Como
él mismo lo dijo, por anticipado, en un poema tan legítimamente
memorable como visionario: Piedra negra sobre una
piedra blanca, falleció en París pero sin aguacero, y no un
jueves sino un viernes santo. A las 9 y 20 horas del 15 de abril de 2008
se cumplieron setenta años de su muerte. Y sin embargo, cuánta vida nos
ha seguido dando. Mi descubrimiento personal, hondo e íntimo, de César
Vallejo (1892-1938), fue para mí un acontecimiento extraordinario. No
sólo porque me ocurrió en plena adolescencia -alrededor de los quince
años- sino también porque, no disponiendo en aquel entonces de ningún
antecedente intelectual, literario o académico de ningún tipo, mi
primera percepción de su enorme, profundísima poesía fue absolutamente
inocente, sin posibilidad concreta de prevención o preconcepto alguno. Y
también aislada, individual, como lo son todos los grandes
descubrimientos primigenios. (¿Está de más reiterar aquí que algo muy
similar me aconteció, casi contemporáneamente, con Roberto Arlt?)
Durante
mucho tiempo intuí, sin haber reflexionado sobre el punto, que esa
revelación conmocionante se debía a un fulmíneo contacto con la
evidencia -en el sentido de Husserl: vivencia de la verdad- en que
su uso de la palabra convertía a un poema. Había allí algo encarnado en
lenguaje que iba más allá del lenguaje, humanísimo lenguaje humano. Y el
sentimiento, bien de fondo, se contagiaba sin posibilidad alguna de
retórica, latente en su palabra, viva. Que ello se diera entrañablemente
vinculado con dos acontecimientos que también se me volvieron
legendarios, siquiera en forma infusa, es decir la guerra civil
española, la lucha de aquellos humildes milicianos, los heroicos
voluntarios que defendieron a la República, vivida como una personal
mitología, y el hecho de que en su sangre se mezclaran -todavía
de manera inconsciente para mí- lo ibérico y lo indígena, no dejaba de
incluirse oscuramente en aquel impacto original.
De tal
impronta nace acaso que, todavía hoy, me resulte a veces casi doloroso
releer a Vallejo. Como si ese contacto desollado, visceral con una
verdad insoslayable, con una hominidad ineludible que resulta entre
otras cosas su poesía, no haya dejado nunca, así sea de modo irracional,
de aludirme muy personalmente. Con los años, por supuesto, otros
ingredientes se fueron añadiendo, y de eso me siento obligado a hablar
ahora. Junto con aquella adolescencia fueron creciendo también las
búsquedas de la propia identidad. Ser argentino, y por lo tanto
latinoamericano, como lo soy por nacimiento, no dejó nunca de enhebrarse
con mi condición de hijo de inmigrantes, lo que me unía por mi sangre
también con otros mundos. Que, como bien dijo Paul Éluard, “están en
éste”.
Y fue
hace ya varios años, en ocasión de una amplia muestra itinerante
organizada por el gobierno autonómico gallego, bajo el significativo
título de Galicia en América, que otros elementos se agregaron a
esta pequeña historia. Allí confirmé algo que sólo había atisbado antes
como leyenda y que, como toda leyenda, no logró alcanzar nunca la
suficiente precisión. La madre de César Vallejo se llamó María de los
Santos Mendonza Gurrionero (“de pecho en pecho hacia la madre unánime”),
y era hija del sacerdote gallego Joaquín de Mendonza y la india chimú
Natividad Gurrionero. Pero no sólo eso. También su padre, Francisco de
Paula Vallejo Benítes (“Mi padre, apenas, / en la mañana pajarina, pone
/ sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear”),
no sólo era hijo de otro sacerdote gallego, José Rufo Vallejo, sino que
su propia madre también era otra india chimú, Justa Benítes.
Y aunque
uno intente resistirse, no hay casi modo de evitarlo. César Vallejo
nació en 1892 en una Compostela indoamericana, la peruanísima Santlago
de Chuco. Y en su sangre conviven, se confunden, se unifican, por obra
del amor o de la pasión que van más allá de toda inhibición, pero no de
toda culpa, la morriña insoslayable del gallego trasplantado con
la melancolía indeleble del indio sometido. Y los entresijos de la
mitología católico-cristiana, ineludiblemente entrelazados con
verdaderas, auténticas historias de amor, junto con todo lo que arrastra
haber nacido de sangre indígena en el mismísimo meollo del Perú de los
Incas.
¿Es
posible olvidar, hablando de estos temas, la insoslayable significación
que tiene el hecho de que la paradigmática Rosalía de Castro, símbolo
vivo pero también históricamente la iniciadora -con la aparición de sus
Cantares gallegos- del resurgimiento cultural del idioma (y con
él del pueblo) de Galicia, haya sido también hija natural de un
sacerdote? Ese desacomodo existencial, social, incluso cultural, con sus
impensadas perspectivas, ese pecado original -a la vez seductor y
repelente, pero de cualquier manera marca de los dioses- ¿puede no ser
vincular, fundamental, inquietante? Y así se lo intente mantener oculto
porque, dentro de uno, nada puede volverse más manifiesto que lo
latente.
¿De
dónde sale sino la “Dulce hebrea” de Los heraldos negros
(1918) a la cual se le pide “Desclávame mis clavos oh nueva madre mía!”,
de dónde la amada que se ha “crucificado I sobre los dos maderos
curvados de mi beso”? ¿O, incluso, “un viernesanto más dulce que ese
beso”? Por supuesto que del lenguaje. (Pero no sólo del lenguaje.) De
donde surgió también ese magnífico TriIce que, desde Trujillo, en
1922, agota de antemano muchas de las futuras experiencias de las
vanguardias europeas. O aquel que a mí me parece el libro más hondo y
tocante -y logrado- que haya producido la guerra civil: España,
aparta de mí este cáliz, mucho más que póstumo, y no por casualidad
escrito por un hijo de América (“¡Niños del mundo, está I la madre
España con su vientre a cuestas!”). Y alrededor del cual la misma agonía
del poeta, casi encarnada en la lumbre del mito, vueltos uno solo
destino personal y momento histórico, se vuelve asimismo luminosa
evidencia, verbo vivo. (Según otro poeta, su amigo Juan Larrea, las
últimas palabras de Vallejo fueron: “Me voy a España”. Refiriéndose, por
supuesto, a la España republicana, que estaba desangrándose también -al
mismo tiempo- en su “agonía mundial”. En la Clínica Arago, donde
falleció, los médicos no atinaban a explicar la verdadera causa de su
muerte. Pero al año siguiente, 1939, al editarse por fin sus indelebles
Poemas humanos, escritos probablemente entre 1930 y 1937,
pudieron conocerse estas otras palabras tan suyas, no sólo
premonitorias: “En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi
muerte.”)
¿De
dónde salen, digo? De la lengua humana, empapada de vida y también
fuente de vida, vida ella misma, instintiva y orgánica, cargada de los
humus nutricios de la pequeña historia y de la gran historia, pero
también de los instintos y los sueños, de las ansiedades y los deseos de
los hombres. De un hombre capaz de ser, a la vez, él mismo y todo lo
humano, lo más humano de lo humano, de ser único y general, al mismo
tiempo, entre todos los hombres, junto a todos los hombres. La de César
Vallejo no es una voz unánime, sino prójima, íntimamente próxima. (Qué
otro, sino un gran poeta como él, podía habernos dejado por ejemplo esa
sucinta clase –magistral- de economía política: “la cantidad enorme de
dinero que cuesta el ser pobre...”.)
Me
enorgullezco limpiamente de saber que el primer hombre que me hizo
descubrirme latinoamericano llevó en sus venas la sangre de mis
antepasados campesinos, y también la noble sangre de los primeros hijos
de la América primera, la aborigen, la indígena. Como la lengua, como la
vida, toda sangre es espléndidamente mestiza. Sólo la muerte es pura.
Sin
olvidar tampoco algo esencial. ¿Me será permitido insistir, todavía,
después de tantos años, con modesta firmeza, que no puedo dejar de
percibir a César Vallejo como el más grande poeta de la lengua
castellana, y hasta quizás no sólo en el siglo veinte?