|
Juan
Gelman: En
la presencia ausente de lo amado
(entrevista)
José Ángel Leyva
Tras
el dolor, la angustia, el miedo,/ Como niño al umbral de la
estancia oscura,/ Será el ceder de la conciencia;/ Mas luego
recobrada, la luz nueva/ Veré, y tú en ella erguido.
Luis Cernuda, “El éxtasis”
Lo sé, a Juan Gelman
(Buenos Aires, Argentina, 1930) no le gustan las entrevistas,
prefiere evadirlas hasta el punto donde su cortesía y gentileza
le permiten rechazarlas. Juan es sobre todo un hombre de palabras
escritas que se escuchan como susurros y risas apagadas, como
juegos de voces en la oscuridad del pasado o quizás como luces
verbales en medio de las sombras del dolor y de la ausencia. La
voz de Gelman, la física, ha adquirido un tono de aspiración,
como cuando llena los pulmones del humo de sus cigarrillos y hace
esfuerzos para que no escape la nicotina y las palabras. Ríe y
habla hacia el interior para que no diga su voz, sino el eco. A
veces, como lo insinuara Julio Cortázar, se conduce como un
buscador de imposibles, un alquimista, mirando a través de sus
ojos verdes los tiempos del desastre y convirtiendo estos
escenarios en épocas mejores.
Esta conversación con Juan
Gelman es la acumulación de charlas casuales y premeditadas,
primero en una cafetería de la colonia Condesa en la Ciudad de México,
luego en Oaxaca en el encuentro de Poetas del Mundo Latino en el
2000 y después allí mismo en el del 2001, y ahora en diciembre
del 2001 en Zacatecas, en el homenaje que organizó en su honor el
poeta José de Jesús Sampedro, en el Festival de Poesía Ramón López
Velarde. Pudimos hablar y soltar ocurrencias con José de Jesús
Sampedro y Eduardo Hurtado, con Mara (su esposa) y Roberto Ponce,
en los callejones de Zacatecas, en sus museos, en los bares y
restaurantes, en las avenidas arboladas de Jerez y ante un
recitador insólito en la casa del poeta jerezano. Por cierto, allí,
en Jerez, descubrí algunos ojos de sulfato de cobre mientras
Gelman escuchaba conmovido el texto de María Isela Sánchez
Valadez (una de las redactoras y poeta de Dos
filos --la revista que dirige Sampedro) que por poco lo hace
llorar. Una alegre tristeza sella los gestos de su cara, inunda
sus ojos acuosos. Gelman dice que lloran a causa de una cirugía
reciente de cataratas, pero yo digo que es porque observan con tímida
emoción e incredulidad el universo. Y al igual que Alejandro García,
quien lo presentó ante los estudiantes de la Escuela de Letras de
la Universidad de Zacatecas: ¿cómo hace para someter el poema a
un tono de sosiego cuando el dolor es tan grande que se palpa?
Cuando estoy por la mañana en su casa del DF, luego
de casi renunciar a mi afán de entrevistarlo, de atrapar sus
respuestas en una grabadora y tamizarlas y editarlas en la
escritura, no puedo evitar el recuerdo de estas reflexiones, como
si estuviésemos en Zacatecas, fumando uno de los innumerables
cigarrillos que consumen juntos él y Mara durante el día, como
si el humo los atase al misterio de los sueños, posiblemente a
aquellos que dejaron en el sur.
JAL
- Vamos a la literatura y a sus raíces. Vienes de una
familia judía, ucraniana, que traía el ruso como idioma natal y
luego adquirió otro, el español argentino. ¿Cómo jugaron en tu
oído y en tu mente los idiomas?
JG - En mi casa se hablaba
el yiddish y el ruso. Yo soy el único argentino de esa familia.
Mi padre y mi madre emigraron de la URSS. Mi padre, que era
obrero, había participado en la revolución rusa de 1905 como
socialrevolucionario. Viajó a la Argentina una primera vez, antes
de que estallara la Primera Guerra Mundial, y volvió a Europa
luego del triunfo de la revolución rusa de 1917, pero no pudo
entrar a la joven URSS, había guerra civil y 22 naciones
extranjeras la impulsaban. Se instaló en Berlín y preparó la
salida de su primera mujer y sus dos hijos de Moscú: el bote en
que éstos y otros emigrados cruzaban un río se dio vuelta,
fallecieron su mujer y un hijo, y mi hermano Boris se salvó
milagrosamente. Finalmente pudo entrar en 1922 y conoció luego a
mi madre con quien procreó una hija. Mi padre volvió a la
Argentina con su familia, la mía, en 1928. Dos años después nací
yo en Buenos Aires. Mi hermano, que era mayor que yo 19 años, me
recitaba en ruso poemas de Pushkin cuando yo tenía unos cuatro o
cinco años de edad. El significado por supuesto no lo entendía,
pero su música me emocionaba y conmovía. Han pasado 65 años y aún
recuerdo algunos versos. Tal vez eso tuvo que ver con mi amor a la
poesía. Sin duda, tuvo que ver. ¿Sabés, lo que pasa con
Pushkin? Traducido parece que no existe, pero en ruso es otra
cosa. Por cierto, mi padre hablaba muy bien el castellano y también
se hablaba el castellano en casa.
Nosotros vivíamos en un
barrio más bien nada pudiente, Villa Crespo, y uno hacía la vida
en la calle, jugando fútbol, haciendo travesuras con los
chicos de la barra, peleándonos con otras barras. Fui a la
escuela pública, al Colegio Nacional de Buenos
Aires, y a los 15 años con la barra
comenzamos a ir a los bailes, al café. Viví y crecí en un
barrio con mucha tradición tanguera, mezclado, porque también
había una buena parte de inmigrados judíos y árabes. Se dice
que Borges tenía allí "un informante" al que le pagaba
10 pesos por cada historia de guapos que le traía.
En casa no eran religiosos,
no obstante que mamá era hija, nieta, biznieta y tataranieta de
rabinos. Se celebraban los rituales y fiestas corrientes, por
razones más culturales que religiosas.
JAL
- Se ha hablado mucho de que tu poesía está muy cercana
a ratos de Oliverio Girondo o al Trilce
de César Vallejo, pero pienso si no tendrá más que ver con esa
Babel en la que fuiste criado y educado. Si ese gusto por las
palabras, por el juego verbal no se dio de manera más natural en
el ámbito de tu casa.
JG - Yo creo que sí. Pero
además tiene que ver con algo que seguramente has sentido, con
los límites de la lengua, y con el cómo a veces uno choca con
esos límites, con la imposibilidad de trascenderlos, que son
también los límites humanos, por supuesto. La infancia impone un
sello esencial y luego vienen las lecturas.
JAL
-¿Tendrá también que ver con la forma lógica como hablan los niños?
JG - Bueno, sí, pero esto
ocurría hace siglos en el idioma de la península. Mi relectura
de los místicos españoles en el exilio me llevó a dialogar con
la lengua del siglo XVI y eso se plasmó en Citas
y Comentarios, dos
libros escritos en 1978 y l979. Luego escribí dibaxu,
que reúne poemas en sefardí, entre 1983 y 1985. No soy de origen sefardí, pero
como intento explicar en el exergo de ese librito, es como si
en ese momento buscara las formas más exiliadas de la lengua, el
sustrato, las raíces del idioma, ése de las jarchas del siglo IX
y del Mio Cid. Me deslumbró el candor del sefardí, el sonar de
sus diminutivos, su sintaxis que, efectivamente, obedece a una lógica
más antigua, más primitiva entre comillas, con una edificación
significativa cercana al balbuceo.
JAL
-¿Reconoces en tu obra la presencia de la estética de las vanguardias?
JG - Sí, claro, sobre todo
de los dos que mencionaste: César Vallejo y Oliverio Girondo. El
primero por una razón de coincidencias sensibles, o de
confluencias, y con Girondo por ese talento, por esa libertad
creadora, sobre todo en La masmédula, en que se asiste a una búsqueda extrema de la
expresión. Pero cuando se habla de influencias, pienso que cada
poeta transmite un lenguaje propio y creo en lo que dijo
Lezama Lima, que "las influencias no son causas que producen
efectos, sino efectos que iluminan causas". Hasta los
creadores más vanguardistas parten de la tradición, aunque sea
para negarla. Nadie viene de la nada, ningún escritor nace en
probeta.
JAL
- Se habla también de tu deuda con Raúl González Tuñón, quien
avaló y prologó tu primer libro publicado, Violín y otras cuestiones,
y te dio a
conocer en el ambiente argentino. ¿La reconoces?
JG - Sí, claro. Fue un gran
poeta. Él tenía una íntima relación con la ciudad, que asoma
sobre todo en un libro que se llama A
la sombra de los barrios amados, y esto era ya una afinidad.
Yo formaba parte entonces de un grupo de jóvenes poetas, "El
Pan Duro", y Raúl nos alentaba y de alguna manera nos
patrocinaba. Era un hombre de una gran generosidad personal y
literaria. Nada que ver con la pomposidad y engreimiento de
ciertos poetas argentinos, que por otro lado no le llegaban ni a
los talones.
JAL
- A diferencia de los vanguardistas, tu poesía no busca
la novedad como sustancia, apenas como forma en el uso de la
palabras, de las posibilidades del lenguaje, que por otro lado ya
explicaste parte de su origen y su sentido primigenio. El tiempo
en tu obra no se proyecta hacia el futuro de manera explícita,
sino implícita, pues siempre vuelve hacia una revisión del
pasado y a veces del presente. No hay pues la actitud o la vocación
del vate, del vaticinador o visionario, sino del recuento histórico.
JG - Yo creo que Ezra Pound
tenía razón al exigir un arte que volviera nuevo lo viejo. Y
desde luego, eso está movido por la experiencia personal, la
experiencia de una lengua, etcétera. No comparto la idea de que
el libro es un difunto porque la televisión existe, eso es
rechazar o negar un legado muy rico depositado a lo largo de los
siglos, de lengua y de cosmovisión, de mucha vivencia
humana bajo cada una de las palabras que se usan. El habla y
la poesía vienen del fondo de los tiempos; ningún desastre
natural o de mano de hombre podrá acabar con ellas y sólo callarán
cuando el mundo se termine.
JAL
- Eduardo Milán te identifica como un poeta de la
lengua. ¿Estarías de acuerdo en esa observación?
JG - Supongo que sí.
JAL
- Él pone de ejemplo de su definición a poetas como
Alvaro Mutis, Francisco Cervantes, Francisco Hernández, pero en
tu caso uno descubre que abres la puerta hacia otras vertientes poéticas
y juegas con la tradición pensando en el presente y en el
porvenir, de allí el nombre de tu libro antológico publicado por
la UNAM, En el hoy y mañana y ayer.
JG - Pienso que de alguna
manera uno vive esos tres tiempos, dentro de un continuum
sobresaltado por sus propias interrupciones, frágil,
a veces incoherente, con momentos y rostros distintos.
JAL
-¿Cómo fue tu relación con poetas que tuvieron una
posición política francamente contraria a la tuya, digamos
Borges u Olga Orozco?
A mí nunca me ocurrió que
debía negar la obra de Borges por sus posiciones políticas, lo
que no significa que hago caso omiso de su posiciones políticas
por el esplendor de su obra literaria. Es muy difícil descubrir
las relaciones entre la ideología de un autor, que es apenas
una parte de su cosmovisión, y lo que transmite su obra, su carga
de lenguaje. Es muy difícil encontrar en Borges la raíces que lo
llevaron a tomar determinadas posiciones. Te contaré la anécdota
que protagonizaron dos compañeros presos bajo una dictadura
militar argentina en que todavía podían entrar libros a las cárceles.
Uno de ellos le insistía mucho a otro para que leyera Viaje
al fin de la noche, de Céline. Pero el otro se resistía
porque argumentaba que él no podía leer a un autor tan fascista
como Céline. Pasó el tiempo y el dueño del libro arrancó hojas
de la portada y le cambió las cubiertas. Le prestó el libro al
compañero renuente, quien luego de leer la novela declaró que
era una obra muy buena, interesante. Cuando supo quién era el
autor se llevó la sorpresa de su vida. Céline colaboró con
los nazis que ocuparon Francia y escribió panfletos
antisemitas y pronazis terribles, pero en esa obra revolucionó la
novela francesa de los años treinta y expresó soledades,
desolaciones y miserias que son comunes a mucha gente
Borges, por su parte, en la
época más dura de la dictadura militar, tuvo una valentía
que pocos intelectuales mostraron en la Argentina, muchos habían
sido asesinados, otros estaban en el exilio y luego las
condiciones de represión eran brutales. En 1977 las Madres
de Plaza de Mayo sacaron un desplegado, como se dice en
México, en un diario. Las tres fuerzas armadas se habían
dividido las esferas de influencia, por ejemplo, a la marina le
tocaba la Cancillería, el diario La
Prensa, ciertas estaciones de radio; al ejército le tocaba
otra cuota --la mayor, claro-- y a la fuerza aérea otra. Había
una suerte de libanización. La
Prensa estaba bajo el control del jefe de la marina, el
entonces almirante Massera, quien tenía un proyecto político
propio y por esa razón permitió que el desplegado se publicara.
Al pie del texto, que pedía la aparición con vida de los hijos
desaparecidos, había firmas como la de Menotti y la de Borges,
que las Madres habían reunido con gran sigilo a lo largo de más
de un mes. Cuando apareció el desplegado fue una gran sorpresa
ver la firma de Borges. Ese día le llamó por teléfono un
presunto periodista radial, más bien miembro de los servicios,
que todavía anda dando vueltas por allí, y a micrófono abierto,
es decir, la emisión salía directamente al aire, le dijo:
"Borges, hemos visto con incredulidad su firma en una
declaración." Como habían pasado cuatro semanas desde que
lo firmara, Borges preguntó: “¿Una declaración, de qué
tipo?” El otro respondió: “Ah, ya sabía, estos subversivos
actuaron por su cuenta. Estas locas de la Plaza de Mayo utilizaron
su firma alevosamente.” Borges, lo interrumpió, y le insistió:
“A ver, dígame, ¿de qué se trata?” Y el otro: “Ya le
digo, de esas locas que reclaman hijos.” Entonces Borges volvió
a interrumpirlo. “Espere, ya comprendo, sí, por supuesto, yo
firmé.” La transmisión se interrumpió de golpe. Borges
había elogiado a los militares que dieron el golpe en 1976, dijo
que eran "unos caballeros" y otras barbaridades más,
estaba ciego, no leía periódicos y lo rodeaba un sector social
que no estaba precisamente afectado por la situación. Sucedió
entonces que una muy amiga de Borges le presentó a una amiga suya
a quien le habían secuestrado la hija y que le relató cómo un
comando armado la privó de su libertad, cómo le habían
destrozado la casa, le habían robado, y su peregrinar en vano por
guarniciones militares. Yo vi el documental que hizo la BBC de
Londres, poco antes de que él muriera, donde le preguntan acerca
de ese tema. La actitud de Borges es de una tristeza absoluta.
Explicó su situación y expresó consternado: “Como decía el
doctor Samuel Johnson, ignorancia, señor, pura ignorancia.”
Con Olga Orozco mi esposa
Mara y yo tuvimos una relación muy cercana. Por otra parte, nunca
fue una reaccionaria. La primera vez que nos vimos me recibió con
muchísima cordialidad, no obstante que yo estaba catalogado como
militante político, revolucionario, etcétera. También fuimos
amigos de Enrique Molina y nunca se interpuso entre nosotros algún
prejuicio de esa índole. En broma le dije a Olga: “Bueno, usted
sabe, se dice que mis poemas son subversivos", y ella me
respondió de inmediato: “Sí, lo sé,
pero yo los leo de otra manera.” Nos quisimos mucho.
JAL
- A veces en tu poesía hay gotas de romanticismo y de
erotismo. El primero es de una gran intensidad, aunque lo
dosificas muy bien. En cuanto al erotismo hay momentos de gran
fulgor y franqueza. Catulo es quizás el personaje que más revela
esa vena de erotismo y de sarcasmo.
JG - Lo que sucede es que en
la secundaria estudié latín y con los compañeros nos
regodeábamos leyendo los poemas de Catulo, por ejemplo, ése
en que llama a una cortesana y le dice que la espera con la sábana
convertida en una especie de palio sostenido por su pene
erecto a manera de mástil. Me encanta su erotismo, su maravillosa
ironía, su rechazo del poder, a César le dice "qué me
importa si eres negro o amarillo”.
JAL
- El mundo clásico salpica también tu obra y
seguramente ahora que lo explicas se debe en parte a esa formación
escolar, a tus lecciones de latín. En fin ¿cómo entiendes esa
presencia?
JG - Todo el mundo incorpora
cosas mediante la lectura, las experiencias de vida, la
música, la relación con la gente, el tiempo que pasa. A
veces asoman y a veces no. Como sabés bien, no se puede escribir
poesía con deliberación, tal vez pueda ser en otros géneros, y
quizás haya poetas deliberados o deliberantes, pero en mi caso,
como en el de tantos otros, eso se manifiesta como una obsesión
imposible de evitar.
JAL
- En este periplo de vida, recuerdo que, en Zacatecas, a
una muchacha que te dijo que a un hombre como tú era imposible
imaginárselo hablando de futbol, le respondiste que en tu
infancia y juventud hubieses deseado ser un futbolista
profesional. Ahora, ¿cómo ves ese recuerdo o ese deseo cuando
sales a la cancha de la poesía a gambetear con las palabras?
Porque tu apariencia es la de un hombre triste, pero basta
conocerte un poco para descubrirte un lado gozoso, muy terrenal.
JG - Eso fue la infancia. He
llegado a pensar que la patria más importante es la
infancia, que uno vincula a su país. Como te decía, a
los quince años, diecisiete, yo iba a la milonga, como
llamamos nosotros a los bailes populares. Pero Gotán, un
libro que publiqué en 1962 y cuyo título quiere decir
"tango" al revés, es una visión enternecida e irónica
del tango. Fui amigo de Leopoldo Marechal, tal vez lo
conozcas, un gran novelista a quien Cortázar admiraba mucho. Fue
condenado al ostracismo interno, por razones políticas. Escribió
una novela extraordinaria que se llama Adán
Buenos Ayres que yo no puedo leer, y la he leído varias
veces, sin reírme a carcajadas en determinados fragmentos. Algo
notable en una novela. Me decía que le resultaba imposible dejar
de ver el lado ridículo de las situaciones más trágicas, más
dramáticas, más solemnes, más serias.
JAL
-¿Y el futbolista?
JG - Las evidencias sobre lo
mal que jugué al fútbol eran tan claras y había tantos testigos
que eso no tenía remedio. Además yo tenía un capricho, me
gustaba hacer goles de taquito y me los perdía por conservar
"el estilo". En el barrio me llamaban con sorna el Pibe
Taquito.
JAL
- Argentina es un país que tiene un pasado esplendoroso
en el terreno intelectual y literario, narradores por cierto con
un gran sentido del humor, que habla de inteligencia y destreza en
el manejo de las palabras, de la lengua. ¿Cómo ves, en este
contexto político y social que vive tu país, el futuro de las
letras argentinas?
JG - Curiosamente se está
desplegando, en esa situación de crisis, una gran oferta cultural
de calidad. Se observa en el teatro, el cine, la poesía, la
narrativa. No se puede ser pesimista al descubrir esa riqueza artística.
Lo que extraño es la ausencia de un debate de
ideas. Por otro lado, la crisis del país origina la
aparición de fenómenos nuevos y muy interesantes. Se ha creado
un Frente contra la pobreza en el que participan organismos
barriales, grupos vecinales, gente de manera individual,
desocupados, y este Frente acaba de hacer un plebiscito con
propuestas que la gente apoya. Lo notable es que las votaron 2 700
000 personas. Ningún partido político en la Argentina, en los últimos
años, obtuvo esa cantidad de votos. La aparición de estos nuevos
signos sacude a los pensantes.
JAL
- Retomo el hilo conductor de
mis preguntas y evoco ese momento cuando en Oaxaca me ibas
narrando el encuentro con tu nieta, a la que buscaste durante años
como un mastín aferrado a la huella de su sombra, y te pregunté
si nunca pensaste en dejar en paz la memoria, olvidar. Entonces me
respondiste que a la memoria no había que dejarla en paz,
no había que dejarla descansar, había que sacudirla antes
de que nos llevara al olvido y al confort. Pero ¿dónde pones el
rencor, dónde el resentimiento de los agravios y los golpes
sufridos?
JG - Por lo pronto, hay
dolor, el tremendo dolor de perder a mi hijo y a su esposa, de no
haber criado a mi nieta. El sentimiento que domina es la indignación,
que nunca se termina, por el crimen primero y por la impunidad
después. Hace unos días, el gobierno civil argentino de Fernando
de la Rúa dio a conocer un decreto que prácticamente prohíbe
cualquier extradición de represores argentinos que asesinaron,
como sabés, a ciudadanos españoles, italianos, alemanes y otros
extranjeros. Por un lado está el juicio iniciado en España por
el juez Baltasar Garzón, pero se instruyen otros en Francia,
Italia, Alemania, Suecia. El decreto de De la Rúa y las
declaraciones de Jaunarena, el ministro de Defensa, confirman las
leyes de impunidad dictadas por otro gobierno civil, el de Alfonsín,
y refrendadas por el gobierno peronista de Menem. Es decir,
los gobiernos elegidos en las urnas no han hecho otra cosa que
refrendar esa impunidad. En momentos de crisis tan dura como la
que hoy vive la Argentina, donde la situación económica genera
una enorme cantidad de desocupados, se huele ya el regreso de la
represión, tal vez bajo las formas de un gobierno sedicentemente
democrático. Se castiga nueva y duramente a los pobres. Pero no
hay castigo para los secuestradores, torturadores y asesinos y la
impunidad parece no acabar. Entonces, no se trata simplemente de
rencor. El rencor es por naturaleza personal, pero el dolor y la
indignación por lo sucedido y por lo que está sucediendo buscan,
más que los caminos de la venganza, los de la justicia.
JAL
- Aquí se encuentra la líder
fundadora del movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo, Laura
Bonaparte, para asistir a la audiencia final del juicio de garantías
promovido por el ex militar de la Armada de Buenos Aires, Ricardo
Miguel Cavallo, a quien se le acusa de crímenes y torturas contra
personas por motivos políticos. Escuché en la radio a una hija
de desaparecidos, que ya también es madre de una niña, y por
tanto madre de la Plaza de Mayo, y me sorprendió escuchar a esa
muchacha con un tono de madurez, pidiendo que a los victimarios de
sus familiares no se les trate mal, sino que sean respetados sus
derechos humanos y se les aplique un proceso justo. Que los
verdugos tengan lo que no dieron a sus víctimas, un poco de
piedad.
JG - En la Argentina ha
ocurrido algo extraordinario, nadie se ha tomado la justicia por
su propia mano, ha habido incidentes en la calle, en algún café,
se ha echado a represores de restaurantes donde estaban comiendo,
los hijos de los desaparecidos se manifiestan frente a las casas
de los asesinos para denunciarlos, pero ninguna víctima ha matado
o baleado a alguno. Es notable: la gente pide que se los juzgue y
con todas las garantías para ellos, algo que ningún militar hizo
ni pensó hacer.
JAL
- Veo una situación muy delicada en este asunto de los
saqueos y de la gente saliendo a las calles desesperada porque no
tiene empleo ni dinero para comer. Allí aparece la oportunidad de
ejercer la fuerza y la violencia para instaurar el orden; la
tentación autoritaria tiene su oportunidad.
JG - Eso con seguridad,
porque además la desocupación tan enorme produce enfrentamientos
de pobres contra pobres. La policía protege los supermercados, a
los dueños millonarios, pero no así a los pequeños
comerciantes. La gente, cuando no ha podido invadir los grandes
comercios se ha dirigido, llevada por la desesperación, hacia los
pequeños negocios. Pero hay que diferenciar esta clase de hechos
de otros que responden más provocaciones, como la del grupo que
entró al Congreso, incendió bancas y produjo allí otros
destrozos, pues se trata de nostálgicos de la dictadura que
intentan aprovechar la situación para que se produzca otro golpe
militar.
JAL
- Tu poesía está permeada de ese espíritu de justicia
entreverado con el humor, la ironía y con frecuencia de un hálito
místico. La pasión y el amor se cuecen aparte. A estas alturas
de la vida ¿piensas que ha cambiado tu actitud escritural?
JG - Sin duda, todo cambia
con el tiempo, cualquiera que sea la experiencia. El exilio
modificó todo en mí. Me resulta difícil saber cómo, pero he
cambiado. En cuanto al misticismo que mencionás, fue una
relectura en el exilio de los místicos españoles y de los
cabalistas, es decir, los místicos judíos, y también
de Hildegarde de Bingen, Meister Eckehart, las beguinas Hadewicj. Los
leí de otra manera porque estaba en el destierro, sintiendo en
ellos, como en mí, la presencia ausente de lo amado: Dios para
ellos y para mí los compañeros caídos, mi hijo, los
desaparecidos, mi país. Creo, además, que hay otra similitud
que aproxima a la mística y a la poesía: el éxtasis, el salirse
de sí. Por último, en ambos casos la experiencia se concreta en
la escritura. La religión en que realmente creo es la de la
solidaridad humana. Religión en el sentido de su significado
original, religare, volver a unir. Y creo que la vida es sagrada.
Siempre recuerdo ese poema
de Luis Cernuda que habla de un sobreviviente de la Brigada
Lincoln, ese grupo de estadounidenses que participaron en la
guerra civil española en favor de la República. Cernuda dice que
basta con que uno solo muestre su nobleza para volver a creer en
la nobleza humana.
JAL
- Bueno, los místicos también se parecen de algún modo
a los revolucionarios, sobre todo cuando éstos, pongamos el
ejemplo del Che Guevara, están dispuestos a darlo todo por un
ideal colectivo, a sacrificarse por los otros. Pero tu ¿cómo has
logrado mantener firme la convicción y la confianza en la nobleza
humana?
JG - Sí, mantengo mis ideas
y mis ideales políticos, pero con modificaciones. Ese espíritu
no ha cambiado, aunque muestra no pocas lastimaduras por toda la
sangre que ha corrido. En este mundo donde se tiende a la
uniformización del pensamiento están ocurriendo cosas muy
peligrosas. Por ejemplo, aunque sea un hecho menor ante el
genocidio pacífico por hambre que cunde en el mundo, la
concentración editorial que achica la pluralidad de los títulos
que se publican, para no hablar de la calidad. Van absorbiendo
editoriales pequeñas, y en vez de publicar dos mil
ejemplares de cien obras distintas, prefieren hacer una sola
tirada de cien mil de un título que les garantice la venta. Esto
empobrece aun más el horizonte que nos impone una situación económica crítica.
Creo que es imposible,
realmente imposible, llegar a destruir, extinguir o incluso
mutilar la capacidad de sueño y de esperanza de los seres
humanos. Utópicos son los que creen que se acabó la utopía. Es
al revés. Quizás la función de cada utopía radique en su
fracaso, para que nazcan a utopías mejores.
JAL
- Y la nostalgia, ¿cómo la vives? ¿Cómo la revuelves
con la ironía y el humor que te caracteriza? Porque la nostalgia
empapa tu escritura, ¿no es así?
JG - La nostalgia no me
parece un defecto, la melancolía sí. Pero a veces la nostalgia
molesta, y es cierto, creo que tenés razón, procuro distanciarme
de ella con la ironía y el humor.
JAL
- La nostalgia revolucionaria, el haber deseado algo
mejor que parece no se dio. El subcomandante Marcos emerge entre
las brumas de ese pasado y la movilización de un presente cibernético.
Tú lo entrevistaste hace años, ¿qué esperabas encontrar?
JG - Trabajo para Página/12,
un periódico argentino que tal vez conozcas, y que me
pidió en 1994 que entrevistara a Marcos. Fue un encuentro en una
situación muy especial, se dio en la selva chiapaneca. Me
interesaba, claro, su visión política, pero sobre todo su
formación literaria, tema que, como habrás advertido, ocupa un
tercio de la entrevista. Me interesó una idea que él expuso allí,
de nítida exposición pero muy difícil práctica, acerca de las
formas que debían generarse y asumirse para que la gente
participe en el debate de las ideas y en el hacer la política, a
la manera de la polis griega. Opinó que la caída del imperio
soviético fue producto de no haber encontrado esas formas, más
que del acoso de la guerra fría.
JAL
-¿Lo ves como un poeta?
JG - No he leído poemas de
él, pero sí tiene una prosa muy notable, jugosa, rica.
JAL
-¿Te renovó la esperanza?
JG - Es un movimiento nuevo,
ahora está un poco quieto, pero sin duda es algo muy distinto de
las corrientes guerrilleras que conocimos en los años sesenta y
setenta. Las manifestaciones contra la globalización en
Seattle y Génova, el Foro de Porto Alegre, el movimiento
lesbian-gay, el de los sin tierra brasileños, los piqueteros
argentinos, etcétera. Me parece que todas esas expresiones
de resistencia que se desarrollan al margen de los partidos políticos
pueden abrir camino a los cambios necesarios. Al mismo tiempo, el
poder los usa para justificar la represión. En la Argentina los
sectores militares incluso propusieron que se considerara
subversivos a los desocupados que cortan rutas para conseguir
trabajo, a los piqueteros, también a los organismos de derechos
humanos y otras agrupaciones no gubernamentales que molestan
aunque sólo sea arañando la estructura económica y política
actual, tan dominada por el FMI, las multinacionales y los
intereses de Estados Unidos. La cruzada de Bush hijo contra el
terrorismo no sólo ha recortado las libertades civiles en su
propio país, amenaza con hacerlo en cualquier parte del mundo.
JAL
- Por último, ¿confías en el
proceso de extradición de Cavallo a España?
JG - Aunque no lo
extraditen, te diré que de todos modos este señor se ha
chupado dos años de prisión en una cárcel mexicana, y eso no es
cualquier cosa (risas).
México, DF, 19 de diciembre
de 2001.
|