| «Danzas», de Guillermo Fernández
Alfonso Chase
Guillermo Fernández, San José, 1962, es un
escritor cuya obra, poesía y cuento, ha logrado romper, durante casi dos décadas, con
los estereotipos más divulgados en el mundo literario costarricense. Su obra, realizada
con la certera profundidad que demanda el profesionalismo, busca fijar la apertura hacia
un lenguaje en el cual la lógica poética se combine con la estética del verso, acción
que le permite armar sutiles percepciones del lenguaje actual con la riqueza heredada de
ese saber escribir bien y hacerse inteligible para el mundo de sus fieles lectores.
Poeta de la cotidianeidad trascendente, del valor del lenguaje por su propio
significado, expresa una rara perfección formal, fiel a un oficio que nunca debe
devaluarse por el facilismo literario.
Así sucede con su nuevo libro de poemas Danzas (EUNED, 2002), compuesto de tres
partes y un epílogo. En esta obra, pareciera que asistimos a la ruptura con una
trayectoria literaria y a la propuesta de la poesía como movimiento, ascenso y
musicalidad de la forma. Los poemas allí estructurados están escritos en un lenguaje
lujoso, en tono cotidiano de conjuro, que refleja paisaje de acciones y oficios de las
gentes, sentidos y vividos en participación y encomio. Lo social que se percibe ingresa a
la memoria del poeta y allí se transforma en potencia alquímica, en proceso en donde la
belleza se doblega en el amor, para comunicarnos esa danza visual de las palabras, cuyo
escenario está ante nuestros ojos asombrados.
Una edición, bella y pulcra, con ilustraciones de Eduardo Brenes, y el talento
editorial de Carlos Zamora, expresada en la propuesta gráfica, hacen de Danzas una
obra novedosa, profunda y en la cual la poesía es recobrada, para convertirla en
expresión social y psicológica de nuestro tiempo móvil. |
poemas
UMBRAL
Me afirmas que he tocado tu ser.
Solo he traído a tus ojos el sol que eres.
Como el minero extraigo
algo bello y valioso de tu corazón
que vive como una promesa en todas las cosas.
Es algo que da luz poderosa a Sirio,
laderas profundas a los Andes
y espacio a la abeja que danza
al descubrimiento de abundantes flores.
En el abrazo más urgido me diste
algo de ti misma que me sirve de red
para pescar en los vientos
y llevar formas vivas y luminosas a tu mesa.
Las líneas de tus manos tienen mapas
que indican el sitio del tesoro
y a veces te llevo a tu propia luz escondida.
XV
Mi amor yo lo he pedido al bosque
y no al vaho de la ciudad
ni a las historias de los libros.
Nadie me dijo que vendría.
No hubo un solo profeta.
Allí, entre grandes hojas,
rodeado por albas, chupaflores,
trinos, lluvias, vientos,
adquirió cara de niño
cuerpo de roble, voz de cigarra.
XVI
Aunque tú me digas adiós,
yo habré adquirido una idea segura
de cómo se construye la alegría
y abastece con sencillez.
No sería un triunfo tu abandono
porque yo he cultivado tus gérmenes
en vasos, esquinas, edificios,
y si me faltaras, bastaría mi aliento
para incubar tu memoria fúlgida
y hacerte más hermosa con el dolor de mi carne. |