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Pablo Neruda: desmesurado, irregular, frívolo

Floriano Martins

Una vez dijo el poeta chileno Enrique Lihn (1929-1988) que no veía la razón para incluir a Borges entre los fundadores de la poesía hispanoamericana, por considerarlo formalmente conservador, destacando la previsibilidad de sus recursos métricos y rítmicos. La contribución incuestionable de Borges estaría marcada por otros aspectos y no por la estructuración del poema. Quizás pudiera hacerse una observación muy parecida en lo que atañe al chileno Pablo Neruda (1904-1973). En entrevista que hice al mexicano Gerardo Deniz (1934), me dice que Neruda difícilmente resistiría al tiempo sin sus vínculos con el comunismo, lo que implica afirmar que no tiene sustento poético en su obra, sino más bien en una fascinación de naturaleza ideológica por su persona.

Para Deniz, "el prestigio de Neruda" es "un misterio que, por suerte, me es indiferente", y añade: "estoy convencido de que, sin su comunismo, ni Vallejo ni Neruda serían tan apreciados". En mis diálogos con el crítico español Jorge Rodríguez Padrón, me dice que "el Neruda de los años 30, en torno a Residencia en la tierra, vertiginoso y revelador, se apagó en su empeño por asumir la impureza como única norma para su escritura". Prosigue: "Esta desviación voluntaria (yo diría que obligatoria, dada la coherencia ideológica que acepta, a partir de entonces, su poesía) cerraría todo ingreso al espacio renovador (y verdaderamente poético) que, en ese mismo lapso, abrieran y habitaran Lezama Lima y Westphalen y Gorostiza (y no menos Moro, Martín Adán o Girondo), para configurar esa otra vanguardia que es la que Octavio Paz se empeñara en identificar como el periodo de la segunda posguerra, centrado en la experiencia poética que él mismo protagoniza."

Quien sitúa a Neruda entre los "fundadores de la nueva poesía latinoamericana" es el crítico argentino Saúl Yurkiévich (1931), en el libro homónimo publicado en España en 1971. Antes de todo, en su ambición canónica Yurkiévich excluye a Brasil de entre América Latina, al mismo tiempo que vuelve discutible su noción de fundación al desambientrar cronológicamente su tesis. Un ejemplo de ello lo es la inclusión allí del argentino Oliverio Girondo (1891-1967), cuando se sabe que la esencia de su poesía radica en un libro publicado en 1954: En la masmédula. Antes de eso, para citar un solo ejemplo, el mexicano José Gorostiza (1901-1973) ya había publicado, en 1939, su Muerte sin fin.

El libro de Yurkiévich incluye dos largos ensayos dedicados al poeta chileno. Son dos abordajes del mito: uno fundado en la imaginación y otro de cuño histórico. El primero se refiere a libros como Crepusculario y Tentativa del hombre infinito, mientras el segundo se detiene en el estudio de Canto General. En ambos no se sitúa la poesía de Neruda a la luz de su contemporaneidad. Un solo pasaje establece alguna conexión, cuando Neruda mismo compara su poética a la de Huidobro. Dice él: "a pesar de la infinita destreza, del divino arte de juglar de la inteligencia y de la luz y del juego intelectual que yo admiraba en Vicente Huidobro, me era totalmente imposible seguirlo en ese terreno, debido a que toda mi condición, todo mi ser más profundo, mi tendencia y mi propia expresión, eran la antípoda de la destreza intelectual de Vicente Huidobro".

El crítico venezolano Guillermo Sucre (1933) —autor de uno de los estudios más fundamentales sobre la poesía hispanoamericana: La máscara, la transparencia (1985)— justifica lo que digo al situar la obra poética de Neruda como uno de los "grandes y monumentales soliloquios" de la poesía hispanoamericana, haciendo falta "verla en diálogos con otras". En verdad, añado, bastaría situarla en el universo chileno correspondiente a aquella generación que verdaderamente funda la modernidad en Chile: Gabriela Mistral (1889-1957), Vicente Huidobro (1893-1948) y Pablo de Rokha (1894-1968) —o sea, su propia generación— a la cual se agregan otros nombres de importancia cimera: Rosamel del Valle (1901-1965) y Humberto Díaz-Casanueva (1907-1994).

Mistral sabe unir con audacia el español heredado de Castilla al idioma nativo de innumerables países hispanoamericanos. Viajera incansable, declaraba su intención de "mezclar vocabularios", como un modo de contribuir —según pensaba— a la definición de una mínima identidad. De Rokha era, a su vez, tan impetuoso e irregular como Neruda. De escritura delirante y profunda, según Díaz-Casanueva "escribió algunos de los versos más bellos de la poesía chilena y también algunos de sus peores y más vulgares". En tanto a Huidobro, cuya esencia poética ha sido erróneamente drenada entre nosotros, es el poeta de la eficacia de esa multiplicidad expresiva buscada por todos, habiéndola condensado en un universo propio, intrigante y renovador

Díaz-Casanueva era uno de esos entrañables poetas de lo oscuro, cuya poesía desbordaba las imágenes más insólitas, sin incurrir en una erupción gratuita de las mismas. Sería interesante poner a dialogar al Neruda de la serie de Residencia en la tierra con la escritura abismal de El blasfemo coronado, este último de 1940. En cuanto a Rosamel del Valle, aunque menos difundido fuera de su país, su largo poema-libro Orfeo (1944) y Fuegos y ceremonias (1952) ya serían suficientes para garantizarle un lugar destacado en la poesía hispanoamericana. Según él mismo, "la poesía obedece a un esfuerzo de la inteligencia, a un control vigoroso de la sensibilidad y su expresión extrae el ser del sueño en que se agita".

Hay allí un contraste con la defensa del alejamiento estético que peleaba Neruda. Basta recordar una carta suya a su amigo Héctor Eandi, fechada en 1928, en la que dice: "El poeta debe ejercitarse, hay un mandato para él y es penetrar la vida y volverla profética: el poeta debe ser una superstición, un ser mítico... la poesía debe cargarse de substancia universal, de pasiones y cosas". Lo curioso es observar que Rosamel del Valle escribe una poesía verdaderamente delirante y cargada de una mayor substancia poética.

Si ampliáramos el foco y tomáramos la América Hispánica como un todo, veríamos que corresponde a la misma generación de Neruda expresiones como los peruanos César Vallejo (1892-1938) y César Moro (1903-1956), los colombianos León de Greiff (1895-1976) y Aurelio Arturo (1906-1974), los argentinos Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges (1898-1986), los mexicanos José Gorostiza e Xavier Villaurrutia (1903-1950), el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade (1903-1976) y el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992). No sería arriesgado o irresponsable decir que la poesía de Neruda no resistiría una comparación crítica con la de sus pares hispanoamericanos.

Neruda era un poeta desmesurado, irregular y sobre todo obstinado por la enumeración, por la cuantificación, lo que lo volvía esencialmente frívolo. En su obsesión por escribir acerca de todo y en el estilo de todas las modas literarias, nunca trató con profundidad ninguno de los problemas básica de la lírica. Excepto por el fervor imaginador de la serie Residencia en la tierra (1933, 1935) o pasajes ocasionales de libros como Tentativa del hombre infinito (1926) y El hondero entusiasta (1933) —según el crítico español Ángel Pariente "una de las etapas más valiosas de su extensa producción", actualmente no valorada correctamente por sus exégetas— raramente encontramos sustancia poética en una obra tan extensa como desorientada

De él dice con precisión el ensayista portorriqueño Joserramón Melendes: "Ese poeta enciclopédico se limito a la cantidad. Neruda escribió un poema de cada cosa. El universo tradicional que le legaron fue asumido por él como repertorio o armario, alternativamente: o vestía un uniforme o mentalizaba un objeto." En el epílogo a la 2ª edición de Laurel, antología de la poesía moderna en lengua española organizada por Xavier Villaurrutia y Octavio Paz, este último, al situar el rechazo de Neruda a participar de tal proyecto, observa: "Como tantos, Neruda padeció el contagio del estalinismo", añadiendo que "esa lepra se apoderó de su espíritu porque se alimentaba de su egolatría y de su inseguridad psíquica".

Sobre la personalidad de Neruda, podemos leer el capítulo destinado a él en el libro El continente sumergido (1988), de Leo Gilson Ribeiro. Aunque exista un exceso pasional en el relato de la situación, este texto nos informa acerca de exhibicionismos y mezquindades, no dejando de mencionar el ideario de maquinaciones del chileno para asegurar su nominación al Nobel, lo que se dio en 1971. Neruda no poseía el mínimo aprecio por sus pares. Se puede decir de él que era un canalla ejemplar —con su ambigüedad retórica: adorable e indeseable—. Poco entendía de poesía y menos aún estaba interesado en ella. En Chile se conoce bien la acusación —tratada como verdadero epitafio— de Pablo de Rokha, que evidenciaba los equívocos ideológicos de Neruda

La reciente publicación de Los cuadernos de Temuco no pasa de ser un acontecimiento editorial, sin importancia poética. Se puede hacer la fiesta entre biógrafos, pero jamás despertar interés entre los cultivadores de un poesía mayor. Son versos de "un muchacho que solamente tiene quince años" y que los escribe "mordido de amargura", como dice el propio autor, constituyendo una tediosa secuencia de romanticismo vulgarísimo. Encanta más el periplo que le fue destinado: Neruda pidió a su hermana que guardara sus manuscritos y ésta los presentó a un sobrino que, a su vez, los vendió a un coleccionista, que los revendió a una editorial que los acabaría subastando en seguida, encontrando en la viuda del poeta el rechazo para adquirirlos, deshaciendo la cadena que sería retomada posteriormente gracias a la enigmática aparición de una copia de los originales. Una más entre las incontables historias en torno de ese "gran mal poeta", como a él se refería el español Juan Ramón Jiménez.

[Traducción del portugués por Benjamín Valdivia]

 

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