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| Nueva poesía de Eduardo Milán: lugares para una ética
Alfredo Fressia
Después del volumen Manto, de 1999, donde
reuniera el conjunto de su obra poética, Eduardo Milán (Rivera, 1952, residente en
México desde 1979) vuelve con un nuevo libro de poesía, Razón de amor y acto de fe
(Visor Libros, Madrid, 2001), editado en Madrid. Al apasionado trabajo poético de Milán,
iniciado en 1973 con Cal para primeras pinturas, se debe agregar su actividad
crítica, que no se limita a sus libros Una cierta mirada (1989) y Resistir:
insistencias sobre el presente poético (1994), sino que atraviesa su misma
producción poética, generándole esa construcción en zigzag del sentido poético, su
naturaleza laberíntica, hasta el manierismo, donde el lenguaje expone al mismo tiempo su
fuerza y su impotencia, sus llaves errantes, reveladoras o extraviadas. Se trata de una
obra poética que coexiste con una metacrítica constitutiva, enraizada en el gesto
creador de Mallarmé, pero que en Uruguay ya se puede detectar en parte de la obra de
Julio Herrera y Reissig, o más recientemente, en la reflexión sobre la palabra que teje
la obra de un Salvador Puig desde 1963, acaso la más honda que ha conocido nuestra
poesía.
Primera publicación después de la reunión editorial Manto, el presente libro
podría sugerir el comienzo de una etapa diversa en la obra del poeta. Es posible. Por lo
pronto el trámite del poemario que primero se impone en la lectura es la firme unidad de
la primera persona, lo que no es totalmente novedoso en la producción de este autor.
Entre tanto, ocurre como si el "yo lírico", o la "titularidad del
discurso", fuera aquí directamente "Eduardo Milán". Naturalmente, no lo
es porque lo "directo" en el artefacto poético es un resultado construido y
retórico, pero es recta, en cambio, la tentativa de crear un yo discursante unívoco y
claramente ubicado. Aquí el lector se enfrenta a la antípoda del borroso yo barroco, o
el escindido de ciertas vanguardias, o el yo "autodialogante" de poetas como Ana
Cristina Cesar, por citar un ejemplo. Este yo tiene identidad definida, precisa,
explícitamente situado en un locus que, desde México D.F., y desde una familia
nombrable y nombrada, contempla un universo de vocación y alcance latinoamericanos. De
hecho, también autorizan esa posición centralmente biográfica las figuras satelitales
de la compañera (Gabriela) y los hijos (Leonora, Andrés y Alejandro). El poeta, ese yo
retórico y cohesivo, escribe mientras "Gabriela y Alejandro juegan"
o cuando "Gabriela y Alejandro duermen", y el dormir de Gabriela vuelve
en el poema "Mi mujer duerme a mi izquierda". Es decir, la contemplación del
mundo se produce aquí desde un yo masculino, que es el que accede a la palabra y aun
otorga sentido a los balbuceos familiares, adscrito a la norma y a la ternura.
La contratapa de este libro dice que "La palabra poética de este autor, desde
sus comienzos metacríticos, ha evolucionado hacia la preocupación por el mundo"
y "por la situación del hombre en el mundo actual". Es probable
que esa sensibilidad, relativamente nueva en el poeta, se deba en parte al diálogo y a su
amistad personal con Juan Gelman, otro poeta rioplatense residente en México. Se trata
naturalmente de una mera hipótesis, pero esa amistad es un hecho que surge literariamente
en el poemario de Milán y en Valer la pena (2001) de Gelman. Sin duda, es posible
que se trate de una hipótesis insuficiente y acaso injusta, como es injusto imaginar un
paralelo entre la inmensidad (titánica, en todos los sentidos, incluidos los de la
ternura) de la obra de Gelman y el bordado monocorde, ciertamente fino muchas veces, del
poeta uruguayo. Esta apertura hacia el mundo puede surgir pura y simplemente de un
tropismo poético que aproximaría al autor a una menor desconfianza hacia el lenguaje, el
"acto de fe" por la poesía, mencionado desde el título (sabidamente, amor y
ternura no comulgan con desconfianza). Y esta poesía está imbuida de las razones de amor
que preceden a la fe y que podrían anular el lenguaje autocentrado, esa especie de
autismo poético que acompaña algunas veces a la "poesía crítica". Así, el
título del libro señala menos la binariedad, por más que el dos, la dualidad,
comparezca como tema en el conjunto, y más la sucesión causal.
Por otra parte, ese "mundo", que puede incluir las botas en las Universidades
o la posible mención en filigrana de la Operación Cóndor, coincide con el universo
(geográfico y cultural) al que Milán viene dirigiendo su discurso. El yo situado en
México, ese lugar central y entrañable de todo latinoamericano, no es aquí
necesariamente "uruguayo": Uruguay comparece como un locus desleído,
acaso detrás de una "infancia suiza", tal vez porque el poeta confía demasiado
en la connivencia del lector local o en el peso persuasivo de la firma autoral. El poeta,
en esta edición madrileña, se dirige más bien al Continente (Uruguay, en otros textos
del autor, fue un lugar hostil a la poesía). Milán cree inequívocamente en la unidad de
ese objeto llamado "poesía latinoamericana", un espacio que le resulta
teorizable y susceptible de periodizaciones históricas, que incluye además la
producción en español y en portugués. También el linaje literario en el que se integra
comparece (opuesto con un "Pero" al linaje vital) en la filiación al chileno
Gonzalo Rojas, el argentino Gelman, el brasileño Haroldo de Campos, el también chileno
Nicanor Parra, "por nombrar sólo a los latinoamericanos", una
estirpe donde no figura un único uruguayo. Esta pensada exclusión de lo que podría ser
la provincia natal (¿opuesta al Continente?), periférica a la orientación, esa sí
continental que el poeta otorga a su obra, se entiende en cambio en la sólida
construcción del hablante poético, ese yo que escribe y publica en lugares de larga
resonancia en la creación y difusión de poesía en lengua española.
El tema generador de este poemario es el tiempo. De hecho, los sesenta breves
poemas que lo componen se organizan en tres "Tiempos" (y no Partes), y el libro
se abre con la frase de Gabriela "Son las once". Es decir, los
"Tiempos" no son musicales en una poesía que, como la de Milán, tiende a la
monotonalidad, sino cronológicos. Aquí hay pasado, con la revisión implícita, y un
presente "ético" (ese adjetivo revisitado) para engendrar el futuro. El pasado
puede situarse "En los setenta", "cuando nos dijeron que cantar/
era traición" ("Nos aproximábamos al canto", un poema excelente, de
lejos entre los mejores del libro), o "Para esa época", donde se sitúa
un espacio barroco, en el que "Ganábamos cosas y perdíamos/ profundidad".
Hacia el futuro, "Habrá un tiempo, música o palabra,/ (...) un tiempo
sin tormenta, uno sin máscara". La indignación frente a la injusticia,
bienvenida y nunca tardía, se integra en un vasto campo semántico construido bajo el
signo de la bondad, la ética, y un re-conocimiento del dolor "impuro", porque
es humano. El ojo humano, el mirar, es otro de los temas de esta poesía. Y humana es la
mirada descentrada, sucia de vida, desviante, destituida de autoridad, rebelde y
periférica que no figura sin embargo en este libro de importantes calidades literarias. |
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