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revista de cultura # 62 |
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Witold Gombrowicz: el demonio de la forma Carlos Bedoya
I Pronto nos daremos cuenta de que ya no es lo más importante morir por las ideas, estilos, tesis, lemas y credos, ni tampoco aferrarse y consolidarse en ellos, sino esto: retroceder un paso y distanciarnos frente a todo lo que se produce sin cesar en nosotros. Witold Gombrowicz
Quizás podríamos afirmar, aun a riesgo de repetirnos, que es gracias a la risa (“Una risa descarada en las barbas de la tragedia”), al humor en su acepción más cáustica y refrescante, como lo imprevisto es asumido de un modo vital en los textos de Gombrowicz, sin olvidar que estos dos aspectos concebidos como voluntades (voluntad de sorpresa y voluntad de comedia) funcionan como dos de las fuerzas por vía de las cuales la muerte se dispersa en una fiesta interminable. Celebración dispuesta a la invención o al descubrimiento de nuevos mundos, en donde lo humano (y por ende lo inhumano) se encuadra en un contexto de relaciones nuevas, relaciones que le confieren así mismo un sentido inadvertido. Sentido corrosivo que fluye con un potencial volcánico destruyendo las convenciones, las camisas de fuerza propias de una razón disfrazada con el nombre de “inteligencia”, que pretende confinar o relegar a un segundo plano los fulgores del instinto, el aliento del deseo que no admite ataduras pues, por naturaleza, es soberano. A esta soberanía convoca la lectura de un autor cada vez más encasillable, tal cual lo demuestra el vano intento de muchos críticos que, angustiados por la singularidad de su obra, han pretendido reducirlo al existencialismo o al absurdo. De hecho, estas corrientes filosóficas y literarias no pasaron de ser eso: corrientes, escuelas o movimientos, ligados por un común denominador: el nihilismo. Si perduran algunas obras o perspectivas de los pensadores que forjaron estas tendencias, y sin dejar de reconocer su importancia, ello obedece a su valor intemporal y no a la circunstancia histórica en que nacieron. Igualmente, forjada en condiciones análogas, la obra de Gombrowicz perdura gracias a una virtud fundamental ajena a las categorías académicas, propia de toda gran literatura: la clarividencia, la capacidad de ver más allá de su tiempo, de adelantarse a sus contemporáneos y poner sobre la mesa las cartas de un juego no por oscuro y siniestro, menos fascinante.
En este orden de ideas proponemos un primer acercamiento a un texto de dimensiones inconmensurables dentro de los cánones tradicionales: Trans-Atlántico (Barral Editores), [1] “Un mundo relatado”, visceral y luminoso, una novela contemporánea en el más amplio (y vigoroso) significado del término, ajena a la palabrería profusa y confusa en que suelen envolvernos los booms o modas literarias. Un irreverente periplo de la imaginación que culmina, demoledoramente, en una “carcajada general”, un naufragio en el que todo se disuelve dispuesto a recomenzar la búsqueda. II … pretendo (como he pretendido siempre) reforzar y enriquecer la vida del individuo, haciéndola más resistente al abrumador predominio de la masa. Witold Gombrowicz Noche a noche un hombre de sombrero desciende las escalas del edificio con su raído gabán en el brazo. En medio de la lluvia, la sonrisa de este hombre es una fosforescencia que corta la bruma del sendero envuelto por los árboles. Es el fantasma de un ser peculiar, camino de la taberna en cuya penumbra todos le reconocen como al misterioso inmigrante polaco que ha sobrevivido con su asfixiante trabajo en un banco durante más de veinte años. Como al hombre que, no obstante su labor y en medio del desconcierto, se divierte persistiendo en su aventura y además camina, camina eternamente. Un guerrero de la imaginación en el exilio, un fantasma perdido en la espesa tiniebla de la errancia: “Así, pues, caminaba, caminaba hacia mi meta, sin saber qué debía hacer, sabiendo sólo que algo debía hacer (…) y eran vanos los proyectos, vanas las decisiones cuando el hombre se ve forzado por la voluntad ajena, cuando se halla perdido entre los hombres como en una selva oscura. De esa manera camina uno, pero yerra; decide algo, hace planes, pero yerra, y mientras toma una decisión aparentemente según su propia voluntad, yerra, habla y yerra, actúa, pero en medio de una selva, en la noche, y yerra, yerra …” (Trans-Atlántico).
La insolente figura de Gonzalo, histriónica figura homosexual, su vínculo con el narrador y con el joven Ignacy (hijo de un militar retirado con quien también se relaciona “la astuta Gonzala”, en tanto el padre se erige ante éste como obstáculo para acceder al hijo que vacila entre la sumisión y el deseo), curiosa mezcla de club social y partido político denominada “La unión de caballeros de la espuela”, el sadomasoquismo y la promiscuidad imperante en sus fiestas, son sólo algunos de los aspectos resaltables como formadores de sentido en el relato. Los bosques, los campos, el silencio, son el lugar de un combate que se inicia con la noche y no cede hasta que el amanecer convoca los guerreros al reposo. Cuando el choque de armas cesa las voces invaden el vacío, voces que anuncian el humo del corazón y nos llenan de una angustia terrible en cuanto es “carencia de angustia”. Un mundo al mismo tiempo subterráneo, en donde los hombres lejos de los hechos se revuelcan como ratas, deja escapar el murmullo que acerca al narrador: “…escuchaba todas las voces y, como si fueran una escalera, bajaba por ellas al infierno”. La voz, el grito, la palabra, se convierten en otros caminos. Por ellos vamos hacia ninguna parte, al sitio donde aguarda nuestra oscuridad diciéndonos lo que somos, dibujando en la sombra otras sombras más vagas, más oscuras que las nocturnas, húmedos jirones de altiva fuerza vertida en la existencia. El Trans-Atlántico es el barco ebrio en que emprendemos el viaje a otras tierras. De cierta manera es una trascendencia de lo humano para alcanzar el plano de la risa y el dolor, el sinsentido y el vacío. La tierra conocida, la patria que es preciso abandonar para transgredir la ley de lo viejo, es una forma orientada hacia la muerte, una madurez que es principio de descomposición. Todas las formas se cuestionan y al hacerlo se muestran como son: una agonía, un árido final. Al sacudir la forma de lo “nacional”, Gombrowicz se extiende hasta los cuerpos, las costumbres, la familia. El círculo de convenciones y prejuicios constitutivos del “buen sentido” y el espíritu moralista de los polacos adquieren así mismo una dimensión universal, poniendo en tela de juicio cuanto nacionalismo, provincianismo o localismo puedan las sociedades concebir. Como una prisión, lo nacional restringe, reduce la libertad de la imaginación. Le traza unos límites y un código de comportamiento que busca aislar, excluir, cuando no confinar, a quienes podrían ser, por el contrario, cómplices en una revuelta total contra los sistemas de control. Sistemas que nos atan con su adoración a la técnica, a la eficiencia, el dinero, el decoro, el confort, la seguridad. Todo ello a costa de sepultar la capacidad de veneración por lo que nos es más esencial: la vida misma. Encargado por Gonzalo de crear condiciones para seducir a Ignacy y apartar al padre, el narrador se ve llevado como una embarcación por múltiples vientos rumbo a un estado que por momentos es de aceleración, y a veces de una absoluta inmovilidad. Víctima de fuerzas invisibles debe soportar el miedo, presenciar la disolución de la forma arcaica y el nacimiento de nuevas apariencias en el vórtice del vacío. “Era como si en el vacío de mi alma le diera vueltas a un organillo.” A este respecto, el norteamericano Jack Kerouac habló de la forma como medio de comprensión del vacío. Aquí el vacío es la vida, una corriente incesante y caótica que todo lo inunda y todo lo disuelve. La forma, en tanto acabada (la forma artística, por ejemplo) es muerte, norma, camisa de fuerza. De ahí que, para Gombrowicz, no sea lugar de llegada sino punto de partida. De ahí que declare al poeta Dominique de Roux: “Hemos liberado el demonio de la forma; ahora se trata de agarrarlo por los cuernos”. (Lo humano en busca de lo humano).
Mundo paranoico que oscila entre el desenfreno de las fiestas de Gonzalo y las orgías de Los caballeros de la Espuela: la respetabilidad, el espíritu de seriedad, reptan como los extraños cruces de animales que, amontonándose, merodean por la estancia. El narrador trepa como un gusano por “una brizna de hierba” junto a estos animales que, evocando las más insólitas manipulaciones de la ingeniería genética, son a la vez ternera, perro, monstruos de dos cabezas humanas. Mezcla de hombres y animales que recuerda las metamorfosis de laboratorio realizadas en la película del inglés Lindsay Anderson, Un hombre con suerte (A Lucky Man). Encrucijada donde convergen la racionalidad y la animalidad hacia la cual filósofos como Nietzsche han sentido una tendencia ineludible, como si se tratara de establecer una dimensión donde estos dos aspectos superasen la contradicción en la que los ha situado la tradición occidental. Contradicción de sentimientos, especies y valores culturales que, lentamente van alcanzando un crescendo delirante hasta el máximo (p. 114) Dentro de esta lucha de fuerzas que, en modo alguno, podríamos reducir a la oposición naturaleza-cultura, lo más sombrío de lo humano se acentúa, manifestándose con una violencia que sólo el humor negro puede atenuar: “Al aplastar aquel Gusano se acordó de aquel Conejo preferido de su infancia al que estranguló porque quería llegar a ser un Santo y sabía que debía prepararse para el Martirio; pero le faltaban las fuerzas:” (Trans-Atlántico). Son los hombres débiles, los hombres de la moral sepultándonos en el “Ataúd Vacío”, oponiéndose a los hechos con su mediocre poder. El mundo pavoroso de la paranoia y el miedo se miden a otro nivel, el de la inteligencia: universo del acoso y del acecho, nubes de langosta devastando el corazón de la existencia. Este universo es el reinote la estupidez y el culto que el esclavo rinde a la “idea” de libertad. La lógica que esteriliza cada acto y nos conmina a no salir al espacio, obstruyendo todo relampagueo de los sentidos, preservando la voluntad del déspota que nos impide incidir en los hechos, negando a la alegría la suerte de enarbolar las banderas de la imaginación. Estupidez e inteligencia no se oponen, más bien diríase que se atraen con un furor íntimo, pues, pertenecen a un mismo horizonte, a esta tierra común que la sangre no logra fecundar. Nadie presume tanto de inteligente como el estúpido. El sabe como debe el hombre obrar por naturaleza. Y naturaleza no es para él el oleaje maravilloso del instinto que nos sume en el éxtasis y el asombro, sino el mezquino ser racional que calcula de acuerdo con sus fines. La estupidez triunfa apoyando su poder en una inteligencia, es decir, en el “buen sentido”, en el “sentido común”. El poder fundamentado más que en la ignorancia en la estupidez de los sometidos, requiere un saber que la inteligencia le proporciona y administra. Nunca logró tantos progresos la inteligencia como en nuestra época. Todo se prueba, se verifica, se demuestra, pero al mismo tiempo se corroe, se oxida.
NOTA 1. Respecto a la alteración del título original de Trans-Atlántico en Transatlántico, Gombrowicz expresó lo siguiente: “Mi Trans-Atlántico no es un barco, sino algo como “a través del Atlántico”, una novela que mira a Polonia desde la tierra argentina.” |
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Carlos Bedoya (Colombia, 1951). Poeta, ensayista y traductor. Ha publicado Pequeña Reina de Espadas (1988). Desde hace más de diez años se dedica a la radio, sobre jazz y rock. Contacto: nadja35@hotmail.com. Página ilustrada con obras del artista Alfredo Vivero (Colombia). |
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