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Elba Pérez
Chab procede a partir del automatismo psíquico que es premisa fundamental del movimiento surrealista surgido en Francia en los años veinte. El automatismo consiste en dejar fluir las imágenes del inconsciente y deshechar toda intervención racional. Esta exigencia es dificil de cumplir tanto por la suspensión del raciocinio como por la técnica, laboriosa y demorada, que implica la realización pictórica.
Y a partir de las imágenes que le suscitan estas formas coloreadas construye un mundo propio de alta intensidad erótica. Las gamas sombrías, los contornos fantasmales y la táctil sensualidad de las texturas subrayan el carácter onírico de estas obras. Las formas emergen, flotan o levitan sobre el fondo oscuro de la tela. Arrancan destellos de luz casi nacarada para acompañar el ritmo ondulante, filiforme, de los cuerpos. Transgrede la anatomía y la vuelve ambigua.
Pero éstas destrezas no traen sosiego. La fuerza del deseo conoce instancias dramáticas. El combate entre Eros y Tanatos, entre el amor y la muerte, no tiene final, parece advertirnos Chab. Estas tensiones existenciales, que están impresas en la condición humana, se amplifican y proyectan hacia el universo surreal. Hay cierto panteismo fantástico en las formas fito y zoomorfas que alternan con los cuerpos seductores trazados por el pintor. Pero estas mixturas insólitas se detienen siempre en un margen ambiguo que acentúa la inquietud que provocan.
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