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Luis Bravo
¿Considerás que la poesía exige un algo sagrado a lo que el poeta debe consagrarse? Sí, hay algo de sagrado. Sin
duda la poesía no es inútil, como se dice en general que
¨el arte es inútil¨. El hombre primitivo ya hacía
arte para convocar y dominar potencias que lo sobrepasaban. Cuando Fernando
Pessoa dice ¨el poeta es un fingidor¨ hay que pensar en el desajuste
que la mirada poética crea en la vida de todos los días.
El poeta finge una mirada convencional, pero hay poetas que se estremecerán
frente a un par de medias tiradas en la vereda mojada de la calle Bartolomé
Mitre, como las vi ayer. Frente a esas medias, como frente a las palabras,
el poeta actúa de un modo infinitamente más desobediente
que el prosista.
´Obediencia´ se titula justamente uno de tus últimos textos ¿un juego de palabras en torno a la elección sexual y en ´desobediencia´ a la supuesta norma? Es el juego de obediencias y transgresiones.
En mi libro Noticias Extranjeras, de 1984, un verso hablaba de ¨los
hijos obedientes de la especie/ los muertos venideros¨. Eso nos implica
a todos, claro. Yo era joven entonces, y sentía una especie de angustia
en tener que ¨obedecer¨. En este poema actual, la obediencia es
a la especie, no a su reproducción, sino a sus leyes, oscuras, pero
implacables, las que te obligan a cumplir, hasta por la transgresión.
Son cosas que un verso de Josefina Plá decía mejor cuando
hablaba de ¨el sexo que nos hierra como rebaños del tiempo¨.
Te fuiste a vivir a San Pablo en 1976 ¿Te considerabas un exiliado sexual? ¿Con la edición de esa muestra de poesía titulada Amores Impares (1998), realizás tu desexilio definitivo en ese sentido? Una vez en San Pablo vino el poeta
argentino Néstor Perlongher a preguntarme si yo era un exiliado
económico o sexual, porque él se consideraba un exiliado
sexual. Y le dije que no, que era un refugiado económico, un profesor
de secundaria, corrido de liceo en liceo en la dictadura, que se fue porque
desde la prisión sufrida por el escritor Nelson Marra, a quien visité
semanalmente en Punta Carretas, yo había quedado marcado. Lo repito
hoy: nunca fui un refugiado sexual. Sin duda la represión a la homosexualidad
era dura entonces, pero yo vivía mi sexualidad en condiciones que
no variaron mucho afuera. Brasil, además, es un país machista,
como el Uruguay. Amores Impares no es desexilio de nada. Es un collage
de textos de nueve poetas uruguayos cuyo tema no es sólo el homoerotismo.
Mientras lo preparaba tuve largas charlas con Roberto Echavarren, que estaba
publicando su ensayo sobre Arte andrógino (1997). Ese collage
registra formas poéticas del discurso amoroso pero no de la identidad.
Eso sí, mi preocupación fue hacer un producto literario innovador.
Nada de antologías ni de muestras. Quise crear el vértigo
de aproximar discursos de alcance canónico diferente, dejé
las cacofonías junto a las manchas temáticas que se creaban.
Otra cosa, ese libro no se destina a ninguna intención militante.
Aunque la situación bastante lamentable con que se vive la sexualidad
más bien invita a militar, y mucho. Pero no logro militar en lo
que escribo. No digo que esté mal hacerlo, es que no lo logro. Tal
vez se deba a que tengo dudas sobre la ´identidad homosexual´.
Lo que es seguro es que esa identidad, por más provisoria que sea,
es un modo de organizar una estrategia de micropolítica.
Eso es lo que uno podía aportar
en la poesía de aquellos años. Yo tenía 19 años
cuando escribí Un esqueleto azul y otra agonía (1973).
Salió después, al volver de un viaje al Amazonas. Todo eso
ya era muy rimbaudiano. Pero además, era una veta nueva en una literatura
cuya utopía era la revolución básicamente política,
y no una utopía trascendente, como la que puede sugerir esa cita.
Había un grado de libertad en la creación, pero que estaba
comprometido por la urgencia de aquellos años terribles. Ya la revista
Los huevos del Plata encaraba el ¨cambiar la vida¨ de Rimbaud con
el "cambiar la sociedad" de Marx, y de los anarquistas, a quienes yo era
más cercano. Pero no era la línea imperante de la clase literaria
de entonces. En el libro hay la busca de ese lux dei, esa luz de
Dios, un poeta iluminado en un mundo que se desmoronaba en la sombra, algo
de la función sagrada que mencionábamos al comienzo.
En tu libro El futuro (1998) editado en Portugal y en Montevideo, el epígrafe de Roberto Appratto juega con la relación entre el decir poético y los tiempos venideros. Dice ´El futuro es una dispersión de palabras, pocas, en la página´. Sí, y casi frisa el humor. De
todos modos, el futuro es ´inatrapable´, y tal vez más
en este fin de siglo y de milenio. Es curioso que la perplejidad frente
a ese desconocido que es el futuro aparezca reiteradamente en la poesía
de estos años. Es el tema del poema que cierra Chatarra/Campos
(1984) de Roberto Mascaró y el de ese poema (´Levemente Ondulado´)
que Appratto leyó en 1997, y que permanece inédito en libro.
El futuro que edita en Montevideo Vintén Editor, reúne a
´Obediencia´ y otros poemas bajo el título Veloz
eternidad. Pero en cuanto a la poesía, el futuro no es negro,
sino muy luminoso. Frente a la absoluta deshumanización de este
universo neoliberal donde nos han metido, frente a este mundo de ´peritos´,
estoy convencido de que la poesía es el espacio privilegiado de
una reacción humanista, sin la cual la vida no pasaría de
ser una eficiente empresa de humanoides.
Ese es un Uruguay muy mío, que
no tiene por qué coincidir con el Uruguay de los otros. Es el Uruguay
de un tipo que vive afuera, aunque regrese sistemáticamente. Zorrilla
es una especie de fundador literario nacional. Julio Herrera, en cambio,
tenía aquel cartel en la Torre de los Panoramas que decía
¨Prohibida la entrada de uruguayos¨. Significaban actitudes opuestas,
una especie de juego dialéctico que también se vive hoy.
Una tensión entre varias cosas: la euforia oficial, que también
es melancólica como el mestizo Tabaré, lo que incluye el
creer que somos un país en serio, que funciona, con la tentativa
de definir la identidad uruguaya, y por otro lado la tentación de
abandonarla y decretar una especie de estado de ciencia ficción
nacional que se ve hoy en algunos escritores. Para una figura tránsfuga,
que va y viene, como es mi caso, el Uruguay es esa oposición, ese
nudo. Yo veo al Uruguay como una mujer que siempre está sentada
tirándose el Tarot, y salen cartas terribles, como la de La Torre,
o la del Loco, que implican la destrucción y la inercia, respectivamente.
Y no cabe a la poesía desatar ese nudo, sino dar testimonio, algo
de lo que, además, no puede evadirse.
Cuando saliste al cruce del artículo de Hugo Achugar (´¿Es arcaica la poesía?´, Brecha 13/11/98) afirmabas que el Contra la poesía de Witold Gombrowicz había ido, anteriormente, más hondo. En definitiva ambos estaban planteando la obsolescencia de la poesía, o ese escribir de los poetas para los poetas.
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