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Alfredo
Fressia
No se trata sólo de imágenes exteriores (varones de pelo largo, caravanas, pantalones collants, chicas con cabellos y ropas antes "masculinas"). Lo que se siente es una cierta fatiga de encarnar el heredado modelo binario, el de "el" hombre y "la" mujer, un rechazo de las identidades prefijadas, una reivindicación del "estilo" frente a la "moda". La "moda", por su propia naturaleza adherida a la imagen y dictada desde el poder, impone siempre el orden y la identidad, la clara escisión de lo masculino y lo femenino. El "estilo", por el contrario, es un recorte en la moda, expresión de "lo que viene de abajo", el desempleado, el lumpen, el marginal, y "de dentro", la propia singularidad. Ya no se trata de la lucha de clases, sino de la configuración del mutante, lo diverso, lo diferente, como si los dandys admirados de Baudelaire hubieran hecho su camino hasta los punks de este fin de siglo. La propia noción de "homosexualidad" se desvanece. Desmontado el "modelo" (el hombre, la mujer), se derrumba también su "patología" (el homosexual). A partir del planteo de este tema, el ensayo Arte andrógino: estilo versus moda en un siglo corto, de Roberto Echavarren (Ediciones de Brecha. Montevideo. 1997) extiende la crisis de "moda versus estilo" al arte, que también tiende a la androginia, y entendiendo aquí por arte "a cualquier expresividad corporal, a esta creación de bordes alternativos, que va desde los materiales sonoros hasta la escritura, hasta la configuración de cuerpos" (pág. 9). El texto fluido y erudito de Echavarren acerca al lector la galería andrógina de los cantantes de rock, la forma de arte que mejor ha expresado al "estilo" en el siglo, con sus artistas que remodelan sus cuerpos como mutantes (Ver nota al lado), pero no excluye la literatura "canónica", donde el autor encuentra las señales precursoras de la identidad (masculina y femenina) ya corroída.
Como en toda selección, cada lector puede lamentar una falta en el repertorio de obras elegido por Echavarren (por ejemplo, la de Grande Sertão: Veredas, 1956, de João Guimarães Rosa), pero sin duda los textos presentes historian (o "prehistorian") las manifestaciones del deseo que escapan, rebeldes, a las identidades establecidas. Esta visitación diacrónica del acervo literario, que el académico Echavarren conoce con profundidad, no excluye el sincronismo que este ensayo establece con el conjunto de la obra poética del autor. Un sincronismo que el ensayista poeta, falso modesto, no menciona, pero que el lector, falso ingenuo, descubre con facilidad como un diálogo hondo entre la obra creativa de Echavarren y el presente ensayo. La importancia nacional y continental de la poesía de Echavarren se sitúa justamente en su carácter de "estilo", de recorte contra la "moda", de creación de un espacio de originalidad y gozo ajeno a instituciones literarias envejecidas o demasiado obedientes a los diseños impuestos. Neobarrocos, o platinos y neobarrosos, los poemas de La planicie mojada (1981), Animalaccio (1986), Aura amara (1988), Universal ilógico (1994), Oír no es ver/To Hear Is Not To See (1994), que constituyen gran parte de la obra lírica del autor, son hipertextos mutantes construidos ora en rebeldía, ora in absentia de instituciones idiomáticas identificadoras. Por otra partre, la noción kantiana del "universal ilógico", que daba título a su poemario de 1994, reaparece en este Arte andrógino... en el mismo cierne de la atracción ejercida por el fetiche, que se impone con el poderío de una ley supuestamente universal pero que paradójicamente delimita una individualidad y rehúsa la lógica colectiva. Es la base misma del "estilo", la antípoda de la "moda". En esa lectura sincrónica de la obra de Echavarren, Arte andrógino... se trasciende a sí mismo como ensayo y debe leerse como una instancia de articulación que ilumina y es iluminada por la poesía del autor. Obviamente, el por el momento único relato del autor, la novela Ave roc (1994), que se organizaba sobre episodios de la vida del roquero Jim Morrison, entra en el mismo juego de luces y reflejos a partir de la lectura del presente ensayo del "estilo" y la androginia. Y en el mismo dibujo caleidoscópico entran las traducciones realizadas por el autor: Nietzsche (El ocaso de los ídolos, de 1982) y la poesía, también antologada, de John Ashbery (Como un proyecto del que nadie habla, de 1993). Caracterizado por la elegancia del idioma y el cartesianismo del razonamiento, Arte andrógino... tampoco esconde la erudición aunada a la paciente pedagogía del profesor Echavarren, quien efectivamente ejerció la docencia de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nueva York de 1976 a 1994. El libro fascina por su capacidad de catalizar para cada argumento informaciones extraídas tanto de la vasta cultura académica del autor como de acontecimientos, noticias, a veces simples entrevistas de la actualidad. En el comentario de la relación de Eva Perón con su modisto, o en la exacta pintura de la prostitución masculina, en el rescate de una nouvelle del siglo XVIII o de las declaraciones de cierto travesti "aggiornato", el ensayista revela una sensibilidad privilegiada para "oír" la cultura, ya no como mero antropólogo, sino como artista, como antena afinada que capta para el lector un universo que, acaso por la propia inflación de informaciones, cada vez se decodifica menos, o mal, o demasiado precariamente. También en esto Echavarren se muestra un maestro del ensayo, aquel que despierta siempre en el lector el placer intelectual, un placer desgraciadamente escaso en la económica ensayística uruguaya, y que es sin embargo una condición del género para inscribirse como forma artística.
Por ejemplo, se pueden y se deben discutir, junto al autor, sus ideas respecto a los travestis como imagen que "apuntala" la idea de la supermujer. El autor entiende que dos prototípicos personajes gays, el travesti y el musculoso gimnasta de la moda "cuero", imitan identidades ("la mujer", "el hombre") casi desvanecidas. Serían especies nostálgicas, "retro", vagando en una floresta dinosáurica irremediablemente kitsch. El lector puede pensar exactamente lo contrario y reemplazar en el texto de Echavarren el verbo "apuntalar" por "corroer". Si el travesti, en particular, "parodia" a la mujer, el autor debería recordar que la parodia comparte la naturaleza de la ironía (un significante, dos significados) y que la incluye en su propia definición tradicional: "imitación burlesca e irónica". Es probable que travestis y gimnastas "cuero" hayan carnavalizado y desautorizado más que nadie las monolíticas identidades (femenina, masculina) hoy decadentes. También se podría pedir del ensayo un análisis más "ejemplificado", del posible impasse entre la micropolítica del "estilo" y las formas de articulación con la militancia "macro" que negocia con el conjunto social el reconocimiento de derechos que suponen una identidad, por más provisoria y meramente estratégica que ésta sea. Aun así, el autor aborda el tema en capítulo 2, "La muerte del hombre y la mujer", pero es en el primero, "Trabajo, fetiche, capital" donde se encuentra el planteo más lúcido: "No creo que deba hablarse de cultura en términos de identidad gay o lésbica o queer. Me parece un error de procedimiento el intentar describir identidades. Es adecuado en cambio hablar de identificaciones momentáneas o durables en tanto guían una acción, un ciclo o cadena de decisiones orientadas." (págs. 38 y ss.). No es la menor de las cualidades de esta obra mayor de la inteligencia y la sensibilidad el crear en Uruguay el espacio para discusiones que implican pero también trascienden la sociedad y el arte locales. Del libro como objeto se debe lamentar el diseño de cubierta, que aúna el mal gusto a la franca colisión con el contenido ideológico del ensayo. La edición argentina, ya en imprenta, aparece en marzo, en Ed. Colihue, Buenos Aires. |
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