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Darío Jaramillo Agudelo y su libro Aunque es de noche

Eugenio Montejo

A las puertas de este nuevo siglo que  principia resulta difícil considerar cualquier propósito artístico sin que al respecto se  invoquen al mismo tiempo las obligantes comparaciones entre  lo que hoy se hace y lo hecho hace cien años. Por supuesto que la poesía, la de nuestra lengua como la de otras,  es tema preferente de semejante cotejo, y lo es porque tal saldo representa a fin de cuentas un indispensable ingrediente de cualquier horóscopo literario. Sea como  fuere,  entre la poesía  -y la condición de la poesía-  escrita en castellano con que se inició la pasada centuria y ésta que ahora inaugura un nuevo siglo y un nuevo  milenio,  resalta un notorio contraste. El balance, ya se sabe, propicia muchos intentos comparativos. Apuntemos aquí apenas como un rasgo bastante manifiesto la  coherencia  que predominaba  hace cien años en la poesía de nuestra lengua, tonificada por la renovación  que había introducido el modernismo, el movimiento fundado por Rubén Darío. Tanto las adhesiones como las  reservas  respecto  de  nuestra  poesía se definían entonces a partir de las formas e innovaciones  que a la sazón practicaba el celebrado movimiento. Pocos años más tarde la tendencia iba a decaer  en manos de epígonos menores, pero al despuntar la centuria propiciaba  en toda la  vasta geografía de nuestro idioma una cohesión admirable.

El presente siglo, en cambio,  se abre bajo señales más dispersas tanto en tentativas como en logros. Y a ello   ha  de añadirse  la condición de repliegue que la poesía,  y   no sólo la de nuestra lengua, sobrelleva en los actuales días. Aunque  en ultimo término   resulte siempre   tan  sustancial como en  cualquier otra época, algo parecido a un eclipse  la ha  vuelto desde hace  varias décadas  más secreta,  menos visible. Por fortuna los eclipses,  además de predecibles, son pasajeros.  Cada día hay mayores indicios de  que en la actual hora, en estos tiempos de cambio de milenio,  el eclipse  empieza  a ceder, de modo que  es probable que la poesía    recobre  la privilegiada atención  que siempre ha merecido   en todas las  sociedades  conocidas.

El título de  la antología poética de Darío Jaramillo Agudelo, Aunque es de noche, si bien remite, como es sabido,  a la noche mística de San Juan de la Cruz, de  cuya obra  procede, viene a insertarse sin dificultad en la noción de eclipse que apuntamos. Un  eclipse, para ser tal,  contiene siempre dentro de sí una  noche, una noche  diferente  pero una noche al fin,  y  ninguna escritura  es posible  sin percatarse de ella.  Darío Jaramillo   nació en 1947  en Santa Rosa de Osos, Antioquia, Colombia,  el mismo pueblo que   vio  nacer  a los poetas  Porfirio Barba Jacob (1883-1942) y  Rogelio Echevarría (1926). “De manera  que la talla está alta   -comentó  con humor alguna vez el autor de este libro-   para quien quiera ser poeta en ese pueblo”.  Es miembro de  la llamada  “generación sin nombre”,  que se dio a conocer en su país en la década de  los años  setenta.

En la  presente selección se  agrupa una representativa muestra de sus cuatro libros de poesía publicados hasta ahora:  Historias (1974), Tratado de retórica (1978), Poemas de amor (1986) y Del ojo a la lengua (Ilustraciones de Juan Antonio Roda, 1995),  a la cual el poeta ha añadido esta vez    un notable conjunto de nuevos poemas. Aparte de las ediciones que han visto la luz en su país, otras antologías de su obra poética han  circulado  bajo el sello de Monte Avila Editores, en Venezuela, y  de las ediciones de la UNAM, en México.

El empleo de  algunos recursos expresivos que se apartan de los usos poéticos mas comúnmente acatados, así como cierto desenfado para  incorporar  al poema  referencias cotidianas, tales como frases de canciones populares, ha contribuido a sugerir un parentesco de  su escritura poética           -sobre todo  en sus iniciales  entregas-  con algunos de los modos  e intenciones de la llamada antipoesía. La semejanza, no obstante, es superficial, pues aunque en sus primeros poemas puedan advertirse  ocasionales afinidades con esta tendencia, dista mucho  de asumirlas  con  intención programática.  Ante todo, no se propone una subversión que recurra a la permanente deformación del poema mediante la sátira. Es cierto, sin embargo,  que desde  temprano   ha procurado  desentenderse del léxico y del tono convencionalmente poéticos. En vez de ello  se ha valido  de una entonación lo más cercana posible al habla cotidiana, desde cuya intimidad tiene lugar cierta reelaboración de voces y tonalidades  que recorren su escritura.  “Sus voces  -ha  escrito Fernando Charry Lara-  son en cambio casi siempre las que oímos en seres cotidianos. O, mejor, aquellas del que habla a solas para sí mismo”. Cabe  añadir que corresponden   al que habla  consigo mismo, pero también al que habla con esos  hermanos que  en la realidad  son inexistentes, aunque resulten sutilmente muy reales a lo largo de sus poemas. (Mi quinto hermano es fuerte y sabio / y ambos sabemos que nunca nosotros, solitarios,  dejaremos de estar juntos). Tan entrañable  compañía no puede  asumirse con  la voz impostada ni  con el edulcorado susurro que en nuestros días encuentra refugio en la publicidad del mercado televisivo. No hay  ocasión  en sus páginas para proponerse otra cosa que las verdades del poema, el tono despojado del que habla como quien   se dirige a sí mismo o a sus apócrifos hermanos. “Es de los poetas  -añade Charry Lara-  que prefieren escribir con sus propias palabras,  las de su alrededor,  y no con las de  los que anteriormente escribieron”.

Una vertiente donde  sus propias palabras   se asumen  por entero la representa el poema de amor, que alcanza en su obra, como antes anotamos, la condición  de titulo de uno de sus libros, aunque no sólo a éste se confine. Su  propósito en tal caso no rinde culto a las formas retóricas más reconocidas ni se arredra ante la dificultad de un tema  sobre el cual se acumulan  incontables empeños  frustrados. Tampoco se muestra   propenso  a  defenderse  mediante el uso de la ironía, vano recurso que  a  la postre  sirve apenas  para escamotear el sentimiento. Darío Jaramillo  procura  en cambio asirse   a la desnudez de su palabra, sin  otro  brillo que el temblor que proporciona la voz cuando su natural dirección  va de dentro hacia fuera, y no a la inversa,  según  cometidos  más  cerebrales.  Al fin y al cabo,   la palabra amorosa sólo alcanza su  temblor  verdadero cuando se cumple la disolución del yo  y se suspende la percepción del tiempo, de los acosos del tiempo.    “A mí me parece  -ha  observado  Hernando Valencia Goelkel a propósito de  sus Poemas de amor-  que hay un conato de poesía que se comunica en forma verbal, no escrita, en estos versos escritos, en estos versos publicados por Darío Jaramillo”.  Podría agregarse que tal esfuerzo, aquí perspicazmente subrayado, no sólo  es visible en  los poemas de amor,  sino también  en buena  parte de su obra.  Aunque  sea  obvio repetirlo,    tanto el amor como la poesía  son preexistentes a la era alfabética y ambos, de seguro, terminarán por sobrevivirla. No todo  en el poema    ha de  ser literalmente escritura, aunque  de la escritura se valga,    pues   preexiste    siempre algo    verbal y vital  que  a la postre resulta   determinante.

La temprana presencia de esos  hermanos apócrifos  se halla en relación,  por efecto de la imaginación proyectiva, con la serie de poemas atribuidos a personajes, mediante los cuales recrea el autor su particular  “colección de máscaras”. El conocido recurso del monólogo poético  se convierte en mucho más que un simple pretexto para  reproducir un dato cultural,  pues a menudo representa   el desplazamiento de la propia voz hacia una zona oblicua, desde donde, sin complacencia, habla también  acerca de sí mismo. Tales monólogos, como ocurre por lo demás   con muchos  de sus poemas, emplean con frecuencia el versículo, “el tiempo largo del poema”,   sin temor  al prosaísmo,  apenas   con el apoyo de   una entonación  coloquial  alejada  de los  modos enfáticos.

La serie final de la presente antología, reunida  bajo el titulo de Otros poemas,  recupera desde un alcance  más hondo y  por momentos desolado la  suma  de voces que dialogan en sus entregas precedentes. Constan en esta sección algunas de las composiciones más  sentidas del libro, en  las cuales  una voz desnuda  confronta sus variados ecos en la  página poética.  A esta serie  pertenece el poema  “Canción”,  por ejemplo, que es  propiamente  un nocturno, sobre todo  por el descarnado buceo  que dentro de sí mismo  emprende   el poeta en la soledad de la noche.  Se trata de un  poema que  dialoga a su modo,  desde  un plano formal  y  rítmico muy distintos,   con  cierta  tradición de  angustiados nocturnos,  tales como los de José Asunción Silva y Rubén Darío:

Aquí conmigo, un primero de octubre, tarde liquida de sangre y agua y saliva,
aquí conmigo en la noche de hotel y en el aliento del  brandy  y el café,
aquí conmigo, domesticada y sin ansias, hecha de  despojos,
aquí conmigo mi soledad, materia inerte, ya sin queja  y sin  tremor.

                  (...)

Me  pongo la máscara, me quito la máscara, busco otra  máscara, voy descarándome.
Perdí mi rostro y lo recojo ahora,
en esta noche de hotel cuando mi soledad  se vuelve tibia,
transparente
y repaso sereno las agonías:
¿Adónde he quedado yo tras tanta mascara?

A la  misma serie se  ha incorporado  ahora  “Desollamientos”,  escrito en mayo de 1989 a raíz de una experiencia terrible.  Se trata de un  poema  que ya había anticipado el autor en  un  emotivo  recuento de su itinerario formativo publicado con el titulo  de  Historia de una pasión. Para acercar a los lectores  a estos versos, conviene transcribir el siguiente fragmento  del   citado recuento: “El último domingo  de febrero de 1989 me paré en una bomba que  me voló el talón de Aquiles del pie derecho. Ocurrió en  Sopó  cuando acababa de oscurecer. La siguiente hora de mi vida se la debo a Juan Camilo Sierra que hizo todo lo que era necesario y a un casete de piano de Chopin que nos  dio calma. Pasé casi una semana en cuidados intensivos, cuestión que en mi memoria quiere decir simplemente que me acosté en domingo y me desperté en jueves  -¿o viernes?-  y varios días después me amputaron el pie derecho debajo de la rodilla.  Tengo pues, como cualquier moribundo, un pie en la tumba. El humor y el amor. Esas dos formas   me mantuvieron con el ánimo bastante alto  en aquellas ocho semanas  de clínica”.

Cinco años antes de este grave percance  tuve ocasión de visitar al poeta en su casa de Medellín, una casa de muros altos y  ladrillos ocres, poblada de esa  incomparable  intimidad con que los hijos solitarios  reinventan sus espacios. Sólo ahora  me doy cuenta de que esa tarde tomé fugazmente el lugar  de alguno de sus hermanos  imaginarios. Traigo a colación esa visita porque advertí entonces que en el hogar colombiano el humor  tiene tanta importancia como el fuego. El comentario antes transcrito viene a ratificármelo.  En tan desesperado trance, el amor y el humor, como afirma el poeta,  salieron a su encuentro. Y es que en verdad  un  humor  cálido    singulariza la psicología de  los colombianos.  Diría que sus artistas y escritores por lo general son algo   lichtenbergianos, devotos de Lichtenberg, el sabio de Gotinga. A todo hecho, palabra o situación le dan la vuelta, no tanto para regocijarse con la  salida ingeniosa, sino para desmontarla sabiamente por el lado más humano posible. De ese viejo humor virreinal, que es como otra forma del verdor de su  país, supo aferrarse Darío Jaramillo  a la hora de encarar sus nuevos pasos:

Contra la muerte tengo la mirada y la risa,
soy dueño del abrazo de mi amigo
y del latido sordo de un corazón ansioso.
Tengo contra la muerte un dolor en el pie que no tengo,
un dolor tan real como la muerte misma
y unas ganas enormes de caricias, de besos,
de aspirar un perdido perfume que persigo,
de oír ciertas canciones que recuerdo a fragmentos, 
de acariciar mi perro,
de que timbre el teléfono este sábado a las seis de la mañana,
de seguir este juego.

La primera publicación de Darío Jaramillo, que data de 1966,   destacaba en  epígrafe una frase de  “un personaje cada vez más importante en mi vida”, según él mismo ha confesado. Se trata de Jean Cocteau, y las palabras allí  copiadas, pese a los años corridos desde entonces, no dejan de prestar  ahora cierto  eco al título de  esta antología. Dice  Cocteau: “El poeta está a las órdenes de su noche”. Ya  antes  subrayé  la correspondencia del actual título con  la figura del eclipse,  a propósito de la  condición de la  poesía  en esta hora finimilénica. Pues bien,  la coherente  búsqueda de Darío Jaramillo, si bien cuenta ahora con  el acendramiento  que proporciona  la experiencia, no deja de mantener una   misma  e invariable línea.  El poeta  aún se reconoce   “a las órdenes de su noche”.  No es extraño, por tanto,  que sea en  la confesión del nocturno  donde con mayor hondura se exprese. A más  de tres décadas de aquella publicación, se vale de la iluminante palabra de San Juan de la Cruz a la hora  de proponer esta  actualizada   selección  de  sus poemas, aunque  hoy la poesía   no tenga todo  el viento a favor, aunque   se demore el cono de sombra que produce el eclipse y aún  sea   de noche. 

El presente texto sirvió de prefacio al libro Aunque es de noche, antología poética de Darío Jaramillo Agudelo, publicada por la editorial española PreTextos (2000).

 

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