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CDs de poetas uruguayos: poesía para oír

Alfredo Fressia

Son poetas uruguayos de las generaciones de los ’80 y los ’90. Dicen sus poemas, eventualmente los declaman y, en algunos casos, se aproximan al canto. El producto poético y oral creado, a veces con acompañamiento musical, se graba en discos compactos, los llamados CDs, para una circulación comercial que en términos nacionales -lo saben los poetas- es casi virtual. No se trata de “cantautores” ni de canto popular: no es poesía “musicalizada”, esa otra tradición en nuestro medio (que incluyó 621 textos, entre 1960 y 1985, según el relevamiento realizado por María Figueredo en Entre la poesía oral y escrita: la canción y la cultura literaria). Aquí muchas veces no hay música, ni siquiera “de fondo”, excepto la “música” del propio texto poético y de la inflexión vocal del autor, esa sí protagónica y “performática”. No hay en absoluto tras estos poetas una industria cultural ni el poder de los mass-media. Es “sólo” poesía, lo que también implica en una experiencia que no necesita hacer concesiones de o para el “mercado”. Constituyen una tendencia hacia la oralidad “pura”, para deslindarla con ese adjetivo, del poema-canción con sus ritmos y metros tradicionales. Se trata de un deslinde que puede enriquecer la historia de la “oralidad” poética, y sin negar con ello la real existencia de zonas grises, fronteras difusas donde las lecturas performáticas pueden a veces, y sin perder su identidad, aproximarse al canto o, contrapartida menos frecuente, rozar la lectura documental de la voz autoral, todo dentro del generoso repertorio de las posibilidades expresivas del trabajo poético, que por su naturaleza, incluyó siempre la palabra escrita, dicha o cantada.

Por cierto, los relativamente bajos costos de grabación han sido un aliciente para estos creadores, pero en la historia de la poesía uruguaya contemporánea hay motivos más hondos para explicar el fenómeno. En primer lugar, se debe recordar la tradición, también nacional y relativamente reciente, de los “ciclos de lecturas poéticas” en radio, lugares públicos o pubs locales. Fue importante la labor radiofónica de Luis Bravo, Aldo Novik, Alberto Restuccia, Macunaíma, como también lo fueron los espacios performáticos creados por el “Primer Festival de Poesía Hispanoamericana en Montevideo” (1993, IMM y UNO). Antes aún, hubo el recital Arte de Marte, 1992, con 16 poetas, organizado por Los Malditos Producciones (Gabriel Richieri, Daniel Vidal y Luis Volonté), por lo demás, la primera vez que la performace entró en el vetusto Cabildo. La efervescencia de los primeros ’90 no sólo hizo crecer el público de “escuchas” de poesía sino que, en cierto sentido, explica hasta hoy la existencia de un ciclo de lecturas como “Caramelos y Pimientos”, llevado a cabo contra viento y marea (a veces, literalmente), de marzo a diciembre, por los poetas semanalmente convocados por Isabel de la Fuente, también poeta y actriz, o los ciclos organizados por Roberto Genta o Wilson Javier Cardozo, entre otros, un tipo de espacio que ha contribuido en el proceso de configuración de esta tendencia de recuperación de la oralidad en la poesía.

En segundo lugar, las frecuentes performances que, desde los ’80, realizaron los poetas de la generación de UNO (Richard Piñeyro, Gustavo Wojciechowski, Luis Bravo, Héctor Bardanca, Daniel Bello, Agamenón Castrillón, Richard Garín, por citar a algunos entre los mejores) contribuyeron a modelar, por su originalidad y también por el éxito de público, esta experiencia que viene tomando en el presente la forma, justamente “performática”, de poesía grabada en CDs que no buscan el mero registro de la voz del poeta (como era el caso del viejo LP de Pablo Neruda recitando impostadamente sus Veinte poemas de amor y Una canción desesperada). Fueron los poetas del grupo UNO quienes promovieron el primer ciclo de lecturas, “La Tabaquería” (1987), y a propósito de la labor del grupo señala Wojciechowski en entrevista concedida a este reseñista que “con Agamenón, a principios de los ’80 realizábamos cuatro o cinco recitales por fin de semana, es más, creo que fue el único momento, sin contar el trabajo de Macunaíma, Horacio Buscaglia y Leo Antúnez, en que se escribió para ser ‘dicho’, es decir, el poema era una especie de guión para ser interpretado oralmente por el propio poeta”. No es casual que también haya cabido a un antiguo miembro del grupo UNO la realización de la primera obra poética performática y multimedial de nuestra literatura, el CDRom Arbol veloz, de Luis Bravo (Trilce, 1998), con música especialmente compuesta por Alvaro Pasquet y la intervención de una veintena de artistas en video, foto, diseño y pintura, también editado en cassette (la voz y música), 1998, Ayuí, Colección “Serie de la Palabra”.

Finalmente, lo que está por detrás de estos nuevos fenómenos de expresión y recepción es la dilución de un canon y de cierto aparato crítico estructuralista (en la versión de la academia montevideana, es decir, vía el IPA y Humanidades de los ‘60), que privilegiaba estrictamente el “texto”, la “textualidad”, no tanto en desmedro del nivel fónico, que se admitía por lo menos en su virtualidad, sino de cualquier inventiva performática, a veces incluyendo en ello la mera recitación. Existieron, a pesar de esto, algunas experiencias de poesía grabada (a veces por actores) y una real historia de la poesía oral no podrá prescindir del trabajo “fónico” que Clemente Padín y otros autores del grupo de la revista “Los huevos del Plata” realizaron desde la década de los ‘60. Pero las  lecturas performáticas y las eventuales grabaciones efectuadas por sus autores no constituían entonces una “tendencia” oral como la que se verifica en los últimos años, suficientemente poderosa como para incluir a autores de promociones precedentes, como, por ejemplo, Circe Maia o Marosa di Giorgio (Ayuí), o Jorge Arbeleche (Agape, 1993), entre muchos otros. Y el disco Dicciones de Amanda Berenguer, de 1973, en una concreta y personal línea poética, sin duda, pero que también importó por el desafío implícito, puede verse como un grande, suntuoso antecedente de las actuales lecturas performáticas y autorales, que buscan la pura exposición del poema como objeto oral. “Apenas puedo explicar esto que he hecho. Lo llamaremos ‘dicciones’”, escribía entonces en la cubierta una Berenguer casi perpleja con el producto en varios sentidos innovador que presentaba. Por un lado, la poesía musicalizada para la canción, muchas veces especialmente redactada para ella, en general dentro de géneros tradicionales (y muy vastos, desde el cielito al candombe) y, por otro, en el espacio de la palabra escrita, los juegos tipográficos, esas experiencias sí parecían combinar con la época. Ya los juegos de la oralidad pura, la poesía “dicha”, que también incluye al propio cuerpo del autor, no gozaban todavía del prestigio y la aceptación que hoy conocen.

Los tres recientes CDs de poesía, Sala de Experimentación y trabajos generales, 2001, de poetas de Maldonado y algunos montevideanos, Piedra plana, 2002, de Thiago Rocca y Fernando Pareja, y Portavoz (Una tal Ana Cheveski), también en 2002, de Bardo Kan y Pollo Píriz, presentan, con variantes, las características de la performance en la oralidad del texto. El primero, por ejemplo, no recurre en ningún momento a la música, ni siquiera como un fondo más o menos sugestivo, que pudiera contribuir a la expresión poemática. Se trata de 77 poemas, en respectivos 77 tracks, dichos en prácticamente todos los casos por sus autores (Mario y Nicolás Lafuente, Gabriel Fernández de la Guerra, Eduardo Acosta Bentos, éste leído por el poeta Luis Pereira, Marcelo Oscar López, Federico Rivero Scarani, Luis Brandón y Juan Angel Italiano). El conjunto se organiza por manchas temáticas (el tema urbano, o el amor, o aun la despedida, una pérdida que incluye un bello homenaje de Rivero Scarani al poeta Juan José Quintans, ya fallecido). Por eso, el mejor modo de oír este CD es dejarse llevar por el placer del oír poesía, entendida aquí como un conjunto colectivo, pero orgánico, donde las individualidades tienden a disolverse (y de esa disolución queda, en el track 66, la explícita superposición de las voces autorales). Por un lado, esa estructura atenúa el resultado irregular de algunas lecturas y, por otro, justifica la inclusión de una grabación legada por Julio Inverso quien, en 1998, leyó espléndidamente “El sicario”, un poema también excelente de Rivero Scarani.

Piedra plana, de Thiago Rocca y Fernando Pareja, presenta una organización más densa, y constituye una lograda aventura poética, ciertamente más amarga. Predominan aquí los textos de Rocca, urbanos, instalados “en los suburbios de Dios” y en el corazón mismo del desencanto, pero también el trabajo de Pareja, en letras y música, logra “cerrar” la perfecta, desolada unidad de la obra. Poesía de un mundo devastado y sin esperanza, tal vez sólo imaginable en el Uruguay desgarrado de 2002, la obra, que también incluye una narración, amaga clausurarse con la voz grave del poeta Roberto Genta (“Llegabas a un país asediado...”, track 10) seguida de las viejas grabaciones, “mixadas”, y a modo de epílogo, de las voces de Aparicio Méndez, Gregorio Alvarez (“Me comprometo por mi honor...”), Jorge Pacheco Areco y un fragmento estremecedor, oído hoy tanto como en su época, de cierto discurso laudatorio sobre el buque-prisión Tacoma. Pero el corolario de ese mundo sin fe aquí presentado, acaso sólo redimible por la poesía, no se queda en el documento sino que evoluciona en el track final, el 11, al último poder expresivo de la música en el sintetizador de Pareja y en la voz, ya sin palabras, de Verónica Rivas, como una exacta “piedra plana” de cuya historia nada restase y nada se esperara.

Opuesto a la obra de Rocca y Pareja, por su tema y por su estructura, el CD de Bardo Kan y el músico Pollo Píriz confía en la palabra, la festeja, necesita de ella y aun de su exceso. La clave está en los juegos de identidad del poeta Héctor Bardanca (Montevideo, 1954), quien también firma algunos de estos textos, junto a su heterónimo Bardo Kan, y junto a una de sus más reveladoras identidades: Ana Cheveski. En algunos círculos poéticos montevideanos, esta revelación no constituye ninguna sorpresa. Era en ellos un secreto de Polichinela y se oía con cierta frecuencia la afirmación “Ana Cheveski es Bardanca”.

Sin duda, “Ana Cheveski es Bardanca” porque es Bardanca quien escribió el siempre citado (y admirado) único libro de “Ana Cheveski”: Visiones de lobizona, Ultimo Reino, Buenos Aires, 1989. Esa edición daba además el embrión de una posible e imposible biografía autoral. Cheveski, informaba el editor, había nacido en Guichón, Paysandú, “el 6 de enero de 1960”, y residiría “actualmente” en Berlín. Por su lado, con su nombre (real, civil), Héctor Bardanca es dueño de una obra extensa. Conocido por su incansable trabajo editorial y performático en las ediciones de UNO entre 1982 y 1989, cofundadas por él, y por su participación en la revista “La Oreja Cortada”, entre 1987 y 1990, había publicado en poesía Orificio de salida, UNO, 1985, G, UNO, 1987, y El último capítulo de la historia del mundo, video y cassette, Perro Andaluz, 1993. En ediciones Yoea había publicado Polaroid, una “Crítica de la cabeza uruguaya”, además de haber participado del cassette colectivo de los poetas de UNO Si el pampero la acaricia, Ayuí/Cema, 1986, y de haber preparado el libro de Eduardo Mateo Como un señor del tiempo, UNO, 1988.

Pero también se debe afirmar que “Ana Cheveski no es Bardanca” si se atiende a su naturaleza de heterónimo y no de mero pseudónimo. Porque lo que caracteriza la obra de Bardanca (su poesía, pero también su labor crítica) es justamente la fragmentación, el estallido de la noción autoral, que resulta en el tema mayor de este Portavoz..., construido (y disuelto, ese es su juego) sobre textos de Bardo Kan, Héctor Bardanca (“propiamente dicho”, agregaría uno), Ana Cheveski, y aun Vicente y Luciano Bardanca (hijos, de hecho, del Héctor “civil”), pero sin excluir la presencia, “real” aquí, del poeta Agamenón Castrillón. Tampoco vacila en incluir un fragmento de una canción de Juan del Encina (1469-1529), y el conjunto exhibe en cubierta “comentarios”, muy lúcidos algunos, muy lúdicos otros, de Ana Cheveski, Julio Herrera y Reissig, Lirio Galván y Rrose Sélavy (sic, que no por acaso fue un heterónimo de Marcel Duchamp, “escritora” creada hacia 1920 y autora de las boutades de Poils et coups de pieds en tous genres, en 1939). Finalmente, el CD contiene en su interior un cuadernillo de Ana Cheveski, llamado “Lapsus calami”, un “desliz en la escritura” que es la marca misma del poeta que se complace en ser varios.

Bardanca es el poeta que más se aproxima a la canción, con su “musicalización” innovadora, junto a Pollo Píriz, un “lapsus” musical cuyos antecedentes podrían rastrearse desde el trabajo de Horacio Buscaglia, de Macunaíma y en el disco “Un tal Leo Antúnez” (1972), mencionado desde el título del presente CD. Creada sobre una variedad innumerable de instrumentos, afro-brasileños muchos, la diversidad de los registros musicales (con cierto predominio de un decir que tiende al rap) colabora justamente para el quiebre de una única identidad (si ésta existiera en un poeta “portavoz” como Bardanca). Y es por eso que su poesía se detiene aquí en el equilibrio yin-yang, lo femenino y lo masculino, lo grave y lo lúdico, el tono elevado y los recursos de tradiciones populares. Todo eso es Bardanca (y, en este espléndido Portavoz, todo junto, inclusive la vampira de Ana Cheveski), y es también lo que este poeta quiere, o no puede evitar demostrar, a saber, que la literatura “de género” (femenina y gay, por lo pronto) dependía de un Autor, es decir, de una garantía que la primera persona, en poesía, no siempre acepta dar. 

 

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