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Rodolfo Alonso "...en medio de la desolación
masificada,
Henry James
Siendo yo entonces poco más que un adolescente, por añadidura introvertido y tímido, me hubiera resultado imposible imaginarme ofreciendo opiniones sobre tema semejante. Pero poco a poco, de ninguna manera en forma digamos académica, y más bien por propia deriva de mi ser, el compromiso de ejercer la crítica literaria como oficio me introdujo, casi sin pensarlo, en la reflexión sobre la poesía. Y ella a su vez me fue llevando a preocuparme por las características del lenguaje humano y su hondo significado en nuestra condición, en nuestra conciencia de nuestra condición. Cuando nos dolemos, no sin razón es claro, de la creciente carencia de repercusión, de la falta de digestión cultural en que cada vez más se va enrareciendo el ambiente donde aún alienta la poesía, y también de la poca exigencia, de la no demasiada calidad de la mucha poesía que se escribe, nos vemos obligados a plantearnos la cuestión no tan sólo como el problema de un género literario sino como un asunto sumamente grave y que afecta profundamente a toda la condición humana. El lenguaje no es apenas un instrumento, un utensilio, un útil, sino que es el umbral mismo de la hominidad. El lenguaje nos hizo hombres, y durante siglos hemos vivido, lo supiéramos o no, inmersos en una civilización que estaba centrada en el lenguaje. Actualmente, y mucho me temo que no para bien, es posible que hayamos asistido sin darnos cuenta a una profunda mutación cultural, que para mí comenzó al concluir la segunda guerra mundial, junto con la siniestra bomba de Hiroshima, cuando empieza a instalarse planetariamente la sociedad de consumo que, con su manipulación cada vez más sutil y seductora (pero escasamente nutritiva) de los deseos y de las ansiedades de los hombres, ha modificado completamente nuestra existencia y nuestra visión del planeta y de nosotros mismos.
Apenas consumidores, apenas receptores de los grandes ingenios tecnológicos de la industria cultural, nos faltaba una vuelta de tuerca y el último riesgo que comienza a hacerse patente es la pérdida tan acelerada como acentuada del uso del lenguaje. No sólo porque cada vez se lea y hasta se hable menos y peor, sino porque se ha perdido asimismo aquella saludable y espontánea vitalidad creadora, casi orgánica, que permitía hablar antaño de una lengua viva. Y cuando los hombres dejen de utilizar el lenguaje no habrán abandonado apenas un utensilio o un instrumento, que pueden sustituirse por otros, sino la esencia misma de su condición, lo que los hace hombres. ¿O acaso es casual que hayan desaparecido, por ejemplo, al mismo tiempo las rondas infantiles y las canciones de cuna?
Después de la bienvenida insistencia con que los movimientos ecologistas han puesto el acento sobre los graves daños que cierto mal llamado progreso ha causado al único planeta que tenemos, ¿no habrá llegado el momento de plantearse también la necesidad de una conciencia ecológica acerca de los daños que ha venido corriendo también, al mismo tiempo, la condición humana? |
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