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«Liminar»: la poesía de José Kozer

Reynaldo Jiménez

La poesía de José Kozer es un método de escritura porque es una manera de vivir, haciendo de su práctica cotidiana oficio y profesión de fe, fluido rigor de una eclosión continua. Sin amainar la animalidad emotiva que la recorre, ella roe y corroe todo conocimiento parcial que predestine. Pero no en pie rupturista o esencialista, sino anudando, resaltando la culebra restallante del enlace por el verbo. Lo cual no quita, por cierto, una pugna al interior de sus desplazamientos, ira festiva en su festina lente, una rebelión por la belleza de reunir, dirigida al atravesamiento de las nociones retentivas, para hacer espacio (oído interno, diría Kozer). Si fuese de veras probable que «la letra es el último residuo de la escucha», según se observase, podría decirse que la lírica kozeriana alivia en vilo y devuelve la escucha a más escucha. En aras de esta infraescucha proliferante, abre su singular sintaxis (360 grados a la redonda, a años luz de toda metafísica) atenta al devenir rumor que, en otro contexto, tal vez llamaríamos percatación.

Al cuidadoso contacto con la palabra, danza el destino consentido: liberación celebrante de la conciencia que, en su transmutarse verbal, toma por las astas a la lectura y asalta hasta los escondrijos más indelicados y sobrepuja a otro nivel de entendimiento. Es allí, y no en reposados escenarios, que la poesía es algo que acontece como meditación, a salvo de toda actitud o postura premeditada. La action writing kozeriana refleja, multifacética, la lentísima paciencia inspiradora. A medida que se articula(n) la(s) escucha(s), el rumor desatado aglutina en su insistencia una saga de intimidades, una sarta de koans donde la gesta heroica no ha cesado, aun como gesto supérstite de aprendizaje, y anuda para desenlazar, con renuevo, los prestigios acezantes de la lengua. Lo singular participado, lo insignificante (por ínfimo a la luz de abolidas jerarquías), lo despreciado (por temido al no confortar, al hacernos confrontar la intemperie tras fronteras), otorgan resonancia conmovida en la variedad integradora.

A estos poemas tan especiales puede aplicarse, reverberación intermitente, la moción acendrada por una escatología (tanto trato con la muerte cuanto luz excrementicia) convertida en revuelta del instante a través de la interzona del verbo. Escatología que se deshace, furibunda impúdica, del lastre metafísico en connivencia con la sombra, en tanto participación en los bienes contradictorios e inasibles de la vitalidad, mediante una rítmica de una vez sacrílega y sacramental. El derrame berrueco (berroqueño) arrastra con fruición de rueca y enroques vertiginosos ensambles consonantes, regueros respiratorios: escrivirar somático, asomante, cenestésico. La lengua escrita nutre al habla original. Ora (rosa rítmica que no decae) enfocada en sus referencias pulsátiles, minuciosas pero siempre cambiantes en la reverencia. Un realce a lo real sin sellarlo en la premasticación de algún realismo estipulado: por añadidura, insistencia en el enclave mortal, en apercibimiento de la ambigua luz nutriente que sostiene a la conciencia en, y ante, aquello que proyecta, percibe, encuentra, transmuta, pierde. Ama.

Porque amor es cornucopia y multiplica al Oído: la desnudez es la entrega. Sólo la desnudez es abundancia. Cascada seminal de frutos verbales, joyas reminiscentes de hablas horadando en la ofrenda, por insumisa corriente de los arrastres, por inmediatez e insuficiencia, que atraviesa la sólita condición de contingencia en éste, nuestro estar-con-vida, donde la palabra es porque devuelve al cuerpo. La esfinge del esfínter, para más ejemplo de bajo continuo, ya es un escarabajo que fue estrella, por gracia preñada de lo escrito. La distensión del bajofondo (esfínter cual párpado en ojete o daimon de la valva cardíaca) va junto a la expansión por las alturas cantantes y catadoras (boca deslenguada para la voz que apersona, tras el agujero impersonator, velocidades del sentido, hecho corpóreo). Por la vivacidad de semejante encarnación, la poesía de Kozer releva identidades netas y revela el ascua (combustible inquietud) de su mitad oscura, así como en ciertos árboles la raíz por la copa se adivina.

Precisa ferocidad la del relieve (haciendo espacio en la palabra): la pieza «Danza macabra», por mencionar apenas una de las diez que componen el tríptico, despliega una para-rapsodia, que a lo funéreo adereza con lo fiestero, y de esta forma acrecienta el pathos. En su percusiva sintaxis, la inteligencia física del lenguaje, que es una dicha, muestra las heridas pero también lo que vincula, lo que asombra, lo que llama la atención y en el acto materializa. El oficio de nombrar se afianza y afina al nivel de las aguas: navegación adonde el clima incierto pero certero de la deriva es entrejuego de aguas. Es otro modo de rimar. Armonía es magma. Por eso en Rosa cúbica hay lugar para preguntas despóticas, para más preguntas, llevadas a la torsión del trance, a su extremo de hambre: en su aura ya no cabrían las preguntas retóricas, el mero recurso para estampar un efecto sino el hacerse carne de todos los efectos (en lo que carece de causa). El tránsito de la prosodia concurre imantado y alimentado por animaciones de mitos, por esfinges conferidas, pues, tal como este libro dice, lo innato sigue callado. De donde se asume que el Innombrable (camposanto): sin escucha, retrotrae, para la calva ocasión, irreconocible: de los afeites al rumbero esqueleto, esqueletoidal. Amplíase así el sentido si al hilo se le permite ser perdido, porque es la textura la que se recupera. Y esto hasta en los cameos del imantador en autor-retratos laterales (transeúnte; rapado como si se preparase para bailar con la Pelona; escribano; Caballero ante su Dama). La textura, la voz, incitan al contacto con el enigma siempre perceptible en el propio percipiente, que pudiendo no leer lee: de espaldas al arco iris mejor reconozco prismas, caleidoscopios.

A las presentes galernas de dispersiones, José Kozer las convoca y detona entonación. Se da otra vez la voz en cuanto remonta el sentido, habitada, cuando habilita el horizonte de la escucha, tal como la traslucidez, parpadeo de estas páginas, acontece: al borde de una materia por seguro inexistente que devuelve el pétalo marchito de la retórica al asombro de la palabra pétalo de pronto percatada del resplandor del pétalo surgido del torno primero de la mano carente todavía del fulgor primero del lenguaje.

 

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