A mediados de 1999, las esperanzas de vida del
escritor Harold Alvarado Tenorio (Buga, 1945) eran sólo de seis meses. Sufría de una
apremiante obesidad y una serie de trastornos sicológicos. Los médicos luchaban con 14
enfermedades que lo consumían.
"No podía dormir -recuerda- lo único que hacía era enfermarme, sufro una suerte
de infarto y me voy deteriorando con rapidez, lloro todos los días. Se me prohibe casi
todo, no podía sentarme ni caminar, y las carnes de la piernas comienzan a
pudrírseme"
Su relato, parece una nefasta lectura de Kafka. La historia de un hombre que recuerda
sus proximidades con la muerte. Admite que ante esperar el llamado final o someterse a
tratamientos médicos riesgosos, la opción estaba clara. Se interna en un hospital en
busca de una única esperanza.
La reconstrucción de su cuerpo fue lenta y sus carnes volvieron a la vida.
"Aquí estoy como un lázaro resucitado, fue una etapa dolorosa. No supe cuán
enfermo estaba, hoy lo sé y le doy gracias al cielo y a todo el mundo por haberme salvado
de esa situación tan horrenda, no es bueno saber que uno está cerca de la muerte."
Después de más de cuatro años de absoluto silencio, es bueno anunciar que Harold
Alvarado Tenorio ha vuelto con su poesía; mejor saber que vuelve con la sinceridad de un
hombre que ha resucitado su alma para seguir con su oficio de siempre: la escritura.
Hace unos meses presentó su obra titulada Summa del Cuerpo, que marca el regreso de un
hombre esencial en las letras nacionales y quien desde su cargo como Director del
Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia, marcó una etapa en la
formación de nuevos narradores y poetas.
Viajero incansable, traductor de Kavafis, Eliot, Brodsky, Heaney y numerosos poetas
chinos de todas las dinastías, es el autor de una singular obra poética y ensayística.
Entre sus libros podemos citar Fragmentos y despojos (2002), Literatura de América
Latina, (1995); Ensayos, (1994); La poesía de T.S. Eliot, (1988) Espejo de máscaras,
(1987) Una generación desencantada: los poetas colombianos de los años sesenta (1985) y
Kavafis (1984).
Su obra ha sido traducida al inglés, italiano, francés, griego, chino, alemán y
portugués. Hoy vuelve sobre sus pasos y se siente satisfecho con lo realizado.
Verlo en Cartagena con su nuevo rostro de vida, es una invitación a conversar sobre su
obra, pero sobre todo una invitación a escuchar a este creador que por cuatro años
estuvo desobedeciendo a un incesante llamado de la muerte.
Summa del cuerpo
El libro es como un legado de mi poesía. Si algo queda de mi obra poética debe estar
ahí.
Este libro lo he rescrito después de mi enfermedad y he recogido la mayoría de los
poemas que tenían, para mí, alguna validez. Tampoco es que haya escrito muchos poemas.
No soy un poeta, si es que lo soy, que me siente a escribir poemas con un plan determinado
o con un propósito ulterior.
Siempre he escrito guiado, digamos, por un ramalazo de la inspiración. Decir otra cosa
sería mentir, siempre he escrito porque hay algo o alguien que me lo dicta. Una voz; una
premura que demanda el ejercicio creativo. Me fui haciendo escritor a medida que iba
logrando dominar esos impulsos, digamos, mágicos, que me impulsaban al canto. Algunos
poemas son una reescrituras, otros no habían sido publicados, hay algunos que fueron
rescatados del olvido, pues que se encontraban en revistas que ya desaparecieron.
El libro tiene un nuevo ordenamiento, difícilmente la gente puede descubrir cuáles
son de una etapa y cuáles son de otra. Allí hay más de 30 años de escritura poética.
El microcosmos
Soy una persona de origen campesino, no estoy hablando de un campesino pobre e
ignorante porque sería mentir. Soy hijo de Ana Tulia Tenorio y Humberto Alvarado, quienes
habían vivido por años en el campo. Fui criado y protegido, toda la vida, por un tío,
hermano de mi madre, que es poeta y ahora tiene 81 años, Rogerio Tenorio. El es quien me
educó y veló porque, a pesar que quisiera hacerme médico, estudiara y avanzara en mi
carrera literaria. Sin su ayuda otro camino habría tomado mi vida o mi muerte.
Crecí en una de esas haciendas del valle del río Cauca, cruzada por pequeños
riachuelos y poblada de inmensos árboles que desaparecieron a medida que el capitalismo
fue echando por tierra toda la belleza del mundo para plantar caña de azúcar. Cuando
salía de ese vasto mundo para ir a la escuela primaria entraba en mundo extraño, el
mundo de las pequeñas ciudades de provincia.
Lo que anhelaba era volver allí donde tenía árboles, animales, aguas, y vivir en una
constante cercanía con el trabajo campesino. Yo arriaba ganado, cortaba alfalfa, limpiaba
galpones. Luego de esa libertad con que yo crecí, entré en un choque muy violento con la
educación y con la religión fundamentalmente.
Comencé a cuestionar la educación religiosa de la época, y eso hizo que me echaran
de todos los colegios de mi pueblo. Lo único que pudo hacer mi tío fue llevarme a
Bogotá para que pudiera hacer mi bachillerato. Pero allí también tope con la iglesia,
Sancho.
Los amigos de Bogotá
Llegué a Bogotá a comienzos de los años sesentas, y en el primer colegio donde llego
me echan por esas ideas que ya yo traía sobre la educación y la religión. Entonces
tengo que procurarme mi propia matrícula y buscar donde vivir. Fui a parar a una pensión
que un español tenía en la calle 7ª con 23, donde vivían fundamentalmente toreros de
tercera categoría y hombres del oficio. Pero tenía también un restaurante barato donde
venían casi todos los artistas pobres de la época. Eso lleva a relacionarme con la gente
que iba mucho a un café que se llamaba El Cisne. En ese café conocí a un buen grupo de
personas que hoy soy muy notables en el mundo intelectual. Conocí a Rogelio Salmona,
Marta Traba, Gonzalo Arango, Santiago García, Miguel Torres, Nicolás Suescún, Jorge
Child, Alfonso Hansen, Hernando Valencia Goelkel, Mario Rivero y muchos más, pintores,
actores, escritores. Llegué a conocer a Jorge Gaitán Durán, conocí a Eduardo Carranza
y también tuve vínculos con la biblioteca Luis Angel Arango, en esa biblioteca leí a
Borges por primera vez. Así me vinculé con el mundo de la cultura de Bogotá en los
años 60.
Pasé mi vida de bachiller solo, sin padre y sin madre, rodando en ese mundo del
teatro, del cine, de las fiestas... Fue muy importante en esa época la relación que tuve
con la Universidad Nacional, en especial con la gente que trabajaba con la nueva facultad
de Sociología que había fundado Orlando Fals Borda. Allí conocí a Francisco Posada
Díaz, a Valeria Guarnizo, a Augusto Díaz Saldaña, a Freddy Téllez y a muchos muchachos
y muchachas que después murieron en los campos de batalla o en atentados o en asaltos a
bancos o a manos de la justicia ordinaria y no ordinaria. Eso crea en mí un sentido de la
libertad y el deseo de ser un artista. Luego se inicia todo el periplo de mi vida, andar
en uno y en otro sitio. Me gusta mucho viajar, conocer gente, otras culturas y estoy
convencido que eso tiene mucho sentido para vivir, pero también me gusta mucho escribir.
De un lugar a otro
Hay muchos lugares en mi vida como en mi obra. Recién graduado de bachiller, viví en
México un año, luego en Berlín, en España, en New York, en Beijin, en Estocolmo, en
París, en Roma, etc, etc.
Venezuela es una segunda patria, donde creo que soy más conocido que en Colombia. Lo
mismo pasa en Brasil, de donde he recibido mucho afecto. Y de mis amigos y amores chinos.
Ahora pienso seguir viajando,
No ha sido un propósito construir una obra que se convirtiera en un recorrido de los
viajes, lo que pasa es que los poemas han surgido así, en lugares distintos. Vuelvo y
digo, recibo esa orden de escribirlos y algunos los he escrito hace poco tiempo, pero mi
producción poética es poca frente a gente que escribe libros en serie. Aquí en Colombia
muchos poetas se proponen hacer un libro sobre lagartos, otro sobre la gente aburrida, uno
sobre la envidia, otro sobre la inquina y hacen libros y los publican y se perpetúan en
ese tipo de cosas.
Maestros y escritores
Los grandes escritores han tenido grandes escuelas, sean autodidactas, o sean
vinculados a grupos.
Por las investigaciones que se han hecho en Cartagena sabemos que García Márquez no
fue ciertamente un autodidacta, tuvo maestros y escuela. Tuvo quien lo orientara en
lecturas, quien le propusiera ejercicios y tuvo un grupo de amigos muy brillantes. No era
un muchacho encerrado en su habitación tratando de hacer esfuerzos por escribir. Eso
muestra que los grandes escritores no son personajes improvisados.
Nada más agradable que los escritores pudieran formarse en las universidades como se
formaron muchos a través de los tiempos, tanto en el mundo antiguo, como en el mundo
posterior a la Revolución Francesa o en el mundo contemporáneo. En todas partes se
cuecen habas. A veces en las academias se encuentra uno con individuos que ejerciendo la
profesión de docentes hacen mucho daño a quienes quieren crear o tienen gran
imaginación. De todas maneras creo que una mente lúcida no se deja perjudicar por un mal
profesor.
No puedo lamentarme de mi formación. Hubiese querido una más rica, aprender más
idiomas.
Tuve muchos maestros, fui alumno de Jorge Zalamea; recuerdo mucho a un gran maestro de
literatura francesa y teorías literarias que se llamó Jean Bucher, un profesor de
literatura mexicana y Latinoamericana, el profesor Walter Landford, de la Universidad de
Notre Dame, pero también otro norteamericano de origen brasileño, Edward Stressino, que
nos enseñaba teorías del lenguaje y nos hizo leer el Proslogion de San Anselmo de Aosta
y a Arthur Walley, y John Neubauer, un inglés que era físico y literato y nos ilustró
en las tesis de la traducción y la poesía inglesa y alemana. Otro de mis maestros fue el
poeta Luis Enrique Sendoya, un sacerdote que luego abandonó lo hábitos y se caso y se
fue a vivir a México.
Luego en España, donde hice mi doctorado en letras en la Universidad Complutense, no
me fue tan bien. Era la época del Franquismo, un centro sumamente reaccionario,
empobrecido, destruido por la tiranía. Pero al lado de eso, estaba el mundo bullente de
los años 70, que inicia el fin de la dictadura y el paso a la democracia. Existía una
legión de escritores y revistas, es decir, en la calle uno hervía en olor de gran
literatura. Allí me tocó vivir el desarrollo y afianzamiento de lo que se llamó la
generación poética del 50. A través de esa generación pude conocer a Kavafis, por
ejemplo, y afianzar mi conocimiento sobre la poesía norteamericana contemporánea: T.S.
Eliot, Ezra Pound, Williams Carlos Williams, Walance Stevens, o John Berryman.
Si en mi licenciatura yo recibo una formación con rigor, en España llevo una vida
literaria muy rica, por ejemplo, como los periódicos eran censurados, yo leía Le monde.
Pero también leí ABC. Vi a Sartre en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe, lo
metieron al país de manera clandestina y estuvo hablando con nosotros sobre la libertad.
¡Sarte era Sarte! Era mi norte ético, su forma de ser era un modelo para mí. Si Borges
era el modelo literario, Sartre era el modelo de la ética y la virtud.
Encuentros con Borges
A Borges tuve oportunidad de verlo unas cuatro ocasiones. La primera vez fue una noche,
en un hotel de Reyjavick, cuando él estaba de visita en la ciudad y yo de paso en un
avión de Air Bahamas rumbo a Luxemburgo. En el mostrador del hotel vi el nombre de Borges
en un periódico y pregunté al portero qué decía el papel y me respondió que ese
señor argentino estaba hospedado cerca de allí. Eran como las ocho de la noche; tomé un
taxi y fui hasta ese hotel donde Borges estaba conversando con unos señores. Me le
acerqué y le pedí el favor a una señora que estaba allí que me tomara una fotografía.
Cruzamos apenas las palabras necesarias para que yo me pudiera hacer la foto y eso fue
todo.
Luego vendría la historia del prólogo apócrifo y entonces, estando yo en Madrid,
supe que Borges se había bajado en el hotel Palace. Llamé y María Kodama respondió. Le
dije que era un estudiante de literatura, que estaba haciendo una tesis sobre Borges y que
quería hablar con él. Borges pasó al aparato y preguntó mi nombre y al decírselo,
repreguntó, es usted el señor del prólogo, a lo cual asentí y me dijo que fuera de
inmediato a su hotel y allí me dijo que me invitaba a comer y me quedé toda la tarde con
él. Me preguntó sobre el prólogo y sobre Colombia, y sobre la tesis y sobre mis poemas.
Fue siempre muy amable. Luego fue en Colombia. Estaba en la embajada argentina, fui hasta
allí, estaba rodeado de periodistas, me acerqué a él, le saludé con un Borges y
sorpresivamente me respondió, es usted Alvarado.
La última vez que lo vi la conté en una especie de memoria que se llama Cuatro poemas
inéditos de Jorge Luis Borges, por Harold Alvarado Tenorio.
El medio literario actual
Borges decía que Argentina había pasado del inglés a la ignorancia; tendría que
decir que en Colombia hemos pasado de la ignorancia a la desolación, de hecho, eso no
exime la posibilidad de que existan buenos escritores, pero en general, lo que hay aquí
es un triunfo de la ignorancia, en el sentido de que lo que se está vendiendo son
productos desechables. Libros para ser consumidos por las masas, que pueden llegar a ser
como las papas fritas. Es una literatura sin mérito. Lo único que hacen esos muchachos
es trabajar a destajo para esas empresas editoriales.
Hay novelistas talentosos y buenos, pero no reciben de las editoriales igual atención,
porque esa literatura no puede ser leída por la gente a quienes ellos le venden. Para
darle un ejemplo reciente, la última novela de Óscar Collazos, El exilio y la culpa, que
es una reescritura de una novela anterior, no es un texto que se pueda leer cualquier
persona con facilidad. Se necesita tener cierta preparación, esa novela no lo puede leer
alguien que quiera matar unas horas por la tarde. Hay otros libros como Satanás, de Mario
Mendoza, que perfectamente se puede leer al mismo tiempo que se tragan cuatro trozos de
papas fritas, o al mismo tiempo que uno ve una película de Batman, o mientras se hacen 50
genuflexiones.
Podría pensarme que se ha perdido el horizonte, pero no es así. Vivimos una crisis en
todos los aspectos. Es como en la historia de la prostitución, antes se fornicaba con una
de un millón de pesos, ahora se fornican con 20 de 25 mil. Antes usted tenía a un
García Márquez, ahora hay 200 imbéciles que producen menos de lo que lo que produce el
Nobel. Puedes ser víctima de esos 200 majaderos que tiene la mejor publicidad del
planeta, pero al que es bueno no lo vemos.
China, una enseñanza
Mis puntos de vista cuando viví en China cambiaron para siempre. Allí, aprendí que
lo más importante es la humildad, que no hay que pensar que uno es grande para nada, que
no es cierto que haya alguien grande en este mundo, y que lo único que tenemos que hacer,
como decía Borges, es construir sobre la arena pensando que es mármol. La humildad es
una de las razones de la virtud del budismo. Hay que ser sabio para poder ser humilde. Hay
que estudiar muchas horas para aprender la humildad, hay que aprender a conocer las
diferencias del mundo para entender por qué no podemos ser únicos y por tanto no somos
más que nada ni nadie. De tal manera, que sin querer decir que podamos gozar de las
comodidades que depara la ciencia, la técnica y el dinero, hay que practicar la humildad,
que comienza siempre por el ahorro y el abandono del despilfarro.
Los chinos, al menos los letrados, siguen practicando en buena parte la humildad.
Además solo los humildes alcanzan el verdadero poder que da la efímera gloria de este
mundo. La humildad, ése es el camino.