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La tristeza de la madre del caballo, de Elbio Chítaro

 Alfredo Fressia

Los diecinueve poemas de esta primera plaquette de Elbio Chítaro (Durazno, 1961), La tristeza de la madre del caballo (Ediciones Caracol al Galope. Montevideo, 2002), construyen una aventura poética tensa, pensada como una pesquisa metafísica que avanza entre la incertidumbre de las preguntas y la hipótesis de las respuestas, situada sin embargo en el presente reconocible de un locus uruguayo y que no excluye ciertas menciones personales y biográficas. El título, “vallejiano”, anticipa el tema de la perpetuidad de la especie, incluida su tristeza, tan poderosa como la mención animal. El epígrafe, por su parte, extraído de Moby Dick de Herman Melville, ilumina la pasión del capitán Ahab en el instante de llegar a la misma blasfemia en nombre de su empresa. Así, desde el inicio el lector queda advertido de que se enfrentará a una obra poética intensa, protagonizada por una conciencia que reconoce el bien y el mal, que reflexiona y creará un discurso apasionado, casi perplejo frente al desafío de pertenecer a un ser mayor y colectivo (grupo, especie o familia), la forma más obediente del Bien.

Orfeico, el poeta se vale en su laberinto (y “Laberinto” es el nombre de uno de los poemas) de una serie extensa de menciones literarias, “cultas” o no, pero donde predomina la rebeldía de William Blake (Primer Libro de Urizen), o de Joseph Brodsky, el reconocimiento de César Vallejo (su poema “La rueda del hambriento”, que ya mencionaba a ”la madre del cordero”) y el más duro Antiguo Testamento, que incluye aquí a Balaam, Sodoma y Gomorra, Jezabel. Figuran también elementos (relativamente) extraliterarios, que sitúan al autor más en una generación que en una estética, desde Betty Boop, el primer dibujo popular de una pin-up, hasta Tarzán (y el reverendo escocés David Livingstone, localizado en Africa en 1872), o desde el “Helter Skelter”, que designa en Inglaterra una montaña rusa y es el título de una canción de los Beatles (“la más ruidosa, mórbida y pesada” de sus creaciones, según sus autores) hasta la película M (El vampiro de Düsseldorf), 1931, de Fritz Lang.

También caben en la estética de este poemario la Ofelia shakespeareana (“Agua y cieno”), Gruche, la madre de El círculo de tiza caucasiano de Bertolt Brecht, el Harlem de García Lorca o el mismo tango. Sabidamente la buena poesía lo abarca “todo” porque constituye junto a la filosofía el suntuoso, privilegiado espacio de reflexión que garantiza, para decirlo socráticamente, a la propia condición humana. No es casual que haya quedado incorporado en este poemario un texto llamado “La doctrina de Balaam”. Efectivamente, el personaje es un oscuro e instigador profeta del Pentateuco, que obedece a Yahvéh, pero vive pacíficamente entre los enemigos de Israel, a orillas del Eufratres. Balaam se ofrece a Dios para ser su portavoz (Números, XXII-XXIV), una función -la de “portavoz”- que se aproxima a la del poeta. Por su parte, en Deuteronomio XXIII, 5, el narrador es duro con él: dice que se “alquila” (Biblia de Jerusalén). Balaam contiene en sí la crisis misma de la reflexión poética. Quien “habla” puede “tener dos vidas”, según propone el poema “La doctrina...” (y otro texto de la serie menciona El extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde, 1886, de Robert L. Stevenson), pero no puede evitar la revelación, el Texto que cataliza el caos del mundo, “monstuoso”, para, entonces, ordenarlo. Es lo que consigue este estremecido poemario de Elbio Chítaro, auxiliado además por una bella edición (diseño de Fermín Hontou), luminosamente prefaciada por Amanda Berenguer. La publicación puede ser tardía en la biografía del autor, pero no podía ser más oportuna en el ya fermental conjunto de la poesía uruguaya contemporánea.

 

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