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Nueva poesía de Selva Casal: desde el revés del mundo

Alfredo Fressia

Después de El infierno es una casa azul, de 1993, donde Selva Casal (Montevideo, 1934) realizara una selección representativa y ampliada de su obra, la poeta vuelve a lo mejor de su oficio con los cuarenta y cuatro poemas del presente Vivir es peligroso. Signados por la negación, por la renuencia a un locus referenciador, y aun a una biografía, los poemas incluyen y exceden el título general del libro. Aquí, por lo pronto, "existir es un grave delito" y "vivir es atroz". El título, aforístico y de larga tradición (es una célebre afirmación de Riobaldo en Grande Sertão: Veredas, de Guimarães Rosa, y ya aparecía en los Diarios de Julien Green, pero seguramente comparece en otros discursos por su revisitada condición de tópico) no da la dimensión de la obra estremecedora a la que el lector se enfrenta. Tampoco lo logra el acápite: "Con un poco de suerte hubiera inventado el color verde", por más que mencione la desesperanza y "la mala suerte de los poetas" (otro lugar del pensamiento, tematizado en la última década por creadores como Melba Guariglia). El texto de contratapa, en fin, extraviado en la binariedad optimismo-pesimismo, poco fecunda aquí, tampoco auxilia al lector en este viaje por la más desolada poesía desde María Eugenia Vaz Ferreira, la obra donde se alimenta y se explica una parte de la raíz lírica de Casal.

Tal vez resulte positiva esta triple combinación de desamparos (título, acápite, contratapa) para adentrar a la experiencia límite de esta poesía. De hecho, inadvertido, el lector penetra en el universo, "atroz", de una conciencia que no admite el ser, ni la vida, ni la muerte ("en realidad no estamos vivos/ en realidad no estamos muertos"), es decir, que se instala en el "no lugar" ("Las calles que no recorrí/ los hombres que no amé") como la misma antimateria. Naturalmente, el tono general es elegíaco y nocturno, pero no el de cualquier elegía ni el de cualquier nostálgico nocturno. La noche de este libro es Pesadilla (que también es el título de uno de los poemas), o la condena delirante del insomnio. Y la elegía surge de la negación, rebelde: "Es como si no estuviera en ningún tiempo". La selva, que es un símbolo primero del inconsciente -además de dar bello nombre a la poeta, por cierto- se presenta como el reiterado "bosque", la instancia tentadora donde aun serían posibles el encuentro y la pérdida.

Como además, "este es el revés del mundo", donde navegan, como peces ciegos, los abortos y los asesinos, la guerra y el aniquilamiento, obsesivos, el discurso se crea al modo de un fragmento de película fotográfica, jamás revelada, sin una luz que pudiera definirla, donde los bultos son fantasmales, los colores siempre cambiados por sus contrarios, o abolidos. Aquí el yo, o lo que todavía es un yo ("aún no sé si nací"), dice: "Llego temprano para encontrarme con nadie". Y si "es un insomnio", advierte: "No busquen explicaciones".

El yo, fracturado, puede ser "el hombre primitivo que soy" ("es inútil yo debo haber sido un animal", decía El infierno...), y aquí se parte en: "soy tantos", todo potenciado en el tiempo de "cuando yo vivía". Fracturado (tanto que hasta puede incluir menciones, reales, de la abogada -biográfica- que Casal también es), ese yo reconstruido a pedazos, comparece también amenazado por la globalización ("han globalizado el miedo el sufrimiento") y por los psiquiatras, siempre dispuestos a revelar, y con rosados colores, esa película imposible de la conciencia, que es de todos y de nadie, porque aquí "el orden y el caos es lo mismo".

Es curioso que la "protesta" de esta poesía, que es metafísica y también existencial, o justamente situada en esa frontera imposible, aproxime este libro, e indirectamente la obra de Casal -una poeta "de los ‘60", si de algo sirven las pedagógicas cronologías-, a cierta sensibilidad de los más jóvenes poetas, alterada, nocturna, punk, desafiante. Cercano al de María Eugenia, este universo creado sobre versos que casi nunca se encabalgan, que más bien se yuxtaponen como en una obsesión (o como fotogramas), elige la nada y abre el rebelde, pessoano "muro sin puerta" para que sus lectores, incluidos los jóvenes "góticos", construyan su torre más inquietante: "era un jardín donde no había nada/ ni ventanas que abrir ni flores que regar/ ni noche/ yo estuve en ese lugar que no conozco/ nací para decirlo/ y no terminan nunca de entenderme".

Selva Casal es profesora universitaria, hoy jubilada. Fue destituida en 1976 de sus cargos docentes y de su puesto en el Poder Judicial después de la publicación de No vivimos en vano. A su primer libro, Arpa, 1958, siguieron obras, también premiadas, como Poemas de las cuatro de la tarde, 1962, Nadie ninguna soy, 1983, o ensayos como Mi padre Julio J. Casal, 1988.

 

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