Más cerca de los presocráticos o del budismo zen
(y aún de la poesía como "una manera de vivir", al decir de Tristan Tzara) que
de cualquier idea más o menos escolástica, académica o profesional de la filosofía o
la literatura, la presencia y la palabra viva de Macedonio Fernández (1874-1952) habrán
resultado acaso, para quienes fueron dignos de compartirlas, tanto o más vivificantes que
esos papeles abandonados donde, sin intención de libro o de edición, fue dispersando
señales de su pasión por el pensar, el decir, el ser ("¡Oh, Pasión nunca humilde,
siempre cierta!").
No es novedad para quien trajine con honestidad lúcida en las fronteras del lenguaje y
del lirismo, como los místicos en relación con los límites de toda religión, que la
palabra humana es a la vez reveladora y ambigua, contagiosa y oculta, carencia y cantera.
Y que así como hay silencios que son testimonio de elocuencia, las palabras que importan
no se agotan en el mero traslado de un mensaje. No hay palabra de fondo en la cual no
tengamos que sumergirnos, no sólo con la vista, sino de cuerpo entero.
Sólo a instancias de los jóvenes y brillantes amigos que fueron capaces de estimar su
madurez (Borges, Marechal, Bernárdez y precisamente Scalabrini Ortiz, a quien obligó al
prólogo), Macedonio accedió recién en 1928 a editar su primer libro: No toda es vigilia
la de los ojos abiertos, uno de los muy pocos que publicó en vida. Auténtica
demostración de hondas y muy legítimas inquietudes metafísicas, su mismo desarrollo es
prueba también de otras fecundas dimensiones de su espíritu: humor, nada de
complacencia, carencia absoluta de pomposidad y verborragia, inocencia exigente, devoción
fraternal por el lector, a quien se invita no sólo a ahondar sino directamente a formar
parte de estas páginas.
El resultado, a la vez sesudo y fresco, no es apenas un libro sino más bien una
evidencia. La mirada filosófica de Macedonio se arraiga con la vida, es a la vez
idealista y concreta, etérea y humanísima ("Consiéntaseme esta necesidad de
intimidad y de lirica en una obra de pura doctrina"). De tal modo que, si por un lado
resultaría aconsejable una adecuada formación que no es mi caso-- para poder
seguirlo en todos sus matices, también sería conveniente haberlo olvidado todo para
estar así en condiciones de entregarse desnudo y libre a una experiencia que el autor
imagina, no sin buenas razones, incluso transformadora. Tras comenzar significativamente
la obra con un poema ("Haya poder contra la Muerte: El Ser no tiene ley, / todo es
Posible", Macedonio encara francamente al lector: "Considera a mi libro un
alegato pro pasión contra el intelectualismo extenuante".
Y a continuación, siempre a modo de proemio, según su costumbre y para no arrojarnos,
en frío, de lleno en materia, rompe el discurso incorporando tramos de su
correspondencia, donde no debería sorprendernos descubrir a Wiliam James. Y tampoco, por
lo que a ambos toca, entre otros compañeros y amigos, a Juan B. Justo, el médico que
tradujo por primera vez El capital al castellano y que fundó el Partido Socialista
Argentino, a quien, habiendo fallecido antes, con precisas y tocantes palabras imagina
sonriendo, al leer este libro, "con escepticismo y caridad".
Hay por lo menos dos clases de escritores. Aquellos que tratan de dejar concluida su
obra teniendo en vista de algún modo a la posteridad. Y esos otros que la viven o la
dejan inconclusa, entre los cuales hubo hasta quienes recomendaron destruirla (Kafka), o
quienes, en el lúcido decir de Valéry, por una u otra razón sencillamente la abandonan.
Macedonio es de éstos y, de no ser por la apasionada e inteligente devoción --fecunda
irreverencia-- de uno de sus hijos, Adolfo de Obieta, él mismo un intelectual de primera,
lamentablemente fallecido hace poco, sólo soñando hubiéramos podido contar con esas
Obras completas donde se inscribe, en octavo lugar, esta nueva reedición que nos ocupa
(Corregidor, Buenos Aires, 2001).
Con responsable honestidad, ya en una edición anterior el mismo compilador aclaraba
que "No es libro preparado por el autor. Por lo demás, todos o casi todos los suyos
no resultaron de un acto cuidadosamente personal de construcción, sino más bien de la
simpatía de amigos recopiladores, seleccionadores u ordenadores de textos." Rodea
entonces Obieta al texto original de 1928 con aquellos trabajos rescatados por él de
entre los manuscritos que, a su criterio, participan del mismo espíritu. Y como él mismo
recuerda que Macedonio "exponía sus fórmulas una y otra vez, no por autocomplacerse
sino por una natural cortesía con el lector que era su compañero de aventura",
reiterando que se trata de "un libro que van haciendo juntos autor y lector",
tras agradecerle póstumamente-- esta nueva posibilidad de tomar contacto con la
alta palabra de su padre, no sería quizás injusto hacer notar que el propio Macedonio,
como él imaginó de Justo, también sonreiría "con escepticismo y caridad" al
ver que, en esta ocasión, una errata sin duda involuntaria pero también fatal ha
transformado, nada menos que en la tapa y en ambas portadillas iniciales, su título
original en No todo es vigilia la de los ojos abiertos.
Lo que sin duda no hubiera sorprendido a quien, como él, tenía ya entonces una aguda
conciencia de las características para nada lineales del lenguaje humano --hoy
visualizadas cada vez con mayor amplitud y nitidez por las crecientes investigaciones
linguísticas--, como lo prueban su capítulo "Definiciones de ideas y vocablos"
(donde puede leerse "La palabra es signo para comunicación. Esta es sólo, más que
comunicación, suscitación de imagen por signo") y el texto aquí añadido "Yo
sé la palabra en la boca del ser", donde creeríamos verlo acaso aludir al
Wittgenstein que iría mucho más lejos: "Todo lo que se piensa bien puede decirse
claro."
Para completar esta perspectiva de Macedonio con respecto a las limitaciones y riquezas
del lenguaje humano, que lo hace tan actual, y precisamente por lo que ella se relaciona
con su propia devoción por la poesía, en ese mismo desopilante e iluminador capítulo en
que Hobbes aparece cuatrocientos años después de su muerte sentado en un hotel de Buenos
Aires, hay una nota al pie donde se dice algo que complacería sin duda a Mallarmé y a
Valéry: "¿Puedo combinar una prosa que suscite en igual orden y grado los
sentimientos que cada compás va suscitando en una música?". Como se ve, en gran
medida un presocrático, la poesía y la filosofía (reunidas en la misma llama y más
cerca del logos), lejos estaban de encerrarse para él en supuestos géneros de fronteras
irreconciliables.