Tout fut ce qui ne fut pas, 2002, es el título del más reciente poemario de Tatiana
Oroño (San José, 1947), básicamente una antología, bilingüe español-francés, pero
que también incluye algunos textos inéditos, aparecida en Les Écrits des Forges, la
editora franco-canadiense. La edición internacional de esta poesía creada a partir del
"insilio" uruguayo suscitó la presente conversación electrónica con la autora
de una de las obras más sólidas de la Generación de los 70. [A.F.]
AF - Lo calculé: nos conocemos desde hace 34 años, desde el viejo IPA de la calle
Sarandí en 1968. Sin embargo, pertenecemos a un país dividido entre los "de
adentro" y los "de afuera". Contanos, a todos, de dónde venís, de qué
universo. Naciste en San José...
TO - Coincido en lo de las divisorias "adentro" y "afuera".
Pertenecimos a un país atravesado por ejes de exclusión que nuestra generación creyó
posible quebrar. Pero no fue así. La(s) dictaduras(s) primero y el fin de siglo después
globalizaron un maquinaria de exclusiones. Ya en 1980 yo me pensaba excluida de la cuenta
de desaparecidos para poder incluirme en el campo de los sobrevivientes (en el poema
"Descontados"). Se agudizaba en los 70-80 la paradoja de tener que autoexcluirse
para poder pensarse incluida en una clase o sector de pertenencia. Exilios y desarraigos
tuvieron -tú podés confirmarlo- la misma ecuación clave. Y todos tuvieron efecto
multiplicador: la exclusión se reproduce. Entre nosotros, por ejemplo, todavía no ha
sido integrado el discurso del "insilio": creo que no es percibido como
interesante en sí mismo. Quizá mi actual antología pueda contribuir a legitimar el
no-lugar de los que no estábamos ni en el exilio, ni en la clandestinidad, ni en la
cárcel. Pero no teníamos trabajo, ni seguridad, ni consuelo. Y sí una cantidad infinita
de responsabilidades. Mi poesía intentaba, en 1980, echarle la red al espacio dividido de
las exclusiones para construir con él una escritura que fluyera como el aire o el agua,
que escapara de todas las redes: "poesía es/ cuando no le hago sombra/ cuando
filtra/ porosa (...) adentro/afuera" dice el primer poema de este libro de 2002,
"Poética". No sé, quizá suene paradójico... pero siempre el gesto de mi
poesía fue el de "remallar" algo destejido. Fui expatriada a los cinco años de
San José, donde en la escuela de mi madre se cosechaban rabanitos. Perdí mi paraíso del
"interior", llamado a la vez "afuera" (y no "adentro") por
los montevideanos, por una sinfín de mudanzas capitalinas. Una historia con reveses.
Montevideo fue el descampado. A los siete años me quedé sin mi casa y sin grupo de
familia. Había quedado afuera de mi infancia todavía de túnica y moña, y tuve que
arreglármelas para llegar hasta la adolescencia. A los veintisiete -con dos hijos y un
título docente- volví a quedar afuera, cuando me destituyeron del ejercicio de la
profesión por diez años.
AF - El que seas hija de un artista plástico notorio como Dumas Oroño no puede ser
un evento indiferente en tu escritura. ¿Qué queda en ella de la mirada pictórica? ¿Y
qué relación establece con la obra de tu padre?
TO - La mirada pictórica era analítica, selectiva de los datos visuales más
inmediatos y operaba por abstracción de lo concreto. La mirada pictórica no descansaba
nunca: miraba siempre. (Hablo en pasado no porque esté adoptando una perspectiva
histórico-crítica, sino porque en mi perspectiva personal el conocimiento de la mirada
pictórica fue una experiencia de infancia.) Una valiosa experiencia infantil. En El
alfabeto verde le dediqué a mi padre un poema a un jarro enlozado que no está incluido
en la actual antología porque era muy difícil de traducir. Pero hay otros que pueden
ejemplificar cómo se adecua a mi escritura esa mirada pictórica ("Síntesis",
"Naturaleza muerta con derrotas", quizá otros poemas
más). El mayor aprendizaje lo hice entre los ocho y los doce años. Salía con mi padre
en motoneta los domingos. Íbamos al Cerro, al puerto, a las ferias, a los talleres de los
pintores, a alguna granja. Me decía "Mirá aquel árbol. -Mirá aquel techo que se
junta con el muro". Así toda la vida. Siempre iba mirando como por casualidad cosas
de lejos y de cerca. Yo me ponía una bufanda o un saco y, según el color de la ropa, se
quedaba mirándome como si yo fuera un cuadro o una paleta. Se habla de un ethos y
de una mística torresgarciana. Lo que te digo creo que da testimonio de eso: el ojo
pictórico era atento desde que se abría, era un ojo en trabajo permanente. Una retina
sensible entrenada para ver en totalidad y en partes. Todo el tiempo. Esa herencia
actitudinal me fue útil como dispositivo de resistencia intelectual durante la dictadura
y después, tanto en la vida como en el desarrollo de estrategias pedagógicas
comunicativas, cuando volví a la docencia. También me auxilió como reservorio de
imágenes poéticas. Saber mirar es eso; y también es homologable a saber escuchar. Yo
trabajo con las palabras. Y como nadie sabe lo que no ejercitó, aprendí a ejercitarme en
la escucha de voces y silencios a partir -hasta donde me acuerdo- de aquel ejercicio de
mirar sin descanso.
AF - Tu primer libro, El alfabeto verde, de 1979, me lo mandó Mercedes Ramírez, la
amiga y excelente crítica literaria, que hizo muchas veces el puente entre los poetas, en
tiempos de exilio. ¿La estética de aquel libro evolucionó en los textos ulteriores?
¿Es legítimo hablar de evolución en una obra tan concentrada como la tuya?
TO - Mercedes Ramírez fue también para mí Hermes de tu existencia: estaba
deslumbrada con vos, que estabas deslumbrado con otros poetas... A ella le leí mis
primeros poemas en la cocina de su casa. Fue quien presentó El alfabeto verde. Pienso
que, a propósito de mi poesía, es y no es legítimo hablar de evolución: el concepto
implica una idea de desarrollo progresivo y ese no es el objetivo de la poesía. Se
escribe porque se escribe. Y también para entender cosas y para que se entiendan cosas...
Si puede hablarse de "evolución" sería en el sentido de concentrar
entendimiento. Cesare Pavese decía que la poesía es "reducción a claridad".
Una anécdota ilustrativa de lo que creo fue mi historia: a comienzo de los 80 Mario
Arregui me aconsejó que escribiera "en el lenguaje de la tribu"... y no olvidé
eso, aunque tardé en darme cuenta cómo podría aplicarlo a mi trabajo. Podría
distinguir en mi obra un primer libro bastante transparente - El alfabeto negro, que era,
él también, una antología de inéditos-, y otros, Cuenta abierta, de 1986, Tajos, de
1990, más opacos o herméticos. Fui publicando espaciadamente, escribiendo cuando y como
podía, cavando mi oficio, como dice "Pagados diezmos", en "las
paredes blancas de la noche" (en Bajamar, de 1996). Alberto Oreggioni fue mi
editor en esa década de los 80. Fueron libros menos decantados - más desgarrados - que
el primero y que el que acaba de ser publicado. Desde hace unos años busco
empecinadamente claridad neta, sólida. Y a pesar de que persigo ese objetivo siempre
estoy trabajando en espiral. No hay líneas rectas en este trabajo. Sino ondulaciones y
texturas. Torsiones de la misma cinta de Moebius. Mucho de lo que hacés nace de lo que
hiciste. Y de lo que no hiciste.
AF - En Cuenta abierta, tu libro de 1986, figuran estos versos: "veinte
años atrás/ todo tuvo la forma/ que no tuvo". Tú y yo pertenecemos a esa
generación llamada "de los 70", o "del silencio". ¿Quiénes
somos y qué tenemos, como grupo, en común? ¿Qué quisimos? ¿Qué hicimos?
TO - Ese verso de 1986 que citás es el que me dio título al libro bilingüe del 2002.
Creo que nos concierne aún. Quiénes somos es la pregunta que nos estamos haciendo
todavía... No sé qué tenemos como grupo en común. Creo que nunca fuimos grupo sino
más bien gente suelta que hizo lo que pudo para juntarse. Lo que sí tenemos en común
son insularidades, como decía Carlitos Real de Azúa. Yo me miro la mano y no sé qué
tengo aparte de la mano con la que todavía puedo hacer cosas, escribir y borrar. Lo
único claro es qué quisimos: un mundo imaginado de gente solidaria en el que tuvimos fe,
una fe mística, sin haberlo visto nunca. ¿Y qué hicimos? Escribir en el papel, y en el
agua.
AF - La nuestra es una generación cuyos poetas, con una o dos excepciones, poco ha
practicado la crítica literaria "entre sí", en su misma contemporaneidad. ¿Es
cierto que no dialogamos? ¿Por qué?
TO - Es cierto: no dialogamos. En este país no se dialoga. A menudo ni se escucha. A
veces, como ahora, conversamos por correo electrónico gracias a una coincidencia
generosa, a una excepción saludable. A veces, con amigos íntimos, dialogamos casi en
secreto. A veces leemos y escuchamos poesía en alguno de los boliches que se han ido
abriendo (y cerrando, y reabriendo). La falta de diálogo interno no sé si tiene que ver
con lo del "aldeano vanidoso" que "cree que el mundo entero es su
aldea" para citar al Martí de Nuestra América- o con complejos de
inferioridad rioplatenses y uruguayos. En todo caso tiene que ver con la economía del
poder: el disenso es censurado, mal visto. Cuesta abrir espacios de diálogo. Y en
general, no se abren. No es nuestro estilo nacional arriesgar en inversiones costosas;
unos uruguayos derrochan y otros ahorramos. Y así vamos.
AF - Tú ejerciste más la crítica en artes plásticas que en poesía. ¿Por qué?
TO - Más que la crítica en artes plásticas he ejercido una tarea de difusión del
trabajo de algunos artistas plásticos y visuales. ¿Por qué más en ese terreno que en
el de la poesía? Por casualidad y por elección. Primero, porque Manuel Flores Mora me
propuso para integrar la plantilla del semanario Jaque, en 1984, en ese carácter. Sus
razones tendría. Yo acepté porque era buen trabajo. Entendí que era bueno porque me
enseñaba a escribir y me seguía enseñando a ver. Después continué con eso porque me
sentí cómoda. Una razón es que me gusta mirar y también escribir. Otra razón fue que
en la práctica del oficio periodístico no contraía implicancias con mi trabajo
poético, el más personal de todos. Quedaban de costado luchas de poder, confrontación
por territorios de opinión. Trabajaba en mi oficio y a la vez en mi poesía,
fortaleciendo autonomías.
AF -¿Cómo surgió la idea de la antología bilingüe de tu obra en Tout fut ce qui
ne fut pas? ¿Es meramente una antología en el sentido de "muestra", o logra
crear, como me parece, una unidad nueva del sentido, un opus autónomo?
TO - La idea de la antología bilingüe surgió en Trois-Rivières (Canadá). Yo
asistía invitada por Gaston Bellemare su presidente al 17 Festival
Internacional de la Poesía, celebrado en aquella pequeña ciudad del siglo XVII entre el
27 de setiembre y el 9 de octubre de 2001, con participación de 30 poetas extranjeros (yo
lo hacía en representación de Uruguay aunque sin ningún apoyo oficial), y más de 150
en total. La antología me la propuso el editor francés -que es poeta y narrador- Gérard
Blua, invitado también él. Fue su iniciativa. Lo que yo ya tenía en ese momento era la
idea de que algún día tendría que hacer una antología para tratar de enmendar la
dispersión, mala difusión e incluso la versión misma de algunos textos éditos, ya que
a veces reescribo incluso lo ya publicado. La idea del título me había sido dada
involuntariamente por el artista plástico Jorge Satut en el Museo Blanes durante la
exposición dedicada al Dibujazo de los 60. Cuando fuimos presentados, en lugar de
decirme "Mucho gusto", me citó un verso de Cuenta abierta: "Todo
tuvo la forma que no tuvo". Recibí el impacto. Mi verso fue resemantizado por
contexto. Satut no lo sabe, pero es coautor del título. Al devolverme vivo en un acto de
habla el verso olvidado me obligó a pensar si no tendría que seguir circulando como
título de aquella antología de lo disperso, reescrito y por reescribir en la que ya
venía pensando. Ahora bien, cuando conozco a Blua en Quebec él se siente atraído por un
texto -"Ganar el pan"- y lo lee él mismo en voz alta. Es un
hombre peculiar, con cualidades innatas. Lo imaginé dramaturgo o actor profesional. De
inmediato rivalizamos -amistosamente- en calidad de lectura. Nuestra participación
era fundamentalmente oral: leíamos más de una vez al día. Pues bien, Blua no era actor
pero sí editor y tuvo la ocurrencia de editarme. Sentí que había llegado la hora de
darle forma a mi antología cuyo nombre -imposible de traducir literalmente- era bifronte:
tanto podía servir de talismán contra mi miedo al fracaso de su utopía, como oficiar de
profecía cumplida, si la realidad determinara que las esperanzas tuvieran que esfumarse. Tout
fut ce qui ne fut pas: la frase fue pronunciada por el propio Blua cuando logré
hacerle entender qué quería decir el giro en castellano. Así surge la antología: es
fruto de la casualidad que preside el mundo de los poetas. Fruto de la poesía, que, como
dijo Ricardo Pallares en la presentación del libro en Montevideo, "surge de la
poesía". Es fruto del desengaño en la nostalgia de futuro que compartimos, por
generación, con Gérard Blua cuya editorial se llama justamente Autres Temps. Ante
aquella sorpresa -que de un día para otro se multiplicó al obtener Blua la adhesión
editorial de Gaston Bellemare, Presidente del Festival Internacional de la Poesía y
director de Les Écrits des Forges-, pensé que mi antología bien podía incluir
inéditos, empezando por el afortunado "Ganar el pan" que es el texto de cierre.
Así tomó cuerpo y corpus autónomo el opus. (El número de páginas estuvo
predeterminado por los requerimientos editoriales franceses, en relación al estándar
exigido por el Centre Nationale du Livre, que también brindó su apoyo.)
AF - En el prefacio, Gérard Blua dice que al verte tuvo la ocasión rara de
"descubrir una obra mirando a su autor". Es sin duda una afirmación retórica,
casi una boutade, pero me interesa la relación entre poesía y cuerpo. ¿Cómo es
esa relación en la escritura femenina?
TO - Yo soy una mujer que habita en un cuerpo de mujer y eso es algo que se hace
presente al escribir. La escritura lleva la memoria del cuerpo. Como además habito una
sociedad con paradigmáticas construcciones de género, ser mujer y lo demás ha
significado trabajar articulaciones subjetivas y materiales toda la vida, asumir
responsabilidades y, a veces, darme algunos gustos. Me gusta leer en voz alta. La voz es
una doble marca de identidad porque es hija de nuestro cuerpo y de nuestra vocación. Creo
que la observación de Blua pasa también por ese registro de lo vocal y gestual. Pienso
que lo que él dice demuestra que valora esa producción identitaria vecina a la
escritura. ¿Cómo es esa relación en la escritura femenina? A menudo el cuerpo de la
obra tiene parecidos con el cuerpo que obra. Dicen que Alfredo De Simone se parecía a su
pintura: tenía una protuberancia en el costado de la cara, iba vestido con un largo
guardapolvos y caminaba pesadamente, como si llevara en el cuerpo el peso de las texturas
que puso en sus cuadros. Dejó fama de simpatía y se me ocurre que esa calidez tonal de
sus telas puede estar en correspondencia con aquel atributo temperamental. "La
Naturaleza es templo donde vivos pilares/ dejan salir a veces confusas palabras"...
Como ves, Baudelaire -por misógino que fuese- siempre da una mano.
AF - El mismo Blua dice que tu obra está marcada por la discreción, el
refinamiento y el silencio. ¿Cuál es, dónde está, qué espacio crea en tu poesía esa
parte de silencio que yo también siento en muchas obras de nuestra generación?
TO - "Esa parte de silencio" que sentís en muchas obras de nuestra
generación es quizá la marca de la soledad en la que hablamos/escribimos. Dado que
nuestras comunidades interpretativas están -como todas las comunidades que valen la pena-
en estado de aeropuerto, en tiempo de gitanos, toda palabra está rodeada de silencios, de
"esa parte de silencio" que coincide con lo indecible, con el código roto.
¿Dónde está, en qué espacio de mi escritura está ese silencio? Quizá en los espacios
en blanco, en los espacios en negro. Ojalá estuviera también en los espacios en rojo.
AF -¿Cómo escribís? ¿Por qué etapas pasa tu texto? ¿Cuándo das el poema por
terminado?, ¿o es el poema quien te abandona?
TO - No siempre escribo de la misma manera aunque puedo decirte algo general: pocas
veces escribo de un tirón. Escribo en etapas. Las etapas pueden durar horas: de un día
para otro, o a lo largo de una semana. Hay una frase que irrumpe, a veces puja: por ahí
empieza el texto a tomar cuerpo de una manera más o menos visceral, con contracciones y
dilataciones de la escritura que no esperan mucho. Ese es un ritmo bueno, promete un
crecimiento libre y concentrado. Si se alarga mucho más, flaqueamos. Muchas veces me he
visto obligada a interrumpir: si eso se prolonga, es fatal. Olga Orozco me dijo cómo
escribía ella: como si escalara una montaña o construyera un edificio, afirmaba bien
cada verso antes de pasar a otro. Es lo ideal. Pero no soy Olga Orozco. Ella escribía
todas las revistas Claudia en la década de los 60: desde los editoriales a los
horóscopos..., bajo varios seudónimos. A mí me está llevando dos días contestarte tus
preguntas. Nunca doy el poema por terminado. Es él -o son ellos- quien(es) me dejan. Se
van, y a veces vuelven, como los hijos.
AF - Tu poesía "suena" en la versión francesa, y suena bien. Sin
embargo, yo te veo en una tradición muy española. ¿Cuál es el milagro? ¿Y cómo es
traducirse a sí mismo?
TO - Milagro, ninguno. Si para ti suena bien en la versión francesa y a la vez estoy
en una tradición española será por razones de influencias y lecturas. De todas maneras,
¿qué separa, desde Montevideo, a España de Francia no habiendo Pirineos? ¿No te
acordás que en los bancos de la escuela vareliana nos enseñaron que somos una
penillanura...? Traducirse a sí misma es entretenido y apasionante al principio, después
dificilísimo. Hubiera sido imposible sin la colaboración de la traductora literaria (y
docente universitaria) Laura Masello -condíscípula mía del curso de Maestría en
Literatura latinoamericana en la Facultad de Humanidades-, que fue mucho más que
co-traductora, objetiva e intuitiva, del libro. Su colaboración previa al Festival
también fue decisiva: tuve que llevar cincuenta poemas traducidos para leer allá.
AF -¿Trabajás con proyectos o con intuiciones? ¿Tenés una idea clara de lo que
vendrá después de este libro bilingüe?
TO - Trabajo con intuiciones que se hacen proyectos. No tengo una idea clara de lo que
vendrá. Tengo presentimientos, proyectos, y grupos de inéditos incompletos. A uno de
estos lo llamo "narrativas docentes" provisoriamente, hasta que encuentre el
título. Son cosas escritas a propósito de experiencias de aula en el liceo y en el IPA
de los 90. Hay muchachos, perros, gatos, textos literarios y timbres que suenan. Lo único
que tengo de veras claro después de la antología bilingüe es que sueño con dedicarme a
lo que nunca pude: leer y escribir sin horarios.