poemas
RUMBOS
Para
mi padre, donde esté.
Me
perturba que en triste lejanía
se
mantenga el sonido de tu canto,
que
la esencia de todo cuanto has sido
exista
inmaterial entre los astros.
Te
Volviste viajero de la noche,
de
distintos senderos caminante.
Ya
resuenan tus notas, otra escala
en
esa dimensión que no me alcanza.
Qué
importa si tú fuiste en la distancia
refugio
de los cauces de mi llanto.
De
otro sol es tu huella peregrina,
diferentes
alondras te acompañan
Ya
no puedo llegar hasta tu encuentro,
Ni
tu fuego se enciende en mi palabra.
(de
Peregrino de la eternidad, 1985)
XXIII
Una
espina ha dejado
tarde
atrás,
una
lágrima roja
en
el hueco rosado de mi mano.
Me
devolvió al contorno de mí mismo,
escribió
entre mis venas una carta
con
noticias antiguas de mi cuerpo,
poniéndole
un dolor al andamiaje
de
mi viejas palabras.
Se
ahonda en mi recuerdo aquella espina.
Más
debajo de ti,
-toda
hermosura-,
bañada
su agudez con tu fragancia,
-tan
perfecta en tus pliegues,
tan
distante y ajena a su destino-.
Cómo
duelen las ansas de tenerte,
aposentada
en mí,
doliente
y dulce espina.
(De
Sobreviviente, 1985)
HAN
TALADO LOS ÁRBOLES
Han
talado los árboles
limpiando
con mugre
las
huellas del perfume,
cercenado
las notas de un violín emplumado,
inmensamente
frágiles,
profundamente
puras.
¿Dónde
está la matriz,
la
médula olorosa,
el
lejano reverso de la próxima siega?
El
jadeo de las gramillas al pie del alto tronco
han
perturbado
el
pulmón de la selva con su aliento de nidos.
Ni
siquiera las aguas fluyen libres.
Eructos
de petróleo retardan la corriente
con
sus multiprosaicos desperdicios.
¿Dónde
viven los peces
cuando
se herrumbra el lecho
de
su salto o su sueño?
El
aire,
sin
rastros de metamorfosis lepidópteras,
se
ha vuelto una opaca transparencia.
Sin
el dorado ronroneo del abejorro
no
es más que una memoria de polietileno.
Malograron
los partos de la espiga
y
la risa pascual de las guayabas
que
mordisqueaban las mañaneras lenguas del sol
con
sus dientes rosados.
Han…
Entre
tanto nos damos
atracones
de nada.
(De
El acantilado y el mar, 1992)
LOS
ROCES
De
unos roces a esta parte,
entre
la luminosidad de verte
y
la desdicha de que te me pierdas
tras
el amasijo de las consideraciones
y
los péndulos tiránicos
y
la nunca bien ponderada costumbre
de
la rotulación estéril,
mientras
desfallece la carne
de
tantos orgasmos inventados
como
fantasmas con tu rostro
y
sin ninguna esperanza,
languidecen
las miradas,
se
indiferencian;
ni
qué decir de las fogatas
que
devoraban nuestros ojos,
y
cómo sabíamos evitarlo,
eso
de rozarnos sin darnos cuenta,
o
tal vez
ni
siquiera rozarnos,
sabiendo
que
los
pecados de la postergación
son
los más graves.
(De
El ocaso del milecnio, 1999)
DEMASIADO
TARDE
To
Think of the right thing
to
say too late
Robert
Frost
Robert,
espérame
en la orilla de ese tiempo donde estás,
quiero
ingresar al sosiego compartido.
No
llegaré con estridencia de bocinas
o
la premura del asunto pendiente,
tampoco
de vestido largo
y
capelina;
no
llevaré sombra en los ojos
ni
la máscara para los ritos usuales
y
mucho menos las uñas pintadas;
no
temas verme con mi primer recuerdo
clavado
a la espalda:
ninguna
queja de pena o de alegría.
Ingresaré
a la esfera donde estás
como
una nube
que
habla sin romperse
y
te daré la mano para me que ayudes a entrar:
-
hogar es el lugar adonde vamos
sabiendo
que nos esperan –,
tú
lo dijiste con otras palabras;
el
ropaje no importa.
Aguárdame,
quiero
contarte las cosas que no dije;
aquellas
que se ahogaron
con
el ancla de las circunstancias
ciñéndome
el cuello.
(De
De la eternidad y otros delirios, 1997) |