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FERNANDO
VELÁZQUEZ: ESTÉTICA DE LO INVISIBLE ES LA RAZÓN DE
LA SAVIA
Fragmentos.
Restos. Trozos dispersos y su armonía y desorden. Hay ciudades sepultadas
bajo nuestras casas. Buques naufragados que sólo los peces conocen.
Debajo de los cuadros de Fernando Velázquez hay otros sin los cuales
ninguno existiría. Cuadros inexistentes que siguen solos en silencio
luchando contra el vacío. Cuadros muertos que no son cruces ni nombres
sobre la piedra, sino materia viva que se transforma desde las sombras.
La superficie, lo que vemos, es sólo el vértice de la obra
de arte. Un instante en la creación que no cesa. El pintor edifica
su laberinto como la propia naturaleza se comporta. No hay imitación
sino correspondencia, misteriosa complicidad. Formas que no renuncian a
su pasado vegetal. Espacios donde la materia bulle. Pintura genética
que parece revelarnos que lo visible es sólo un instante entre dos
extinciones. Todo en este pintor – la propia existencia del cuadro muerto
es sólo un detalle – conduce a proclamar el carácter biológico
de la obra de arte. Lenguaje que se alza sobre el lenguaje porque no busca
representar la realidad, sino que ésta se tenga en pie por sí
misma. Qué las cosas hablen. Qué las pinturas sean ojos por
los que el mundo mire.
Nuestro
pintor roza las piedras más primitivas para que el fuego se haga
y caliente. Estética de la llama – rojo, amarillo, azul – presente
en buena parte de su obra. Luz vibrante que estremece todas las sombras.
La llama es la forma fugaz que alcanzan todas las visiones. Imposible eternización
del instante y, sin embargo, instante que abrasa para siempre. Por la llama
la obra crece destruyendo aquéllo que la hace existir. Arde consumiéndose.
Despide luz preparando la sombra más prolongada. Por el fuego las
formas alcanzan su grado máximo de tensión y armonía.
También de extinción más absoluta. El signo, en el
fondo, no es más que un indicio de luz. Fenómeno cierto de
lo que no vemos. Y la pintura de Fernando Velázquez propone una
vuelta apasionado al signo. De ahí su sentido del cuadro permanentemente
vivo. Por eso, la fatal necesidad de la llama. Cada cuadro es una vida
entera. También, razón misteriosa de las fuerzas que animan
el universo. El color del fuego calienta. Al calor de los signos más
primitivos – la línea y el punto – se funde la realidad. La obra
de arte surge entonces como el punto de unión de las líneas
de la vida. Enlace. Conexión. Abrazo que nos calcina.
Algo de la pintura prehistórica
– la que existió antes de que la palabra perdiera su sabor/saber
mineral – está presente en la obra de este artista. Su pureza de
formas, más bien signos con los que despertar a las cosas. La realidad
en ella alcanza carácter litúrgico. Los signos no representan
cosas sino que son las propias cosas comenzando siempre a existir. Manos
abiertas o bisontes que llaman a otros bisontes. La obra de arte es tal
porque obra en el mundo, crece y se multiplica. Los hombres de las cavernas
pintaban sobre la piedra distinguiendo su obra de ella, pero contando con
sus relieves y hendiduras. Una imagen viviente de sí mismos, experiencia
huidiza sobre un sólido fondo que permanece. Ellos nos enseñaron
a comprender la mágica relación de la pintura con su fondo,
que es idéntica a esa otra que mantiene la palabra con el silencio.
Siglos después Mallarmé vendría a confirmar esta intuición
misteriosa. El acto de escribir es teñir de negro el abismo blanco,
revés mortal de las constelaciones en el firmamento. Viendo los
cuadros de Fernando Velázquez no puedo evitar sentir esa misma conexión.
El fondo es el espacio de la forma porque es también la única
forma que tiene el espacio para manifestar su efímero permanecer.
Al final todo cuadra. No porque el artista haga desaparecer formas a costa
de otras, sino precisamente porque en las nuevas – como témpanos
de luz – sobreviven las primitivas. Originaria vuelta de la obra sobre
sí misma, en que ésta crece – a oleadas – siendo siempre
otra sin dejar de ser ella misma.
También
el cuadro es un jardín. Encierra algo que fluye y está en
el muro sobre el que se coloca. En pintura, como en poesía, es tan
decisivo lo que se ve y dice como lo que no aparece y se calla. Virtud
de pintor es no agotar el cuadro, dejar sin pintar más de lo que
se representa. Cuadro abierto. Recinto inagotable que se sucede solo a
sí mismo. En la obra de Fernando Velázquez se abre el cuadro
hacia dentro, se estira y derrama por sus lados. Se lanza a quien lo contempla.
Geometría de líneas que no son del arte sino de la existencia
misteriosa. El fragmento no es más parte de algo, sino indicio de
todo. Vemos fragmentos pero los fragmentos no existen. Ver fragmentos es
refinar la vista para comprenderlos. Vista es noble sabiduría. El
fragmento desvela su profundo sentido religioso. Sólo por él
nos iniciamos en el conocimiento de las verdades ocultas. Razón
de la savia que callada alcanza el último reducto de la hoja y su
filo. Como la ruina no son piedras dispersas de un orden extinguido. La
maleza la construye, y por un camino sombrío que recorre tubos gástricos
y grutas llega a una flor, en un punto muy lejano, donde otra ruina sigue
creciendo.
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