En ocasiones, un título es un condensado
que intenta significar, desde la brevedad de su enunciado, la vastedad de un sentido al
que se querría ceñir en la economía de sus términos: operación imposible y sin
embargo necesaria, ya que titular es el acto que funda la identidad de un cuerpo textual
en la inminencia de su por-venir.
De esa imposibilidad puede emerger, no obstante, un título que
diga, como una brevísima obertura, la elementalidad de un sentido que sólo podrá ser
leído cuando el texto despliegue aquello que su nombre anuncia: "La orilla que se
abisma" prefigura, en su decir metafórico, el advenimiento de un universo en el que
las significaciones, tan infinitas como el espacio donde se despliegan, abren sus orillas
sobre el borde inalcanzable de su inconmensurable extensión.
Margen litoral -y margen literal- la orilla que se abisma es lo
que se pierde, hundiéndose en una horizontalidad sin límites, en el instante en que la
mirada se abre a un "otro lado" cuya fuga desdibuja los límites del terruño y
los confunde, en ese desdibujarse, con los contornos evanescentes del universo.
No sólo se abisma la orilla. Junto con ella, se abisma la mirada
que busca aprehenderla, en una contemplación extática que refleja el espectáculo del
abismarse universal, el tiempo y el espacio míticos donde el mundo deviene totalidad en
la fugacidad de un reverberar, el de la luz o el sonido.
Abriéndose, abismándose, el mundo es. Hecho de un extrañamiento
"de sí" que se consuma en el silencio y el vacío, el universo es todo lo que
restituye la gracia de la imagen, como modo de afirmación de un sentido que desearía
iluminar la densidad de lo abismado. Iluminación fatigosa y perpetuamente fallida, en la
medida en que nunca se termina de decir el allá que la imagen vislumbra -y por ello el
decir se vuelve asimismo infinito-, en ese susurrar luminoso el texto renace en cada uno
de sus desfallecimientos, para insistir desde sus silencios y escanciones en su
pretensión nobilísima de instaurar el cosmos.
Tratando de significar ese espaciamiento que abre las márgenes
del mundo hacia un confín "que no sería", el texto deviene espacio él mismo:
los versos dibujan una topo-grafía que instaura orillas imprecisas, márgenes fluctuantes
y lábiles que se esfuman en sus proyecciones sobre el continente vacío de la página.
Como una mímesis sutil que quisiera mostrar ya no la imagen sino la forma de la imagen,
los versos se dispersan configurando un espacio textual cuyos límites se hallan
constantemente en fuga: de verso en verso, de poema en poema, el texto se construye como
un espacio infinito, discurriendo morosamente en un movimiento perpetuo que conoce, él
también, momentos de remanso y discontinuidades que ritman su fluir incesante.
Al representar el espacio, el texto se presenta como
espacio. Abierto a la "intemperie sin fin" del vacío de la página blanca,
espacializa además sus articulaciones para mantener su decurso: por encima de los versos,
va tramando su ilimitada sintaxis, para engarzar, a la manera de las cuentas de un collar
que nunca terminara, la solidez de sus puntos sustantivos con el hilo de aquellas
partículas conjuntivas o prepositivas que en la lengua solamente representan el lugar de
un pasaje.
Esa textualidad en permanente expansión es la inscripción de una
escritura múltiple en cuanto a su naturaleza significante. Porque así como la escritura
intenta reproducir de manera fidedigna la oralidad de un discurso modulado por
entonaciones, interjecciones, silencios y sonoridades que orquestan su pudorosa armonía,
por otra parte lo grafemático adquiere un valor suplementario al generar un exceso de
sentido en la composición "pictórica" del poema.
La línea discursiva que recorre en su desarrollo moroso -y aquí
la morosidad es un efecto de lectura que produce la complejísima sintaxis del texto- la
infinidad de versos irregulares que se despliegan desplazando sus posiciones de un lado a
otro de la página, significa, más allá del carácter grafemático de sus elementos, una
representación "visiva" -visible- del río, en la medida en que esa línea
reproduce, a la manera de un diagrama, las formas del curso cambiante pero eterno de ese
río al cual no cesa de nombrar. La letra oscila de ese modo en una polivalencia
"semiótica" generada tanto por su función reproductiva de lo fónico cuanto
por el sentido icónico que produce su composición espacial, al modo de una figura que
sobresignificase al objeto poetizado; esa figurabilidad que desborda la mera función de
notación de la escritura resulta, además, la marca de otras escrituras que establecen un
horizonte textual sobre el cual, y contra el cual, el texto se construye.
De un lado, la escritura del simbolismo: de ella evocan los poemas
su elaborada fonética, el verso libre, la alta conciencia de los procedimientos
compositivos que generan la imagen, pero sobre todo ese lugar paradigmático en su
excepcionalidad que es "Un golpe de dados
" de Mallarmé, cuya composición
espacial sostenida por una sintaxis expansiva constituye una suerte de modelo que orienta
la escritura orticiana.
De otro lado, la escritura de la poesía china: en este caso, un
modelo inaprehensible dada la radical alteridad que supone la escritura ideogramática,
pero que no deja de alumbrar al texto en la manera de construir
"caligráficamente" su bidimensionalidad, o en el modo de inscribir el vacío,
no sólo como blanco sino también como efecto de elisiones de unidades significantes.
Ese horizonte textual -verdaderamente universal en su doble nivel
de alteridad- no constituye sin embargo un límite que recortaría, acotándolas, las
formas de una escritura reproductiva: ni simplemente simbolista, ni mucho menos oriental,
la escritura orticiana opera sobre ese horizonte para provocar la singularidad de su
propio suceso. Diríase que de lo que se trata, en todo caso, es de una manera del devenir
del poema, de un modo de realización que escapa -como la escritura mallarmeana o la
escritura china- de la pura linealidad del lenguaje para instaurar, en su espacialidad
significante, la ambigüedad esencial de la palabra poética. Ambigüedad que no debe
entenderse aquí como simple "autorreferencialidad" del texto ni como una
especie de polisemia que sería desactivada por algún tipo de interpretación
hermenéutica: el espesor semántico de la escritura orticiana, si bien comporta los
signos de su propia poeticidad al tiempo que significa al mundo, está dado
fundamentalmente por una construcción sintagmática que potencia, en un grado
sorprendente, sus mecanismos de articulación sintáctica y textual.
Reproduciendo en su inmensidad la del espacio litoral, el texto se
abre, para insistir, desde su ilimitada sintaxis, en sus interrogaciones extensísimas que
preguntan -a un otro tan múltiple como desdibujado- por ese mundo evanescente que se
desdobla en un allá ilocalizable: como si fuera una parodia de la deixis, el allá que
nombra el texto -irreductible a toda localización espacial- significa un espacio atópico
donde los seres y las cosas devienen imágenes fantasmáticas que borran los límites
supuestos de lo real.
Lejos de una cosmovisión o de una estética que pretendiese
diferenciar al mundo en zonas de realidad o irrealidad, la imagen orticiana integra las
formas múltiples de esas criaturas por cuyo destino no deja de interrogarse: el canto de
la calandria o de la ranita, el tiritar de las viborinas bajo la lluvia, el
estremecimiento los sobrevivientes de los baldíos, son simplemente los datos que
posibilitan, al desplegarse la mirada sobre el mundo, la inscripción de una dimensión
trágica donde la temporalidad del universo y de la historia se conjugan.
Sometida al devenir universal, la vida es la fugacidad de ese
"minuto" en que se disgrega, cuando no es segregada, la existencia de los seres
vivientes, no sólo por imperio de los designios naturales sino también de los designios
humanos que gobiernan su decurso. Sin embargo, la mirada que contempla ese espectáculo se
resiste, desde un saber hecho de iluminaciones y reminiscencias, a aceptar como evidencia
la disgregación del universo; cada momento del ser, en su efímera temporalidad, es
asimismo un momento de afirmación de la gracia del ser que tiende a un futuro en el cual
todo habrá de reencontrarse.
De ese modo, el mundo se muestra como una escena en la que se
oponen, en una singular dialéctica, la tragicidad de la vida y la certeza de un momento
donde la "salvación" habrá de ser, por todos y para todos: figura amorosa de
comunión cósmica, la "redención" que representan "las milicias de las
consumaciones sin fin y de las integraciones sin fin" afirma la trascendentalidad de
un tiempo que confiere sentido a la Historia.
Pero si todo es y no es, como "la semilla de ese árbol que
ha de abrir simultáneamente, un día, las hojas de su vuelo y de su caída", la
mirada no puede dejar de buscar, en cierta compulsión por repetirse, las inciertas
imágenes de los seres y las cosas en las que se alumbra, hecha de dubitaciones e
interrogaciones, la precariedad de su presente. Por ello, el preguntar se vuelve
insistencia en "llamar" a los infinitos nombres de todo lo que puebla al mundo,
repitiendo hasta casi la exasperación las formas interrogativas que evocan esa infinitud,
como si se tratara de modular, a través de incesantes variaciones, todas las formas
posibles del sentido con las que se dice el cosmos.
Contorneadas por la forma de esas preguntas tan amplias como
recurrentes, las extensas enumeraciones donde se significa el universo se muestran, desde
esa perspectiva, como la manifestación de una pulsión que querría nombrar, amén de la
totalidad del mundo, la totalidad de los nombres que podrían significar cada elemento del
mundo.
Nombrar todo y nombrarlo de todas las maneras posibles parecería
ser la utopía de la escritura orticiana, como si la mismidad del ser solamente pudiera
decirse repitiendo, en innumerables series diferenciales, las variaciones de las imágenes
que muestran las formas cambiantes de lo múltiple donde se representa lo mismo.
Esa pulsión y esa utopía determinan la complejísima sintaxis
del texto, que extiende la dimensión frástica en una medida inaudita, haciendo de su
inacabamiento la marca de una persistencia que se resiste al movimiento conclusivo del
ordenamiento sintáctico.
La sintaxis orticiana se lee como una sintaxis inconclusa porque
la escritura orticiana es una escritura de lo inconcluso: abierta a la inmensidad de un
decir infinito, que vuelve sobre sí misma para enunciar al mundo en su repetición
incesante, esa escritura se encarna en una frase que no podría constreñir, en el ámbito
de una extensión limitada, la fluencia de su decir expansivo.
Análoga a la sintaxis de Mallarmé, la sintaxis de Ortiz
parecería querer demostrar que el texto puede enunciarse en una sola frase, tan amplia
como el mismo texto. Esa frase resulta excepcional no sólo por su amplitud, sino además
por su irreductibilidad a las formas del lenguaje comunicacional, puesto que se construye
a partir de formas inexploradas de la combinatoria virtual que ofrece la gramática de la
lengua. Porque si en el uso comunicacional la lengua se actualiza en estructuras
sintácticas cuyas articulaciones conservan un ordenamiento lineal, que no alcanzan a
perturbar los procedimientos de subordinación y coordinación, en la frase orticiana la
lengua se actualiza en estructuraciones sintácticas de gran complejidad, merced a la
recurrencia de formas subordinadas y coordinadas que expanden no sólo la estructura
elemental sino también las estructuras derivadas. A la manera de un proceso que
recomenzara constantemente, la estructuración sintáctica se reproduce a partir de
cualquier lugar de su desarrollo, abriendo nuevos cursos que complejizan los cursos
preexistentes, en una trama sostenida por la utilización de pronombres, preposiciones y
conjunciones que producen una verdadera proliferación de lo articulatorio:
"Y no te roza, / ahora, aquel azoramiento, aquél / de
limo
/ que las luces, al ceñirse, / ciñen, / y ya hasta el cuello, / a los
aparecidos de entre los taludes, / o de esos sobrevivientes de los baldíos de los que
ninguno sabe, todavía, / cómo flotan sobre los junios: / aquel imposible, por ejemplo,
de faldas, más sin paño / para enjugar a la colilla / que tropieza en sus
tocesitas
"
Esa modalidad de la sintaxis orticiana evoca la de Mallarmé,
hecha de inversiones, elipsis e incrustaciones ilimitadas, en la que se ha leído el
intento de sustraerse a la linealidad del lenguaje. Pero si en Mallarmé se pierde la
linealidad del lenguaje al fracturarse la sintaxis, en Ortiz se pierde, antes que por un
defecto, por un exceso de lo sintáctico, que se dispersa en diversas líneas de
fuga instaurando una real arborescencia, al ramificar en una pluralidad de estructuras
derivadas la estructura frástica elemental.
Paradójicamente, esa ramificación solamente puede ocurrir en el
devenir sintagmático del texto, y por ello se espacia la contigüidad de sus
constituyentes: la sintaxis se va configurando entonces como articulaciones discontinuas,
que conectan sintagmas distantes entre sí, en un proceso que vuelve imposible toda
lectura lineal, dado que el texto obliga a una lectura "en vaivén" mediante
proyecciones y retroacciones que buscan reconocer antecedentes y consecuentes,
determinados y determinantes, según una topología inaprehensible en términos de
"escucha".
Si la lectura no puede retener, como memoria, la improbable
sucesividad de las unidades articuladas, ello se corresponde con la imposibilidad de
reproducir oralmente las dimensiones de una textualidad que se construye como una tópica
de lo monumental: al derogar la continuidad -la contigüidad- de lo lineal, la sintaxis
orticiana se despliega en una heterotopía que espacia, en un entrecruzamiento de planos y
relaciones, la superficie sinuosa del sintagma.
Hay, por otra parte, una coexistencia de la continuidad con la
discontinuidad en ese registro donde el texto se articula: así como la sintaxis se ve
quebrada a menudo por procedimientos de elisión, que suprimen sintagmas verbales para
provocar la inscripción no predicativa de sintagmas nominales, por otra parte los
límites que deberían acotar lo sintáctico se ven frecuentemente transgredidos, puesto
que las aparentes oraciones se conectan por medio de formas conjuntivas que sugieren, por
encima de la notación y la puntuación de la escritura, una continuidad de lo sintáctico
que atravesara su máximo dominio, el espacio oracional.
En ese plano, como así también en el puramente sintáctico, la
disyunción deviene una sucesividad de alternativas que en su amplitud significa, además
de relaciones de exclusión, relaciones de equivalencia entre las series
conectadas. Forma singular de la repetición, la conjunción disyuntiva se lee en los
poemas como el soporte de un proceso de recurrencias anafóricas, donde cada sintagma
actualiza, por medio de variantes diferenciales, la representación múltiple del objeto:
"O la hojilla que amanece / sin amanecer
? / O el
acuerdo que se descubre, desde casi la nada, / en el secreto que no tiene / edad
? /
O todavía el quehacer que increíblemente se liga, enjugándose, / con el de las abejas
del éter
? / O nuestras cinco puertecillas sin sus cenizas, una vez, / o sin las
acumulaciones de la rutina, / dando, naturalmente, / tras el rayo del deshielo, / sobre la
azucena sin contradicción
"
Simétricamente, la conjunción copulativa, además de modularse
como manifestación de un tono enfático, se lee en ciertos casos como una forma
disyuntiva que establecería las opciones no excluyentes donde los enunciados generan las
diversas posibilidades de construcción de la imagen:
"En el rocío que sube, / ellas / más blancas que el
día
/ Y la luna dejó viborinas en la penumbra? / Y el suspiro de las
sombras / dejó novias / en esta orilla? / Y lo desconocido que no llega a
respirar / dejó / desvanecimientos en la hierba, / de cera?
"
Si las conjunciones copulativas y disyuntivas expanden el orden
sintáctico más allá de la puntuación que querría acotarlo, complejizando la
significación de las secuencias vinculadas, las conjunciones adversativas, al conectar
aparentes oraciones, sobreimprimen un sentido polémico a ese proceso que articula
"proposiciones" enfrentadas, en una dimensión dialógica donde las voces no
siempre pueden situarse en posiciones enunciativas específicas:
"O la debilidad, todavía, sobre los bordes de los
precipicios / a que llevaran los tapices? / -Pero la melancolía del río / es
una llaga que no puede acceder a cabrilleos / de lirios
"
"Ni es de luna, indefectiblemente, por el camino de los
escalofríos / y de los ladridos / para cortar, maeterlinkianamente, un hilo
/ -Mas,
si pudiéramos responder hasta a las hijas de la vibración / no lo haríamos luego de
salvarnos?
"
A pesar del uso de guiones que en estos casos inauguran las
secuencias, sugiriendo la emergencia de otra voz, la lectura se enfrenta con opciones
interpretativas indecidibles en la recurrencia de las conjunciones adversativas, ya que
por un lado se lee el sentido contrastivo de las secuencias conectadas, pero por otro
resulta dificultoso, cuando no imposible, atribuir los enunciados a la singularidad de un
habla.
Esencialmente plurales en cuanto al lugar supuesto de su
enunciación, los enunciados adversativos podrían adjudicarse tanto a una voz que
dialogara con sí misma, como a diversas voces -de un otro o unos otros indeterminados-
que fueran tramando el desarrollo de una polémica atenuada en su tono antes que en su
significación.
La imposibilidad de reconocer los lugares enunciativos desde donde
se polemiza produce un efecto de extrañeza, al leerse las formas de una refutación cuyos
sujetos resultan ilocalizables: enunciado cuyas marcas de enunciación no pueden remitir a
un lugar reconocible, la "refutatio" deviene una figura elocutiva desgajada del
discurso que la enuncia. Ese desgajamiento termina leyéndose como la teatralización de
un discurso argumentativo en el que no cuentan los ejecutantes sino la ejecución misma:
en ese movimiento trazado por una figura que inscribe la confrontación de no importa qué
voces, el texto va mimando los modos de una argumentación que sostiene, más allá de su
polifonía, la perspectiva de una mirada que ve, desde su azoramiento esencial, la
dramaticidad del devenir universal transmutada en las imágenes antitéticas o
contradictorias donde se revela.
De ese modo, la construcción de la imagen se basa en una
complejísima articulación sintáctica, modulada por el uso recurrente de formas
conjuntivas y prepositivas, según una dinámica de lo expansivo que produce el espesor
semántico del texto.
Lejos de la articulación sintáctica que actualiza el discurso
comunicacional, la sintaxis orticiana deroga en su exasperación la linealidad del
lenguaje, pero al mismo tiempo potencia las posibilidades virtuales de combinación que
ofrece la gramática de la lengua, como si se tratara de exhibir la riqueza inexplotada
del código. Sin embargo, esa práctica que se inscribe en el orden codificado de la
legalidad gramatical termina parodiando la ley que debería regirla, en un simulacro de
gramaticalidad que transgrede, en su mimar, el imperio de sus normas.
Se sabe que una gramática, cualesquiera sean sus principios y
reglas, no es más que el intento imposible de formalizar la naturaleza de los fenómenos
lingüísticos, de suyo irreductibles a una supuesta matematización donde la relación
entre expresión y contenido, o significantes y significados, pudiera homologarse a la
simetría perfecta de lo biunívoco. Pero si toda gramática se construye sobre el
imperativo de producir un modelo del objeto lingüístico exhaustivo y no contradictorio,
es porque la "pulsión" gramatical sólo puede realizarse en la alucinación de
un objeto algebraico que excluya, desde su logicidad, las "anomalías"
lingüísticas que caracterizan, constitutivamente, ciertas prácticas como la poética.
Ese gesto de exclusión, que fija los límites impuestos por la
Ley gramatical, reconoce distintas formas de manifestación: en el caso de las teorías
generativistas o transformacionales, la noción de "gramaticalidad" resulta el
parámetro inapelable que instituye las posibilidades combinatorias del código.
En tanto que manifestación de la Ley, la gramaticalidad presupone
un privilegio de lo sintáctico sobre lo semántico, determinando bajo la forma de reglas
de selección las restricciones que fijarían sus límites: semejante concepción se
sostiene en un imaginario lingüístico donde las categorías y las funciones sintácticas
se articulan para generar las formas de un sentido torpemente denotativo y prisionero de
una lógica referencial.
Enfrentada a esa clase de imaginario, la sintaxis orticiana se lee
como un simulacro paródico de su legalidad: su decurso conserva las categorías y
funciones aceptables por la gramática, pero las actualiza en unidades lexicales que
violan, sistemáticamente, las restricciones contextuales, generando sintagmas
"anómalos" en su configuración. Sobre una especie de matriz sintáctica
elemental, que permite reconocer funciones tales como sujeto, verbo, objeto o
circunstantes, los poemas se actualizan en sintagmas donde las unidades léxicas se
combinan derogando todas las constricciones gramaticales del sentido:
"Mas de improviso / se libera la congoja que ha debido de
urgir / unas pupilas
/ y las pupilas dividen y acercan y vuelven, infinitamente, a
tejer / pero en fosforecencias de aguapé / los rocíos de la nebulosa / y éstos flotan,
a la vez, en idas / y venidas, / y se inclinan, aún, a detallar en miopía / las sendas
que reflejan luego de disuadir y disuadir / del río
"
De esa forma, la sintaxis orticiana se convierte en un reverso
paródico de la sintaxis gramatical; si ésta pretende que el orden sintáctico sea el
lugar donde el sentido pueda limitarse, aquella lo libera de toda restricción,
posibilitando su diseminación absoluta.
Si se ha calificado -a falta de un epíteto mejor- como
fantasmática a la imagen generada por el texto, es para señalar con ello su naturaleza y
su función representativa, irreductibles a una relación de tipo "referencial".
El valor representativo de la imagen no podría pensarse en los términos de una
concepción "realista", pero tampoco desde un punto de vista que hiciera de la
imagen el lugar donde una subjetividad, autosuficiente en su alucinar, produjera una
fantasmagoría sin nexos con su exterior.
Si lo real es lo que se ve, como querían los simbolistas,
el mundo deja de ser el espacio positivo de lo denotable para convertirse en una totalidad
trans-referencial: por ello, los seres y las cosas se transmutan en actores y procesos
que, de una manera fantasmal, se revelan en esas "iluminaciones" que no podrían
atribuirse a lo simplemente subjetivo ni a lo puramente objetivo, ya que la imagen
orticiana -en tanto síncresis de lo oriental con el simbolismo- se lee como la fusión
del sujeto y el mundo, consumada en el éxtasis del mirar.
Efecto de una verdadera arte poética, en el sentido casi
orfébrico del término, esa imagen se actualiza en una retórica de lo sintagmático: las
figuras que el texto privilegia, como la anáfora y la elipsis, operan sobre esa
dimensión para tramar las continuidades y las discontinuidades sobre las que su enunciado
se despliega.
Verdadero soporte de las formas nominales de los poemas, la
elipsis acota lo sustantivo donde se significa el universo, despojándolo de cualquier
modalidad predicativa, como si el nombrar cobrase un valor mostrativo que bastara para
instituir el mundo:
"Un río
/ o la iluminación, más bien, del efluvio
del huésped / al lechar, aún, su vía
/ Un río
/ y unas
venillas de flauta por las que no deja de morir / un tiempo que, sin embargo, no
era
"
Pero en tanto la elipsis fractura el enunciado, desgajando sus
lugares sustantivos, la anáfora opera a través de esas fracturas repitiendo lo mismo por
medio de lo otro: en ese juego donde lo diferente se enuncia desde la equivalencia que
simbolizan los nexos conjuntivos, la anáfora repite, en lo plural de su manifestación,
la insistencia de un sentido que recurre en el acontecer proteico de la imagen.
Así, esa retórica de lo sintagmático inscribe, merced al
trabajo de las figuras que confieren su forma a la superficie sinuosa del texto, tanto lo
continuo como lo discontinuo, lo pleno como lo vacío: si la elipsis indica el espacio de
silencio donde emerge el poema, la anáfora afirma la perpetua proliferación de los
signos que intentan colmarlo.
Como todo artefacto retórico, este dispositivo
"elocutivo" inscribe no sólo el modo de un decir sino también el sujeto de ese
decir, generando en la superficie del texto las marcas donde el sujeto se enuncia.
Irreductible a toda ubicación tópica, irrepresentable bajo la
forma de una deixis estructurada sobre el paradigma pronominal, ese sujeto se dice en
todas las personas, en la medida en que se fusiona con los otros, con las voces y en las
voces de los otros, para instaurar un diálogo infinito en el que las interrogaciones
devuelven, sobre el espejo de su reflexividad, las palabras tan trémulas como luminosas
donde el mundo, al preguntarse, se escribe eternamente.