En diciembre de 1916, meses después de una estancia
en Manzanillo, el joven Carlos Pellicer, a los 19 años, escribe un poema titulado
"Soledad", en el cual deja ver elementos, figuras y temas que aparecen una y
otra vez a lo largo de su enorme producción poética. Con este poema, y retomando ideas y
conceptos de diversos autores (entre ellos, María Zambrano, Juan de Zabaleta, Albert
Béguin, Alfredo Elejalde y Guadalupe Sánchez Robles), se armó el presente texto.
Cuentan los que cuentan la historia, que cuando los soldados de Alejandro el Grande
llegaron a la India, encontraron en los bosques, confundidos entre los árboles, a los
yogas, hombres consumidos por la contemplación, hombres sumidos en éxtasis a quienes la
continuidad extática había convertido casi en árboles, en un árbol más: sobre sus
hombros habían anidado los pájaros, porque a tal grado era su resignación vegetal, a
tal grado su inhumana mansedumbre frente al mundo.
Así, debajo del cielo, inmerso en la naturaleza, el poeta puede estar simbolizado por
ese hombre-árbol: sobre los hombros del poeta anidan también los pájaros; con los
brazos abiertos ante la creación el poeta se abre a todas las cosas, se ofrece
íntegramente sin ofrecer resistencia a nada, quedándose vacío y quieto para que todas
las criaturas aniden en él; se convierte por decisión propia en un simple lugar vacío
donde lo que necesita asentarse y vaga sin lugar, encuentre el suyo y se pose. Este
podría ser el símbolo del poeta, con una pequeña gran salvedad: el yoga de la India ha
aniquilado en sí mismo toda capacidad de violencia expresiva y por eso, siendo el
símbolo del poeta, no puede hacer poesía, porque la poesía como todo lo humano, todo lo
terrenal, requiere su dosis de violencia.
Mi cuarto era muy pobre: ¡mi silla era la mesa,
y mi lecho también!...
Sólo mi alma era espléndida,
mi corazón cristiano y endiablado a la vez
En el otro extremo se encuentra el riguroso pensamiento filosófico tradicional, que ha
separado a la poesía de la historia y casi las anuló con el fin de reservarse la
realidad íntegra, para sustituirla enseguida por otra realidad, más segura, ideal,
estable y hecha a la medida del intelecto humano. Este proceder tan riguroso del
pensamiento humano ha servido para que el hombre se sienta habitante de un mundo estable,
definido aunque limitado, y le ha otorgado durante siglos la medida justa de la seguridad
y la inseguridad, de lo claro y de lo incógnito, de la verdad y la ilusión, en una
proporción tan sabia en su conjunto, que le permite sostenerse y avanzar, en ese
movimiento fecundante que ha engendrado toda la cultura de Occidente.
A este equilibrio, a esta medida afortunada se ha llamado razón, y razonable la vida
que más se conforma a ella. No es de extrañar, entonces, el rechazo que suscita la
poesía entre los razonables de todos los tiempos. En 1653, Juan de Zabaleta escribe un
discurso en el que sostiene: "No sé cómo no hay quien se avergüence de escribir
versos, viendo que, si lo que dicen en ellos lo dijera hablado en prosa, le tuvieran todos
por loco. La naturaleza siempre está opuesta a lo malo, nunca lo aplaude. La naturaleza
está opuesta a la poesía", y agrega que no hay sustancia en la poesía, nada de
cuanto dice importa nada, porque si como música deleita, como ignorancia ofende, las
cadencias hacen gusto pero las palabras hacen enfado, porque "el oficio de la poesía
es fingir lo que es o figurar lo que es, de tal manera que quede en otra especie".
De Zabaleta va más allá de la pretendida inutilidad de la poesía, pues argumenta que
su práctica resulta peligrosa para el raciocinio humano, cuando afirma que "no fuera
tan culpable la poesía si se hiciera como se lee. Léese por ociosidad y ella no se hace
sin grande ocupación. Quien no quiere hacer nada, lee un soneto; quien se determina a
molerse, lo escribe. Entre cuantas obras hay del entendimiento, ninguna se apodera con
tanta crueldad del hombre. Tanto es lo que se trabaja en esto que revienta de fatiga la
humana capacidad y se sale de sí misma. En nada se echa tanto de ver que el escribir
versos es locura como en esto, pues los hacen los hombres estando fuera de sí".
De esta manera, entre el inhumano vacío resignado del asceta y el rechazo espantado
del razonador, se encuentra el poeta, quien, espontáneamente y obedeciendo a una
necesidad vital, responde con mitos a las preguntas que le plantea su condición de
criatura humana frente al universo, porque para el poeta, el mito es una manera particular
no de expresar lo que ha sido comprendido antes por la inteligencia sino de
"asir" lo que no puede asirse de otro modo, proporcionando, o tratando de
proporcionar, un apaciguamiento a la angustia, al estupor del ser que comienza a
interrogarse acerca de su destino, porque nombrar al universo, contarlo, es una manera de
apoderarse de él.
Después del asombro ansioso que inspiraba una realidad impenetrable llega el diálogo
más fácil: en ese universo que el hombre se narra, él se inscribe a sí mismo con toda
naturalidad. Pero precisamente el poeta, porque se asombra y todo le resulta al principio
ininteligible, no puede satisfacerse con esta confrontación, con este eterno
enfrentamiento: con todo su ser, aspira a la unidad en la que ya no hay ni sujeto ni
objeto, en que la imagen nacida en el yo y los movimientos de lo "real" están
ligados por una incesante correspondencia.
El recuerdo del mar me tenía nervioso...
Y tuve la osadía de sentirme orgulloso
por haber soportado aquella enorme escena.
Era la noche fría y serena,
y el aire del mar estaba oloroso
a cólera vencida.
Mientras que en todo momento utilizamos el verbo para designar según las
convenciones lógicas- un mundo considerado exterior, el poeta lo emplea para confundir su
realidad más interior y la que suele considerarse objetiva, creando, entre una y otra, el
nexo de participación recíproca que da a su discurso la eficacia de una operación
mágica, porque el mito poético pretende exorcizar conscientemente el insoluble conflicto
que todo ser percibe en sí mismo: confiando en su poder y en la eficacia de la palabra,
el creador saca a plena luz una de las paradojas irreductibles con las que está tejido
nuestro destino. El poeta dedica todo su esfuerzo para trasladar lo que no tiene solución
en la vida ni en el pensamiento al plano de la pura significación, de tal manera que el
conflicto trágico no se suprime, sino que, expresado, como que se desarma ante los ojos
del poeta y luego ante los nuestros.
Si la poesía es una pregunta sin respuesta, si es un continuo interrogar, entonces lo
suyo será la técnica de explorar todas las interpretaciones posibles de un mundo siempre
inacabado. Ante las preguntas fundamentales que acechan al creador: ¿qué es el acto de
crear?, ¿cuál es su consecuencia, su eficacia?, el poeta se tranquiliza con su propia
poesía: se embriaga de ver nacer de él formas y fórmulas, paisajes y criaturas que
hacen el mundo transparente ante sus ojos: la creación poética es todavía más que la
imagen de la creación del mundo: es la creación en sí.
Sin embargo, muchas veces la poesía es un intento constantemente frustrado de decir
algo, es ese quedarse con un no sé qué que balbuceando quema la punta de la lengua sin
poder ser dicho, y el poema no es más que el testimonio de ese fracaso, fracaso que no
tiene tanto que ver con el sentimiento del poeta como con el proyecto poético del
escritor, porque quien deliberadamente opta por dedicar su vida a la escritura es alguien
que aprende a transmutar sus sentimientos y emociones en materia prima al servicio de la
construcción poética.
En cierto sentido, dedicarse a la poesía es como dedicarse a la meditación, a la
introspección, al descubrimiento de los conflictos internos más íntimos y a la
transmutación de lo que así se conoce, en poesía, y es además una conciencia plena del
lenguaje, de que la poesía es trabajo que se ejerce sobre las palabras. Por ello, ser
poeta es persistir en el empeño expresivo, y este empeño pasa por descubrir la
dimensión material de la lengua, por el ejercicio de la disciplina de la transmutación
de los conflictos internos y por el rigor puesto en la construcción verbal.
Yo tenía el alma llena
como nunca, de vida.
¡Y sentí que una luz que no veía
me iba dejando una dulce melancolía!
Ante aquella sorpresa
salté de mi lecho mesa
y escribí este soneto.
Como cualquier palabra, el poema si no es escrito o leído, simplemente no existe. Pero
hay una distancia entre el que escribe y el que lee, porque el texto puede decir algo a su
creador, encerrar claves secretas que solamente él conoce y el lector ignora; por ello,
el que lee, guiado por su propia experiencia literaria y sus propias obsesiones,
interpretará el poema de una manera que quizá el autor nunca pudo prever, a pesar de que
el poema es un mecanismo cuya función es proporcionar los estímulos y carriles para que
alguien piense en direcciones más o menos predeterminadas, y para que sienta o se
emocione de modos también hasta cierto punto calculados.
Recordemos que de todos los usos del lenguaje, el poético es el que está más cerca
de la irracionalidad, no porque las metáforas sean muchas veces ilógicas o difíciles,
sino porque la poesía es música, es sonido con ritmo y medida, fraseos y
autorreferencias. La irracionalidad viene también de la visualidad del poema escrito, que
es un dibujo sobre el papel percibido en su totalidad al mismo tiempo, a diferencia de las
palabras que los componen que son leídas una tras otra.
El universo es un libro, dice la sabiduría: todo libro encierra el universo. Hay que
recordar, sin embargo, que el trazo negro de cada palabra se torna inteligible en el libro
gracias a lo blanco de la página. Ese blanco del que la palabra brota y en el que acaba
por desaparecer es el silencio primordial. Principio y fin de cada criatura, de todo lo
creado, el blanco escribe para nosotros lo fundamental de toda escritura: el círculo de
misterio que envuelve nuestra existencia. La calidad de cualquier escritura, entonces,
depende de la medida en que transmite el misterio, ese silencio que no es ella. La palabra
portadora de misterio demanda una lectura lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de
absorber lo inconmensurable: pide relectura, consideración del blanco: la metáfora, con
su pluralidad de sentidos, dice que está procurando decir lo indecible, el silencio.
La gran furia del mar me ha dado calma y fuerza,
entre aquella barbarie vi la espuma sutil.
La gracia de la espuma que baila y que conversa.
La intimidad del mar como una flor de abril.
He visto que a pesar del recio tamboril
se oye el ritmo ligero del alma que es la tierra.
¡Que una cosa que es única, nueva aun entre mil!
¡Yo soy espiritual a pesar de mi fuerza!...
Internarse en el espectro de la experiencia literaria señala el tránsito hacia un
espacio de reafirmación de lo vital; ahí, la experiencia oscila entre lo imaginable y lo
corpóreo para adentrarse en el campo de los posibles y los sueños, del goce y la
sensualidad, porque la literatura representa un catalizador de nuestras emociones y
pensamientos, una reflexión sobre el ser y un cuestionamiento implacable del entorno. El
discurso literario, cualquiera que sea su filiación o procedencia, es un discurso de
amplitud y polivalencia: ahí, las palabras retoman su sentido plural y multiacentuado, se
liberan de los usos restrictivos para crear un organismo en pleno movimiento y
regeneración.
El mar tiene su espuma; y yo hallo que tengo
una íntima rosa, una alma de abolengo.
En medio de mis músculos está una hoja de lis.
¡Y el mar me lo ha enseñado! ¡Por su espalda ruidosa
una vez destruyó de su voz la áurea rosa
el hermano divino San Francisco de Asis!...
La palabra literaria permanece llena de registros preexistentes, conserva el valor de
una segunda memoria que se compagina con las nuevas significaciones. El carácter de la
literatura se perfila hacia el orden de la conciliación temporal donde el pasado y el
presente ascilan, se mezclan y reproducen. La escritura posee ese compromiso entre una
libertad y un recuerdo, y en ese recuerdo es donde radica la calidad ritual de la palabra
literaria: vuelta al origen, invocación del pasado idílico que deseamos se transfiera al
presente.
Al encumbrar la noción de individuo, los textos literarios revalorizan la calidad
corpórea, la proliferación y agudización de los sentidos: cuerpo y literatura forman
una imagen en movimiento fijada por el deseo y la necesidad mutua: dos realidades
disímiles se confrontan y complementan para dar cabida a una realidad emergente que se
nutre en los límites de lo real y lo imaginario, de ahí que la literatura sea un
invento, una prolongación subversiva de nosotros mismos, de nuestro entorno, una de las
posibles maneras de recuperarnos, de reencontrarnos.