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revista
de cultura # 46 |
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La posibilidad de representación plástica en la obra de Federico García Lorca Susana Giraudo
Así como en muchas oportunidades hemos podido
comprobar que existieron pintores dedicados a escribir (Leonardo con sus Máximas
Filosóficas y Morales y Van Gogh con sus bellísimas Cartas a Theo), hay
también, pero tal vez en mayor cantidad de casos, escritores puestos a
pintar. Podemos descifrar los hombrecillos patéticos de
Kafka, explorar los tenebrosos castillos de Victor Hugo y
completar de este modo una variada secuencia de logros y fracasos
de escritores que pintan. Una mención aparte merecen William Blake o
Rossetti, que han sido talentosisimos poetas y magníficos pintores. Es posible, de la misma manera, rescatar los nombres
de Hardy, Carlota Brönte, Carroll, Rimbaud (garabateando feroces
criaturas en los espacios en blanco de sus libros) y porqué no, atisbar
a un sorprendente Baudelaire, pergeñando retratos de sus contemporáneos
y también en su famoso y logradísimo autorretrato, admirado por su
enorme de dramatismo. Ya en nuestro siglo, Hesse fue autor de exquisitas
acuarelas, Jean Cocteau inventaba su poesía plástica y Alberti sus
liricografias. También en nuestro país, tenemos ejemplos innumerables de
pintores que escriben y escritores que pintan. El más sorprendente y
cercano en el tiempo es Ernesto Sábato, del que podríamos decir que en
sus espectros sombríos, presencias veladas y espíritus sin paz, muestra
su toda memoria encendida en denuncia. Sábato, abandona la
exactitud, obscena prisión de portaobjetos y de formulas, para
enfrascarse en los verdes y oscuros fantasmas de su propia vida y de su
propia muerte. Todo este, para algunos, tal vez innecesario
introito, puede conducirnos o mejor dicho centrarnos en Federico Garcia
Lorca. Recordemos que no pocas fueron las veces en que acompañó sus poesías,
cartas y piezas teatrales con dibujos al parecer infantiles, pero que en
realidad, a los ojos de un entendido,
son gráciles y nítidos, con la solidez que solo otorga una
personalidad madura y genial. Casi tendríamos que decir que
es imposible imaginar o considerar la obra pictórica de Lorca, sin
su obra escrita. Al igual que Alberti y nuestro Mujica Lainez, la suya es
una creación visual consustanciada con sus escritos, casi como aquellos
orientales- japoneses y chinos- que hacen de texto y trazo un solo hecho
estético. Alguna vez, Garcia Lorca lo confiesa abiertamente :
"Cuando un asunto es demasiado largo o tiene poéticamente una emoción
manida, lo resuelvo con los lápices. Esto me alegra y divierte de manera
extraordinaria". En su momento, llega a exponer en una famosa galería
de Barcelona. En aquel momento, algunos críticos fueron con el poeta
tiernamente feroces : "Ha obtenido un éxito de simpatía"
decían. Y Sebastián Gasch, su amigo, reaccionó defendiéndolo a gritos
: " ¡Dibujos de Garcia Lorca en las Galerías Dalmau! ¡Que los
burócratas del arte, que los miedosos, que los sedentarios pasen de
largo!" Hoy, setenta años después de aquella exposición,
los dibujos de Lorca relucen con sus colores pastel, su ingenuidad casi
perversa y su doméstica e intima temática. Poesía y teatro lorqueanos están colmados de imágenes sugerentes de
las que el mismo no pudo sustraerse. ¿Quien no ve con nitidez los colores y las imágenes
oníricas en el Romance sonámbulo, La casada infiel, Preciosa y el aire?
Son tan explícitas sus figuras y sus metáforas que parecieran que el
poeta tiene un pincel en una mano y en la otra una paleta de colores dramáticos
y únicos. Trescientas rosas morenas
Lorca siempre se presenta ante nuestros ojos como un
poeta lírico, pero ya en los años iniciales de su carrera, nos
encontramos con tentativas dramáticas tales como “El maleficio de la
mariposa". Paralelo al desarrollo de su lírica, su potente y
rica personalidad lleva adelante una obra de autor dramático que es la
mas importante y auténticamente
poética del nuevo teatro español. No puede hablarse de un Federico Garcia Lorca poeta dramático o lírico
como de entidades distintas, ya que, a través de toda su obra, se
impone la impresión de una unidad absoluta en cuanto a concepción de la
vida y el modo de trasmitirla artísticamente. Garcia Lorca es un caso único de desbordante
vitalidad poética y dramática , plásticamente multiforme, pero rectilínea.
Este andaluz ejemplar circula por sus canciones, por sus cándidos dibujos
y por sus obras de teatro, con intensidades y plenitudes distintas en
cuanto a la realización, pero con el mismo empuje de entera unidad
humana. Es por eso que, al hablar de lo dramático en él, no habría
necesidad de recorrer su teatro, porque antes de ello se puede, desde sus
primeros libros de poesía, sentir su violenta palpitación dramática. El mismo Lorca poeta, no deja solo al dramaturgo y
es así como lo larga al ruedo munido de un colorido personal y único.
Todos sus dramas son explícitamente descriptos y de tal manera
representables que de pronto sorprende con una obra descarnada y extraña
como lo es El publico. En ella, un Lorca que podriamos llamar nuevo,
distinto, decide mostrar en un casi co-relato con Poeta en Nueva York, una
crispada y soterrada característica de su personalidad. Y lo hace
recurriendo a símbolos y códigos no tan claros, sino dirigidos a ese
publico que, como mirándose a un espejo, se verá (en algunos casos)
representado en sus mas intimas y reprimidas sensaciones. Lorca no lo dice con palabras, pero el lector de El
publico puede ver un rojo de sangre que llevado a la tela debiera ser
elaborado minuciosamente, solo pensando en el drama de Federico, en su
pasión, su pudor, su complejidad personal que rezuma enjundioso y
desafiante dramatismo. Federico dibuja con palabras sus cuadros y ofrece
figuras plásticamente representables por una paleta altamente
descriptiva: Una, cubierta de pámpanos rojos
Tal vez, como en ninguna otra, en El publico, lo
descriptivo de los cuadros, las figuras y los sentimientos, se muestran
para un pintor prevenido, en cada rincón y en cada situación, de maneta
tal que no puedan ser pasados por alto. Como toda obra surrealista, uno cree ver sobrevolar
sobre ella al ángel y a la musa, mezclados con el cuerpo de boxeador del
poeta y con sus ojos vívidos e iluminados. Andre Breton, abogaba en esos tiempos de Lorca, por
la escritura automática, por la expresión espontánea y sin
inhibiciones, fuera del control de la razón. Y aquí es donde debe
aparecer la inspiración plástica, obediente a estas consignas con las
que en El publico insita casi violentamente. Con respecto a esto, Lorca le dice a Sebastián Gash
"!Ojo, ojo! No es surrealismo, es una tremenda lógica poética".
Y a pesar de esta aclaración, es difícil encontrar en esta obra imágenes
de una plasticidad coherente. Al igual que Bosh en El jardín de las
delicias, en El publico el pintor podría encontrar composiciones de
autentica pesadilla. Los mensajes desesperados y llenos de violencia, mal
podrían inspirar una obra plásticamente considerada realista. Es evidente que la obra del Bosco y de Goya,
debieron dejar una honda huella en Lorca, dado el interés que este sentía
por la pintura. En Los desastres de la guerra
y Los caprichos , hallamos implacables escenas de la inhumanidad
del hombre para con el hombre y es en ellos que se nos muestra la realidad
escondida bajo la mascara humana, aspecto este íntimamente relacionado
con algunos de los temas de El publico. El mismo Dalí,
con su método critico-paranoico, por medio del cual llega a pintar
los sueños y las imágenes inconscientes manteniendo el control de lo que
estaba haciendo, ejerce sobre Lorca un impacto visual que se acrisola con
la estrecha amistad que los une. Amistad
que, por otra parte, es aun hoy motivo de análisis por parte de los
estudiosos de la obra de ambos artistas. Dali pinta La persistencia de la memoria, El
nacimiento de los deseos líquidos, Suave construcción con judías
cocidas, Premonición de la guerra civil y Sueño, en perfecta coherencia
con el teatro dramático-surrealista de su intimo amigo Federico, Otro tema que Lorca desarrolla en El publico y que
plásticamente es mas difícil de plasmar es el del amor. Aunque en esta
parte de la obra el hace frecuentes referencias a Romeo y Julieta de
Shakespeare, sin embargo, el carácter fortuito del amor como lo trata
Lorca, esta mas ligado a Sueño de una noche de verano del mismo
Shakespeare. Lorca opinaba que el amor, que nada tiene que ver
con la voluntad de las personas, se da en todos los niveles y con la misma
intensidad, ya sea entre hombre y mujer, como entre dos hombres o entre
dos seres cualquiera. Aquí podemos destacar una extraña analogía de
conceptos con los poetas y sabios persas Rumi y Shams de Tabriz,
fundadores en el siglo XII del llamado movimiento Sufi.
Federico deja asomar con fuerza, en poemas como Oda
a Walt Whitman, el mas oscuro punto de su personalidad y es en ese momento
en que trabaja arduamente en su obra El publico. Otros poetas dejan
transparentar este tema de la homosexualidad, pero Lorca consideraba,
sobre todo en Whitman, que era la personificación del hombre viril, del
hombre en busca del amor puro y total, a alguien que no podía compararse
con personas de cierta ambiguedad. Aquí, en este punto, es donde vuelve a
aparecer la extraña similitud de conceptos con Rumi Y Shams de Tabriz. Lorca sufre la impiedad de su propia mirada puesta
sobre si mismo y estos ejemplos del tema del amor frustrado en el hombre,
encuentran una expresión mucho mas fuerte e incluso mucho mas trágica en
los personajes de esta obra, como son el Director y los tres Hombres, que
buscan infructuosamente y no encuentran el objeto de su búsqueda. Es aquí donde vuelven a aparecer imágenes que,
llevadas a la expresión plástica, serian de un dramatismo crudo y para
nada surrealista. Pero cuando junto al Director aparecen los cuatro
caballos blancos, el tema va mutando de matiz y el símbolo de los
caballos blancos (que aquí es la pasión), bien podría campear sobre un
fondo rojo con un toque de magenta que lo convertirían en un tono
particular y único. Siempre de acuerdo a una visión muy subjetiva y
personal de la obra. La presencia del biombo y su juego entre lo falso y
lo verdadero, también nos ofrece material valioso para el desarrollo de
una serie. Las escenas, de una crudeza y una violencia inusitadas, son
perfectamente representables. Es el momento en que debiera aparecer un
juego de colores que recorriera la gama de los azules, pasando por los
rojos hasta desembocar el dramatismo del violeta, sin olvidar algún trazo
indispensable de negro brillante. Todo esto, que podemos señalar en Ruina Romana y
que nos inspira en forma y colorido es, en definitiva, lo mismo que
encontramos en el acto quinto, donde el desnudo rojo y el rico despliegue
de personajes nos llevarían a un análisis similar. Es inenarrable la serie de obras que, de acto en
acto van insinuándose para nacer, si se quiere, de una paleta inspirada
en los sentimientos llevados al color y luego a la imagen. Desde el
comienzo hasta el fin de El
publico se puede demostrar que, mas allá del drama narrado con palabras,
develando la mas profunda e intima de las facetas de la personalidad
lorquiana, esta obra no solo es perfectamente
representable teatralmente hablando, sino que, trasladada a las artes plásticas
encontraría una inesperada representatividad maravillosa y
complementaria. |
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Susana Giraud (Argentina, 1947). Poeta e artista plástica. Autora de Trazo y poema (1988), La luna en fuegos del final de Noviembre (1998), e La armonía de las desarmonías (2001). Contato: susanagg@arnet.com.ar. Página ilustrada com obras do artista Vicente do Rego Monteiro (Brasil). |
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