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Peter Gardner
Este no es una tesis sobre el exilio; lejos de ello, se pretende pensar y hablar un poco sobre James Joyce (1882-1941), quien vivió 37 de sus 59 años fuera de su Irlanda odiada y deseada y nunca olvidada ni alejada: "Irlanda es una cerda que devora su propia prole", decía y escribía cartas apasionadas desde Trieste, Zürich o París para preguntar de qué color estaba pintada la puerta del No. 7 de la Calle Eccles, en Dublín, el 16 de junio de 1904, cuando lanza a su Ulises a una odisea inolvidable y nuestra, dentro de la mar de recuerdos y añoranzas que es Dublín para uno de sus hijos, disfrazado de judío y cornudo, Leopold Bloom, quien presencia todo lo que pasa en su mundo, que es el de la Odisea de Homero: todos los episodios, en un sólo día. Leopold Bloom, este fracasado comerciante y marido, está enamorado desesperadamente de Molly, su Penélope, quien le coloca los cuernos con Blazes Boylan. Molly es esencial, como la tierra. Joyce hace terminar el libro con la descripción de un monólogo orgásmico de cuarenta páginas, uno de los pasajes más evocativos y bellos que conoce el idioma inglés de cualquier tiempo. Retrocedamos por un momento. Homero, según la leyenda, era ciego; James Joyce vivió con la amenaza de la ceguera y sufrió infinidad de intervenciones quirúrgicas, durante muchos años, aunque insistió en escribir y corregir el manuscrito de su obra, a mano, cosa que desesperó a personas que quisieron ayudar a reducir el abultadísimo manuscrito a algo manejable. Su "ángel", Sylvia Beach, de Shakespeare & Company, en París, publicó la primera edición, misma que circuló entre amigos en París por subscripción. La Aduana de los Estados Unidos confiscó cuantos ejemplares pudo encontrar, contribuyendo así al éxito "pornográfico" de la novela, por demás difícil de leer para el gran público de aquel tiempo.
Se le acusa a Joyce de ser juguetón con el idioma; lo es – homo ludens – pero a diferencia de El velorio de Finnegan, su última obra, que él consideraba la expresión máxima de su talento y su misión, Ulises es maravillosamente legible. Sensible, con dificultades oculares desde muy joven, James Joyce debe vivir una niñez gris y típica del Dublín de fin de siglo, cuando la Iglesia Católica controla grandes terrenos de la existencia humana, la emigración hacia Inglaterra y América sigue siendo la regla; la ignorancia provinciana es lo común; Irlanda produce maravillosos tenores, como John McCormack y algunos poetas (Yeats, por ejemplo); a partir de Parnell, está incubándose la lucha final por la independencia, que tendrá que esperar hasta después de la Primera Guerra Mundial y una serie de escándalos de "traición" (el de Roger Casement, por ejemplo). La vida es de un ritmo lento, el ciclo eterno de nacer, ser bautizado, ser confirmado, el casamiento, los años – las décadas – de vegetar frente a batallones de envases de bebida sobre mostradores oscuros de bares donde se cultiva la "alegría irlandesa"; a la espera, la mujer y el montón de hijos en la casa; todos aguardando la remesa de dinero de allende los mares; vegetando. En octubre de 1904, James Joyce se va a la Torre de Martello, en Sandy Cove, cerca de Dublín; se queda durante seis días; hay conato de balacera, en la cual pudo morir y éste es el detonante que lo lanza fuera de Irlanda para siempre, con excepción de algunas visitas cortas. "Imponente y rollizo, Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó el tazón y entonó: Introibo ad altare Dei." (trad. Salas Subirat) Así comienza la maravillosa odisea nuestra y la de James Joyce; exuberante, rijosa, irreverente, profundamente humana y religiosa, es un viaje a través de todos los capítulos de la Odisea de Homero y de todos los capítulos de nuestras propias vidas. Vale la pena invocar aquí la obra original: una serie de episodios que vive Ulises, el griego, que, alejado de Itaca y de su Penélope durante veinte años, transita por aventuras, es un héroe en la guerra, es un héroe en la paz. No así Leopold Bloom. El es judío, extraño en su propio mundo, exiliado de él, extraño ante sí; evasivo de su propio ser u ocupación. Lo encontramos sentado en el retrete, donde medita y se masturba, teniendo un trabajo pospuesto, en la calle y una mujer sin hijos, en el tálamo. Leopold Bloom es exiliado externo e interno; exiliado de sí; enajenado, vaga durante el día y la noche, no tiene contacto consigo mismo; sus conversaciones, parcas e indiferentes, podríamos pensar, son truncas, inconclusas, sin substancia. Indeciso, y aunque sabe perfectamente quién le está poniendo los cuernos, no hace nada al respecto; es un apático; un depresivo, diríamos, consciente de su situación, pero incapaz de resolverla.
Otro exilio. Trieste: clases de idiomas. Zürich: clases de idiomas. Idiomas e idiomas, la extrañeza de idiomas e idiomas, Joyce aprendió idiomas; pero fuera del inglés y el latín de la liturgia, y los juegos con ellos (retruécanos por miles, qué cercano Shakespeare), James Joyce es un exiliado, sordo entre los que hablan con otro ritmo, usan otras palabras. Sin más herramientas ni alternativa que la memoria, el lenguaje, el apasionamiento y una visión que lo sostiene hasta la muerte, Joyce se ensaña en la recreación del Dublín natal. Del exilio de la niñez se pasa a la orfandad; su madre muere en 1903, urgiéndolo siempre en materia religiosa. Hubiese querido que se ordenara cura. Pero James Joyce es escéptico; hijo de Irlanda, la abandona antes de que lo pueda devorar del todo y lleva la cicatriz del exilio. Aterrado ante la posibilidad de olvidar: vive de Irlanda, vive en Irlanda, como los exiliados republicanos españoles que ví durante años, frente a la taza fría de café caritativo y un periódico viejo, en los cafetines de la ciudad de México. Se publica Ulises en una edición corta, el 2 de febrero de 1922. Escándalo mayor entre los letrados. Confiscaciones. Olvidos. Obstinado, apasionado, perfeccionista, continúa trabajando James Joyce en París. Muere en Zürich, en 1941. Su hija Lucía es confinada en un manicomio hasta la muerte. El hijo, Giorgio, tiene una vida oscura. Nora Barnacle sobrevive al marido por un tiempo más, amándolo, extrañándolo y aún no entendiéndolo. Muchos exilios en una sola persona, para una sola persona: hace el interior, buscando y rebuscando en la memoria; hace el exterior geográficamente en movimiento entre varios polos que siempre son antagónicos entre sí y lejos de Dublín, que es el centro de su universo; el Río Liffey fluye entre sueños, el No. 7 de la Calle Eccles está presente, como una especie de fiebre, delirio al despertar y durmiendo.
Y el pobre Bloom, de regreso a su casa a mediados de la noche, se encuentra con su Molly que sueña con él, Leopold, pero huele aún a Blazes Boylan; la quintaesencia del orgasmo de Molly sería en algún momento del pasado, cuando Leopold tenía aún la ilusión de vivir con ella en un lugar que les perteneciera, al mismo tiempo que ellos dos pertenecieran a algo que no fuese el exilio permanente del ser humano en el siglo XX. La añoranza que no puede expresarse tan sólo con palabras. "Si puedo llegar al corazón de Dublín, puedo llegar al corazón de todas las ciudades del mundo. En lo particular radica lo universal". Cervantes está rondando. El exilio universal, el diluvio universal, la condición de carecer de raíz, son la característica de nuestro tiempo; James Joyce es ciudadano de primera instancia, quizás sin proponérselo en este mundo que no debería ser nada extraño para ninguno de nosotros, pero lo es y lloramos las pérdidas que sentimos, las extremidades que faltan sin darnos cuenta de ello. Nos acompañan las voces de los que se han muerto sin conocernos, sin que nosotros los conociéramos, y quisiéramos asistir a los ritos de primavera con flores, en un campo verde con sol; pero no es posible, ya no. "…y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis senos todo perfume sí y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí…" |
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