucionario de la
Independencia, según piensa Paz, no representa al verdadero espíritu
romántico hispanoamericano. Por lo menos, en relación con la
invención de un modo poético cosmogónico, habla capaz de
originar el mundo, de ofrecérselo a la interioridad anímica del
hombre que en sí misma lo rehace, lo recibe, lo libera. Las
profundidades órficas del verdadero romanticismo no son desentrañadas
por los noveles románticos hispanoamericanos. Ellos repiten lo más
esteriotipado de este movimiento, permaneciendo en la superficie.
Aunque, precisa Paz, la Revolución de Independencia nos liberó de
España: “La separación de España fue una desacralización: nos
empezaron a desvelar seres de carne y hueso, no los fantasmas que
quitaban el sueño a los españoles. ¿O eran los mismos fantasmas
con nombres distintos? En todo caso, los nombres cambiaron y con
ellos la ideología de los hispanoamericanos.”
El espíritu romántico independentista fue, en verdad, más heroico
que creador o artístico.
Quizá debamos ver este período de nuestras letras
como lo ha sugerido José Lezama Lima en La expresión americana
(1957). El romanticismo estuvo en el hecho histórico americano, el
que acontece fuera de novela y de lírica. Entre los representantes
de este movimiento cuentan Fray Servando Teresa de Mier, Simón Rodríguez,
“reverso de las grandes odas bolivarianas”,
Miranda, Bolívar, etc. Sus destinos son las páginas del libro
donde leer los signos del gran riesgo romántico. La “gran tradición
romántica del XIX, la del calabozo, la ausencia, la imagen y la
muerte, logra crear el hecho americano, cuyo destino está más
hecho de ausencias posibles que de presencias imposibles. La tradición
de las ausencias posibles ha sido la gran tradición americana y
donde se sitúa el hecho histórico que se ha logrado.”
Ausencia, vacío, ironía constituyen el fondo develado por la
interioridad romántica y, posteriormente, vanguardista. De allí
emerge la fuerza de la invención original americana, bien sea histórica
o literaria. Tanto Paz como Lezama advierten, cada cual según sus
tesis, la importancia de lo abisal en la formación de nuestras más
genuina subjetividad: “el calabozo de Fray Servando –dice
Lezama–, la frustración de Simón Rodríguez, la muerte de
Francisco Miranda.”
En ello radica la forma originaria de hacer y ser, de estar en la
auténtica expresión metafórica o imaginaria. De su parte, Paz
manifiesta una prop2osición fundada en la muy conocida tradición
de la ruptura. Si bien se trata de una interpretación del
romanticismo y las vanguardias ‘universales’, constituye también
una valoración de sí mismo, de la poética paciana. Quizá, una de
las más legitimadas por su propio autor en lengua española
moderna.
Así, el pensamiento de Paz, luego de detenerse en
el positivismo cuyo resultado fue “lo que podría llamarse el
desmantelamiento de la metafísica y la religión en las
conciencias”
arriba, finalmente, a una de sus fuentes de inspiración: el
modernismo hispanoamericano. La relación de Paz con este movimiento
es productiva, encuentra allí el origen de la independencia
literaria, que es el hallazgo de la rítmica del idioma español de
América. Rubén Darío descubre un surtidor de ritmos inagotables,
abre las esclusas de la imaginación incipiente, produciendo una
revolución de las palabras vueltas hacia su sonoridad desafiante.
Lo que ya se ha dicho con marcada insistencia en los múltiples
ensayos sobre este poeta, dentro de los que el de Octavio Paz
–“El caracol y la sirena”– ocupa un lugar especial. Tal vez
sea el ensayo que el poeta nicaragüense esperaba de sí mismo. Pues
teniendo en mientes su poética ‘coloquial’ Paz entraría en ésta
con naturalidad, como centauro que armoniza pasado y futuro de una
tradición hispana cuyo fundamento central es el ritmo del lenguaje.
El soneto de Rubén Darío “Ama tu ritmo” tendría insospechadas
resonancias en el futuro, sólo basta recordar un capítulo de El
arco y la lira, “El ritmo”. Pudiéramos decir lo mismo de César
Vallejo o Pablo Neruda, entre otros, pues estos grandes poetas también
producen una rítmica acaudalada y personal; son una potencia
verbal. Pero en este caso nos interesa el ensayo de Paz, “El
caracol y la sirena”, que contiene no sólo la poética de Darío,
sino también prolonga la de Paz. Ésta se comprende a sí misma de
manera magistral. Incluso, consideramos que este ensayo contribuye
con la apreciación de un canon literario hispanoamericano cuyo
origen está en el modernismo, desarrollándose plenamente a lo
largo del siglo XX.
Entramos, pues, en la dilemática de lo canónico.
Aunque, por ahora no acentuamos lo excluido, la obra que queda al
margen de todo canon. “El caracol y la sirena”, más allá, el
libro completo Cuadrivio (1965), abraza una energía
integradora en cuanto a los fragmentos literarios que conforman
cualquier tradición moderna poética. Energía, vigor rítmico del
idioma revelador, paradójicamente, de las rupturas y grietas que
asedian las tensiones inherentes a las mejores metáforas y poemas.
Sin dudas, Paz ha sido de una conciencia más compleja que Darío en
su relación con la distensión crítica del pensamiento poético.
La dilatación de la ‘palabra mágica’ lo sitúa en un punto de
vista interpretativo de la práctica poética que le permite
reorganizarla según su capacidad ensayística, pues esta quiebra de
la intensidad inspirada, esta reflexión posterior, o anterior, a la
abundancia imaginaria es uno de los más valiosos soportes de
nuestra hermenéutica o crítica literaria. Por lo menos, de la crítica
literaria que ejecutan los propios poetas y que, por vez primera,
refieren los modernistas.
Intuición que encumbran en una concepción del arte
universalista, de una flexibilidad sorpresiva. En fin, el movimiento
rítmico de la poesía hispanoamericana, mediante el cual se
independiza de la mimesis servil es doble o ambiguo. Por una parte
se fundamente en lo que Ángel Rosenblat llamó “sentido mágico
de la palabra”,
el mismo Paz indica en su mencionado ensayo: “La crítica
universitaria generalmente ha preferido cerrar los ojos ante la
corriente de ocultismo que atraviesa la obra de Darío”; por la
otra, el “verso henchido de adivinaciones y reminiscencias” se
estrella contra el “habla directa.” Cita a Darío: “Pasa un
murciélago / pasa una mosca / un moscardón…” Y agrega Paz:
“No pasa nada y llega la muerte.”
El legado de Darío, el sistema o concepto de arte sobre el cual se
estructura el “afán autonómico”
de nuestra lírica, diría Rama, es múltiple, difícil de delinear.
Sin embargo, en Rubén Darío y el modernismo (1970), Rama
ofrece una cartografía de los límites entre el pensamiento artístico
del poeta y la época liberal. Mostrando su punto de vista
circunstancial o histórico, su conocimiento epocal, junto al de
otros poetas coetáneos de Darío.
Siguiendo la poética de Paz que él mismo imbrica
en este “puente”, (como llama al poeta nicaragüense: el origen,
dice, “no una influencia viva sino un término de referencia: un
punto de partida o llegada, un límite que hay que alcanzar o
traspasar”),
podríamos dividir el sistema poético dariano en los términos analogía
e ironía, música y significado, armonía y discordancia. El
binomio que los comprende a todos: poesía y crítica. “Por lo
primero, el poeta es <<de la raza que vida con los números
pitagóricos crea>>; por lo segundo, es <<la conciencia
de nuestro humano cieno>>.”
Guillermo Sucre en La máscara, la transparencia (1975)
se refiere al ensayo de Paz como uno de los más brillantes escritos
en los últimos tiempos. Frente a la acusación que se la ha
imputado a Darío de evasivo y ornamental, Sucre cita las palabras
del poeta mexicano: “Se ha dicho que el modernismo fue una evasión
de la realidad americana. Más justo sería decir que fue una fuga
de la actualidad local –que era a sus ojos un anacronismo– en
busca de la actualidad universal, la única y verdadera
actualidad.”
Y agrega Sucre en su libro, que nos permite indagar en tal
multiplicidad o hibridez de la tradición poética cimentada a
partir del modernismo: “En efecto lo que mueve a los modernistas
es el sentimiento de inexistencia que experimentan en sus países, a
lo cual oponen una voluntad a veces desaforada de existir en el
presente universal, no tanto de la historia como del arte, de la
cultura.” Tal sentimiento hispano
de pérdida, extravío en el espacio cultural de Occidente, se
desdobló hacia, primero, la busca de un idioma renovador de la
sensibilidad individual poética donde se halló otra mayor: la sensibilidad
americana. Este es el momento de la independencia de las
escuelas, quiebre de la monotonía o burocracia de los dogmas
religiosos, filosóficos y literarios. Rama recuerda que “el
romanticismo hispanoamericano fue devorado por el criterio de
escuela hasta el grado de no permitir la sobrevivencia de grandes
poetas independientes.” En el modernismo, por el
contrario, se hacía preferible el desorden de los nervios, el
decadentismo urbano, la discrepancia con los lineamientos del poder
letrado. Mejor las grietas del Yo y desde ellas vislumbrar la luz en
la bóveda marmórea; la fuga es a la plenitud de un decorado
interno, restablecido según un ensanche de la noción cultural, de
la expansión del arte.
Las consecuencias de tales desvíos a las normas,
principalmente, la declaración de la subjetividad, serían de gran
fortuna para las letras: “Cuando Darío ingresa a la literatura,
el liberalismo se ha impuesto en tierras americanas y su
funcionamiento en el plano literario establece esta única ley de
oro: <<Sé tú mismo>>. Si esa es la clave del sistema,
y si éste no ha dejado de regir la historia de las sociedades
latinoamericanas hasta nuestros días, no debe sorprendernos la
permanencia de la lección dariana. Pero ella no sólo estará en el
afán terco de originalidad, sino en las formas literarias que
entran en una vertiginosa elaboración personal.”
Sin embargo, anteriormente Rama ha identificado la
gran revolución poética del continente con posterioridad a Darío.
Es cuando adviene el surrealismo que se da la “mayor conmoción de
la poesía americana”, “al abandonar definitivamente el españolismo
y al insertar la lírica inglesa moderna y, posteriormente,
norteamericana, en su desarrollo autónomo.”
Uno de estos grandes representantes de la lección dariana en el
futuro sería, claro, Octavio Paz. Como poeta, no sólo contribuye
con la reelaboración incesante de una lengua ‘poética’, más
bien ejercita la reflexión de las formas, de las partículas
hablantes, los signos del poema que es su territorio ‘autónomo’.
Allí, es decir, bajo la tensión rítmica del español de América,
Paz se abisma en la historia y en lo histórico. Prolonga la visión
filosófica del fundador: “la angustia de la noche urbana
–escribe Paz–, ese silencio interrumpido por <<el resonar
de un coche lejano>> o por el zumbido de la sangre: oración
que se vuelve blasfemia, cuenta sin fin del solitario frente a un
futuro cerrado como un muro.”
Pues, si bien Rubén Darío recreó en sus poemas la más intensa
actualidad, con cierta ilusión de eternidad, no fue ciego al
nihilismo, la contingencia histórica, afirmación tenaz de la
muerte sin Dios. “Estética del lujo y de la muerte, el modernismo
es una estética nihilista. Sólo que se trata de un nihilismo más
vivido que asumido, más padecido por la sensibilidad que afrontado
por el espíritu.”
Hemos visto que tal vacío es el eje del edificio cultural.
Asimismo, Rama señala su conocimiento de la
historia como el de un hispanoamericano. ¿Qué impulsa el espíritu
de Darío? ¿De dónde emerge el afán de novedad, de originalidad
del modernismo? “Toda su concepción universalista de la cultura
es, en grado que ni él ni su tiempo podían reconocer, la de un
hispanoamericano, y la de un hispanoamericano, en una determinada y
muy precisa circunstancia histórica, de la que difícilmente
hubiera podido evadirse.”
En verdad, este magnífico ensayo Rubén Darío y el modernismo,
nos enseña con total claridad el carácter de la sociedad liberal,
la impronta en el poeta del mercado económico y la gran fundación
de Rubén Darío, su empresa en la época: constitución del
mencionado sistema lingüístico literario (“la subjetivación
ascendida a valor único”)
que si obviamente desborda a Darío, éste ha quedado imbricado muy
fuertemente en sus rasgos definidores. “Podría decirse que las más
débiles aportaciones de Darío se fortifican por la vitalidad
propia del sistema, beneficiándose de esta estructura que desde
hace casi un siglo sostiene la poesía moderna”.
Pero Rama reprocha al poeta cierta actitud servil en
la hechura de un patrón impostado y melódico de “índole
eternal”, excluyente de lo cotidiano, que el crítico insiste en
llamar “canon armónico”.
Estanca así la interpretación musical de Darío, la objetualiza,
describiéndola como una mercancía de la época construida a partir
del patrón de oro francés. En tal caso, Rama no persigue el hilo
del poema, la música en las ideas o, más bien, no termina de
encarnar el trasfondo órfico, pitagórico y, también, platónico,
es decir, el sentido ‘filosófico’ de la poesía de Darío, que
implica su propia cosmogonía. De esto Rama se distancia a pesar de
su absoluto conocimiento. Su relación con la fluidez armónica del
modernismo padece de cierta sordera que podemos, igualmente,
resentir en su análisis del poeta venezolano Ramos Sucre donde éste
tiende a desaparecer en función de un montaje conceptual triturador
de la integridad de sus poemas. La rigidez cultista que le imputa a
Darío en su ensayo “Lo cotidiano y lo poético”, también está
en Rama, pues sus palabras valorativas sobre la melodía de Darío
son estáticas y absolutas. Terminan convirtiendo a un poeta de la
resonancia cósmica, del ritmo pasional de los contrarios, y por lo
mismo, de la muerte, lo finito sensual, lo sexual devorador, en un
escenógrafo démodé. Absolutismo de quienes hablan
deliberadamente de lo canónico, son los peligros del taxidermista.
¿Quién es el rígido, Rama o Darío? Sólo un sordo del idioma
español de América pudiera pensar que un poeta de la magnitud
musical de Rubén Darío pierde esta batalla ante el punto de vista
crítico sociológico cuyo objetivo, a veces, pareciera ser subrayar
la “domesticación neocolonial” del resentimiento
hispanoamericano: “sus operaciones trasmutadoras,
embellecedoras.”
Rama recrimina la disimulación de la pobreza cotidiana.
En este sentido, la forma que asume Paz de presentar
el destino trágico del nicaragüense nos resulta más afortunada,
precisa y esclarecedora. Rubén Darío no sólo es un músico del
cosmos y sus símbolos, creador de un universo arquetípico, de una
Edad de Oro o la “sagrada selva” donde el sátiro canta y, además,
fornica. Su destino ‘fallido’ también es alegórico: organismo
desgastado por la penuria hispanoamericana, por “el erotismo
poderoso, la melancolía viril, el pasmo ante el latir del mundo y
del propio corazón, la conciencia de la soledad humana frente a la
soledad de las cosas.”
Rama pareciera diferir, en su interpretación del elemento
cotidiano, aunque sólo en parte, el sentido último de una sencilla
verdad: Darío “iba sin rumbo fijo, hostigado por el ansia; después
caía en letargos que eran <<pesadillas brutales>> y la
muerte se le aparecía alternativamente como pozo sin fin o
despertar glorioso.” En sus últimas composiciones “se unen los
dos ríos que alimentan su poesía: la meditación ante la muerte y
el erotismo panteísta.”
Ríos congelados por la recriminación del marxista a la precaria
aristocracia dariana. Y no olvidemos que también Paz avisa de sus
flancos débiles cuando Darío ‘mira’ el continente: “su
pobreza se reviste de oropel. Eminentes opiniones, ideas generales;
le falta la mirada de Whitman, la mirada fundida a lo que ve, la
realidad sufrida y gozada. Los poemas de Darío carecen de
sustancia: suelo, pueblo. Sustancia: lo que está abajo y nos
sostiene y alimenta. ¿Vio la miseria de nuestra gente, olió la
sangre de los mataderos que llamamos guerras civiles? Tal vez quiso
abarcar demasiado: el pasado precolombino, España, el presente
abyecto, el futuro radioso. Olvidó o no quiso ver la otra mitad:
las oligarquías, la opresión, ese paisaje de huesos, cruces rotas
y uniformes manchados que es la historia latinoamericana. Tuvo
entusiasmo; le faltó indignación.”
Y, no obstante, Rama siempre reconoce la opinión
que es ya unánime: “Podría haberse dicho cuando la aparición de
Darío en la poesía lo que él dice del nacimiento de Venus:
<<…el universo / Sintió que un nombre armónico, sonoro
como un verso / llenaba el hondo hueco de la altura…>>.”
Sólo que el crítico uruguayo no se sumerge en la “gran ola
sexual” que, según Octavio Paz, “baña toda la obra de Rubén
Darío.” Éste “ve al mundo como un ser dual, hecho de la
continua oposición y copulación entre el principio masculino y el
femenino.” Aunque –continua Paz–, “sería inútil buscar en
su erotismo esa compenetración pasional que se vuelve incandescente
punto fijo. Su pasión es dispersa y tiende a confundirse con el
vaivén del mar. En un poema muy conocido confiesa: “Plural ha
sido la celeste historia de mi corazón”. Extraño adjetivo: si
llamamos celeste a ese amor que nos lleva a ver en la persona
amada un reflejo de la esencia divina o de la Idea, su pasión
responde difícilmente al calificativo. Quizá otra acepción de la
palabra le convenga: su corazón no se alimenta de la visión del
cielo inmóvil pero obedece al movimiento de los astros.”
Al canon armónico que detecta Rama opondríamos el
canon rítmico de fondo que, como hemos repetido, se presenta en y más
allá de Rubén Darío a lo largo de la lírica moderna
hispanoamericana. Tenemos como ejemplo principal de esta
‘continuidad’ la poética de Paz cuyo desenlace vital es, en
palabras de Guillermo Sucre sobre el poeta mexicano, la pasión
de ser fugaz. Este canon rítmico de nuestra lírica y que bien
podemos apreciar en la relación de Rubén Darío, Vicente Huidobro
y Octavio Paz, sería un canon diverso y disoluto, de una libertad
abisal. En Paz concluye en su concepción del poema como subsuelo de
la sociedad, ‘punto de partida’, diría él, para interpretar
inventando el laberinto de la soledad. Invención poemática
de índole crítica y erótica, medium de la reflexión creadora.
Rescatemos el concepto expresado en El arco y la lira (1967),
el poema crítico, que responde a una concepción mallarmeana del
espacio literario concebido como máxima apertura estética verbal;
no diferenciada del vacío ontológico en que se ha convertido la
imagen de Dios y del mundo. Prácticamente, el poema semeja o no
logra sustraerse de la historia y su ritmo irregular, siendo así
una de sus fatalidades.
La relación de Rubén Darío y Octavio Paz, el
incremento que se observa en el segundo de la intuición crítica
que, en Hispanoamérica, devela el primero y cuya manifestación en
el poema es la de un ritmo irónico y múltiple, queda para otro
momento. Por lo pronto, quisiéramos terminar, nuevamente, con la crítica
en Venezuela. Pero ya no hablamos de la crítica ciudadana, de suma
importancia para Simón Rodríguez quien la diferenciaba de la
educación insigne de los cogollos ilustrados que ya en su época
tenía una total preponderancia. Solamente traemos a colación un
libro de crítica literaria que hemos venido citando La máscara,
la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana, pues
en éste se comprende la composición de nuestra tradición lírica
moderna. La primera parte del libro esclarece los puntos de partida
del gran coloquio entre los diversos poetas que de forma implícita
compone Guillermo Sucre. Estos son: “la sensibilidad americana”,
luego “la imagen como centro” y, finalmente, “un sistema crítico”.
Tres de los capítulos del libro destinados al modernismo y su
despliegue hacia la expresión crítica americana. Es decir,
la apertura lúdica, irónica y trágica de la realidad de todos
desvelada con sentimiento poético. Los poetas descubren el
quebranto de la imagen y desde allí reflexionan. El libro se abre
de tal forma a la pluralidad de esta introversión siguiendo el
pulso de cada poeta tratado; podríamos decir que partiendo de la
clave dariana sé tú mismo se construye una perspectiva de
dimensiones insospechadas sobre la historia de nuestra lírica. La
máscara, la transparencia finaliza con un capítulo llamado
“El cuerpo del poema” y cuyo poeta es Octavio Paz. Podríamos
preguntarnos para un próximo ensayo: ¿por qué? ¿acaso hay algo
especial en ello, específicamente en relación con un poeta inicial
como Rubén Darío? Tal vez ya hemos soltado algunos cabos. Lo que sí
concluiríamos en medio de “lo que no puede terminar del todo, ni
mucho menos ser concluyente”
es que, quizá, una de las principales tradiciones modernas del espíritu
crítico en Hispanoamérica es la poética y esto a pesar de la
afirmación desde la cual comenzamos.
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