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Raúl
Henao
en la Lista Negra del Surrealismo
Fabián
Castaño
A
medio mundo he escuchado decir que Raúl Henao
es un poeta surrealista,
como si aquella actitud fuera un contrasentido, o una carga
que le quitara brillo y contundencia a su trabajo.
Semejante aseveración me parece un tanto parcial, oblicua
e inconveniente. Creo
que la mayoría de los nuestros se valen de toda clase de
artilugios para negar o hacer a un lado una obra sin siquiera
conocerla. Emerson
solía decir que la imaginación debía siempre fluir, no
congelarse. Y que el poeta no se detiene jamás ni en la forma, ni en el
color, ni aún en su significación; pues siempre sus palabras
deben expresar una idea nueva.
La mejor manera de silenciar a un poeta es desconocerlo y
aplicarle conceptos y valores que en nada lo definen.
Cada quien es libre de elegir sus instrumentos
poéticos y por ello nadie lo puede condenar.
Si Pessoa eligió los heterónimos y su actitud distante,
si Rimbaud partió para el Africa, no por eso rebajaron la tónica
de expresión. Lo
fundamental en cualquier artista son sus resultados y no la forma
que asumió para llegar a ellos.
Nada cuenta en un autor más
que las obras o el aliento que nos ha dejado a través de sus
libros. De David
Herbert Lawrence podríamos decir que fue un nómada, pero esto
puede resultar baladí al momento de leer sus libros.
Todo poeta tiene sus obsesiones, sus líneas de fuga, desde
las cuales establece un punto de contacto con esa realidad que
desea interpretar o redescubrir. El mismo Raúl Henao define al poeta como ese hombrecito sudoroso que corre tras la gente
para soplarle fuego al oído, y más adelante vuelve y
nos dice que el poeta es un ser que camina sobre brasas y baila en la fumarola de un volcán en
erupción.
El verdadero poeta está
lejos de cualquier escuela, secta, canón o compromiso.
El poeta veraz saca su
fuerza de su libertad absoluta.
El poeta es un marginal desde el punto de vista de la
tradición a la que en un principio acata, pero después abandona.
Demasiado fuera de la ley, demasiado libre para no resultar
peligroso. Para
decirlo en palabras de Raúl Henao: “Los poetas pierden
siempre el corazón, entre las palabras se les pierde la vida”. Paul Valery decía que el hombre no es más que la mitad de sí
mismo. La otra mitad
la constituye su expresión.
De Raúl Henao sabemos
que pertenece a la raza de poetas para quienes la palabra es un
instrumento inflamante y explosivo y él mismo parece recorrido
por un fuego interior cuya incandescencia se propaga a su manera
de expresarse. .
También podemos decir, como lo encontramos en uno de sus
libros que es un hombre que
camina a diario con un pasaporte hacia ninguna parte, en el
interminable ir y venir de las horas.
Fue Henry Miller
quien dijo que el artista y el poeta siempre están en
guerra perpetua con la muerte,
cualquiera sea el disfraz con que ella se presente.
Y la muerte de un poeta es cuando se adapta a un lugar común
y se deja poseer por sus conquistas. Es como tatuarse a un espejo y entregarse a una imagen.
Cuando, en palabras de Raúl Henao, el
poeta es un desconocido que siempre se despide desde el estribo de
una estrella.
Lo cierto es que el artista
no tiene porque solicitar una autorización por escrito para
proceder de tal o cual forma y menos dedicar su obra para
complacer los gustos de su época.
Creo que ser o no surrealista es apenas un gesto, una
especie de guiño que cualquier poeta puede hacerle a las fuentes
fundamentales de su tiempo. El
carácter indigente de de
nuestras letras confunde la actitud personal
con el arte poético que el artista realiza.
Semejante falacia conduce a visiones desmañadas y
arbitrarias. Erige
dioses a quienes no son más que oportunistas y silencia a quienes
han elegido el camino solitario y creativo.
La mayor virtud de cualquier poeta es su autenticidad y el
fuego que lo atraviesa. Raúl Henao es un hombre refinado, una especie de demonio que
ha dedicado la mayor parte de su vida a la construcción de una
obra con un claro acento de libertad personal, con una búsqueda
de ese espacio alucinante que sólo pueden ver los que miran por
entre las rejillas de su propio vértigo; pues la poesía, nos
recuerda Raúl Henao, siempre será ese llamado hacia la locura
amorosa, impublicable de la vida.
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