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revista de cultura # 61 |
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Ulises Estrella: el poeta y su mundo Marco Antonio Rodríguez
El Ulises homérico es, por sobre todo, el arquetipo del sobreviviente; encarna, entre otros valores, la dignidad y la generosidad, la inteligencia y la mordacidad, pero más es el héroe errante que sale airoso de la muerte y del roñoso corazón de los dioses y los humanos Y ésa es la impronta de la vida de Ulises Estrella. Peregrino de sí mismo, viajero contumaz del corazón humano, infatigable transeúnte por ciudades y libros, genuino contradictor de las convenciones sociales, soñador empedernido, recio y tierno, serio y risueño, libre y noble, insobornable y leal. Sí, Ulises es uno de los pocos sobrevivientes de ese amasijo de utópicos valores que caracterizaron a la generación de los años sesenta. Por otro lado, Ulises es un crítico, pero más un maestro. El maestro es quien procura frecuentar la razón de ser y la esencia de las cosas en su infinidad y del mismo ser en especial. Léanse sus páginas sobre cine, pero también sobre otras artes: poesía, música, pintura -allí están sus estupendas prosas poéticas sobre el Quito colonial-, erigiéndose en un creador de prontuarios de apuntes sobre variados enigmas, y en cuanto a las vertientes artísticas, autor de enunciados cuya génesis se asienta en el principio de la vida y cuyo final posiblemente se sitúe en ese mismo lugar. Por lo demás, de las pródigas manos de este maestro han salido mujeres y hombres talentosos y perspicaces, autores de textos trascendentes de cine, música, artes visuales.
Por 1962 aparece en Quito el movimiento Tzántzico. Su principal mentor, Ulises Estrella. Los jóvenes poetas y escritores que lo fundan reniegan de la tradición literaria y sus iconos sagrados, y cuestionan, enardecidos, la irresolución de los partidos políticos de izquierda. Una levadura ideológico-política, cuya sustancia cardinal era la libertad, agitaba esta corriente. Más allá de los dogmas, tituló Fernando Tinajero, otro de los ideólogos del Tzantzismo, un ensayo cuyo solo título me releva de cualquier comentario. Izquierda antidogmática, entonces, en la que militaron -y han seguido haciéndolo- las dos cifras mayores de este movimiento: Estrella y Tinajero. Los recitales tzántzicos eran piñatas donde estallaban banderitas tricolores -aludiendo a la ecuatoriana-, que iban a las manos de los concurrentes con el lema de “ésta es su patria, cómansela, si quieren”, o se resolvían en papeluchos con versos escritos a mano. Un tiempo y un sitio. Quito, beata y novelera, cabía en el cuenco de una mano. Mito, provocación y leyenda. Historia de una revuelta, de una eclosión intelectual más bien, que convulsionaría a una generación (Convulsionario tituló Ulises a uno de sus libros en 1974), pero que no cambió la faz de un sistema de oprobio y de explotación, tampoco transformó las convenciones sociales que, en vez de atenuarse al menos, se han raigalizado más en el vacío que vivimos. Iracundia espectacular, explosión de coraje represado, de rebelión contra el statu quo que hastía hasta la rabia, que condena a la estupidez de por vida. Vivir es combatir a la sociedad burguesa, contestar, desde una actitud antidogmática, sus valores, métodos y objetivos. Una triple influencia se advirtió en la gestación del Tzantzismo: la revolución cubana, el existencialismo sartreano y los movimientos iconoclastas argentinos. Como quiera que fuese, más tarde, el Tzantzismo se abrió al debate riguroso, articulado en el compromiso con la libertad y formuló una proposición transformadora de nuestra problemática cultural a través de los frentes culturales esparcidos por todo el país. Creo que el ensayo profundo y esclarecedor sobre diversos temas de nuestro ser nacional partió de este movimiento, por lo que no es válida aquella alusión -si se quiere tendenciosa- de que fue tan sólo una estampida de actitudes irreverentes que no dejó ningún aporte de fondo. La figura mayor del Tzantzismo fue, sin duda, Ulises Estrella. Infatigable trabajador de la cultura, fundador de la Asociación de Escritores y Artistas Jóvenes del Ecuador, del Frente Cultural, de la Escuela de Educación Sindical, de la Asociación de Cineastas del Ecuador, de grupos de teatro y talleres de cine y literatura; poeta, cinéfilo, ensayista, instigador, dirigente sindical, ¿qué más…? La avasalladora personalidad de este maestro arranca desde el decenio de los sesenta y se mantiene enhiesta, inclaudicable -¡qué difícil empresa humana conservarse así!- incesante, “objetora”, creativa. De acerado y altivo carácter, Estrella es un formidable sus-citador, complejo y sensible, fanático de la honestidad y el esfuerzo creador y constante, perpetuo fustigador de postizajes y puerilidades, cáustico con todo lo que le parece obstáculo a la edificación de una nueva sociedad, crítico inflexible de él mismo, única práctica que autoriza a los seres humanos a ejercer esa grave tarea con los demás.
LA CINEMATECA NACIONAL Una de las realizaciones culturales de mayor trascendencia de los últimos años en nuestro país es la Cinemateca Nacional. Todo empezó por 1964 cuando Ulises fundó el primer cineclub en el cine Granada en la plaza de La Merced y, a partir de 1967, en la Universidad Central: los dos, raigones históricos de la Cinemateca Nacional. En 1980 Ulises llegó con su proyecto a la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, presidida por Edmundo Ribadeneira, a quien se debe la construcción del complejo de la Institución, el más significativo de América. Ulises organizó la Sección de Cine de la Casa y un inolvidable encuentro de cineastas andinos. Este hecho aceleró la creación de la Cinemateca Nacional, en la cual se ha escrito lo mejor de la historia del cine nacional: la integración del archivo fílmico ecuatoriano, su difusión en el cineclub, el desarrollo de una revista especializada, festivales del más alto nivel sin fines de lucro, y, quizá lo más fecundo, la formación de un público le todas las edades-, que se inició en el buen cine como vehículo de cultura. Hablar de la Cinemateca Nacional es hablar de uno de los segmentos culturales que más beneficios sigue dando a Ecuador. Esa Cinemateca Nacional de Ulises Estrella resuma historia y ha puesto en alto el nombre de nuestro país en el mundo. LA OBRA LITERARIA Ulises Estrella publica su primer poemario en 1966: Ombligo del mundo. Dueño de un poderoso acervo cultural, el poeta, en toda su travesía literaria, mira y remira el mundo para rehundirse en él, y desde ese espacio elucidar sobre otros temas, incluida su Quitología, entrañable y hondo ensayo sobre nuestra ciudad -historia y personajes-. “Hemos sido esperados aquí en la tierra”, exclama Walter Benjamín. Así es. Precedencia del mundo y advenimiento del ser. Ulises contempla el mundo y delata su crueldad o desbroza portillos de luz a sus zonas ominosas. Intimidad del tiempo y alfabeto del espacio. Compromiso, encarnación del tiempo y poesía del espacio abierto: “No es la vida que te espera / sino que se esperanza la voz, / se columpia la canción, / te entusiasma el sendero pleno de primates…”. Pero hemos sido esperados y hallamos un mundo devastado, Ulises revela y acusa: “Hay niños que juegan juntos / entre mil y cien, / pero juegan a la guerra; / se esconden de sí mismos, / buscan bajo tierra la paz, / cavan y no hallan sino el miedo…” Los pasos iniciantes de la poesía tzántzica tienden al manifiesto efectista, al discurso arrebatado, al panfleto político, obturador de la validez estética. Ulises sale bien librado de esta propensión. Ombligo del mundo es una conclusiva separación de usos y pretextos. Crepitación de palabras fraguadas desde el asombro. Sacrificio del ritmo por versos largos, morosos, inacabables, para configurar exhortaciones urgentes. Desligadura de las impresiones. Exacerbado juego entre el poeta y el mundo.
Fuera de juego, 1983, es otro punto alto de su poesía. Cada perplejidad tiene su coartada y la palabra surge desnuda y limpia para desentrañar los pensamientos. El lenguaje explora los abismos, los nexos que a veces inventamos los mortales para separarnos del continente de los otros. “El infierno son los demás”, dijo Sartre. No existen los excesos; sólo el verbo noble y libre para la confesión y el aviso. Hombre y poesía caminando hacia la libertad -ficción y acaso epopeya-. “Antes / tendido al sol / dudosos pensamientos / estallaban en mí / lo desconocido / hincaba en las alturas / el más allá / surcaba entre el aire puro / ahora, / encontrando al sol / tras un tajo en la montaña, / sustento el empeño / de tomar por asalto / el cielo presente, / con rumor y grito / del mundo futuro”. Refrendario de su época. Obstinado y tenaz portador de la esperanza, registrador de las fundaciones del ser humano, negador de determinismos, intrépido recreador de fábulas donde imperan la paz y la justicia, conjurador de soledades, la escritura de Ulises Estrella es un testimonio vivo de su tiempo. La única manera de rescatar el pasado e inventar el porvenir es vivir un presente cambiante y perpetuo, pero en ininterrumpido movimiento. INTERIORES, EL LADO OCULTO DE LA VERDAD En 1986 Ulises Estrella publica Interiores. Como en ningún otro libro anterior, en éste, la verdad restalla, nítida, soberana, y la poesía aparece, como “la verdad del arte”, y ésta, para los seres humanos, no es sino la reciedumbre ante el dolor de ser y estar aquí en la tierra durante la vida cumplida. Cada quien con su verdad a cuestas. Pero ésta -sin excepción- es la hebra inasible e inaudible del tiempo que teje sin pausa lo que vemos: lo tangible, real, objetivo; sin importar que sea nítido o nebuloso. Por esto, la creación poética no se concibe en la conciencia del poeta, sino en su brío para encarar el tiempo y subordinarlo o, al menos, soportarlo y cruzarlo. Y la verdad en este libro reluce, más que como un fulgor, como un reflejo -los bordes de una herida abierta, originaria, inalterable, fundacional-. Única raíz de la historia personal y colectiva, la verdad nace, crece y discurre en el dolor. Pero la verdad de Ulises -su dolor- no invalida, no petrifica, no anula, sino que se torna una y otra vez horizontes, aflictivos sí, pero remozados, distintos, que devienen en una sucesión de armisticios. “CÓMO / agarrar el mundo / con las dos manos / si la premura / desgarra / y estando separados y juntos / las manos nos delatan / ante nosotros mismos. / Comamos pues, / maíz, / ahora, / y retrocedamos el tiempo.” Para el retorno hacia nosotros mismos es preciso el éxodo y el refugio liberador en los distintos. La poesía de Ulises: búsqueda de todos y de todo, hallazgo de la otredad. Ulises sale de él y apremia la verdad, tornándola en guía y raíz de su palabra. En Interiores la extrema: demuele los signos heredados, se confiesa a sí mismo, se purifica, se redime -sin nada que se parezca a ritual religioso alguno-. Y en ese ámbito forja una conciencia, y ahí donde empieza la conciencia de un lenguaje, se inicia la recreación de una nueva escala de sentidos y pulsaciones, preludio del silencio, es decir, de la más alta poesía.
OTROS TITULOS En 2001 Estrella publica Digo, mundo. A este título, deben agregarse otros, al menos, los más importantes: Cuando el sol se mira de frente, 1989; Poemas del Centenario, 1895-1995 -que consta en esta antología, al igual que su Quitología y Vientre del tiempo-. Pero sería absurdo no referirnos, si quiera de paso, a su ensayo, y en este género, a dos de sus mejores logros: Reflexiones de fin de siglo, 2000 y La revolución necesaria, 2003. En ambos, la densidad reflexiva y la fuerza creadora de Ulises, intrínsecamente imbricadas, ajustan un riguroso instrumento en la divulgación de la sustancia misma de los asuntos sobre los cuales versan. En la línea crítica que sugería Barthes, es decir, incluyendo en el discurso, aunque sea del modo más velado y púdico, un discurso implícito, Ulises resuelve estos sugestivos materiales. Pero ésta es la hora de su poesía. Juicio y reconocimiento no exentos de estupor. Soberbio testimonio -nunca despojado de fidelidad- de su insumisa disidencia. Proclama de un espíritu que, con proverbial e incorruptible pertinacia, no ha dejado de afirmar su oposición al status quo, la obra poética de Ulises Estrella, una de las más vitales de su generación en América Latina, es, por sobre todo, exploración y demanda de su verdad. Aproximarse a la histórica figura de Ulises Estrella, por tanto, no puede consistir en aplicarle una parda capa de elogios, sino en excavar en esa verdad suya, diversa y múltiple, y arrastrarla a la nuestra. Sólo así su esencia, divergente y discorde, nos aproxima -¿fusiona?- a la nuestra. No digo que sea ineludible convenir con él; declaro que, si de verdad apreciamos la poesía de la mejor ley, debemos oír lo que Ulises nos dice. Su palabra no nos conmina a una ferviente mediación, aguarda lo único perentorio: nuestro juicio. |
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Marco Antonio Rodríguez (Ecuador, 1942). Ensayista y narrador. Ha publicado libros como Rostros de la actual poesía ecuatoriana (1962, Cuentos del rincón (1972) y Un delfín y la luna (1985). Sus obras son textos de estudio en colegios y universidades; constan en los planes de estudio de Literatura Ecuatoriana e Hispanoamericana del Ministerio de Educación. Página ilustrada con obras del artista Felipe Ehrenberg (México). |
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