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Revista de Cultura nº 8
 

Fortaleza/ São Paulo, janeiro de 2001
 

JOSÉ ÁNGEL VALENTE (1929-2000)

Víctor Sosa

ag8valente1.JPG (46398 bytes)La poesía española ha tenido dos vertientes claramente diferenciables, por los menos desde el Siglo de Oro hasta nuestros días. Una de ellas, inaugurada por Luis de Góngora, se abre al virtuosismo proliferante del lenguaje, al esplendor del barroco poético, al centelleo de la palabra reproductora de sentidos; la otra, aquella que abre San Juan de la Cruz en el mismo siglo, establece una economía de medios y una contención en su decir que se relaciona más con el silencio, con la contemplación y con la actitud mística de una península ibérica en donde aún no se aposentaba el espíritu racionalista de Occidente. 

De la primera vertiente - y de este lado del Atlántico - tenemos la exacta referencia de Sor Juana Inés de la Cruz, quien cierra el ciclo "clásico" de la poesía barroca en nuestra lengua - sin embargo, el barroco no muere ahí, encarna en otros poetas que lo retoman para redefinirlo: Lezama Lima, Sarduy, o, más recientemente, las nuevas tendencias neobarrocas de la poesía latinoamericana. De la segunda vertiente, es difícil encontrar - tanto en España como en América - una sólida continuidad cronológica. Más que un coro, oímos voces, solitarias actitudes poéticas que apenas se escuchan entre la actual estridencia mercantil. Allí, entre esas casi silentes voces se ubicaba José Ángel Valente.

ag8valente2.JPG (67550 bytes)La reciente desaparición física de Valente conlleva, entonces, una doble pérdida: la irremediable pérdida del hombre y la pérdida de una singular voz poética que continuaba la intermitente tradición mística castellana - esa que siempre ha sido el necesario complemento, la mesurada contraparte del barroco ibero y americano. Pero además, Valente fue un ensayista lúcido, un preocupado por las perplejidades del lenguaje y, en especial, por aquellas suscitadas por la palabra poética. Para Valente la palabra del poeta y la palabra del místico confluyen en una imposibilidad del decir, en un salirse del discurso funcional, lógico, revestido de sentido común, cargado de significación operativa. El lenguaje poético dice lo indecible; la palabra se sale de madre, aún en su contención y su concisión, busca hacia dentro aquello que la rebasa: "Palabra - dice Valente - esencialmente ‘experimental’, portadora de experiencias radicales, la palabra del místico o la palabra del poeta es también una invitación a la experiencia o una experiencia que se sitúa en los límites de la experiencia posible, pues es a la vez experiencia de los límites y destrucción o apertura infinita de éstos". Extra-limitación. El poeta se extra limita: dice siempre otra cosa, asume su condición de mago para inventar, con la materia de lo real, un mundo insólito. El poeta, junto con el místico, se salen de sí mismos. Dicha salida significa la pérdida o el abandono de las restrictivas fronteras del yo - del aislamiento de la personae (la máscara, en griego) y de la entrada en la "unidad simple" que nos anunciara el Maestro Eckhart y que Valente cita en su bello libro Variaciones sobre el pájaro y la red: "Donde termina la criatura empieza el ser de Dios. Todo lo que Dios te pide con la mayor premura es que salgas de ti mismo, en tanto que tú eres criatura, y que dejes a Dios ser Dios en ti. (…) Sal totalmente de ti por amor de Dios, y Dios saldrá totalmente de sí por amor de ti. Y lo que después de ambas salidas queda es la unidad simple". Extasis - ya que dicho vocablo significa según Tomás de Aquino, "una salida fuera de sí mismo". Hay que salir para entrar. Hay que renunciar a la persona para participar de la "unidad simple". Sin embargo, ni el místico ni el poeta se disuelven totalmente en esa unidad. El poeta, en tanto hombre - sujeto social -, retorna al lenguaje operativo - piensa, se comunica con sus semejantes, participa en el intercambio de mercancías (incluido el lenguaje como mercancía) e interactúa dentro de las estrechas condiciones que la sociedad le impone. También retorna el místico. "He aquí otra poderosa imagen del retorno - nos dice Valente citando a Eckhart -: ´Porque el hombre debe (…) contemplar a Dios y volver´". Pero ese retorno conlleva un periplo, una experiencia, una transformación. Nadie retorna - de ningún lado - idéntico; Ulises siempre es otro. El que retorna del éxtasis - del afuera - sabe de donde viene y tiene la certeza de la unidad tocada; el que retorna de la poesía - sea el hacedor o el lector (lo cual para Borges es lo mismo) de un gran poema - vive una experiencia homologable a la del místico: vive ese "entender no entendiendo/ toda ciencia trascendiendo", que nos describiera San Juan de la Cruz.

ag8valente3.JPG (63131 bytes)Hace algunos años, con motivo de unas jornadas sobre "Los poetas del exilio español en México", tuve el privilegio de poder mantener una charla con José Ángel Valente. El tema, por supuesto, giró en torno al exilio, pero derivó a otras clases de exilio, concretamente, al exilio de la palabra poética, al exilio del poeta como sujeto excéntrico, anómalo, voluntariamente distante del acontecer en el mundo. Transcribo parte de esa conversación; dice Valente: "De la misma manera que hay una posición demoníaca en la negativa de la lengua creadora - de la lengua poética- a servir, a ser instrumental o a ser instrumentada, también, en relación con el exilio, yo evoqué la teoría de la creación que desarrollan los exiliados judíos españoles en Galilea, donde se establecen y se crea una gran escuela de cabalistas; allí surge un gran maestro de la Cábala que es Isaac de Luria. Luria explica la creación como un exilio de la divinidad: mientras el mundo está ocupado por lo divino, la plenitud de lo divino impide la creación, porque todo está ocupado por el principio divino. Entonces, para que la creación sea posible, lo primero que tiene que hacer Dios no es un movimiento de manifestación o de exteriorización. Tiene que hacer un movimiento de retirada hacia el interior de sí, para dejar un espacio vacío, un espacio no ocupado donde se pueda crear algo: el espacio de la creación. Por eso yo - algo impregnado por esa teoría- siempre he pensado que lo primero que crea - y quizá lo único que fundamentalmente crea el creador - es el espacio de la creación, el espacio en que algo puede ser creado. (…) mientras hay una interferencia del yo poético con la palabra, la creación poética no es posible. En definitiva es la misma posición que en el siglo XIX tiene un romántico inglés como John Keats, cuando dice que el poeta se vacía de identidad para hacer posible el advenimiento del Universo. Es una teoría que, en el fondo, parecería una transcripción de la teoría luriana - que Keats no conocía-, pero lo que dice Keats es que mientras el poeta ocupa con su identidad el espacio de la palabra, el Universo no se manifiesta en la palabra. Es la misma posición de Novalis cuando dice que es escritor no el que utiliza el lenguaje, sino el que sabe dejar hablar al lenguaje en él".

Dejar hablar. Valente supo dejar hablar a la poesía y supo hablar de esa imposibilidad, de ese vacío pleno, de esa inminencia y de esa "experiencia de los límites" que es toda palabra poética y todo silencio cargado de sentido.

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