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JOSÉ
ÁNGEL VALENTE (1929-2000)
La
poesía española ha tenido dos vertientes claramente diferenciables,
por los menos desde el Siglo de Oro hasta nuestros días. Una de
ellas, inaugurada por Luis de Góngora, se abre al virtuosismo proliferante
del lenguaje, al esplendor del barroco poético, al centelleo de
la palabra reproductora de sentidos; la otra, aquella que abre San Juan
de la Cruz en el mismo siglo, establece una economía de medios y
una contención en su decir que se relaciona más con el silencio,
con la contemplación y con la actitud mística de una península
ibérica en donde aún no se aposentaba el espíritu
racionalista de Occidente.
De la primera vertiente - y de este
lado del Atlántico - tenemos la exacta referencia de Sor Juana Inés
de la Cruz, quien cierra el ciclo "clásico" de la poesía
barroca en nuestra lengua - sin embargo, el barroco no muere ahí,
encarna en otros poetas que lo retoman para redefinirlo: Lezama Lima, Sarduy,
o, más recientemente, las nuevas tendencias neobarrocas de la poesía
latinoamericana. De la segunda vertiente, es difícil encontrar -
tanto en España como en América - una sólida continuidad
cronológica. Más que un coro, oímos voces, solitarias
actitudes poéticas que apenas se escuchan entre la actual
estridencia mercantil. Allí, entre esas casi silentes voces se ubicaba
José Ángel Valente.
La
reciente desaparición física de Valente conlleva, entonces,
una doble pérdida: la irremediable pérdida del hombre y la
pérdida de una singular voz poética que continuaba la intermitente
tradición mística castellana - esa que siempre ha sido el
necesario complemento, la mesurada contraparte del barroco ibero y americano.
Pero además, Valente fue un ensayista lúcido, un preocupado
por las perplejidades del lenguaje y, en especial, por aquellas suscitadas
por la palabra poética. Para Valente la palabra del poeta y la palabra
del místico confluyen en una imposibilidad del decir, en un salirse
del discurso funcional, lógico, revestido de sentido común,
cargado de significación operativa. El lenguaje poético dice
lo indecible; la palabra se sale de madre, aún en su contención
y su concisión, busca hacia dentro aquello que la rebasa: "Palabra
- dice Valente - esencialmente ‘experimental’, portadora de experiencias
radicales, la palabra del místico o la palabra del poeta es también
una invitación a la experiencia o una experiencia que se sitúa
en los límites de la experiencia posible, pues es a la vez experiencia
de los límites y destrucción o apertura infinita de éstos".
Extra-limitación. El poeta se extra limita: dice siempre otra
cosa, asume su condición de mago para inventar, con la materia
de lo real, un mundo insólito. El poeta, junto con el místico,
se salen de sí mismos. Dicha salida significa la pérdida
o el abandono de las restrictivas fronteras del yo - del aislamiento de
la personae (la máscara, en griego) y de la entrada en la
"unidad simple" que nos anunciara el Maestro Eckhart y que Valente cita
en su bello libro Variaciones sobre el pájaro y la red: "Donde
termina la criatura empieza el ser de Dios. Todo lo que Dios te pide con
la mayor premura es que salgas de ti mismo, en tanto que tú eres
criatura, y que dejes a Dios ser Dios en ti. (…) Sal totalmente de ti por
amor de Dios, y Dios saldrá totalmente de sí por amor de
ti. Y lo que después de ambas salidas queda es la unidad simple".
Extasis - ya que dicho vocablo significa según Tomás
de Aquino, "una salida fuera de sí mismo". Hay que salir para
entrar. Hay que renunciar a la persona para participar de la "unidad
simple". Sin embargo, ni el místico ni el poeta se disuelven totalmente
en esa unidad. El poeta, en tanto hombre - sujeto social -, retorna
al lenguaje operativo - piensa, se comunica con sus semejantes, participa
en el intercambio de mercancías (incluido el lenguaje como mercancía)
e interactúa dentro de las estrechas condiciones que la sociedad
le impone. También retorna el místico. "He aquí
otra poderosa imagen del retorno - nos dice Valente citando a Eckhart -:
´Porque el hombre debe (…) contemplar a Dios y volver´".
Pero ese retorno conlleva un periplo, una experiencia, una transformación.
Nadie retorna - de ningún lado - idéntico; Ulises siempre
es otro. El que retorna del éxtasis - del afuera - sabe de
donde viene y tiene la certeza de la unidad tocada; el que retorna de la
poesía - sea el hacedor o el lector (lo cual para Borges es lo mismo)
de un gran poema - vive una experiencia homologable a la del místico:
vive ese "entender no entendiendo/ toda ciencia trascendiendo", que nos
describiera San Juan de la Cruz.
Hace
algunos años, con motivo de unas jornadas sobre "Los poetas del
exilio español en México", tuve el privilegio de poder mantener
una charla con José Ángel Valente. El tema, por supuesto,
giró en torno al exilio, pero derivó a otras clases de exilio,
concretamente, al exilio de la palabra poética, al exilio del poeta
como sujeto excéntrico, anómalo, voluntariamente distante
del acontecer en el mundo. Transcribo parte de esa conversación;
dice Valente: "De la misma manera que hay una posición demoníaca
en la negativa de la lengua creadora - de la lengua poética- a servir,
a ser instrumental o a ser instrumentada, también, en relación
con el exilio, yo evoqué la teoría de la creación
que desarrollan los exiliados judíos españoles en Galilea,
donde se establecen y se crea una gran escuela de cabalistas; allí
surge un gran maestro de la Cábala que es Isaac de Luria. Luria
explica la creación como un exilio de la divinidad: mientras el
mundo está ocupado por lo divino, la plenitud de lo divino impide
la creación, porque todo está ocupado por el principio divino.
Entonces, para que la creación sea posible, lo primero que tiene
que hacer Dios no es un movimiento de manifestación o de exteriorización.
Tiene que hacer un movimiento de retirada hacia el interior de sí,
para dejar un espacio vacío, un espacio no ocupado donde se pueda
crear algo: el espacio de la creación. Por eso yo - algo impregnado
por esa teoría- siempre he pensado que lo primero que crea - y quizá
lo único que fundamentalmente crea el creador - es el espacio de
la creación, el espacio en que algo puede ser creado. (…) mientras
hay una interferencia del yo poético con la palabra, la creación
poética no es posible. En definitiva es la misma posición
que en el siglo XIX tiene un romántico inglés como John Keats,
cuando dice que el poeta se vacía de identidad para hacer posible
el advenimiento del Universo. Es una teoría que, en el fondo, parecería
una transcripción de la teoría luriana - que Keats no conocía-,
pero lo que dice Keats es que mientras el poeta ocupa con su identidad
el espacio de la palabra, el Universo no se manifiesta en la palabra. Es
la misma posición de Novalis cuando dice que es escritor no el que
utiliza el lenguaje, sino el que sabe dejar hablar al lenguaje en él".
Dejar hablar. Valente supo dejar hablar
a la poesía y supo hablar de esa imposibilidad, de ese vacío
pleno, de esa inminencia y de esa "experiencia de los límites" que
es toda palabra poética y todo silencio cargado de sentido. |