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Miguel
Donoso Pareja: De
la imposibilidad de volver
(entrevista)
José
Angel Leyva
Miguel Donoso vivió en México,
como muchos otros intelectuales desterrados, la nostalgia de su
origen, al mismo tiempo que el gusto y la sangre se le impregnaba
de atmósferas y cocinas mexicanas. En Ecuador estudió la carrera
de derecho y en su exilio fue periodista cultural, crítico,
editor y dirigió revistas como Tierra Adentro y Cambio.
Colegas suyos en esta aventura de las publicaciones periódicas
fueron, entre otros, Juan Rulfo, José Revueltas, Pedro Orgambide,
Eraclio Zepeda, Edmundo Valadés.
Fue en el Encuentro de
Poetas del Mundo Latino, 2002, en la ciudad de Morelia, donde lo
hallamos José Vicente Anaya y quien suscribe esta entrevista. Allí
lo observamos cómo se movía entre viejos conocidos que alguna
vez, de jóvenes, fueron sus fieles seguidores en los talleres
literarios que impartió durante sus más de 18 años de
residencia mexicana.Sabemos que ahora continúa esa labor pedagógica
en su natal Guayaquil, abriendo los caminos de la escritura a
nuevas generaciones que aspiran a ser poetas, o cuando menos a
entenderlos y a leer sus escrituras. Donoso es un poeta que ha
extendido su escritura al habla, lo percibe uno cuando conversa
con él, pues sopesa las palabras, busca afanoso las respuestas
que no vayan hechas girones, sino ordenadas y provistas del aliño
de sugerencias semánticas, bien sonorizadas, expuestas con frases
que le den sentido, peso, dimensión, textura al pensamiento y los
recuerdos. Comenzamos.
JAL
- La atmósfera y el paisaje de tu infancia ¿cómo
resurgen en tus evocaciones y en tu poesía?
MDP - La atmósfera y el
paisaje de mi infancia no son la atmósfera y el paisaje de
Guayaquil, la ciudad y puerto donde nací. Me percato de esto
ahora, al enfrentarme a tu pregunta, porque Guayaquil fue por
muchos años un puerto fluvial, a orillas del Guayas, y al mismo
tiempo una ciudad con ansiedad de mar, al que llegó a fines de la
década de los 60, cuando se construyó el puerto marítimo en uno
de los brazos salados
que se abren buscándola ansiosamente, lo que le hizo escribir a
Pepe Revueltas estas líneas: “¿Guayaquil?
El Guayas, ese río, los horribles manglares, manglares,
manglares y manglares, a babor y estribor, solo manglares y nada más
manglares en cada ribera, por las dos bandas, una infinita cabeza
de Medusa. Te enredas, te enredas, todo te enreda, no puedes salir
de Guayaquil, has de morir en Guayaquil”. Así, Guayaquil es
para Revueltas –y para muchos de los que se quedaron en ella:
libaneses, italianos, chinos, coreanos, del resto de Sudamérica
(en especial argentinos), y un casi mínimo etcétera- una especie
de “El ángel exterminador” de Buñuel: te agarra, no te deja
salir, terminas muriendo en Guayaquil. Esto en cuanto a los
que llegan, porque los que somos de ahí tenemos la misma
ansiedad de la ciudad, el viaje, irnos de vaporinos (trabajando en
un vapor), pero siempre con la idea de regresar. Yo lo hice de
joven y volví. Por eso, Guayaquil
resulta casi mítica, desafía cualquier cronotopo. Así la ve
Vonnegutt y escribe: “Hace un millón de años, en 1986 de C,
Guayaquil era el principal puerto marítimo” (la ciudad ya había
llegado al mar) “de la pequeña democracia sudamericana de
Ecuador, cuya capital era Quito, en lo alto de la cordillera de
los Andes. Guayaquil estaba situada a tres grados al sur del
ecuador, la cintura imaginaria del planeta de la que el país tomó
el nombre. Hacía siempre mucho calor allí, y también mucha
humedad, porque la ciudad se levantaba en las calmas ecuatoriales
sobre un marjal esponjoso en el que se mezclaban las aguas de
varios ríos que bajaban de las montañas. Este puerto marítimo
se encontraba a varios kilómetros del mar abierto. Balsas de
materia vegetal a menudo atascaban las aguas turbias, ocultando
pilotes y ancladeros”.
Yo fui criado frente al mar
abierto y muy cerca de los barcos (mi padre era marino), en la península
de Santa Elena, por lo que la
atmósfera y el paisaje de mi infancia resurgen en mi poesía y en
mis evocaciones con elementos contradictorios en los que junto a
la asfixia de la ciudad que ansía el
mar y el viaje conviven la amplitud del mar abierto, de lo
que no tiene medida, el misterio de lo que puede estar más allá
de ese espacio aparentemente infinito, la nostalgia del regreso, y
la certeza angustiante de la vida como un viaje que nunca termina,
que no debe terminar a pesar del deterioro, ese deterioro que se
acentúa cada vez más.
JAL
- El Guayaquil de tu niñez y el Ecuador de aquellos años
que remontan hasta la juventud y la madurez, ¿cómo podrías
describirlos si tuviéramos que hacer un paralelismo entre la visión
de tierra adentro de Ramón López Velarde, cuando se refiere a su
natal Zacatecas, sin dejar de lado por supuesto esa exaltación de
la Suave Patria? El paralelismo lo sugiere tu larga estancia en México
y tu seguro conocimiento de su poesía contemporánea en donde se
rezuma inevitablemente lo mexicano.
MDP - De acuerdo, el
paralelismo se impone y es justo, pero con una diferencia:
Guayaquil no es “tierra adentro”, ni real ni metafóricamente.
Guayaquil es “tierra afuera”, una ventana abierta al mundo, a
pesar de su inserción abrigada e interior, entre brazos de mar,
manglares envolventes, una ría rumorosa y su voluntad marítima a
falta de la mar abierta. Como lo expresa Humberto E. Robles en Ports
D’Amerique Latine (Caravelle, Toulouse, 1997),
“a lo largo de su recorrido histórico, Guayaquil se
enarbola, primero desde una perspectiva colonial europea para
luego pasar a ser cronotopo histórico durante las lides de la
emancipación, y después cimiento de disputas ideológicas
nacionales y regionales hasta convertirse en el transcurso del
presente siglo en escenario de luchas de clase, de tradiciones y
cambios, de presencias extranjeras y de aceleración de
migraciones locales que ubican al puerto entre lo regional y lo
nacional, entre la identidad propia y la globalización
(…)”. En este contexto, mi visión coincide con el
sentido de Patria de López Velarde, pero no con su suavidad sino
con lo áspero de su construcción a causa, como lo señala
Leopoldo Benites Vinueza en Ecuador,
drama y paradoja (Fondo de Cultura Económica, México DF.,
l950), de una geografía que no ha sido “un factor aglutinante,
unificador, sino por el contrario, dispersante, centrífugo”.
Frente a esto, Guayaquil ha sido aglutinador e integrador, desde
la Colonia, cuando acogía a los indígenas que huían de las
mitas y los obrajes de la Sierra, hasta la construcción del
ferrocarril que une a las dos regiones del país, iniciativa y
acción de dos hombres de la Costa, pasando por la organización
de las Armas Defensoras de Quito, el 9 de Octubre de 1820, cuando
se independizó, lo que culminó con la Batalla de Pichincha, el
24 de mayo de 1822, que liberó al resto del país. En términos
poéticos, lo que implica una forma de conocimiento emocional, me
identifico más con Jorge Carrera Andrade (1903-1978) que con López
Velarde, incluso reconociendo la belleza de La
suave patria (1921). En efecto, Carrera rescata, como López
Velarde, la poesía de lo cotidiano: “Las anticuadas sillas sueñan
con el ausente, /oye la habitación los pasos de los muertos;/y el
volumen que eleva su canto decreciente/llena de triste lluvia los
ojos entreabiertos” (en El
estanque inefable, Quito, 1922); pero reitera, al mismo
tiempo, la idea del viaje: “La ventana nació de un deseo de
cielo/y en la muralla negra se posó como un ángel. /Es amiga del
hombre/ y portera del aire” (Boletines
de mar y tierra, Barcelona, 1930). Ahí están la raíz y el
desarraigo, la inevitable metáfora del viaje como la vida o de la
vida como un viaje, la angustiante certeza de no saber qué fuimos
antes y qué seremos después, el nacimiento y la muerte como
experiencias siempre ajenas, del otro, de los otros. Y, por
supuesto, Gorostiza y su Muerte
sin fin (1939) resplandecen en el corpus
admirable de la poesía mexicana, lo dicen todo, desde
aquella “(…) inteligencia, soledad en llamas” hasta ese
lugar “en donde nada es ni nada está, /donde el sueño no
duele, /donde nada ni nadie, nunca, está muriendo/ y solo ya,
sobre las grandes aguas, /flota el espíritu de Dios que gime/con
un llanto más llanto aún que el llanto”, pasando por ese
“ulises salmón de los regresos” y el desafío cargado de
humor negro a esa muerte que lo está acechando: “¡Anda,
putilla del rubor helado, /anda, vámonos al diablo!”
JAL
-¿Cómo y por qué ocurre tu exilio? ¿Por qué llegas
a México y permaneces en este país durante18 años participando
intensamente en su vida cultural?
MDP - No llegué, me
llegaron. Salí de la cárcel al aeropuerto y de ahí a México,
tras un año de estar preso, víctima del golpe militar de 1963 en
mi país. Este golpe fue, en mi opinión, un ensayo del que se daría
contra el Brasil de Goulart y los que vendrían después dentro de
la llamada Alianza para el Progreso y el terror del “mal
ejemplo” de la revolución cubana. Pude regresar al Ecuador
pocos años después, pero México me agarró, podría decir que
me sedujo con todo lo que me ofrecía generosamente su desarrollo
cultural. Aquí aprendí mucho. Llegué de 32 años de edad y volví
cumplidos los 50. Esos años en la vida de un hombre marcan su
mayor receptividad –también su mayor capacidad de dar-, de
manera que pienso que equivalen a 40, y esa es la razón por la
que me siento mitad ecuatoriano y mitad mexicano. En mi tiempo no
había la doble nacionalidad y me produce una sana envidia que
Alex Aguinaga pueda compartirlas legalmente. Pero no importa, me
siento bien con mi amasiato.
JAL
- El exilio, además de una experiencia que sufres en
carne propia, adquiere una conceptualización poética, una
especie de cosmovisión literaria
por la que transcurre tu propia mitología y la mitología
del mundo exterior. ¿Qué piensas al respecto?
MDP - A partir de la lengua
todos tenemos una modelización primaria del mundo, lo que nos
identifica y al mismo tiempo nos diferencia. Este Encuentro de
poetas del mundo latino (2002) es un ejemplo, todos con el latín
como origen de nuestras lenguas y presidiendo nuestra modelización
del mundo. Franceses, belgas, italianos, quebecuas, catalanes,
portugueses, rumanos, españoles latinoamericanos, etcétera,
somos cada uno portador de una segunda, compleja y profunda
modelización del mundo que es la literatura. En esta dimensión,
en los latinoamericanos el exilio es una constante, la mayor parte
por pobreza y en busca de mejores condiciones de vida (de mi país
han salido y salen por miles, unos a Estados Unidos, durante un
tiempo a Australia, ahora a Italia y España) y en menor número,
pero intermitente, por motivos políticos. El exilio, entonces,
forma parte de nuestra manera de conceptualizar el mundo, y ese
estado de yecto del hombre, del que nos hablaba Heidegger, o de no
estar del todo, que decía Cortázar, se agudiza en nosotros. Este
estado de expulsión (del vientre materno hacia la muerte y del país
hacia el olvido o la nostalgia) es parte de la condición humana,
de la vida como un viaje, de la imposibilidad de volver. Esto me
recuerda la letra de un canción popular de mi país que dice que
vivimos con la “nostalgia de vivir un sueño hermoso”, o la de
Atahualpa Yupanqui que compara la vida del hombre con un río y
exclama: “Tú que puedes vuelveté, me dijo el río llorando”.
También ese “sitiado en mi epidermis” de Gorostiza, ese
“torpe andar” suyo, “a tientas por el lodo”.
JAL
-¿Qué escritores e intelectuales de tu país te acompañaron
y acompañan como
referencias o soportes de tu escritura y tu pensamiento dentro y
fuera de Ecuador?
MDP - Tres poetas: Alfredo
Gangotena (Quito,
1904-1944), César Dávila Andrade (Cuenca, 1918-1967) y Jorge
Carrera Andrade. Los tres fueron exiliados voluntarios, los dos
primeros en un país determinado y por largos años (Gangotena en
Francia; Dávila Andrade en Venezuela), el tercero capturado por
el viaje, de país en país, siempre con breves regresos, hasta el
regreso final, poco antes de su muerte. Para Alfredo Gangotena, su
país de origen fue una nostalgia mientras vivió en París, y eso
fue su poesía escrita en francés, uno de cuyos libros Absence
(1932), está cargado, son palabras de Max Jacob, “de un mal
atroz, la nostalgia (el mal del país), mal que nos legó el gran
poeta Ovidio y otros exiliados. Esta voz nos llega (…) desolada
como los 6.530 metros (sic) del Chimborazo, y roja de dolor como sus piedras comidas por
los soles odiosos e implacables (…)”
un “libro fundamental que ya no me abandonará en la
vida”. Hasta que retornó a Quito y Tempestad
secreta (1940), único libro que escribió en castellano, fue
de nostalgia por Francia. Este “no estar del todo” se
convierte en una conceptualización para Dávila Andrade --el
“Fakir” según sus amigos, porque nadie recuerda haberlo visto
comer, tan dominante era
su tesitura angélica--, quien vivió lo que él llamaba “el
enigma de las dos patrias”, Ecuador y Venezuela. Y dos
narradores: Pablo Palacio (Loja, 1906-1947), exiliado en su propio
país y muerto de locura, cuyos libros Un hombre muerto a puntapiés, de relatos, y sus novelas breves Débora
y Vida del ahorcado, según escribió Hernán Lavín Cerda en
1970, “escritos hace 40 años, son precursores de lo que habría
de escribir, treinta año después, en la década de los 60, un
Cortázar, un Revueltas, incluso un García Márquez”; y José
de la Cuadra (Guayaquil, 1903-1941), de cuya novela corta Los Sangurimas, subraya Jacques Gilard, de la Universidad de
Toulouse, que es “una obra maestra”.
JAL
-¿Cuáles fueron los escritores que descubriste al
abandonar tu país y cuáles consideras, por el trato directo,
personal, cotidiano, contribuyeron de algún modo en tu escritura
y en tu visión del mundo?
MDP - Muchas veces los
autores y los libros que escriben resultan antípodas. Un gran
libro puede haber sido escrito por alguien de poco o ningun interés
en su trato personal; hay
otros, en cambio, que parecerían andar buscando quién los
escriba, tan interesantes son en su trato y en su conducta: Juan
de la Cabada era uno de ellos. Por eso prefiero remitirme a los
libros que a los autores, y he conocido a pocos de los famosos,
Rulfo, por ejemplo, o Cortázar, quienes en las pocas veces que
hablamos –el segundo varias ocasiones por teléfono y sólo una
en persona-- me parecieron magníficas personas. A García Márquez
lo conocí antes de que publicara Cien años de soledad, en la casa de un amigo común. Después lo vi
dos o tres veces y en alguna ocasión hablé por teléfono con él.
Tropical y efusivo, me pareció un tipo chévere aunque un poco
sobreactuado. Monterroso, otro gran escritor, me lució siempre
sencillo y generoso, un buen amigo, como lo fueron José Agustín
--muy valiente en los tres tomos de su Tragicomedia mexicana--, Pepe Revueltas, Carlitos Illescas (campeón
del palindroma y otras exquisiteces), Otto Raúl González, Juan
Bañuelos, Poli Délano, Saúl Ibargoyen, Edmundo Valadés (tuve
una columna en su revista El
Cuento, ahora de nostálgica recordación), Pedro Orgambide,
Lisandro Chávez Alfaro, Mempo Giardinelli, José Emilio Pacheco,
Gustavo Sáinz, Óscar Oliva, Thelma Nava, Sergio Mondragón,
Eraclio Zepeda, Javier Wimer (me recomendó a don Enrique Ramírez
y Ramírez --nunca pude tratarlo de otra manera-- para que me
diera trabajo en El Día),
Efraín Huerta (el Gran Cocodrilo), Fedro Guillén (me presentó a
Marcué Pardiñas, quien me permitió colaborar con pseudónimo en
la revista Política),
Emmanuel Carballo (me ayudó para que escribiera en el dominical
de Ovaciones y editó en
Diógenes mi primera novela), Carlos Montemayor, Orlando Ortiz,
Tomás Mojarro (hincha a muerte del Guadalajara, “el rebaño
sagrado”) , Luis Guillermo Piazza, René Avilés Fabila, Carlos
Monsiváis, Jesús Luis Benítez (el Bucker), Humberto Musacchio,
Mario Santiago Papasquiaro (lo de Papasquiaro es en homenaje a la
población en que nació Pepe Revueltas, lo que me parce muy
bien), Marco Antonio Campos, OrlandoOrtiz, Margarita Paz Paredes,
Parménides García Saldaña, Margarita Dalton, Víctor Sandoval,
Gloria Gervitz, Elena Jordana y varios más, de cada uno de los
cuales aprendí algo. También me enseñaron mucho los libros de
aquellos que no conocí (o conocí muy poco,
Elizondo, digamos, y su admirable Farabeuf;
o Marco Antonio Montes de Oca): de
Sabines, los
de ensayo de Octavio Paz, los de Juan García Ponce, de quien
maltraté, pienso ahora que injustamente, Figura
de paja, una de sus primeras novelas;
y de otros de la literatura latinoamericana y universal que
llegaban a México mucho antes que al Ecuador cuando no eran tan
determinantes la globalización y la comunicación electrónica.
También de algunos que conocí después, como Hernán Lara
Zavala, Sergio Pitol y Alain Derbez, igual que de mis compañeros
de trabajo en El Día,
como Javier Romero, uno de los subdirectores; el señor Múzquiz,
jefe de Redacción; Aureliano López,
quien me dio una lección de solidaridad humana y comprensión
cuando me hicieron jefe de la Sección Internacional y quise
renunciar porque, habiendo sido mi jefe, de pronto lo convertían
en mi ayudante, y él, conociendo mi necesidad y mis
circunstancias, me dijo que no lo hiciera), Arturo Cantú, y casi
todos los demás. En pocas palabras: México fue fundamental para
mi crecimiento como persona y para el desarrollo de mi escritura.
JAL
-¿Cómo podrías describir tus encuentros y
desencuentros con un país en el que los propios mexicanos buscan
su identidad en el espesor de su cultura, en el recargamiento de
sus formas y sus fondos?
MDP - No fue miel sobre
hojuelas. El carácter del mexicano, por el espesor de su cultura
y el recargamiento de sus formas y sus fondos, especialmente el
del mexicano del centro y hacia el sur, pero sobre todo el del DF,
es decir los chilangos, es complejo. Al principio me resultaba muy
difícil comunicarme: decía, por ejemplo, “deme una coca cola,
por favor” y era como si hablara en japonés, nadie me
contestaba, hasta que descubrí la forma negativa de pedir algo en
una tienda o en lugar que fuera: ¿No me da una coca cola, por
favor?, giro de los más sofisticado para pedir algo dejándole la
iniciativa al que debe satisfacer el pedido. Descubrir estas
sutilezas del trato me costó tiempo y trabajo. También tenía
que superar mis prejuicios en relación al estereotipo del
mexicano, supuestamente chovinista y machista, cargado de un,
también supuesto, rechazo al entranjero, lo que jamás sentí.
Luego la comida, ciertos sabores que me eran extraños, el del
mole negro, por ejemplo, o el de las tortillas, que no podía
comprender que fueran para comer y ponía el vaso sobre ellas como
si fueran tapetes. Pero aprendí, y el mole negro y las tortillas
llegaron a gustarme tanto que serían una nostalgia muy dolorosa
si no fuera porque mi hijo cocina muy bien y cada cierto tiempo
prepara mole, enchiladas y otras delicias. Así, poco a poco, fui
entendiendo cómo era México, hasta que hubo un momento en que me
sentí partido en dos, viviendo ese enigma de las dos patrias del
que hablaba Dávila Andrade, sin saber bien a cual
pertenecía. Supe, finalmente, que a las dos;
ahora, después de mi regreso al Ecuador, siento a veces
que soy de todas partes, de ningún lugar en particular. Eso se lo
debemos al exilio, eso es lo que, sin darse cuenta, nos dieron los
milicos.
JAL
- Enseñar a escribir y a leer, formar literatos. Los
talleres literarios son una marca distintiva en tu biografía. ¿Qué
enseñanzas y experiencia --digamos utilidad--le deja al escritor
dicha actividad?
MDP - Siempre he dicho --y
en verdad lo creo-- que coordinar talleres literarios me fue más
útil a mí que a mis coordinados, y que a final de cuentas me
pagaban (me pagan aún, ahora en Guayaquil) para aprender. Lo digo
sin falsas humildades (no tengo un pelo de humilde, palabra): el
contacto con los jóvenes me da una vitalidad que, sin ellos, yo
no tendría, peor ahora que cargo con este puto mal de Parkinson
--que es idiopático según lo médicos, terminajo que debe venir
de idiota-- que se agrega a mi vejez y me limita mucho. Otra enseñanza
que me ha dado ese contacto es que lo jóvenes no son tontos por
ser jóvenes según creen los viejos tontos, y que los viejos no
son inteligentes ni son sabios por ser viejos como
creen algunos jóvenes tontos.
JAL
- Hablemos de tu trabajo poético. Vicente Robalino
expresa en el prólogo de tu Adagio en
G mayor para una letra difunta,
siguiendo una afirmación crítica de Fernando Itúrburu,
que hay una constante en tu obra que se basa en la dicotomía búsqueda/encuentro
del objeto deseado. ¿En qué medida aceptas esta aseveración?
MDP - En su totalidad, y
casi me parece una verdad de Pero Grullo, porque es evidente que
lo vital, lo verdaderamente hermoso, está en el deseo y en la búsqueda,
tal vez en el punto en que se
encuentran el buscador y lo buscado (Dávila Andrade dixit),
contacto que es instantáneo y, por lo mismo eterno, pero es obvio
también que cuando un sueño se cumple deja de ser un sueño, se
acaba, es grunt, ese vacío y plenitud, al mismo tiempo, que es humanamente
insoportable, por lo que es mejor que desaparezca, que sea
fungible. Lo triste de las aspiraciones --no es una frase mía,
creo que la escribió o la dijo alguna vez Sergio Fernández-- es
que a veces se cumplen.
JAL
- Percibo una preocupación esencial por el ritmo y la
sonoridad en tu poesía, por lo menos eso refleja Adagio en g mayor,
que la aproxima a intenciones semejantes en Oliverio Girondo o a
la búsqueda musical de Altazor de Huidobro. ¿Buscas estos
efectos o nacen de tu natural tendencia al canto? “Canto y señal,
/gorjeo único, /regurgitar absurdo/ sin destino”.
MDP - Creo que nace de una
tendencia natural: nunca leo poesía en voz baja; creo que no debe
leérsela de ese modo, porque al hacerlo así corremos el riesgo
de eliminar lo que la caracteriza: el ritmo. Un ritmo que no debe
ser de campanitas, como es el caso de la poesía rimada
--subterfugio preceptivo para evitar enfrentarse al ritmo de la
lengua de uno y conseguir una caricatura de las posibilidades rítmicas
del griego (en castellano nadie puede escribir en anfibráicos o
anapésticos)-- sino el posible en la lengua en que hablamos y
escribimos. Comparto el criterio de Tinianov --quien no hablaba
todavía de estructuras sino de sistemas--, criterio según el
cual el factor constructivo dominante en el sistema poesía es el
ritmo. A Girondo lo admiro, pero en lo que respecta a la pequeña
cita de Adagio que haces
al terminar tu pregunta, me siento más cerca de Huidobro y su Altazor, guardando, por supuesto, las distancias. Me parece oportuno
señalar aquí que a Huidobro lo indignaban los poetas que querían
tener “voces de canario monocorde” y “lengua de príncipe”
cuando lo que deberían buscar era una “lengua de hombre”.
Para mí Huidobro es a la poesía contemporánea lo que James
Joyce es a la narrativa, también contemporánea.
JAL
- El Juego. En tu poesía la forma y el contenido se
deslizan en movimientos paronomásicos, en extravasaciones
formales y semánticas, en las cuales uno como lector puede
descubrir sustancias temáticas muy definidas, como la soledad
carnal, el anhelo erótico, y allí mismo, al lado o
entremezclado, la plenitud amorosa y de la belleza, el gozo de
vivir. ¿Qué papel le otorgas a la palabra en este juego de la
razón y los sentimientos, las emociones?
MDP - En tu
pregunta-afirmación --tal vez debería decir en tu lectura y como
parte del signo literario al que te enfrentas enriqueciéndolo--
dices juego, pero de inmediato le otorgas dimensión a lo que
dices. Juego, señalas, pero enseguida haces saber que se trata de
un juego a muerte, hasta las últimas consecuencias, entre los
significantes y los significados, entre lo significante y la
significancia, entre lo vital y lo agónico, entre la felicidad de
vivir y la cercanía de la muerte, la plenitud amorosa y su
ausencia. Yo diría que es una especie de réquiem. Por lo demás
no es necesario saber qué signifca
“guilladura” o “gurruminia”, “lengua gulusmeante”, “guita en el
cuello”, “grunt”, ”Gudrum” o “Krelko”,
“gatuperio” o “gurgitis” para leer el texto que, desde lo
fónico y su posición en el discurso, devuelve o cambia los
sentidos de las palabras que, según cada lector, pueden resultar
unisémicas, o polisémicas según el número y calidad de los
lectores. El
boliviano Oscar Rivera Rodas, en Cinco
momentos de la lirica hispanoamericana, historia literaria de un género
(1978), dice, refiriéndose a Huidobro --insisto en que siempre
guardando las distancias que imponen su enorme talento y
calidad--, que en su poesía “impulsa el juego dinámico de
conjuntos imaginativos, pues muestra las partes de un todo: las
percepciones que definen un significante, cuyo sentido puede ser
uno o varios. Esta forma de comunicación (…) se basa en la sugestión, que empieza a mostrar los indicios de la interacción
entre el poeta y el lector”. Esto es lo que he intentado en Adagio
y ese es el papel que conllevan, no que les otorgó, las palabras.
JAL
-¿Hasta qué punto tu poesía y tu narrativa son fiel
reflejo de Miguel Donoso Pareja?
MDP - No creo en la teoría
del reflejo sino en la multiplicidad de mediaciones.
No creo en el autor
individual sino, como Lucien Goldman, en un autor plural. Además,
“persona” significa en griego “máscara que suena”
(per-sona) y, más allá de nuestras máscaras, no somos sino una
invención de los demás, diferente cada vez, como los demás son
una invención nuestra, una tergiversación equivalente. Por eso
no hay reflejo que valga, menos aún uno que sea fiel.
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