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José Mármol
De qué forma empiezas a descubrir en ti la vocación de escritor? Mi primera vocación fue ser
escritor. Empecé escribiendo cuentos a los siete años de
edad y siempre supe que quería ser escritor. ¿Escritor de
qué o para qué? De eso no tenía una clara idea. Pero,
en el origen de mi vocación estaba narrar historias, era una necesidad.
Contaba historias de un modo secreto para cambiar el mundo de los demás;
tener de alguna manera mi propio mundo; tener el mundo de la realidad tal
y como yo lo soñaba y sueño, el deseo de que el mundo fuera
el de mis sueños. Era el deseo de convertir el mundo en otra cosa,
es decir, deseo de escribirlo.
Piensas que a través de la escritura reflejas éste o más bien, fundas otro mundo? Más bien, transfiguro en otra
cosa el mundo que ya es. Hago que las cosas que existen, las que ya fueron
o no son, sean como quiero que sean. De lo que se trata, pues, es de transfigurar,
esa sería la palabra más adecuada. Es decir, hacer que las
cosas del mundo se conviertan en otras, que las mismas cosas sean otras.
Es un proceso como el de la Alquimia, si quieres, quizás de un modo
más modesto. Es como el proceso de la poesía; lo que la poesía
hace con el lenguaje, los novelistas lo hacemos con el relato. El lenguaje
es, también, una transfiguración del mundo. Narrar historias
es una manera de hacer comprensible y transmisible el mismo mundo. Hay
un teórico norteamericano que dice que el único modo de transmitir
el conocimiento es a través del relato, que sólo lo que se
narra se comprende. Si uno piensa que desde La Biblia o El Libro
de los Muertos, de los egipcios, en adelante, todo es relato, incluso
la fe, entonces se entiende muy bien lo que ese teórico dice.
Obras como La novela de Perón y Santa Evita son de las más conocidas de tu autoría, sin lugar a dudas; son las que te han proyectado más ante los lectores de habla hispana y de otras lenguas. Ahora bien, ese hecho te ha llevado a pensar que son, en consecuencia, tus novelas más acabadas, aquellas en las que tu conciencia de oficio escritural alcanzó el propósito estético y ficticio perseguido? Un escritor nunca consigue lo que persigue.
Cada vez que sueñas un texto, ese sueño es superior a la
realidad. Fatalmente, fatalmente, nunca estás satisfecho con lo
que haces, con lo que como narrador quieres. Los libros son cajas de resonancia,
encuentran cierto eco o no en la gente. De mis libros, el que me parece
más acabado es una novela que publiqué en 1991, que se llama
La mano del amo, la cual aún no ha conseguido traductores.
En un momento dado, un traductor que yo respeto mucho, llamado Alberto
Manguel, autor, además de un libro extraordinario que se llama Historia
de la lectura, quiso traducirla; pero, como solamente ofrecía
el área de Canada mi agente literario se resistió, y ahora
estoy profundamente arrepentido. Por esa razón me separé
de mi agente literario de aquel tiempo. Bueno, por lo general uno prefiere
aquellos libros en los que se juega más a fondo, en los que trata
de ser más uno mismo, reflejas mejor tus mundos interiores, tus
pesadillas y tus obsesiones. Ese es el caso de La mano del amo,
que sin embargo, no tiene nada que ver con lo que realmente yo quise hacer,
porque, contra mis deseos, es una novela profundamente irritante, que contagia
una cierta desdicha, y entonces, aleja los lectores.
Sí. Es la historia de un cantante
que nace con una voz absoluta, es decir, que puede ejecutar todos los registros
de la voz, desde el más agudo hasta el bajo, al cual examinan, casi
disecan en la familia como si fuera un objeto extraño. La madre,
aliada a una tribu de gatos, lo castra, lo frena y quiere utilizar esa
voz para su propio beneficio. Es, entonces, la decepción, la desesperación
del artista que quiere soltar la voz y no lo dejan.
Qué implica, en términos de estrategia técnica, discursiva, la empresa de una novela? Cuáles son los elementos que, por medio del lenguaje, han de entrar en juego? En primer lugar, tengo que conocer
muy bien cada una de las vidas de mis personajes, aunque eso no tenga nada
que ver con la historia… cómo respiran, cómo duermen, qué
apariencia tienen, como si se tratase de íntimos amigos a los que
voy a abordar. Hasta que el personaje no esté dentro de mí,
no lo puedo lanzar hacia fuera. Sé muy bien cómo se tiene
que llamar. Los personajes se sienten muy incómodos cuando no tiene
su propio nombre. Hasta que no alcanzan su propio nombre no salen a la
luz. Pero, lo que más me cuesta es el tono del relato. Las novelas
tienen un tono que va cambiando de relato a relato, una manera de ser contadas.
Todo libro tiene un modo propio de ser contado. Aun sea uno mismo el que
lo cuente; aunque la propia esencia del escritor no cambie de un libro
a otro. Cada libro requiere ciertas estrategias narrativas, ciertas maneras
de abordaje que son siempre distintas.
El hecho de que algunas de tus novelas tengan como personajes centrales a protagonistas de la historia real, particularmente de Argentina, quiere acaso decir que tu propuesta narrativa se circunscribe a las prerrogativas de la novela histórica? Como novelas históricas son,
más bien, heterodoxas. Porque de acuerdo con los códigos
de la novela histórica, una novela histórica es aquella que
refiere historias que han ocurrido antes de tu nacimiento, o personas que
no son tus contemporáneos. En mi situación, yo meto, es más,
miento sobre personajes que están vivos, en muchos casos, y que
incluso, podrían molestarse. Por ejemplo, en La novela de Perón,
los personajes de López Rega e Isabelita Perón. El relato
de historias sobre seres que están vivos constituye un avance y
al mismo tiempo una transgresión de la novela histórica.
Se trata de mitificaciones plenas de la realidad. Lo que me interesa de
los seres vivos es la posibilidad de recreación de la realidad,
de la realidad tal como pudo ser, la realidad como no fue… La reflexión,
el trabajo creativo sobre eso que no pudo ser. En la lógica de mi
propio país, Argentina, está siempre la idea, tan fuerte
que permea la identidad de los argentinos, del país que debimos
ser y no pudimos. En mis novelas están los personajes que en la
realidad histórica pudieron ser y sin embargo no fueron. Hay en
mis novelas un desenmascaramiento de la historia y de los personajes de
la historia. Cuando yo escribí La novela de Perón,
en 1985, en ella, Perón está retratado con crudeza, algo
que nadie se había atrevido a hacer, como un hipócrita, como
un camaleónico personaje que intentaba aparecer ante los demás
como los demás querían verlo. Ahora esa imagen de Perón
es corriente en la Argentina, pero, en aquel momento, era muy aventurada.
Después del boom y a
partir del avance de las dictaduras en Latinoamérica, vivimos una
especie de declinación de nuestra novelística. Y algo que
me parece más grave, hubo una ruptura de los canales de comunicación
que la novela y la poesía habían establecido. En los años
60, por ejemplo, todos sabíamos dónde estábamos parados,
sabíamos qué estaban haciendo los otros. Los dramas que vivió
la República Dominicana, digamos, eran un tema familiar de conversación
entre los argentinos. Las dictaduras rompen esa circulación sanguínea,
esos canales de comunicación, y de nuevo nos confinan, nos condenan
de nuevo a un cierto aislamiento. Ahora se da una ligera resurrección
de esos canales de comunicación. Vivimos una recuperación
de la novela latinoamericana. Es sorprendente, por ejemplo, el nacimiento
de la novela en América Central y El Caribe; son países donde
la narración era un fenómeno raro, una rara avis, y
de repente empiezan a aparecer narradores en cantidad y en calidad. En
Argentina, después de la muerte de Borges, de Cortazar y del Eclipse
de Bioy Casares, entre otras, la novela conoce un período de endurecimiento.
Lo mismo ocurrió en Uruguay con la muerte de Juan Carlos Onetti,
que ahora está resurgiendo con muy buenos narradores como Tomás
de Mato, Mario Delgado, y lo mismo está sucediendo en Chile, en
Perú. Yo diría que es un fenómeno de lenta, aunque
no sostenida recuperación a lo largo de todo el continente. Acabo
de ser jurado de un concurso latinoamericano de novela, y he leído
allí a gente extraordinaria. Está empezando entre la generación
que ahora va de los veinticinco a los treinta años un período
más de esplendor de la novela latinoamericana.
Se puede entonces hablar de una nueva fase de efervescencia de la novela latinoamericana? Creo que sí, que hay un renacimiento
y ello se puede advertir en la multiplicación de las traducciones.
Hay muchas más novelas latinoamericanas traducidas a varias lenguas
ahora.
Cómo se siente un escritor hispanoamericano que de repente, y por razones académicas, ha venido a vivir a los Estados Unidos de Norteamérica, para continuar trabajando la literatura de su lengua en un país de habla diferente? Yo soy uno de esos escritores. Mi propio
país me expulsó en 1975, me condenó al exilio y desde
entonces ese exilio no ha terminado. Apenas ha cambiado a ser un destierro
voluntario, estoy afuera porque quiero. Ocurre que también las condiciones
de comunicación han cambiado; uno puede volver cuantas veces quiera
a su país y recuperar el habla cotidiana. Mis hijos son argentinos
y viven en la Argentina, de modo que mi lengua se mantiene viva a través
de ellos. En mi vida cotidiana hay circuitos de transmisión en español.
Mi lengua se mantiene intacta, aunque hay una respiración cotidiana
que se echa de menos. Cuando me preguntan dónde vivo respondo: vivo
en Argentina y trabajo en Estados Unidos. Esto no está demasiado
lejos de la verdad.
Hay alguna nueva novela que podamos tener pronto a mano? Está próximo a salir
el primer texto que escribo por encargo. Lo tomé como un desafío
y como un acto de humildad y de ejercicio, además. Se trata de una
editorial brasileña que se llama Objetiva, que ha reunido a siete
escritores, tres brasileños, dos hispanoamericanos y dos europeos,
para hacer una serie sobre los pecados capitales. A cada escritor se le
asignó un pecado… a mí me tocó el orgullo. Entonces
estoy escribiendo una novela que se titula El vuelo de la reina,
la cual trata sobre ese pecado.
Qué aconsejas a los jóvenes escritores latinoamericanos? Les aconsejaría lo que más les cuesta; es decir, no perder el tiempo en oficios laterales e intentar emplear todo el tiempo que puedan en escribir. Cuando uno es joven, eso es posible. Aconsejaría también leer mucho e investigar todo lo que se pueda. Deben escribir con pasión, la mayor pasión posible. Como uno se convierte en escritor es escribiendo, no hay otro modo. Deben aprender de lo que hacen bien los demás, de las técnicas narrativas ajenas, del crecimiento del relato en el mundo a través de otras lenguas, de otras literaturas. Hay una inmensa cantidad de escritores excepcionales por descubrir. Les diría, en fin, que se entreguen a este oficio con pasión, que lean y escriban. |
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