El escriba de pie es el más reciente libro de Saúl
Ibargoyen. En él, el autor va en busca de esa figura mítica del antiguo Egipto para
confrontarla con el poeta. El libro está editado por la Fundación Cultural Trabajadores
de Pascual y del Arte A. C., México, 2002.
En esta obra, el maestro reafirma su propuesta poética que se caracteriza por un
lenguaje directo. El particular uso de lo elementos poéticos desentrañan en el lector
sensaciones que viajan trascendiendo el inconsciente colectivo. La obra presenta el origen
del escriba como instrumento creador para compilar la historia y la vida más allá del
carácter cotidiano; el roce de la poesía aparece sublimado en el lenguaje. El libro es
como una crónica de lo insólito que nos remonta a las orillas del mítico Nilo, adonde
el poeta bebe las antiguas gotas de un agua renovadora que renace en poesía.
El tema del escriba es fresco, no sólo por inusual, sino por su cercanía con el agua,
elemento vital para la sobrevivencia de la especie y de la poesía en la especie; así,
las aguas del Nilo despertaron en el autor la sed de escritura, para la creación de esta
obra. El autor asocia al río con el transcurrir de la vida, con el movimiento del cosmos;
además de que la carga histórica que significó para Ibargoyen la contemplación de esas
aguas, lo llevó a tomar del movimiento del Nilo celeste -no como un hecho espontáneo-,
impresiones, sensaciones, imágenes, que luego fueron representadas metafóricamente en su
escritura.
Un viaje espontáneo a Egipto, donde el escriba es un personaje de lo que escribe, un
instrumento para lo que escribe y un instrumento de lo escrito.
La poesía es incubada en un espacio creativo por medio de un juego espacio-temporal.
"El libro quizá ya estaba pre-escrito, lo digo en el sentido de que a veces o
casi siempre uno imagina algo, cuando tienes cierta certeza de ese algo, pero todo
encuentro siempre implica opciones nuevas de sorpresa, simplemente porque nadie lo conoce
todo", dijo el poeta.
La función del escriba era exponer en los papiros la historia cotidiana; el escriba
gozaba del privilegio de ser un cronista de lo inmediato, además de estar estrechamente
relacionado con los faraones. Asimismo, tenía el deber de escribir a cerca de las
cuestiones materiales y espirituales del antiguo Egipto; su presencia era esencial dentro
del aparato de gobierno. El escriba estaba sentado, sonriente, así como el maestro
Ibargoyen, a la hora de contestar estas preguntas. En un juego de posturas y palabras,
responde a cerca del papel que juega el poeta, en la comparación o negación con el
antiguo escriba:
"El único parecido que tienen el escriba y el poeta, en la medida en que se
contraponen, porque también pueden ser identificados entre sí, es el uso de la palabra
escrita. La escritura a partir de ciertas etapas de la historia de la humanidad estuvo
vinculada al poder, lo podemos ver en la ciudades-Estado de Sumeria, Babilonia, Acadia;
también lo vemos por supuesto en el Egipto faraónico y en otras culturas. Porque no
solamente la necesidad de la memoria implicaba la utilización de la escritura, sino
también una necesidad de carácter práctico, que era la administración de un reino o de
un imperio, y esa administración debía encontrar una forma para fijar toda esa
necesidad. Con el poeta sucede algo distinto; los poetas en general, aunque comprometidos
en el uso de la escritura, no han estado en la participación del poder. Sucede que la
palabra del escriba está vinculada a cuestiones utilitarias, más allá incluso, de lo
que leemos en el Libro de Los muertos, por ejemplo, donde aparecen conjuros, fórmulas
mágicas, invocaciones. Sobre todo para establecer lo que sucederá después de la muerte,
que fue una de las preocupaciones fundamentales de esa cultura. En ese sentido, el poeta y
el escriba se parecen, pero el poeta quiere manejar otros poderes con la palabra y esos
poderes tienen que ver con una representación diferenciada de la realidad. En ese
aspecto, creo yo que la propia cultura egipcia faraónica ofreció ejemplos muy relevantes
como Amenofhis IV. Fue el faraón poeta, aquél que trató de imponer una religión
monoteísta. El poeta trata no de apelar al poder mágico de la palabra, porque la palabra
no transforma la realidad, sino que forja una representación diferenciada de la realidad
y de lo que imagina del mundo como totalidad. El escriba tiene una relación utilitaria
con la palabra, lo cual no quiere decir, pese a las distintas traducciones, que muchos de
esos textos no tengan un valor literario relevante."
El escriba de pie es un libro de poemas que no se puede separar de la historia y del
arte de Egipto; en sus versos nos recuerda la escultura del "Escriba sentado".
Sin embargo, el título se contrapone a esta figura: nos presenta a un escriba de pie,
quien se cuestiona y se niega: "¿Debo ahora negar toda escritura?" ¿Cuál es
la diferencia en que el escriba esté sentado o de pie?
Ibargoyen contesta: "El escriba sentado es el escriba que contempla lo que los
otros hacen, él va a registrar todo lo relativo a los diversos usos del poder político y
económico, de la administración, de la burocracia, de la religión incluso, y, por
supuesto, también todo lo relativo a los conjuros; es decir, el escriba tiene una actitud
pasiva, aunque sus manos se muevan para registrar todo eso. En cambio, la postura vertical
es la separación simbólica de la lengua utilitaria del escriba, de la lengua creativa
del poeta. Además de que simboliza una ascensión espiritual se apoya en lo terrestre,
pero también apunta hacia la altura, hacia el cielo; o sea, sale de la horizontalidad
pasiva y se mete en la verticalidad dinámica. Es una simbolización y se puede decir que
se mezclan el escriba y el poeta. Es una manera también de decir dos cosas: que se pueden
compartir muchos aspectos de la vida cotidiana, incluso mezquinos y sórdidos, pero
siempre está la diferenciación última en la verticalidad del verbo y en la
trascendencia espiritual."
¿Busca en este libro la identidad del escriba?
"Acá no sé si hablamos del escriba o del poeta", afirma Ibargoyen entre
carcajadas. "Si el escriba está contaminado por el poeta, ahí se va a generar un
problema de identidad, y todo poeta verdadero siempre va a estar cuestionando su identidad
poética. Y ya sea escriba o poeta va a haber, como es el caso de este libro, una
situación de búsqueda, o de reafirmación o de invención de la identidad. El escriba es
escriba de sí mismo, sí, lo es", afirma enérgicamente el poeta cuando continuamos
con la identidad del escriba.
El escriba tiene una carga histórica. ¿Cómo ha trascendido a través de ella y cómo
se ha dado esa evolución o acaso el escriba ha sido sólo un copista de los hechos? ¿Por
qué niega está acción en el verso?
"No era exactamente un copista, el escriba histórico participaba del poder, dado
que se conocen casos de escribas poderosos y no solamente en Egipto. Estos eran personas
de mucho dinero, en ese sentido no podemos compararlo con los poetas, porque la
aplicación de la escritura o de la palabra tenía una finalidad obviamente distinta. La
actividad del escriba era una actividad interesada; la actividad del poeta es una
actividad desinteresada. Eso es también una de las diferencias fundamentales. En el
libro, la dualidad se da porque el escriba parece entender por momentos que en su
modalidad de escritura aparecen otros elementos, que él no había tomado en cuenta y que
estaban más allá y más acá de lo que él necesitaba hacer. Por eso yo decía o creo
que dije, que de algún modo, el propio uso de la palabra -por sus nuevas combinaciones,
por sus nuevos sonidos, por sus nuevos significados-, induce al escriba a un ámbito
distinto, a un ámbito poético. Roza los límites de la poesía."
En el libro de Saúl Ibargoyen la posición del escriba tiene una connotación de
carácter moral, un compromiso de conducta por cumplir una función. El compromiso de un
poeta es de carácter ético, no solamente es una conducta; al contrario, implica una
finalidad transcendente que todos podemos compartir.
Con los poemas de este libro busca el autor la posteridad, la permanencia a través de
la escritura del otro; es decir, del escriba como testigo y compilador de su obra y de la
trascendencia de ésta. El autor afirma que el poeta no es eterno, que no va a poder estar
escribiendo constantemente su obra; para que ésta permanezca otros deben participar; el
poeta no puede prescindir del antecedente histórico que es el escriba:
¿Podrá ser escriba de sí mismo/ y ser hasta el final/ el señor de su aliento
cotidiano?/ ¿Podrá escribir en sus idiomas dispersos /lo que ahora aquí se escribe
inacabadamente/ a punto de hueso afinado/ entre lenguas de polvo?
"Yo veo la poesía como un proceso donde el tiempo no es lineal. Este libro,
estrictamente para mí, es un pequeño paso hacia otra perspectiva, tanto de la poesía
como de la propia escritura. Tenemos que ir siempre hacia los orígenes para darnos cuenta
de estas cosas".
Se crea un silencio y los ruidos de la ciudad se filtran por la ventana. El poeta
Ibargoyen deja el asiento. Se pone de pie ante la poesía que lo llama y se va hacia el
origen de sus propias reflexiones.