I
Pudo haber sido en noviembre de 1955 cuando, por vez primera, conocí a Carlos
Pellicer. Lo que no recuerdo es si me lo presentaron durante algún evento literario o si
fue el poeta José Tiquet quien me lo presentó cuando trabajaba como funcionario cultural
del Palacio de Bellas Artes.
Recuerdo que estaba yo terminando mis estudios en la preparatoria José Vasconcelos,
que se encontraba sobre la calle Serapio Rendón de la ciudad de México, y recuerdo
también que saludé de mano al viejito Vasconcelos que llevaba un bastón para apoyarse.
El era el director de la preparatoria. Como todo mundo sabe, José Vasconcelos fue el gran
reformador cultural del México moderno.
Al conocer de primera vista a Carlos Pellicer, de inmediato pudimos congeniar. El era
muy cuate con sus paisanos. Poco a poco lo fui observando y estimándolo. Ahora todas las
preguntas y dudas que uno tenía acerca de la literatura y el arte, se iban contestando
solas, aunque algunas veces grabé algunas de nuestras pláticas, publicándolas en los
suplementos culturales que años después utilizaría como acervo para mis artículos. La
última entrevista que le hice, la publiqué en el Diorama de la Cultura de Excélsior,
con motivo de su deceso.
Entre 1955 y 1956 Carlos Pellicer era ya un poeta famoso. Lo recuerdo muy bien porque
tenía muchas actividades políticas, literarias y sociales con los grupos que pugnaban
por una América Latina libre de injerencias extranjeras y de dictadores que retrasaban su
progreso cultural. Carlos estaba comprometido con la cultura iberoamericana, de esto hay
mucho que investigar en su libro "Colores en el mar y otros poemas" de 1915-1920
y editado en 1921, año de la muerte de Ramón López Velarde, a quien se lo dedica;
"Piedra de sacrificios" o poema iberoamericano es de 1924; y en verdad a todo lo
largo y ancho de su obra esta preocupación por nuestra América la sostiene como un ideal
libertario el destino de los pueblos que fueron liberados por Simón Bolívar.
Para mí Carlos era un típico tabasqueño bebeposol, y no hay duda de que durante su
campaña como candidato a senador por Tabasco, este líquido de maíz con cacao lo llevó
a la Tumba. Típico tabasqueño, solar y acuoso, él no decía "voy a mi tierra"
sino "voy a mi agua". Era ágil para sus respuestas, atlético para sus
aptitudes arqueológicas y naturalista para sus modismos y bromas.
II
Una vez fui a su casa de las Lomas de Chapultepec, pero ya él salía en ese momento.
Me esperaba, pues yo le había llamado antes por teléfono para llevarle a casa de un
paisano que resultó ser el poeta Tomás Díaz Bartlett, a quien le había prologado su
primer libro: Bajamar, en 1950. Tomás tenía otro libro de distinta temática al
anterior, que había titulado "Con displicencia de árbol", editado en 1954, y
donde destilaba dolor por su condición de inválido y que don Carlos procuraba atenuar de
algún modo visitándole seguido.
III
Otro momento para recordarse fue la noche que fui por primera vez a conocer su
nacimiento. Verdaderamente era una joya de la poesía, pues en la composición de este
nacimiento fulguraba el tema del Valle de México, que era como una interpretación de la
pintura de José María Velasco que tenía en la biblioteca.
Todos los años asistí a la escenificación de su Nacimiento. Carlos iluminaba el
paisaje. Por medio de un motor y unos cuantos focos que había adaptado, nos mostraba un
atardecer que se iba perdiendo en la lejanía, algo así como sucedía en los poemas que
dedicó a Jaime Sabines. Uno de sus versos decía: "Se fue haciendo la tarde con las
flores / silvestres. Y unos cuantos resplandores / sacaron de la luz el tiempo oscuro /
que acomodó el silencio; con las manos / encendimos la estrella y como hermanos /
caminamos detrás de un hondo muro."
En el momento del atardecer iba llegando la noche, y aparecían las estrellas. A media
noche, con voz pastosa, recitaba un villancico que había compuesto para ese momento. Su
voz la hacía acompañar de música barroca. Después, volvía el día, la aurora y la
plenitud solar. Y era entonces cuando nos sentíamos reconfortados y comentábamos los
detalles del Nacimiento. Carlos Pellicer nos decía: Mi mejor poema es este nacimiento.
Efectivamente lo era. Las figuras de San José, la Virgen María, el Niño (que lo íbamos
a ver ya sentado, después del día de Reyes en mi caso, hasta principios de
febrero, el día de la Candelaria), el ángel, los animales, todos estaban hechos de
cera por la familia Hidalgo, de Guanajuato.
IV
Una vez me dijo que su obra era muy mala, pero que sólo se salvaban algunos sonetos de
"Práctica de vuelo" y que los más depurados eran los sonetos a los
Arcángeles. Efectivamente, eran o son perfectos. Es muy cierto que escribir
un soneto es muy difícil, me refiero a un soneto clásico. Muy pocos poetas lo logran.
Hay uno, de Argentina, que logró esa calidad. Me refiero a Francisco Luis Bernárdez,
autor del soneto más famoso en estos tiempos y que empieza así: "Si para recobrar
lo recobrado / debí perder primero lo perdido, / si para conseguir lo conseguido / tuve
que soportar lo soportado, / si para estar ahora enamorado / fue menester haber estado
herido, / tengo por bien sufrido lo sufrido, / tengo por bien llorado lo llorado."
En España, el primer introductor del soneto italiano fue Juan Boscán, según los
historiadores de la literatura, pero fue Garcilaso de la Vega, amigo de Boscán, quien con
sus sonetos y odas logra constituir una tradición poética, cuyo mérito histórico es
haberse iniciado en el Renacimiento y llegar hasta nuestro Carlos Pellicer.
V
Otro momento que recuerdo fue cuando fui a su casa para entrevistarlo con motivo de la
publicación de su "Material Poético", editado por la Universidad Nacional
Autónoma de México, habiendo estado cuidada la edición, según me dijo, por Juan José
Arreola, el estilista del idioma y creador de los talleres literarios.
Mira me, dice Carlos ¿quién va a comprar un libro tan pesado? Nadie lo va
a leer, porque necesitaría una carretilla para transportarlo". Luego me explicó:
Acepté que publicaran tanta cosa mal hecha por este cuadro de José María Velasco,
señalando con el dedo índice de su mano derecha la pintura del extraordinario paisajista
mexicano, Iluminada por varios lámparas en su biblioteca. Realmente valió la pena su
compra. El paisaje lucía un aire libre y una irrepetible luz de atardecer en el Valle de
México. En medio del paisaje destacaba el pintor, que se había autorretratado bajo la
sombra de un árbol. El mismo Carlos me lo indicó, y yo me acerqué para comprobarlo.
VI
Otro momento fue, sin duda, acompañarle a buscar materiales para el nacimiento y
encontramos un huizache enano, tipo bonsai, pero no pudimos arrancarlo. Se necesitó de la
ayuda de un campesino para arrancarlo de raíz, que medía como un metro de largo. El
huizachito enano fue colocado después en el nacimiento.
VII
Acompañarlo una vez a la casa de Diego y Frida, donde estaba montando el Museo que hoy
lleva el nombre de los dos pintores, fue algo extraordinario para mi experiencia personal.
En este museo hizo gala de toda su experiencia plástica. Admiraba las cosas de tal manera
que éstas pudieran dar la sensación de que Diego y Frida vivían aún en esa casa de
Coyoacán. No separó una cosa de otra. Las dejó así como estaban para recuperar la vida
cotidiana, que posiblemente vivieron juntos.
En lo que respecta a las piezas arqueológicas, si modificó el contorno
arquitectónico. Gozaba con las piecesitas de Tlatilco y las fue colocando a manera de
vida cotidiana, imaginando una posible vida común, como si los personajes. convivieran
entre ellos. Y las hizo vivir ese tiempo imaginario, y así a todo le fue encontrando un
enlace vivífico y terrenal [1].
VII
Otro día le llamé por teléfono para ir a visitarlo con motivo del robo del cuadro de
José María Velasco, que tanto lo entusiasmó cuando lo adquiriera. Estaba triste, un
poco como enfermo, y vestía su tradicional pijama. "¡Sólo dejaron el marco!
Expresó. La pintura había sido cortada del marco.
Dígame, don Carlos, le pregunté: ¿no tiene usted idea de quién pudo haber sido? A
lo que me respondió, confiándome su secreto: "Un alto funcionario me lo quiso
comprar, hace algún tiempo. Como insistía tanto, yo le inventé una cantidad
estratosférica para que desistiera de comprármelo... pero ya ve usted!"
VIII
El día de su muerte, llegué muy temprano a su casa. Carlos y yo teníamos el
compromiso de ir juntos a Cuauhtla, Morelos, a donde yo lo llevaría con el doctor Domingo
Belmont, para que lo curase de una dolencia que mantenía en su organismo. Al abrir la
puerta, me dijo, un poco tristón y todavía en su pijama gris: No se va a poder...
Amanecí sin ganas, estoy muy mal. Yo quise convencerle, pero me di cuenta de que era
imposible. Estaba allí un vendedor de piezas arqueológicas que había llegado del estado
de Morelos. Habló con él y tal vez trató el precio de las piezas. Luego subió, quizá
a buscar dinero a su cuarto. Yo no sabía qué hacer, y en eso estaba, cuando escuché un
grito muy agudo. Subí rápido y lo ví abrazado a sus rodillas. Me señaló algo y le
llevé la charola de medicinas, destapé un frasco y saqué dos pastillas y con un vaso
que tenía agua se las di a tomar. Gritaba y se dolía mucho. Llegó un muchacho que lo
cuidaba, habló por teléfono con el doctor y éste ordenó que se le inyectara Valium.
Salió el muchacho a comprar la medicina y regresó pronto y lo inyecté. Un rato
después, llegó el médico y le puso otra inyección de Valium. Subimos a la ambulancia
en que fuimos transportados hasta el Hospital de la Raza, allí lo bajaron y entró a
urgencias. Un rato después, uno de los doctores me avisó que estaba siendo operado de
emergencia, que la intervención duraría horas y que lo mejor era que yo me fuera a la
casa. Así lo hice. Al día siguiente contesté el teléfono. Me llamaba Magdalena
Saldaña para informarme que había fallecido Carlos. Me pidió que escribiera un estudio
sobre su poesía, y nunca creí que me fuera especializando en su poética, hasta este
momento.
NOTA
[1] Para tener una amplia referencia sobre este Museo Diego Frida, consúltese,
de Samuel Gordon: Carlos Pellicer, breve biografía literaria. Página 72. 1992.