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Nueva poesía de Ida Vitale: la ética de un canto

Alfredo Fressia

En principio, Reducción del infinito (Tusquets Editores. Barcelona, 2002), el nuevo poemario de la montevideana Ida Vitale, editado en Barcelona, “da a conocer” la obra de la poeta a un público español (“merecía que la diésemos a conocer en España”, dice explícitamente el editor). Sin embargo, para quien ya la conocía, en los lugares donde ha transcurrido su biografía y su obra -esa especie de eje imaginario que, de Montevideo a México, atraviesa todo el Continente- el libro aporta cuatro vastas series de poemas inéditos, casi todos recientes, y la certidumbre de una centralidad brillantemente conquistada en lengua española por su voz, un decir reconocible, tenso, irreductible a la paráfrasis y ajeno a los ruidos de las diacronías literarias.

Lucidez crítica, precisión, “esencialidad”, deliberada ocultación de elementos biográficos, metáfora iluminadora, he ahí una serie de características de la poesía de Ida que el editor destaca, con justicia, para situarla, como lo hace regularmente la crítica, en un línea mallarmeana y una tradición que pasa por Juan Ramón Jiménez o Eugenio Montale. De hecho los nuevos poemas aquí presentados, las series “Nuevas arenas”, “Contenido manifiesto”, “Breve mesta” y “Solo lunático, desolación legítima”, se inscriben en esa estética precisa y luminosa, renuente a la mímesis en nombre de una ética potenciada por el mismo “desengaño” humano frente a un mundo que insiste en su devastación. La quinta parte, “Fieles”, incluye una antología personal de algunos de sus libros, a saber, y por orden, de Procura de lo imposible, 1998, Parvo reino, 1984, Jardín de sílice, 1980, Oidor andante, 1972, Cada uno en su noche, 1960, y Palabra dada, 1953.

Para los lectores de su obra, desde 1949, y para los más jóvenes, es ciertamente una ocasión imperdible para (re)conocer la obra de la poeta, a quien las periodizaciones críticas continúan situando en la Generación crítica, o del ’45. Sin duda, los uruguayos (y los brasileños, debido a las lecturas críticas de Antonio Candido y, actualmente, de un grupo paulista de estudios que en este exacto momento están abocados a la recuperación de una “generación crítica” transnacional) seguirán citando esa promoción literaria en tanto locus significante que ayudaría a situar parte de una obra. Se debe admitir, sin embargo, que ocurre con la obra de Ida, como con otros poetas “del ‘45”, un proceso de deslinde respecto al grupo generacional, una autonomía acentuada por la misma centralidad continental que sus obras han logrado.

Sin duda esa “centralidad”, como valor, que incluye difusión y aceptación de una estética, pasa en lengua española por ciertos lugares editoriales (Barcelona, México, Buenos Aires) de amplia proyección internacional. Condición necesaria, ese circuito editorial privilegiado está lejos de ser suficiente. De hecho se recuerdan mal ciertas tentativas poéticas, contaminadas por lo que Croce llamaba “oratoria”, cuyo idioma renunció a la “periferia”, en tanto locus sin duda, pero también como condición fundadora de la poesía. Se trata efectivamente de un principio que podría formularse así: toda real poesía es periférica y el imposible, inaudible, obediente canto de toda doxa es prosa. Si la poesía surge de una mirada única, deslindada del mirar general, colectivo y aceptable, si su vocación es entregarse a una brújula rebelde a todo Norte hegemónico, entonces la “centralidad” reside en la antípoda de cierto idioma neutralizado, enyesado en el propio afán de reconocimiento y general aceptación.

El presente Reducción del infinito exhibe una obra poética que de hecho ocupa un lugar estético privilegiado (en esta edición de circulación internacional, pero en parte hubiera podido ser uruguaya o mexicana) porque la reflexión sobre la escritura y la ética se crea desde lugares autónomos a cierta globalización discursiva hegemónica y autoritaria. “Nuevas arenas”, por ejemplo, la primera serie inédita de este libro, se sitúa en una buscada penumbra, para advertir sobre los peligros solares de la palabra, traducirse (literalmente en un caso) desde lo secreto, reconociendo con sabiduría el palimpsesto (y sin abdicar del discurso moral ni parodiarlo, más bien asumiendo una tradición estilística de la reflexión ética: “Cuidado:/ no se pierde sin castigo el pasado,/ no se pisa en el aire”). Y advierte: “Sí, no vayamos más lejos,/ quedemos junto al pájaro humilde/ que tiene nido entre la buganvilia/ y de cerca vigila./ Más allá sé que empieza lo sórdido,/ la codicia, el estrago.” En los homenajes de “Contenido manifiesto”, la “periferia” poética se sitúa con esta nitidez (y su moral implícita): “Todo sucede a una distancia abismal/ de este mundo,/ que aún se imagina libre/ de la Bestia y del Límite”. La “Breve mesta” es literalmente una asamblea, una “mesta” de la real ternura de la poesía de Ida, que sus lectores reencuentran tras la ironía y la “precisión”. Se abre con la casi neoplatónica -reducida del infinito- “Serie del sinsonte”, ese pájaro de canto prodigioso (“Iridiscente en lo más alto de su canto/ entre dos luces libre celebra, labra”), y pasará por gatos, caracoles, gusanitos, erizos, atenta por un lado a la tragedia ecológica (otro elemento ético que no es nuevo en esta obra), pero se deliciará en el soneto, las aliteraciones más finas, el oxímoron revelador.

De tono grave, situado cerca del supuesto “alijo” final, entre la ilusión revista y el desengaño, “Solo lunático, desolación legítima” constituye una instigadora serie de quince décimas espinelas, que remiten inequívocamente a la “Desolación absurda” y la “Tertulia lunática” de Julio Herrera (citadas además como acápite junto a los versos de Góngora “Dirán que es melancolía/ y no es sino desengaño”). Tampoco aquí hay ninguna concesión al posible afán hegemónico del texto. A lo sumo, en esta edición española, la autora puso una nota pedagógica sobre Herrera y Reissig en pie de página, que además importa para entender qué Julio Herrera es el aquí citado. Porque de hecho, las décimas se suceden como una meditación que no busca en absoluto parodiar el vértigo idiomático del poeta ni aquel campo minado de la referencialidad que son sus poemas octosílabos (incluyendo en esto el poema “La Vida” de 1903). El Julio Herrera homenajeado por Ida es el del “desencanto”: “Repetir su esquema formal implica un homenaje y el intento de aludir a las pocas variaciones en el ‘calvario’”, dice la nota autoral. Pasan aquí, como en una puntuada recapitulación, las celadas, los errores, reiterados, la mentira, la envidia. Y el egoísmo ocupa la decimotercera décima: “Que el número más funesto/ se consagre al egoísmo/ que es epicentro del sismo,/ constancia de lo funesto”. Del poeta de los octosílabos en “desequilibrio”, queda el homenaje y, una vez más, prevalece la reflexiva poesía de Ida, siempre tentada por su canto, la sinsonta nuestra. Y si el pájaro dejaba “a solas cada uno con su sueño”, la poeta cierra los inéditos con una gravedad y un “desencanto” que también contribuyen a la mirada de soslayo rebelde y periférica que, frente a un siglo XXI que parece desplomarse sobre nosotros, ha llevado su poesía a una real, conquistada posición central en el Continente y en sus lectores.

 

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