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revista de cultura # 64 |
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Juan Manuel Simple de Andrade Luis Fernando Cuartas
Lo que vamos a compartir es una relación de la creación donde la esencia es la fuerza de lo común, “la poesía es una pipa” como lo decía Bretón, un lenguaje de origen mineral, sustancial, pura simpleza orgánica, situación intima entre la unión sexual y la vivencia de la memoria, es volcar el poema en el sombrero negro de los ojos del conocimiento, una forma de protesta que nace desde el diario vivir y que se traduce en una manera mítica de conjurar el mundo, de hacerlo rehaciéndose en el lenguaje. Es en cierta forma una necesaria mentira, una invención posible entre la creación y sus creadores. Cada ser humano desde su muy sustancial existencia es un creador. Aldo Pellegrini cuando habla de ese poeta desconocido, en su Contribución a la confusión general, nos esta entregando una manera de entenderse con las almas anónimas que sienten y viven los poemas, más que las almas mecánicas y consumistas, de los idiotizados por la cultura de los obuses, las trincheras y las chequeras. Es en este sentido que se puede convocar a un poeta como Juan Manuel Simple de Andrade. Pero para poderlo traer a este lugar es necesario una nota previa. Veamos:
Todo esto lo digo, de una manera breve, para convertir estas palabras en una justificación introductoria. Voy a presentar a un poeta desconocido, tal vez el más conocido de los desconocidos poetas, un ser plural que esta en los parques buscando entre los libros a sus propio fantasma, su otro “yo” que lo saluda con en el garfio del pirata o con la ballesta del hugonote. Un ser puede habitar los fríos corredores de un colegio y que de tarde en tarde, entre clase y clase, deja su oficio de profesor para mezclar en su memoria un poema y una canción de infancia. Seres que recitan de memoria poemas de Barba, junto con los fragmentos sonoros de Huidobro. El, por ejemplo, se toma dos cervezas y puede conversar con Cortazar y sale de su casa de la mano del más místico y tormentoso de todos los Novalis. Juan Manuel Simple de Andrade, no tiene lugar de nacimiento, no se hace necesario preguntarle si nació en tal fecha o en tal otra, en su simplicidad, nos acostumbramos a verlo en una bicicleta negra repartiendo panes o cartas desdibujadas, y en los ratos de ocio tratando de componer una poesía a una novia casi invisible o la geografía imaginaria y una conversación con otros tiempos, ahora conjurados en versos explosivos, cargados de dolor y rebeldes para su estado de ser mensajero de silencios. Puede nacer en Sevilla Valle y escribir como un pastor de abismos y reflejar en un misticismo simple una manera de controvertir el miedo. Nada raro que lo veamos desafiando la muerte entre taches de basura y los ofertorios el perico ligero. Lo encontraremos en Pajarito conversando con serpientes y hablándole a una nube, o en otras ocasiones estará vestido de negro haciendo un diálogo con palomas mensajeras desde un alto de Robledo. Es de aquí, como cualquier mortal, aunque lo de Andrade nos remita exóticamente a un Brasil sin nombre, no dejará de ser Simple, como cualquier Juan o como cualquier Manuel.
En ese orden de ideas, como decía al principio, una poesía es una posible mentira, dedicada a un festejo, muchas veces maléfico, o al menos no siempre suave y tranquilo, ya René Char, alcanzaba a dejar esa advertencia: “uno acerca la cerilla a la lámpara y aquello que se enciende no da claridad. Lejos, muy lejos de uno, es cuando el círculo ilumina” (Las hojas de Hipnos). Mentira por exceso de verdades, por primacía de la luz que enceguece. La pavorosa pretensión de ser verídico, del querer sumar rezagos tras los rasgos anotados de una realidad que siempre será invento y traslación emocional. O la pretensión de ser el faro de la luz en medio de la noche aciaga. En el caso de un ser como Juan Manuel Simple de Andrade esta descartada toda ilusión de ser mecías, por que el así mismo se sabe mentira audaz. No esta deseando contar verdades tal cual, ni proponerse así mismo como testigo único de un mundo. También en él se ha abandonado la tarea de redimir el fracaso de un mundo desencantado. Para nada, él no sabe de esas cosas aparentemente tan gloriosas. En su simpleza esta haciendo sólo de transeúnte urbano, sin más que una capacidad de soñar, una maleta posible de dudas y una cargamento de letras que va cosechando entre lecturas y algunas experiencias que denotan el amor, la pesadilla, la tristeza, las más raras emociones de felicidad y desencanto. Juan Manuel Simple de Andrade podríamos decir que es una mentira que camina. Unas veces monta en metro, fatigado y con indumentaria elemental de panadero, pero con un libro, que más que desempastado y sucio, podría ser desbisagrado como una puerta sin gonces que se tambalea ante sus ojos asombrados. Otras veces lo vemos con vestido de mujer, él o ella, alojado o alojada en una esquina de una solitaria taberna, casi gris de puro oscura, escribiendo breves notas, entre sollozos y sorbos de licor. No faltará encontrarlo saliendo de un cine, casi compungido con su rostro pétreo, tratando de desdoblar el cinturón de imágenes que rodea su cerebro, para hablar tartamudeando de una rara emoción que le dejo la cinta. Visitador compulsivo de bibliotecas, lector por vocación y no por tareas escolares y resúmenes de ocasión. Pocas veces se detiene en la jerga del televidente, acostumbra más a hablar de textos leídos, de cuentos que intenta escribir, de amigos que le han obsequiado un poema, de canciones que le han rayado su manera de sentir. Es un raro ser común. Borrachín a ratos, pero más jovial que huraño. Buen conversador, con apuntes de un humor cáustico, a ratos mordaz, pero sin caer en la chabacanería del chiste insípido o de un relamido juego de erotismo de catequista arrepentido. Juan Manuel Simple de Andrade puede vivir en Belén, a ya lo he visto jugando ajedrez. Puede vivir en Aranjuez, ya un poco adusto y serio, hablando como un anticlerical de barriada, con el credo de estar de pie, y la vocación de no rendirse en el trabajo en donde nadie es jubilado, el pensar. Ya existe en él, a ratos una mirada escéptica, un descreimiento paulatino de la aventura mundo, ahora con reservas, le apunta a un mundo menos cruento, más no deja de lanzar terribles metáforas, como esta:
Juan Manuel Simple de Andrade, como una mentira que camina esta en todos ustedes. Poetas insulares, que conocen ediciones de folletín, que buscan obras raras en los bajos del viaducto del metro, que pueden pasarse horas deliciosamente diletantes entre revistas de poesía, los amigos y los tintos. Este poeta esta lejos de ser “el pobre hombre que se ha vuelto tan americanizado por las filosofías zoocráticas e industriales, que ha perdido toda noción de la diferencia entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral, entre lo natural y lo sobrenatural” seres mediocres como los designaba Baudelaire, al escribir “El pintor de la vida moderna (1859-1860), donde poetillas se convierten en héroes del espectáculo, apariencias deslumbrantes, fulgurantes estilos de pedrería y de diseño, pero carecen de esa condición elemental y profunda a la vez de mirar la vida con el paso del transeúnte que observa, deleita y siente su entorno. Una cosa si es vivencial en Juan Manuel Simple de Andrade, el arte de observar la ciudad. Con poetas como él, se inicia una patética manera de redescubrimiento del espacio urbano, los paseos por la ciudad ya son otra cosa distinta al recorrido fervoroso de los feligreses, o al recorrido aritmético de un señor con su perrito, nada parecido a la pulpería y el prostíbulo como manchas por debajo del mantel de la hipocresía ciudadana. En ese tipo de encuentro con la ciudad se cae el velo del “qué dirán”, la acción de reconocimiento del entorno no es una actitud de oficio, del que lleva y trae cápsulas de memoria para contar historias, es la de una persona que se atreve a mezclarse, a convertirse parte del mundo donde arriesga y goza. Juan Manuel Simple de Andrade no inventó tal cosa, él es sólo un arquetipo que ejemplariza una manera de sentir el espacio donde toco por suerte transcurrir una biografía de desheredados, mundo en hilachas , fragmentos recogidos de un pasado reciente con todo su bucolismo, donde aún pastorean vacas y se siente el olor a madera recién cortada. Pero a la vez un mundo donde el hollín, el aceite quemado y el furor de los motores de las fábricas tronantes esconden la lágrima y el vacío, la soledad y el miedo. Mundo donde se escriben poemas, no siempre bajo la calzada del bello acontecimiento, pero que están marcados por la vivencia, esa sopa miserable de la que hababa Vallejo, junto con amores indescriptibles, la lucidez y el tormento de una velada erótica en medio del crimen, los olvidados y el borrón que acecha desde lo oficial a todo tipo de memoria poética. Juan Manuel Simple de Andrade le tocó vivir una época como la nuestra, donde aún hoy el poeta es execrable y en el medio se llena de extrañeza ante su presencia. No hablo del poeta que después de la asamblea de socios bancarios, o después de asegurar un futuro con la plusvalía de cincuenta mil trabajadores, dedica su tiempo de ocio a conseguir poemas fruta, cosechados en un jardín higiénico. La poesía de Juan Manuel Simple de Andrade, pude que no tenga escritura conocida, es una literatura invisible que se hace con todos los que aún se atreven a pensar en circunstancias como las que vivimos, sin renunciar al asombro, a la invención, a llevar una vida apasionada y constante en medio de los mayores impedimentos de la rutina, la lisonjas, los afanes de celebridad, la búsqueda de la fama para conseguir dinero o del dinero para conseguir la fama. Una vida sencilla, lograda entre el texto vivo que camina por los parques, que con una vocación de visionario no se ahoga por las letras que no pudo conjugar en un frío y necio fin de semana. Paciencia y fuego, duende y disciplina tal como lo anunciaba Federico García Lorca.
Este es mi pequeño aporte a estas charlas de los martes, que en buena hora se convocan y que servirá de un grato encuentro con la poesía de muchos de los Juan Manuel Simple de Andrade, que están escribiendo no sólo una forma de confrontar sus almas sino una manera fresca, a ratos difícil y arisca, manera de entender su mundo. Muchas gracias. |
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Luis Fernando Cuartas (Colombia, 1959). Escritor y ensayista. Fundador de Taller de Luna, grupo de escritores de la Universidad Nacional. Cofundador de la Revista Punto Seguido, de la ciudad de Medellín, Colombia. Coordina un espacio en la Radio Universitaria sobre poesía y música. Dirige la Fonoteca de la Universidad Nacional, sede de Medellín. Inédito en libro. Contacto: lfcuarta@gmail.com. Página ilustrada con obras del artista Iván Tovar (República Dominicana). |
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