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Revista de Cultura nº 8
 

Fortaleza/ São Paulo, janeiro de 2001
 

ALFREDO FRESSIA: LAS PALABRAS DEL TAROT

Luis Bravo

ag8fressia1.JPG (27628 bytes)Desde la antología Cuarenta poemas (1988) su nombre y su obra le han valido, en forma creciente, un aura de prestigio que alcanza como referencia a los más jóvenes. Cada mes de julio, y cada diciembre, el poeta Alfredo Fressia sale de la Rua Aurora paulista, donde vive y ejerce como docente, y se instala unos días en el Sorocabana para encontrarse con sus fieles amigos montevideanos. Esta conversación da cuenta de en qué consiste para él, la desobediencia de la poesía en este fin de milenio. (L. B.)
 
 

¿Considerás que la poesía exige un algo sagrado a lo que el poeta debe consagrarse? 

Sí, hay algo de sagrado. Sin duda la poesía no es inútil, como se dice en general que ¨el arte es inútil¨. El hombre primitivo ya hacía arte para convocar y dominar potencias que lo sobrepasaban. Cuando Fernando Pessoa dice ¨el poeta es un fingidor¨ hay que pensar en el desajuste que la mirada poética crea en la vida de todos los días. El poeta finge una mirada convencional, pero hay poetas que se estremecerán frente a un par de medias tiradas en la vereda mojada de la calle Bartolomé Mitre, como las vi ayer. Frente a esas medias, como frente a las palabras, el poeta actúa de un modo infinitamente más desobediente que el prosista.
 
 

´Obediencia´ se titula justamente uno de tus últimos textos ¿un juego de palabras en torno a la elección sexual y en ´desobediencia´ a la supuesta norma?

Es el juego de obediencias y transgresiones. En mi libro Noticias Extranjeras, de 1984, un verso hablaba de ¨los hijos obedientes de la especie/ los muertos venideros¨. Eso nos implica a todos, claro. Yo era joven entonces, y sentía una especie de angustia en tener que ¨obedecer¨. En este poema actual, la obediencia es a la especie, no a su reproducción, sino a sus leyes, oscuras, pero implacables, las que te obligan a cumplir, hasta por la transgresión. Son cosas que un verso de Josefina Plá decía mejor cuando hablaba de ¨el sexo que nos hierra como rebaños del tiempo¨.
 
 

Te fuiste a vivir a San Pablo en 1976 ¿Te considerabas un exiliado sexual? ¿Con la edición de esa muestra de poesía titulada Amores Impares (1998), realizás tu desexilio definitivo en ese sentido?

Una vez en San Pablo vino el poeta argentino Néstor Perlongher a preguntarme si yo era un exiliado económico o sexual, porque él se consideraba un exiliado sexual. Y le dije que no, que era un refugiado económico, un profesor de secundaria, corrido de liceo en liceo en la dictadura, que se fue porque desde la prisión sufrida por el escritor Nelson Marra, a quien visité semanalmente en Punta Carretas, yo había quedado marcado. Lo repito hoy: nunca fui un refugiado sexual. Sin duda la represión a la homosexualidad era dura entonces, pero yo vivía mi sexualidad en condiciones que no variaron mucho afuera. Brasil, además, es un país machista, como el Uruguay. Amores Impares no es desexilio de nada. Es un collage de textos de nueve poetas uruguayos cuyo tema no es sólo el homoerotismo. Mientras lo preparaba tuve largas charlas con Roberto Echavarren, que estaba publicando su ensayo sobre Arte andrógino (1997). Ese collage registra formas poéticas del discurso amoroso pero no de la identidad. Eso sí, mi preocupación fue hacer un producto literario innovador. Nada de antologías ni de muestras. Quise crear el vértigo de aproximar discursos de alcance canónico diferente, dejé las cacofonías junto a las manchas temáticas que se creaban. Otra cosa, ese libro no se destina a ninguna intención militante. Aunque la situación bastante lamentable con que se vive la sexualidad más bien invita a militar, y mucho. Pero no logro militar en lo que escribo. No digo que esté mal hacerlo, es que no lo logro. Tal vez se deba a que tengo dudas sobre la ´identidad homosexual´. Lo que es seguro es que esa identidad, por más provisoria que sea, es un modo de organizar una estrategia de micropolítica. 
 
 

ag8fressia2.jpg (31175 bytes)En el epígrafe de tu primer libro citabas estas palabras "Y en la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las ciudades espléndidas". Rimbaud siempre ha estado como referente en tu poesía, ¿en qué aspectos? 

Eso es lo que uno podía aportar en la poesía de aquellos años. Yo tenía 19 años cuando escribí Un esqueleto azul y otra agonía (1973). Salió después, al volver de un viaje al Amazonas. Todo eso ya era muy rimbaudiano. Pero además, era una veta nueva en una literatura cuya utopía era la revolución básicamente política, y no una utopía trascendente, como la que puede sugerir esa cita. Había un grado de libertad en la creación, pero que estaba comprometido por la urgencia de aquellos años terribles. Ya la revista Los huevos del Plata encaraba el ¨cambiar la vida¨ de Rimbaud con el "cambiar la sociedad" de Marx, y de los anarquistas, a quienes yo era más cercano. Pero no era la línea imperante de la clase literaria de entonces. En el libro hay la busca de ese lux dei, esa luz de Dios, un poeta iluminado en un mundo que se desmoronaba en la sombra, algo de la función sagrada que mencionábamos al comienzo.
 
 

En tu libro El futuro (1998) editado en Portugal y en Montevideo, el epígrafe de Roberto Appratto juega con la relación entre el decir poético y los tiempos venideros. Dice ´El futuro es una dispersión de palabras, pocas, en la página´.

Sí, y casi frisa el humor. De todos modos, el futuro es ´inatrapable´, y tal vez más en este fin de siglo y de milenio. Es curioso que la perplejidad frente a ese desconocido que es el futuro aparezca reiteradamente en la poesía de estos años. Es el tema del poema que cierra Chatarra/Campos (1984) de Roberto Mascaró y el de ese poema (´Levemente Ondulado´) que Appratto leyó en 1997, y que permanece inédito en libro. El futuro que edita en Montevideo Vintén Editor, reúne a ´Obediencia´ y otros poemas bajo el título Veloz eternidad. Pero en cuanto a la poesía, el futuro no es negro, sino muy luminoso. Frente a la absoluta deshumanización de este universo neoliberal donde nos han metido, frente a este mundo de ´peritos´, estoy convencido de que la poesía es el espacio privilegiado de una reacción humanista, sin la cual la vida no pasaría de ser una eficiente empresa de humanoides.
 
 

ag8fressia3.jpg (44167 bytes)En el poema ´Solís o La Flecha´ hacés un cruce entre el Tabaré de Zorrilla de San Martín y La Torre de los Panoramas de Julio Herrera y Reissig, como si se tratara de una tirada de cartas del Tarot. Como en otros textos de Frontera Móvil (1997) hay allí una reflexión en clave sobre la ´uruguayidad¨…

Ese es un Uruguay muy mío, que no tiene por qué coincidir con el Uruguay de los otros. Es el Uruguay de un tipo que vive afuera, aunque regrese sistemáticamente. Zorrilla es una especie de fundador literario nacional. Julio Herrera, en cambio, tenía aquel cartel en la Torre de los Panoramas que decía ¨Prohibida la entrada de uruguayos¨. Significaban actitudes opuestas, una especie de juego dialéctico que también se vive hoy. Una tensión entre varias cosas: la euforia oficial, que también es melancólica como el mestizo Tabaré, lo que incluye el creer que somos un país en serio, que funciona, con la tentativa de definir la identidad uruguaya, y por otro lado la tentación de abandonarla y decretar una especie de estado de ciencia ficción nacional que se ve hoy en algunos escritores. Para una figura tránsfuga, que va y viene, como es mi caso, el Uruguay es esa oposición, ese nudo. Yo veo al Uruguay como una mujer que siempre está sentada tirándose el Tarot, y salen cartas terribles, como la de La Torre, o la del Loco, que implican la destrucción y la inercia, respectivamente. Y no cabe a la poesía desatar ese nudo, sino dar testimonio, algo de lo que, además, no puede evadirse. 
 
 

Cuando saliste al cruce del artículo de Hugo Achugar (´¿Es arcaica la poesía?´, Brecha 13/11/98) afirmabas que el Contra la poesía de Witold Gombrowicz había ido, anteriormente, más hondo. En definitiva ambos estaban planteando la obsolescencia de la poesía, o ese escribir de los poetas para los poetas.

ag8fressia4.JPG (61587 bytes)Lo que yo le critiqué a la nota de Achugar fue la retórica con que formuló sus dudas sobre la vigencia de la poesía. Se trataba de impresiones que él no justificaba y me pareció que había que instigarlo para que lo hiciera. Creo que lo logré porque me dijo después que seguiría con su razonamiento. Todavía no lo hizo públicamente, pero mi opinión es que no hay obsolescencia alguna de la poesía. Como te decía la poesía es el espacio desde el cual se puede sintetizar la visión humanista que hoy falta. La actual academia crea especialistas, los peritos de que te hablaba, pero no la visión de la filosofía y la poesía, que siempre funcionaron juntas. Por otro lado, acaparado como se puede estar hoy por los ´estudios culturales´, se puede perder de vista la especificidad del arte como territorio desde el cual se evalúa, y también se trasciende o se lleva a universos nuevos, y bajo leyes nuevas, el presente que nos es dado, el material bruto de la vida. Sin duda hay modos que son obsoletos, esa poesía de la inercia estética, que acompañó siempre a la diacronía literaria. Hay cierta estética simbolista que atraviesa el siglo XX, con bastante obstinación, y que tal vez ya no sea útil para la función visionaria y humanista de la que hablo. En definitiva, no me parece que se deba discutir si la poesía es vigente o no, sino qué poesía queremos o por qué no siempre el lector quiere la poesía que el poeta crea. Ese desajuste sí importa, es el que incomoda, pero también el que garantiza que las antenas capten bien los mensajes que se transmutarán en arte. La poesía tiene que ser aquel pájaro versátil del que hablaba un poeta brasileño, capaz de hacer su nido en cualquier lugar, por ejemplo en los media, y aun en las barbas mismas del dios Mercado.

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