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alfredo fressia

 

LOS IMPERIOS PROVISORIOS

René Fuentes Gómez

 

Treinta años de poesía festeja Alfredo Fressia (Montevideo, 1948), uno de los poetas uruguayos contemporáneos que reúne en su obra calidad y singularidad. Causa asombro, por ejemplo, que en su primer libro, Un esqueleto azul y otra agonía (1973), hay una voz visionaria de lo individual, maldita si se recuerda el porqué de este calificativo para algunos poetas franceses del siglo XIX. Arthur Rimbaud es la sombra o el interlocutor espectral a quien el Fressia de entonces parecía dirigirse; pero sin el coloquialismo de moda ni esa realidad frontal, pública y obstinada que tanta hojarasca  de siempre trata redimir. Asombra además que, siendo uruguayo, en Frontera móvil (1997) y en Veloz eternidad (1999) mitifique lo que le importa de su país y su cuidad natal sin vanas nostalgias, y sí con la ironía y un humor fino que son más incisivos cuando provienen de una aparente ingenuidad o del querer más severo. O también, en el tramo actual de su bibliografía, ese bagaje de referencias que se trenzan en los poemas de Eclipse (2003); como si todo el tiempo humano y la creación humana toda, también con sus desastres, formaran parte de cada “imperio provisorio”  que él escribe del mundo de “los otros” y de sí.

“La hora llegó, ya viste demasiado el pergamino de tu cielo. / Ya sabes que tu pecho en negativo no acusa corazón ni familia ni nada / de sagrado Fressia irremediable, sólo esa ostra celeste hecha de tiempo”: dice un fragmento del texto que da título al último poemario reunido en esta antología; que él prefiere reconocerla como “cierta poesía”, como otra selección de selecciones (ya en 1989 había publicado otra, Cuarenta poemas, de lo escrito hasta entonces). En esa “ostra celeste”, representada en “El nacimiento de  Venus” de Botticelli, Fressia no sólo recobra la imagen pictórica y el valor simbólico de la vida y la feminidad para occidente, sino que también deja un margen para otras connotaciones: como el beneficio mágico de la ceniza de la ostra y su utilización como material disecante en China, o la propiedad zoológica de ese animal mudo (analógicamente, él considera que “el tiempo de la poesía (...) debería medirse por el silencio”) que segrega la perla. En este caso, el oficio que trabaja la belleza hasta exponer lo oculto, lo omitido, lo desconocido o lo que una vez más es ensalivado por el presente hasta redimensionar  su condición de memorable. 

Para un goce mayor de su poesía, o sea: de todos sus libros de poesía, importa tener en cuenta que Alfredo Fressia ha escrito y se ha escrito. No haciendo de la escritura un desahogo anecdótico, sino codificando en cada tramo de su obra la anagnórisis progresiva de su propia existencia. En este estado de reconocimiento continuo hay varios tópicos que fluctúan y se complementan: su condición de homosexual que se quiere así y no mujer, de intelectual consciente de las periferias naturales y aquéllas que eligió  (“Soy un poeta en lengua española de un país periférico de América del Sur y vivo por opción en otro país periférico de América del Sur, de una lengua diferente, la portuguesa. Por así decirlo, me exilié en otro exilio”: fragmento de una conferencia que dictó en Marshall University, Huntington, Estados Unidos, 2002), que ha sido capaz de superar y ampliar sus búsquedas estéticas dominando tres lenguas (español, portugués y francés) pero manteniendo un tono muy particular que mide con “tabla rasa” lo transcendente y lo recurrente, la cachondez uruguaya de la que escribió antes Herrera y Reissig y el bagaje  ecléctico de sus divertimentos culteranos.

En la primera etapa de su poseía (Un esqueleto azul y otra agonía; Clave final, 1982, Noticias extranjeras, 1984 y Cuarenta poemas), Fressia casi siempre se dirige a un interlocutor ausente pero directo, constatable como una referencia exofórica del texto: el padre (muy relacionado aquí con el mito de Perseo, el ogro y las ambivalencias de las interpretaciones psicoanalíticas), un elemento natural, su conciencia o la de los otros. El poema avanza por la coherencia lineal de su discurso, lo escrito crea su propia significación, nunca ajena de la ética. Sin embargo, ya en Frontera móvil y en El futuro (Lisboa, 1998) o en su versión aumentada Veloz eternidad (Montevideo, 1999) los poemas surgen como desprendidos de su voz, o sea: la enunciación es lo primario y el yo lírico es sólo un ámbito de exploración entre otros posibles, que la forma y cuadratura atemporal del poema sustentan. Ya el cuerpo, esa visualización de lo propio y tangible que antes causaba espanto (“El miedo, padre”), extrañeza (“Retrato”, “Alguien”), identificación y compasión (“Coro de maniquíes”, “Travestí”, “André Gide”) y hasta vergüenza cívica (“Me pregunto”) ha encontrado un modo de ser y de hacer que lo libera: “...ya no me importa la flor / exenta de mi nombre / que piense en pensamiento, a mí / no me importa” (“Tres mesas del Sorocabana”, parte 3). Esta liberación ya antes había marcado su naturaleza trágica, rememorando y acogiéndose quizás a un castigo divino: “Cierro todo ciclo; en mí me acabo. / Tiresias contempla al travestí en silencio / por siglos se responde un eco humano / y en mí me acabo” (“Final”).

Dos son las versiones que cuentan las posibles causas de la ceguera de Tiresias. Una dice que, luego de que él vio desnuda a Atenea mientras se bañaba, ella lo dejó ciego; pero considerando a su madre le dio el don de la profecía. La otra versión cuenta que Tiresias quedó ciego desde muy joven porque mató a la hembra de una pareja de serpientes y su cuerpo pasó a tener forma femenina; y que, sólo siete años después, pudo matar al macho de otra pareja de serpientes que encontró en el mismo lugar, volviendo así a recobrar su forma masculina. Pero Tiresias, profeta de Tebas, también aconsejó a Odiseo cuando bajó a los infiernos. Y Odiseo, símbolo de la persistencia, tuvo que pedir que lo ataran al mástil de su navío para no dejarse seducir por el canto de las sirenas. Siete generaciones vivió Tiresias. Número perfecto y extensible: tiempo total y puntual que Fressia esgrime, encarna y ciñe.  

“Por siglos se responde un eco humano”. Y en este hoy rico, desvencijado y eterno, Fressia mueve a su antojo el tiempo de una espiral que precede y sucede a la invención del reloj y sus significados desde la Edad Media hasta el presente. Tiresias recuperado o su representación fressiana expone la agonía de saber y no ver, o ver más con la imaginación que con la fragmentación cultural y epocal de la historia parcializada y verticalizada. El convite, la elección del eclipse como acontecimiento  inquietante, siempre generador de “el esplendor y el caos” (según, Delfín Prats), es para Fressia la posibilidad de un cambio verdaderamente removedor de la rutina perceptiva y de la razón como atributo ineludible del ser kantiano. El eclipse en su poesía es un encuentro supremo de equilibro y desequilibro, la propuesta tangencial de otro nuevo orden. Esa posposición breve de la luz (sabiduría de civilizaciones, culturas e imperios pasados y recientes) que revela y oculta simultáneamente detalles a través de la penumbra, de la penumbra toda: gótica, barroca, esperpéntica, minimalista. Esa penumbra que aquí, con palabras, pero llena de referencias pictóricas, mitológicas, geográficas (éstas últimas van desde Ur hasta la Escollera Sarandí), literarias, simbólicas, iconográficas, numerológicas (judeocristianas, principalmente) y con un santoral donde no falta ni San Jorge (excluido del original luego de la Reforma) ni otros santos transculturizados por el sincretismo religioso en América. Hay también en la etapa más reciente de la poesía de Fressia (barroca por su naturaleza abigarrada, pero no por el tratamiento del lenguaje) un bestiario de especies benéficas y maléficas, reales y mitológicas: desde la paloma que simboliza el Espíritu Santo en las representaciones de la Trinidad hasta gatos, tortugas, y dragones (con sus diversas valoraciones en Oriente y Occidente). 

Sin embargo, Fressia es un poeta vívido, que se deja leer y revivir. Por ejemplo, en el poema “Lección de historia”, cuyo título resulta aparentemente didáctico,  desde los primeros versos por esa “ruta de la seda” sin Marco Polo (más parecida a una versión postmoderna y escritural de “El viaje de los Magos a Belén”, de Benozzo Gozzoli) se puede disfrutar de una posible carnavalización de “estas joyas del ancestro en la carrera”. O sea: todo lo valioso del pasado importa porque ahora y aquí está “corriendo”, volviendo a suceder. De este modo, el recobro de cada referencia no es una apropiación cultista y excluyente para aquellos lectores que la desconozcan. Al contrario, Fressia “enseña” o “le enseña” a la historia y su constatación científica que los hechos distantes (en tiempo y espacio) pueden perfectamente coexistir en un mismo recuerdo o en su inagotable latencia subliminal. Ya en su poesía no predomina una voz, sino un coro de impresiones y expresiones (conscientes y subconscientes) que indagan en lo público y lo privado con una dinámica interna, generativa de sus propios vasos comunicantes. Así confluyen una película de Antonioni en el Montevideo de 1962, Margarita de Angulema y sus sirvientas enanas (algo común en su época) y la necesidad de “cubrir de paciencia los muros del Cementerio”.

Más uruguayo, más universal y menos patriotero que nunca, en “Diario de caza” Fressia deja en limpio su propuesta, su ofrecida aventura: “Estos son los ríos de Babilonia, se suben / en busca del olvido y vuelven siempre”. En esta hermosa edición de tapa negra (con un excelente prólogo de Luis Bravo, una ficha bibliográfica completa y otros anexos) ha reunido treinta años de poesía, de buena poesía: dirán los lectores atentos, aquéllos que reconocen a la belleza (en este caso, literaria) como un modo de no ser “rehenes obedientes de la especie”.

 

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