poemas
once
Una palabra se despunta de mis manos, como el mar que
no veo, como una extraña primavera que se aleja, como mis ojos
cansados que no esperan a nadie, como el arco iris que se extiende
en el limbo del día, la palabra que nos une. No digo nada del
tiempo y del olvido, de ese lejano laberinto que dejé un día para
encontrarme en otro donde sólo brotan soledades como espinas. Soy
yo esquivando las sombras de los días, estas que me ocultan entre
las ramas y los muros invisibles que todos inventamos cada instante,
para ser inalcanzables a la voz, a la mirada que nos ronda, mas no
al espejo que en todas partes nos espera.
doce
He regresado al lugar donde te dejé y nada. Sólo la
puerta inmutable me miró, tú no estabas. Silenciosa la gente
pasaba azotada por la lluvia. Quería esfumarme como el agua de la
lluvia helada y nada. Siguió el tiempo su curso inexorable y yo,
recostado en el muro del olvido, frote mis manos en los poros de la
piedra. Quería decirte que te amaba, pero no encontré tus ojos ni
tu cuerpo junto a la puerta que debió guardar nuestro encuentro.
Ahora me acerco a la noche, a la humana noche que Dios me ha
heredado.
trece
No voy a ninguna parte y de ninguna parte vengo.
Busco un rostro entre las nubes que insolentes me obstruyen el
camino. Creo verte y no te veo, mujer, sombra que te deformas cuando
me acerco a tu lado. Como siempre esperaré en alguna parte a
alguien que no conozco. Será el viento, digo yo, cuando se mueve
una rama en el oscuro jardín donde me pierdo. Eres tú, raro
Enigma, que me sigues por este dudoso laberinto de soledades
abiertas. Quiero ser alguien, y no soy nadie. Quiero hablar con
alguien, mas nadie espera mis palabras en el blanco día.
catorce
La nada nos busca en cada piedra, en cada río que
bulle entre las noches descubiertas, frías, incansables de soportar
mis sueños en el alba de los días. Estando solo frente a ti, mar,
quisiera perturbar tus blancas aguas para alejarme del silencio y de
la nada. Pero no son tus aguas lo que veo, son las piedras que de la
montaña han caído, engendrando así, abismos a mis pies. Mar y
Montaña en este sueño que me encierra; abismo y desierto en mi
camino. Soy este y no aquel, estas son mis manos, estos mis ojos,
estos los pasos que doy sobre el polvo, sobre el barro tantas veces
ya andado. Nada, voz implacable que perduras cerca de mis sueños.
Acosas mi mirada sin revelar la forma que te viste. Espías mi sueño
cuando duermo, cuando viajo dormido, así viajas a mi lado sin que
yo te vea estando tú al alcance de mis manos. Voz que no se
extinguirá en el desierto. Puerta que todos abrirán un día,
espejo que todo lo guarda y todo lo muestra. Ruido que te ausentas
cada noche, llaves que todos buscarán en el fondo de sus ojos. Allí
estas tú, Enigma que cabalgas tras mis huellas.
quince
Oro y recorro la penumbra de los días que se abren
como fantasmas a mis pies. Debo cerrar las puertas que me imponen
las noches para preservar mis sueños. Dudosas pesadillas me cortan
el camino en las mañanas. Le pregunto al día por la forma que debo
dar a mis palabras, no a la costra de mi ser. Todos estos días que
son una palabra que me envuelven, vieja soledad que no dejas de
nombrarme las calles que han de frecuentar aún, mis ojos negros.
Ahora la lluvia invade mi cuerpo de barro que no quise encontrar
mientras me alejo. Todos preguntan por un nombre; todos huyendo de
la duda, en la duda encierran su destino inacabado. Transparente al
dolor, debo mirar los años que pasan como viento entre mis dedos.
dieciséis
Canto que nadie llevará a mi tumba. Una indudable
noche, otros sueños inundarán mi casa. Yo abriré mi puerta,
estiraré mis brazos como ramas secas que penden de la aurora. No
habrá batalla entre nosotros. La luz cuando llegue apretará la
noche sin dolor. Entonces miraré mis manos marcadas por el sol,
miraré en un espejo circular mi rostro deformado por el tiempo;
miraré también las heridas que nunca podrán cicatrizar mi alma y
mi memoria. Todo cuanto pasa ha de pasar, la noche, el día, la
noche. Yo en el crepúsculo tentaré mi suerte, aquella de vivir lo
no vivido, aquella de tocar la otra orilla de mi ser. Por hoy, el
tiempo lo define todo, en él escribo yo las noches que invento cada
día, en él yo duermo cada noche, en él yo pinto mi retrato y
aquello que azota mi memoria.
diecisiete
Yo que no soy nadie bajo la sombra que todos han
nombrado; su destino. Debo esperar junto a una piedra el perfil de
un desconocido, ese que tal vez eres tú o yo mismo. ¿Serán
siempre así los signos que debemos enfrentar para tocar el árbol
de la suerte? Sin alejarme demasiado de la puerta que me mira, debo
recorrer todo un desierto de ceniza sin saber por qué. Ignoro como
siempre, dónde termina este laberinto que me encierra: la vida. Yo
que no comprendo nada de ella, nada de mí, nada de mi sombra,
avanzo por esta vasta orilla como por una cuerda dudosamente tendida
para todos los que pasan por aquí. ¿Cómo comprender las noches
extrañamente iluminadas y las voces raramente pronunciadas? Sólo
dudas quedarán cuando me vaya, sólo dudas llevaré al oscuro
camino que me espera detrás de aquella puerta.
dieciocho
Cómo no ser aire, silencio inacabado. Desde esta
huyente lágrima miro petrificado mi silencio. Desde este húmedo
rincón miro, las ramas, la sombra que me falta. ¿Serán acaso los
disidentes días, o las noches profanadas las que nombren mis
huellas desnutridas? Nada en el cristal secreto de mi olvido, mirarás,
tiempo que huyente has de pasar cuando me veas. Ahora, mirando el
retrato de una extranjera me desvelo. No son mis ojos los que lágrimas
vierten en un pozo, son las nubes que mojan mi dulce cabellera, es
el viento que arremete contra los muros de mi casa, son las voces de
los niños que abandonados buscan una casa, son también tus ojos
que indiferentes miran mi desgracia. ¿Cuánto más debo recorrer
para tocar las orillas de tu ser, sombra fugitiva? Nada brilla en
este rostro que me mira, nada en su lenguaje carcomido de insomnio y
falsedad. Cómo querer alcanzar con estas manos la forma
inconfundible de tu ser, amiga que en los umbrales permaneces mirándome
desde una ventana rota. Acercarme quisiera de tus ojos en las
crestas de la hirviente nieve que no veo desde aquí. Ahora que cae
la tarde y sobre la tarde llueve, cierro mis ojos para seguir imaginándote
asida a tu celeste sueño.
diecinueve
No son sólo sueños, son también mis ojos que
mirarte no podrán por mucho tiempo. Mira cómo viajan los adioses,
de rama en rama sin decirme nada, mira cómo el silencio me procura
noches y días para seguir viviendo. Así has de llegar un día,
violenta y pura, después de tanta errancia no imaginada. Fuerzas no
te faltarán, desdichada mariposa, para volver a cruzar el puente
que humanamente nos espera. Aquí estaré yo, al borde de este río,
mirando la silueta de tu nombre. Yo que te reinvento cada día, yo
que subo a una piedra para escribir tu nombre, yo que busco palabras
en los sueños, yo que te veo llegar y partir como las aves sin
poder rozar tu esquivante vuelo e interminable ahora. ¿Habrá un
fin para los dos? Digo yo mirando tu retrato en el fondo de una
noche deshacida.
veinte
No me digas lo que debo hacer para encontrarte,
sombra irreconocible que descansas bajo un árbol. No transcribí
nada en esa costra, esa que debe soportar tu sueño cada noche. Voz
doliente que nadie escucha. Grito marchitado por el tiempo y por el
sol. Prado que todos esperamos encontrar después de todo despertar.
Días que se disuelven en mis manos, polvo que sellas la
indiferencia y el olvido. Esas son tus huellas, sombra peregrina,
voz que no distingue nadie en la abundante hierba que inventan otras
voluntades. Somos este camino abierto, somos esta herida, estos ojos
que merodean al rededor de una lumbre oscura, para encontrar una
puerta. Así viajan nuestros sueños como rayos que del cielo huyen,
como esperanzas seriamente heridas. |