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Darío
Jaramillo Agudelo: Entre la plenitud y la carencia
(entrevista)
José
Ángel Leyva
Además de narrador y cronista de su propia
historia, Darío Jaramillo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1947)
es uno de los poetas más interesantes de Colombia, pues en sus
versos confluyen la energía de lo mundano, el rigor de la
escritura, la oralidad y la reflexión, la confesión del tacto y
la sugerencia de los signos. Lo conocí en su oficina de la
Subgerencia Cultural del Banco de la República, ubicada en la
Biblioteca Luis Ángel Arango,
en donde el tráfago estudiantil le otorga una dinámica
muy vital a lo cotidiano, aun cuando él permanece resguardado en
otra área menos bulliciosa. Razones del ausente, Aunque es
de noche e Historia de
una pasión fueron las publicaciones que me permitieron
comprender su poesía, también contribuyeron a ello los
comentarios de algunos escritores, como es el caso del poeta y
periodista Rogelio Echavarría, quien vino a México a la Feria
del Libro en el Zócalo, en el 2002.
Darío Jaramillo es la imagen física de su
escritura, pulcra y elegante; nos recibe con gestos de amabilidad
y simpatía mesuradas, pero sabemos que detrás del funcionario
está el poeta, el hombre que se desbarranca en sus noches de
insomnio, en la vorágine literaria, entre fantasmas que nos
hablan de la Historia de una pasión. Así es como damos
paso a esta curiosidad inacabada.
JAL - Refieres
tu infancia, en diversos poemas, como un momento existencial
iluminado, feliz, pleno de acontecimientos sencillos y
extraordinarios como el olor de la lluvia, de los árboles
frutales (duraznos) y “como aquel territorio desconocido de la
muerte (...) a todo esto que soy yo y que ya no es mío” (De
nostalgia I). ¿Qué tanto aludes al proceso personal del hombre
que abandona el paraíso de la inocencia y de la tutela familiar,
y qué tanto a la historia de un país que se desboca en la
violencia y a la descarga cruel del asesinato de su propia
cultura?
DJA - Viví una infancia feliz. La memoria de mis años
en Santa Rosa –y después de los siete en Medellín- es
exultante. A veces llego a creer que me mantenía en el mismo
estado de embrujo que, de adulto, me equivale a emoción poética.
Lo que intentaba en los poemas De la nostalgia era verbalizar alguno de esos momentos y nada más.
JAL - De
cualquier manera hay en tu escritura un tono evocativo que reclama
otra época y otras circunstancias. ¿Cómo nace en ti el interés
por la literatura y en particular por la poesía? ¿Cuál es el
entorno familiar y social en que emerge?
Mi padre es comerciante. Tiene un almacén. Mi madre
siempre ha trabajado con él. En las vacaciones del colegio y de
la universidad y en algunas épocas de mi vida, he trabajado en
Almacenes El Mar. Además de comerciante, mi padre es un buen
lector. En mi casa siempre hubo libros. No tengo hermanos de modo
que aprendí desde niño divertirme con los libros. Mi abuelo me
contaba historias que me hacían levitar. Mi padre me leía y me
decía versos. Desde muy temprano –hasta hoy-- he sido un
devorador de novelas. Creo que descubrí muy niño el poder
alucinatorio de la palabra. Ya adolescente leí poesía y quedé
contagiado
JAL - “La
poesía: este consuelo de bobos sin amor ni esperanza, borrachos
por el ruido del verbo, aturdidos por cosas que significan otras
cosas, sonidos de sonidos” (de El oficio).
¿Qué poetas se hallan presentes a la hora de emprender el vuelo
escritural, qué fuerzas intelectuales guían tus pasos y aspiras
a emularlos?
DJA - Como a los diez u once años, aparte de las
lecturas más constantes, que eran los mismos que todos hemos leído,
una lista larga y variable que siempre se encabeza con Stevenson,
Verne, Salgari y Mark Tawin, yo tenía algunos poemas favoritos
que leía y releía y ya casi me sabía de memoria. Eran más,
pero ahora recuerdo uno, descubierto por mí en una vieja revista Bolívar
entre un comentario de don Fernando Charry Lara sobre Jorge Luis
Borges, el poema era el que empieza “patio, cielo enjaulado”.
Entre los poemas intercalados en los textos del colegio había uno
que me parecía maravilloso, todavía hoy lo leo con asombro, el Nocturno
de José Asunción Silva, “una noche, una noche toda llena de
murmullos y de música de alas”.
Los detonantes para que yo empezara a intentar
versos aparecieron, invento una fecha aproximada, a mis 15, 16 años,
por ahí en 1963, y fueron el descubrimiento del Canto
a mí mismo de Walt Whitman y de las Obras
completas de León de Greiff, que editó Alberto Aguirre, el
librero donde mi padre me autorizó para pedir libros. No he
vuelto a ver esos primeros cuadernos pero ahora los recuerdo como
una mezcla de las dos cosas, versiculares, muy directos y
personales –a lo Whitman-- y con palabras inventadas a lo De
Greiff.
Luego, más grandecito, ya de poeta joven en Bogotá,
descubrí los poetas emblemáticos de mi generación, los papás
de todos, Pessoa, Cavafis, Borges, Cernuda --nombres capitales
para mí--. Leí otros, que también circulaban con insistencia,
pero que --ahora puedo confesarlo-- me interesaron menos, como
Lezama Lima y Octavio Paz. Me interesé por la poesía colombiana.
Y nunca dejé el vicio de las novelas y narraciones. Adoré
--adoro-- a Cortázar, a Arreola, a Rulfo, a Melville, a Poe, a
Salinger, a Italo Calvino, a García Márquez, a Felisberto Hernández.
Inventé mi propio canon de clásicos: la mil y una noches, el
Quijote, Tristam Shandy, Gargantúa, todo Sthendal, todo Flaubert,
todo Conrad, Montaigne... digo nombres de memoria siempre con el
temor de olvidar a alguien esencial.
JAL - Te
ubican como un poeta de la Generación sin nombre ¿podrías
contar un poco la historia o la anécdota de esta definición o
clasificación? sobre todo para los no colombianos que desean
entender un poco más la lógica de ese momento literario en tu país.
DJA - En 1966 llegué a Bogotá a comenzar la
universidad. Fui conociendo a los poetas jóvenes. Los núcleos
eran la página Vanguardia,
que dirigía María Mercedes Carranza, y la revista Arco,
donde trabajaba Juan Gustavo Cobo Borda; poco después Cobo trasteó
sus reales a la Librería Buchholz y a la revista Eco,
y desde allí enviaba selecciones de versos de poetas jóvenes a
los periódicos y revistas. Una de estas páginas, aparecida en El Tiempo, fue titulada por Álvaro Burgos algo así como “una
generación en busca de su nombre”. Posteriormente, en 1970, el
poeta español Jaime Ferrán publicó un volumen en la colección
Adonais que llamó Antología
de una generación sin nombre. Hace algunos años elaboré un,
todavía borrador, sobre la historia de la poesía en Colombia. Al
tratar de establecer elementos para una lectura histórica encontré
que, durante el siglo XX, los relevos generacionales se presentan
cada diez años, de modo que al llegar a mi generación preferí
abordarla como “nacidos en los cuarenta”, una designación que
abarca poetas que nunca estuvieron incluidos en las publicaciones
de la generación sin nombre. Por otra parte, en cuanto a estos últimos,
observo más diferencias que semejanzas en sus poemas.
JAL -¿Qué
comparten y qué rechazan del nadaísmo?¿ Cuál es el efecto que
hizo en ti ese movimiento de vanguardia tan tardío, pero tan
cercano a fenómenos como la generación beatnik de Estado Unidos?
DJA - Así como los poemas son diferentes, lo que
piensan mis coetáneos de la poesía también es distinto. Puedo
hablar por mí. El nadaísmo surgió con escándalos públicos en
la pacata Medellín donde yo crecía como estudiante del colegio
de san Ignacio. En la librería Aguirre conocí a Gonzalo Arango,
el fundador. Me sorprendía el contraste entre una persona tan
encantadora, tan dulce, y los manifiestos tan agresivos que escribía.
Ahora, cuarenta años después, haciendo el balance, puede decirse
que del nadaísmo salió uno de los más notables poetas
colombianos del siglo pasado, Jaime Jaramillo Escobar.
JAL - En la
trayectoria que marcan tus cuatro libros de poesía pueden leerse
líneas muy claras de la sensibilidad que los empuja. Puede ser el
tema o puede ser la carga emocional que los conduce, pero hay,
desde Historias, una
lucha recurrente entre Eros y Tanatos. Puede pensarse que sucede
como en cualquier poeta, y ello es cierto, mas lo tuyo adquiere un
acento particular debido a la nostalgia de la muerte o sus
texturas (si piensa uno en la plástica) y una invocación-evocación
al amor y sus voluptuosidades, al amor carnal en apariencia, pero
de trasfondo espiritual, que genera un vacío que emerge como
dentelladas en busca de su inmediatez física. ¿Cómo describirías
el juego, por decirlo de alguna manera, de estos dos extremos de
la naturaleza que transitan por la razón y la emotividad de tus
poemas?
DJA - Leyendo tu pregunta recuerdo lo que dice
Monterroso, cito de memoria, que los únicos temas de la
literatura son el amor, la muerte y las moscas. Yo no he escrito
sobre éstas, pero en compensación con el mundo zoológico, desde
hace rato me ronda un conjunto de poemas sobre los gatos. Creo que
soy un tipo silencioso, que pasa solo la mayor parte de su tiempo
libre, haciendo nada, durmiendo, leyendo o escribiendo. He escrito
poemas de amor cuando he estado enamorado, montones, y del arrume
dejé catorce. Es muy difícil escribir poesía cuando uno está
enamorado. Es muy difícil hacer cualquier cosa mientras uno está
enamorado. Mientras uno está enamorado no puede sino estar
enamorado. Visto desde afuera, es como una prisión. No me deseo
estar enamorado. La paradoja consiste en que, mientras las cosas
funcionan, uno disfruta mucho cuando está enamorado.
Me confunde que menciones la muerte. Conjeturo que
soy un individuo bastante desconcertado. No entiendo muy bien lo
que llamamos realidad. Y tampoco sé quién o quiénes soy. Todo
me cambia a tal velocidad que no alcanzo a captar y cualquier
asunto que aclare de mí, es rebasado por el tiempo. Cada
descubrimiento es una cancelación y sólo se conjuga en pasado,
sobre alguien que posiblemente fui. De la muerte sé menos. La sé
segura pero no sé en qué consiste. Le temo y temo las heridas de
mis duelos. Temo cuando apunta cerca de mí. En este punto, diría
que el asunto está en encontrar las palabras, los ritmos, los
silencios, los tonos que conviertan en poesía esos desconciertos,
esas preguntas, esas visiones, esas dichas y temores. Porque el
asunto de la poesía son las palabras.
JAL - Tuviste
un percance que refiere Eugenio Montejo, en el Prefacio de tu
libro DJA - Aunque es de noche,
a partir de algunas notas tuyas, supongo que en Historia de
una pasión, cuando perdiste un pie o
parte de una pierna y estuviste al borde de la muerte y que ello
te hace en gran medida el protagonista de “Razones del
ausente”, ese que exclama: “Díganle que en ciertas mañanas
llenas de luz/ y en medio de tardes de piadosa lujuria y también
borracho de vino en noches de lluvia/ siente cierta alegría
pueril por su inocencia y díganle que en esas ocasiones dichosas
habla a solas.” ¿Podrías abundar sobre el significado
vivencial y literario de ese hecho que marca tu mirada sobre el
tiempo que se vive y el que se dejó de vivir, pero se continúa añorando?
Escribí Razones
del ausente en 1975, mucho antes de que fuera amputado de la
pierna derecha a principios de 1989. Al salir de la clínica,
después de casi cuatro meses, escribí un poema directamente
relacionado con el asunto:
Desollamientos
…the seafaring man with
one leg… (R.L. Stevenson).
Sin
pie mi cuerpo sigue amando lo mismo
y mi alma se sale al lugar que ya no ocupo,
fuera de mí:
no, no hay aquí símbolos,
el cuerpo se acomoda a la pasión
y la pasión al cuerpo que pierde sus fragmentos
y continúa íntegro, sin misterios incólume.
Contra la muerte tengo la mirada y la risa,
soy dueño del abrazo de mi amigo
y del latido sordo de un corazón ansioso.
Contra la muerte tengo el dolor en el pie que no tengo,
un dolor tan real como la muerte misma
y unas ganas enormes de caricias, de besos,
de saber el nombre propio de un árbol que me obsede,
de aspirar un perdido perfume que persigo,
de oír ciertas canciones que recuerdo a fragmentos,
de acariciar mi perro,
de que timbre el teléfono a las seis de la mañana,
de seguir este juego.
JAL - Esa línea
tomada de un verso de San Juan de la Cruz que utilizas como epígrafe:
“Su claridad nunca es oscurecida/ y sé que toda luz de ella es
venida/ aunque es de noche.” ¿Cuánto de ti, de misticismo, de
soledad espiritual hay en esa imagen?
DJA - En parte, creo, ya te respondí antes. A estas
alturas de mi vida, no tengo respuestas para nada. Me siento por
completo ajeno al sistema de valores que impera en el mundo, desconfío
de mí en particular y de la criatura humana en general. Te dije que
soy un tipo solitario y silencioso. Disfruto de ambas cosas. Y gasto
buena parte de mi tiempo escribiendo. Necesariamente, en la
escritura plasmo esos conflictos y, aun disfrutando con intensidad,
añado otro conflicto más con la escritura, la percepción de que
nunca acabaré de aprender el oficio.
JAL - Tu poesía,
tal como lo señalan algunos de tus críticos y compañeros poetas
(ejemplo, María Mercedes Carranza), se aleja de una preocupación
retórica para instalarse preferentemente en un plano de
circunstancias, acontecimientos, anécdotas personales, íntimas.
Es, desde el ángulo de mi propia lectura una poética que se
aproxima a la inmediatez del habla, pero su origen cronológica e
intelectualmente acusa formas que persiguen equilibrios
estructurales y verbales. ¿Cuánto hay de conciencia o de
coincidencia en tales juicios y observaciones? Es decir, en lo
formal ¿cuál es su intención poética?
DJA - Creo que la intención poética, ese sustrato
retórico que nos conduce, que puede darle unidad a un conjunto de
poemas o a un libro, en mi caso ha ido variando. Desde el principio
me han interesado los poemas narrativos, encontrar la manera de
trasmitir la poesía de una situación. En cierto momento, en el Tratado
de retórica, yo estaba fascinado con Nicanor Parra, con
Macedonio, con Ramón Gómez de la Serna. En los Poemas
de amor me interesaba la simplicidad absoluta, la economía
verbal, el camino más corto con la condición de que no fuera una
trocha recorrida. En Del ojo a la lengua tenía que inventar unos mundos autónomos,
asidos a los grabados de Roda, pero que pudieran funcionar
independientes de los grabados.
Reconozco como un interés constante el que señalas, la
inmediatez del habla. Siempre me ha obsesionado. Y hace poco tropecé
con una cita de Eliot que comparto en su integridad: “toda
revolución poética
tiende a ser, y a veces proclama ser, una vuelta al habla común”.
Esa atención por el tono, las repeticiones, las texturas y las imágenes
del habla está presente, sobre todo en Cantar
por cantar.
JAL - Estamos
de acuerdo en que la escritura es un instrumento que nos permite
crear lo que esté al alcance de nuestras aptitudes y talentos. Cuéntame,
entonces ¿cómo conduces y navegas en las aguas de la escritura que
va de la novela, del ensayo, del cuento a la poesía?
DJA - Desde el punto de vista de lector siempre
persigo lo mismo, la emoción poética, el rapto que me saca del
tiempo, que me transporte. Eso le pido a un poema y es lo mismo que
quiero cuando leo cualquier prosa, una novela, un ensayo. Que me
golpee en ese lugar indeterminado entre el plexo solar y el alma,
ese aire que pide la boca del estómago, que es como repercute en el
cuerpo la poesía.
Como te dije, estoy escribiendo versos desde la
adolescencia. Y, a pesar de ser un compulsivo lector de novelas,
tardé en llegar a escribirlas. La primera, La
muerte de Alec, es una historia real de la que me tenía que
deshacer; intenté poemas, quise redactar una narración en tercera
persona y no lograba soltarla; hasta un día en que comencé una
carta que, editorialmente, está disfrazada de novela. La amputación
de mi pierna derecha me cambió el diseño físico; ahora me viene
mejor la quietud que el movimiento. Eso me volvió todavía más
recogido, más sedentario, en suma me adecuó para la concentración
y la continuidad de la escritura de novelas. En el mismo 1989 comencé
Cartas cruzadas en la que
tardé como cinco años. Después siguieron Novela
con fantasma, Memorias de
un hombre feliz, El juego
del alfiler, todas novelas cortas. Tengo en la nevera otra
novela corta, Eclipse de cuerpo y hace tres años estoy metido en una, tan extensa
como Cartas cruzadas,
que ignoro si sea capaz de terminar, La
voz interior.
Lo que más me gusta hacer es escribir. Mientras la
espalda no comience a molestar, puedo pasar horas y horas, sin
sentirlas, redactando un texto o corrigiéndolo, buscando una
palabra que sé que existe pero que no hallo. De lunes a viernes
trabajo en un banco y los viernes me encierro hasta el lunes
siguiente a trabajar en lo que esté haciendo. Los poemas no tienen
horario y, cuando aparece un verso, un tema, lo anoto en un papelito
para trabajar luego en él. Al contrario, la escritura de novelas
exige una continuidad, una cierta disciplina que no es tal porque no
me exige ningún esfuerzo y es algo que me produce mucho placer.
Reúno los poemas en unas libretas y los guardo
largo tiempo para volver sobre ellos. Corrijo mucho y descarto casi
todo. Redacto las novelas con pluma fuente sobre unas libretas.
Trato de ser fiel a mi búsqueda de lector: conseguir la emoción poética
en la novela, con la tersura y fluidez de la prosa, con las
situaciones, con los desenlaces. Me obsesiona el propósito de que
no falte ni una palabra. Quisiera envolver a lector, raptarlo para
la historia.
Así como la poesía, creo que la escritura de
novelas también me sirve para saber de mí (nuevamente:
conocimientos que, una vez discernidos, son anacrónicos), para
desdoblarme en las voces de quienes soy y de quienes se han
apoderado de mí. En La liebre,
una novela de César Aira, un personaje ve a otro escribiendo:
“parecía no suceder nada, pero él veía, ni más ni menos, un
pasaje entre personas; en el aire sombreado del despacho veía el
suave dibujo de un fantasma. Los gestos siempre creaban una
perspectiva, y más si eran los gestos de escribir. El movimiento
del brazo, de la mano, de las pupilas, de la pluma, eran una intención
inflada como una vejiga con aire cargado de fantasmas. Los fantasmas
eran una persona volviéndose otra”. Tal me ocurre a mí.
JAL - En ese
mismo sentido ¿Cómo se concilia el trabajo y la sensibilidad de un
poeta y de un ejecutivo del Banco de la República, cuyas oficinas
se encuentran ubicada en la Biblioteca Luis Ángel Arango?
DJA - La materia prima de mi trabajo es muy
estimulante. Soy el responsable de subgerencia cultural del Banco de
la República, que es el banco central de Colombia. Como tal, tengo
a mi cargo el Museo del Oro, la Biblioteca Luis Ángel Arango, la
red de bibliotecas y museos que el Banco posee en veinte ciudades,
las colecciones de filatelia y numismática, la colección de arte
–que hace dos años se enriqueció con una gran donación de
Fernando Botero- y el Boletín
Cultural y Bibliográfico. También es muy grato trabajar con un
grupo muy calificado, muy profesional, lleno de entusiasmo con su
tarea. Correlativamente, la responsabilidad es muy alta. Exige
orden, planeación, control. La ejerzo como lo que soy en mi origen,
un tendero aplicado, sin demasiada lírica.
La poesía no es, no puede ser, una profesión. Es
un estado de alerta, una especie de iniciación sobre el valor
alucinatorio del lenguaje. Comprometido con la poesía por vocación,
por necesidad de equilibrio espiritual, ese compromiso no me libera
del otro, trabajar y procurar la subsistencia económica a cambio de
empeñar mi tiempo en una tarea remunerada que, en mi caso, y
durante los últimos 17 años, ha sido en el Banco.
Siempre he tenido un trabajo ajeno a la literatura.
Siento una inclinación contemplativa, que se desarrolla en las
noches y en los fines de semana, retroalimentada por un vida diurna
activa. Como mecanismo de percepción y digestión silenciosa y
solitaria, creo que es el que más se adecua a mi manera de ser. No
me veo íntegramente dedicado una actividad sin el complemento de la
contemplación. Tampoco me imagino todo el tiempo encerrado
escribiendo; temo que me desconectaría del mundo. A veces veo esa
alternancia de actividad y contemplación como una garantía contra
la locura.
JAL - Por último
¿qué poetas de tu país y más allá salvarías del olvido?
DJA - Como cualquier chico que cambia su banda de
rock favorita por otra, uno va cambiando sus intereses y pasiones,
aunque con más lentitud. Los poetas colombianos que más me han
acompañado en la vida son José Asunción Silva, León de Greiff,
Aurelio Arturo –que cada vez me parece mejor--, Álvaro Mutis,
Jaime Jaramillo Escobar, Mario Rivero y José Manuel Arango.
Soy un fiel lector de la
poesía clásica española. Adoro a Garcilaso, a Quevedo, a San Juan
de la Cruz, a Lope. En cambio nunca he podido con Góngora cuando se
vuelve gongorino. No me olvido de las lecturas de Bécquer que mi
padre me hacía. Durante mucho tiempo detesté a Rubén Darío y
luego se ha me vuelto cada vez más esencial. Igual me pasó con
Juan Ramón. Adoro la Tercera
Residencia y las Odas
elementales, pero el resto de Neruda me deja frío. Le tengo un
altar a Vallejo y un culto especial por Cernuda y por Salinas. Luego
mi interés por la poesía española da un salto hasta Gil de
Biedma, Francisco Brines y Tomás Segovia. Recientemente he
descubierto, con fascinación, a Juan Antonio Muñoz Rojas, Aníbal
Núñez, Juan Antonio González Iglesias y Luis Muñoz.
Para referirme por aparte a
tu país, entre los poetas mexicanos, muy temprano, desde cuando vivía
en Medellín, descubrí a Villaurrutia y a Sabines. Después me han
interesado mucho José Emilio Pacheco, Francisco Hernández, David
Huerta, Coral Bracho, Vicente Quirarte, Marco Antonio Campos, Javier
Sicilia. Hasta hace poco no leí a López Velarde; me desconcierta
–y me seduce- su forma de adjetivar.
En el resto de América
Latina, me encantan –aunque siento con ellos cierta distancia,
cierta actitud que no es la mía-- Enrique Molina, Olga Orozco y
Gonzalo Rojas. Creo que en Venezuela viven hoy en día tres poetas
mayores de la lengua, Juan Sánchez Peláez, Eugenio Montejo y
Rafael Cadenas. Me gusta mucho la poesía de Blanca Varela, Javier
Sologuren, Westphalen, Eielson. Entre los chilenos, Oscar Hahn. De
mi generación me interesan mucho Antonio Cisneros y Arturo Carrera.
Sigo adorando a Walt
Withman. También a Emily Dickinson. Y –los gustos nunca son
coherentes- a William Blake. Me interesan mucho Eliot, la poesía
italiana –principalmente Umberto Saba, Montale y Ungaretti-- y le
prendo velas a Eugenio de Andrade, quien escribió: “El acto poético
es el empeño total del ser hacia su revelación. Este fuego de
conocimiento, que es también fuego de amor, en el que el poeta se
exalta y se consume, es su moral... Palabra de aflicción, incluso
cuando es luminosa, de deseo a pesar de ser serena, rumorosa hasta
cuando nos dice el silencio, pues ese ser sediento de ser, que es el
poeta, tiene la nostalgia de la unidad, y lo que busca es una
reconciliación, una suprema armonía entre luz y sombra, presencia
y ausencia, plenitud y carencia.”
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