revista de cultura # 46
fortaleza, são paulo - julho de 2005






 

Julio Cortázar, altermundista: algunas reflexiones sobre su pensamiento social

Carlos Véjar Pérez-Rubio

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Julio CortázarEn un trabajo que tituló “Algunos aspectos del cuento”, publicado primero en el núm. 60 de la revista Casa de las Américas (julio 1970) y posteriormente en el libro Literatura y Arte Nuevo en Cuba, [1] Julio Cortázar expresa algunas ideas centrales del pensamiento social que desarrollará consistentemente a lo largo de su fecunda vida. Hablando de la Cuba revolucionaria, dice por ejemplo: “Es aquí donde me gustaría aplicar concretamente lo que he dicho en un terreno más abstracto. El entusiasmo y la buena voluntad no bastan por sí solos, como tampoco basta el oficio de escritor por sí solo para escribir los cuentos que fijen literariamente (es decir, en la admiración colectiva, en la memoria de un pueblo) la grandeza de esta Revolución en marcha. Aquí, más que en ninguna otra parte, se requiere hoy una fusión total de estas dos fuerzas, la del hombre plenamente comprometido con su realidad nacional y mundial, y la del escritor lúcidamente seguro de su oficio. En ese sentido no hay engaño posible. Por más veterano, por más experto que sea un cuentista, si le falta una motivación entrañable, si sus cuentos no nacen de una profunda vivencia, su obra no irá más allá del mero ejercicio estético. Pero lo contrario será aún peor, porque de nada valen el fervor, la voluntad de comunicar un mensaje, si se carece de los instrumentos expresivos, estilísticos, que hacen posible esta comunicación. En este momento estamos tocando el punto crucial de la cuestión. Yo creo, y lo digo después de haber pesado largamente todos los elementos que entran en juego, que escribir para una revolución, que escribir dentro de una revolución, que escribir revolucionariamente, no significa, como creen muchos, escribir obligadamente acerca de la revolución misma. Por mi parte, creo que el escritor revolucionario es aquel en quien se fusionan indisolublemente la conciencia de su libre compromiso individual y colectivo, con esa otra soberana libertad cultural que confiere el pleno dominio de su oficio. Si ese escritor, responsable y lúcido, decide escribir literatura fantástica, o psicológica, o vuelta hacia el pasado, su acto es un acto de libertad dentro de la revolución, y por eso es también un acto revolucionario aunque sus cuentos no se ocupen de las formas individuales o colectivas que adopta la revolución. Contrariamente al estrecho criterio de muchos que confunden literatura con pedagogía, literatura con enseñanza, literatura con adoctrinamiento ideológico, un escritor revolucionario tiene todo el derecho de dirigirse a un lector mucho más complejo, mucho más exigente en materia espiritual de lo que imaginan los escritores y los críticos improvisados por las circunstancias y convencidos de que su mundo personal es el único mundo existente, de que las preocupaciones del momento son las únicas preocupaciones válidas. […] Y pensemos que a un escritor no se le juzga solamente por el tema de sus cuentos o sus novelas, sino por su presencia viva en el seno de la colectividad, por el hecho de que el compromiso total de su persona es una garantía indesmentible de la verdad y de la necesidad de su obra, por más ajena que ésta pueda aparecer a las circunstancias del momento. Esta obra no es ajena a la revolución porque no sea accesible a todo el mundo. Al contrario, prueba que existe un vasto sector de lectores potenciales que, en un cierto sentido, están mucho más separados que el escritor de las metas finales de la revolución, de esas metas de cultura, de libertad, de pleno goce de la condición humana que los cubanos se han fijado para admiración de todos los que los aman y los comprenden. Cuanto más alto apunten los escritores que han nacido para eso, más altas serán las metas finales del pueblo al que pertenecen.”

Julio Cortázar había nacido en Bruselas, de padres argentinos, el 26 de agosto de 1914, justo cuando recién iniciaba la Primera Guerra Mundial. En 1918, al terminar la contienda, regresa con sus padres a la Argentina y se instalan en Banfield (provincia de Buenos Aires), donde transcurre su infancia, animada por lecturas de Julio Verne (en La vuelta al día en ochenta mundos le rendirá un lúdico homenaje) y El tesoro de la juventud, entre tantos otros libros indispensables para los niños de la época. Al término del bachillerato, se decide por la docencia y cursa las carreras del Magisterio y de Letras. Muy joven fue maestro rural en las pequeñas poblaciones de la provincia de Buenos Aires, Bolívar y Chivilcoy, en donde lee ávidamente, escribe en algunas revistas literarias y aprovecha para perfeccionar el conocimiento de los idiomas, que lo llevará a obtener el título de Traductor Público Nacional, oficio que le dará de comer años después en París, como traductor de la UNESCO. Luego de esa estancia en la pampa se instala en Mendoza, al pie de la cordillera de los Andes, en donde puede enseñar al fin lo que le gusta, literatura, y aprovecha para ampliar sus relaciones sociales, cultivar una rica correspondencia y depurar radicalmente su estilo de escribir. Poco tiempo después, en 1945, hay una intervención fascista en la Universidad de Cuyo que lo obliga a renunciar y regresar a Buenos Aires, en donde trabaja como gerente de la Cámara del Libro hasta 1949.

De ese periodo de su vida, que duró siete años, dice el mismo Cortázar: “Entre los años del 37 y el 44, viví completamente aislado y solitario. Resolví ese problema, si se puede llamar resolverlo, gracias a una cuestión de temperamento. Siempre fui muy metido para dentro. Vivía en pequeñas ciudades donde había muy poca gente interesante, prácticamente nadie. Me pasaba el día en mi habitación del hotel o en la pensión donde vivía, leyendo y estudiando. Eso me fue útil y al mismo tiempo peligroso. Fue útil en la medida en que devoré millares de libros. Toda la información libresca que puedo tener la fundé en esos años. También escribí bastante, aunque publicaba muy poco. Fue una época peligrosa en el sentido de que me quitó una buena dosis de experiencia de vida y hasta de vitalidad.” [2]

Clavada la mirada allende el Atlántico, decidido a ampliar sus horizontes y emprender la gran aventura de su vida, se va a París en 1951 con una beca de corta duración, a cuyo término, y después de intentar algunos oficios pintorescos, consigue trabajo como traductor en la UNESCO. Esto le permite radicarse permanentemente en la capital francesa, de la que sólo hará en adelante visitas esporádicas a la Argentina. Ese mismo año de su partida deja publicado en Buenos Aires su primer libro de relatos, Bestiario, en el que ya se encuentran maduros los atributos de su oficio literario.

El París de posguerra con que se encuentra, y en el que se sumergirá hasta lo más profundo, está marcado por la austeridad económica y la tensión política y social propias de un país que había visto destrozadas muchas de sus estructuras morales y productivas por el conflicto bélico. Un país que, no bien terminada la Segunda Guerra Mundial, se veía involucrado en una cruenta lucha por mantener intacto su imperio de ultramar ante las amenazas del proceso de descolonización desatado por los pueblos nativos. La guerra de Indochina está en la boca de todos y hace discutir apasionadamente en los diarios y en los cafés del Barrio Latino y Montparnasse a la intelectualidad de la época, que emerge desconcertada de los años negros sin encontrar todavía el camino de la luz. Es el París cosmopolita de siempre, claro, pero ahora sumido en el debate del existencialismo y los temores de la guerra fría y la amenaza atómica. Y de la debacle: la derrota del colonialismo francés comienza en 1954 en Dien-bien-phu y termina en 1958 en Argel, lo que propiciará el regreso al poder del general Charles de Gaulle. El París del jazz de Charlie Parker y de los cantos melancólicos de Yves Montand y Juliette Greco.

Inmerso todo el tiempo que le queda libre de sus responsabilidades con la UNESCO en la creación literaria, y luego de un segundo libro de relatos -Las armas secretas (1959)-, Cortázar publica en 1960 su primera novela, Los premios, una obra maestra que contiene ya las claves originales de su mundo intelectual, fantástico y poético. En ella revela su capacidad de subversión con respecto a la definición de la realidad en la que está inmerso, de la que alguna vez escribe: “La auténtica realidad es mucho más que «el contexto socio-histórico y político», la realidad soy yo y setecientos millones de chinos, un dentista peruano y toda la población latinoamericana, Óscar Collazos y Australia, es decir el hombre y los hombres, cada hombre y todos los hombres, el hombre agonista, el hombre en la espiral histórica, el hombre sapiens y el hombre faber y el hombre ludens, el erotismo y la responsabilidad social, el trabajo fecundo y el ocio fecundo; y por eso una literatura que merezca su nombre es aquella que incide en el hombre desde todos los ángulos (y no por pertenecer al tercer mundo solamente o principalmente en el ángulo sociopolítico), que lo exalta, lo incita, lo cambia, lo justifica, lo saca de sus casillas, lo hace más realidad, más hombre, como Homero hizo más reales, es decir, más hombres, a los griegos, y como Martí y Vallejo y Borges hicieron más reales, es decir más hombres, a los latinoamericanos.” [3]

“Toda esta realidad en vísperas de manifestarse -escribe Carlos Fuentes- era la realidad revolucionaria de Cortázar. Sus posturas políticas y su arte poético se configuran en una convicción y ésta es que la imaginación, el arte, la forma estética, son revolucionarias, destruyen las convenciones muertas, nos enseñan a mirar, pensar o sentir de nuevo”. [4]

Vicente do Rego MonteiroAl momento del triunfo de los revolucionarios cubanos y la caída de Batista, el 1° de enero de 1959, Julio Cortázar es ya un hombre de 45 años, aunque para quienes lo conocieron en esa época aparentaba ser mucho menor, tanto en el aspecto físico como en el carácter y la manera de ser. En 1962 viaja por primera vez a Cuba, como jurado del Premio Casa de las Américas, en donde conocerá de cerca el proceso revolucionario, experiencia que lo marcará profundamente y que lo llevará a escribir años después: “Cuba ha sido un camino de Damasco sin conflicto visible, pues veo ahora que andaba hace tiempo a mi manera por ese camino”. [5] ¿La conversión? En cierto sentido sí, aunque no se partía de cero. La sensibilidad, la capacidad de percepción, la sólida cultura adquirida a pulso, los diferentes escenarios en que se desarrollaba su existencia, le permitían comprender cabalmente la problemática social de su tiempo, aun cuando estuviera inmerso en la literatura (o quizás por ello mismo). Y tomar partido.

Ese mismo año de 1962, su pensamiento social queda plasmado juguetonamente en su nuevo libro, Historias de cronopios y de famas, escrito según él “para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles”. Un manual de ética disfrazada por el humor y la ternura en el que se caracteriza-caricaturiza ingeniosamente a la sociedad contemporánea, que pronto se convertirá en un mito de la literatura latinoamericana. “Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días… Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados” [6]

Y es que en el mundo de Cortázar, el juego tiene un papel fundamental. Un juego de paradojas y de ironías. La actividad lúdica le sirve a los personajes de sus obras para escapar a la inseguridad, al temor ante un mundo absurdo e incomprensible en el que los peligros acechan a la vuelta de la esquina, y para burlarse de ellos y de la solemnidad con que suelen ser tratados. Y junto a la noción del juego, está presente también en sus creaciones la de la libertad, como en Rayuela -un juego de niños, por cierto-, la más ambiciosa de sus obras, contranovela de lectura variable y de indudable carácter autobiográfico que se publicará un año después, en 1963, y que representa para la prosa española lo que el Ulises de Joyce para la inglesa. En ella Cortázar identifica su sentido de la condición del hombre con su sentido de la condición del artista y denuncia exasperadamente la inautenticidad de la vida humana en ese mundo que le ha tocado vivir. Dice Oliveira, el personaje central y alter-ego del autor: “El problema está en aprender su unidad (la de la vida) sin ser un héroe, sin ser un santo, sin ser un criminal, sin ser un campeón de box, sin ser un prohombre, sin ser un pastor. Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad fuera como el vértice de un torbellino y no la sedimentación de matecito lavado y frío.”

Hasta finales de los años sesenta, Cortázar escribirá cinco libros más, entre los que destaca 62 Modelo para armar -surgido de la interminable propuesta de Rayuela-, en el que toca los límites de lo narrativo y advierte de inicio que “no serán pocos los lectores que advertirán aquí diversas transgresiones a la convención literaria”. Libro que la crítica recibe desconcertada, sin saber por donde agarrar ese clavo ardiente que el autor argentino pone en sus manos.

Vicente do Rego MonteiroLa pobreza y la desigualdad social, los contrastes tercermundistas, las miserias morales y materiales del subdesarrollo, le horrorizan para entonces cada vez más. De ello habla en una carta que le escribe a su amigo Julio Silva desde Nueva Delhi, fechada el 20 de febrero de 1968: “Sí señor; por mi boca habla la India (…) Hay momentos en que se tiene la impresión de que no queda ninguna esperanza. Basta caminar una hora por la vieja Delhi, mezclado con una muchedumbre miserable y maravillosamente bella al mismo tiempo, y sentirte asediado por nubes de niños tan parecidos a los tuyos, a todos los niños del mundo, sólo que enfermos y flacos y golpeándose el estómago con una mano mientras te tienden la otra con la frase que es como el leit motiv de todo el oriente: limosna, señor, limosna. Por ejemplo, un artículo que acabo de leer prueba que el precio de un hotel de primera clase por una habitación, equivale, diariamente, a la suma con la que seiscientas familias indias podrían alimentarse también diariamente. A nosotros nos dan noventa rupias de per diem, es decir, que recibimos diariamente para vivir una suma mayor de lo que gana un barrendero por mes, y así sucesivamente. Te señalo de paso que la mayoría de los traductores encuentran que noventa rupias diarias no alcanzan para nada. Y han protestado ya varias veces. En casa de Octavio Paz hay cinco criados: desde el vallet hasta el barrendero, y es una de las casas de residentes extranjeros donde hay menos criados, pues se habla de otras donde hay veinte […] Todo eso es parte del horror, y me mancha el viaje, la vida y el aire.” [7]

Podemos advertir en las líneas anteriores de qué manera impacta la realidad social de ese tercer mundo hambriento, degradado y miserable, a sus sentimientos y a sus pensamientos, haciéndolo asumir posiciones políticas cada vez más comprometidas. Un tercer mundo que se agita y organiza, encontrando respuestas solidarias y contestatarias en el corazón de los mismos centros de poder. Son los tiempos de la descolonización en África, en Asia y en América, de las cruentas luchas de liberación en Argel y en Vietnam, en Angola, en Kenya, en el Congo y Mozambique, por citar sólo unos cuantos países. Y de la búsqueda desesperada de alternativas para construir un mundo mejor.

El año de 1968 tendrá un hondo significado en la vida de Cortázar. Es el año del incidente prefabricado del golfo de Tonkin y la escalada brutal de la guerra de Vietnam por las fuerzas estadounidenses, que lo llevará a integrar el Tribunal Russell junto a Jean Paul Sartre y otros intelectuales comprometidos, para juzgar los crímenes de guerra del imperio. El año de los movimientos estudiantiles en el mundo, detonados por la Revolución de Mayo en París, con la que Julio se solidarizará repartiendo panfletos y discutiendo ideas como un estudiante libertario más. El año del poder negro, Stokely Carmichael, Ángela Davies, Martin Luther King, los cantos de Joan Baez en la Universidad de Berkeley, en donde enseña Marcuse, y la matanza de estudiantes mexicanos el 2 de octubre en Tlatelolco. El año de la invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas y sus aliados del Pacto de Varsovia. “Teníamos todas las respuestas, pero nos cambiaron las preguntas”, decía el graffiti en un muro del Barrio Latino.

Mario Vargas Llosa, su compañero de trabajo y aventuras en el París de aquel entonces, atribuye un cambio extraordinario en Cortázar debido al Mayo francés del 68, un cambio debido más a la ética que a la ideología, a la que siempre fue un tanto alérgico. “Se le vio entonces, en esos días tumultuosos, en las barricadas de París, repartiendo hojas volanderas de su invención, y confundido con los estudiantes que querían llevar «la imaginación al poder». Tenía cincuenta y cuatro años. Los dieciséis que le faltaba vivir sería el escritor comprometido con el socialismo, el defensor de Cuba y Nicaragua, el firmante de manifiestos y el habitué de congresos revolucionarios que fue hasta su muerte”. [8]

En 1970, Julio Cortázar viaja a Chile para asistir a la toma de posesión de Salvador Allende, que inaugura la vía democrática hacia el socialismo. Todo es esperanza en aquel momento histórico para América Latina. El canto de Violeta Parra y Víctor Jara resuena jubiloso en las alamedas de Santiago. Tres años después, el derrumbe, la debacle, el retroceso de la rueda de la historia. Cuando el golpe de estado del general Augusto Pinochet acaba con el gobierno de la Unidad Popular y con la vida del Presidente, el 11 de septiembre de 1973, Cortázar pasa a ser uno de los más activos denunciantes de la trágica situación chilena. Son los tiempos de la represión, el miedo y las oleadas de exiliados.

Poco después, al instaurarse la dictadura militar en su propia patria, a mediados de los años setenta, escribe desolado desde París las siguientes palabras: “La Argentina está cerrada para mí, sine die, y por primera vez en mi vida me siento exiliado y me duele. Antes vivía aquí porque me daba la gana, pero ahora, si los franceses se obstinan en negarme la doble nacionalidad y los gorilas de allá no me renuevan el pasaporte, andá a saber en qué circuito me tocará ingresar. No tiene otra importancia que la personal, claro, pero hace diez años hubiera sido totalmente impensable.” [9]

Vicente do Rego MonteiroAunque no era estrictamente la primera vez que se sentía así. En una carta que le había enviado en 1967 a Roberto Fernández Retamar, en respuesta a una encuesta sobre la “Situación del intelectual latinoamericano”, Cortázar se revelaba como un escritor en “auto-exilio”, que tiene que defender su compromiso con las luchas políticas latinoamericanas frente a la propia ausencia de su país. En esa misma carta, que reprodujo posteriormente en Último round, muestra la comprensión que tenía ya de la complejidad de su tarea como escritor y la responsabilidad social que ella demandaba: “No creo como pude creerlo en otro tiempo que la literatura de mera creación imaginativa baste para sentir que me he cumplido como escritor, puesto que mi noción de esa literatura ha cambiado y contiene en sí el conflicto entre la realización individual como la entendía el humanismo y la realización colectiva como la entiende el socialismo, conflicto que alcanza su expresión más desgarradora en el Marat Sade de Peter Weiss. Jamás escribiré expresamente para nadie, minorías o mayorías, y la repercusión que tengan mis libros será siempre un fenómeno accesorio y ajeno a mi tarea; y sin embargo hoy sé que escribo para, que hay intencionalidad que apunta a esa esperanza de un lector en el que reside ya la semilla del hombre futuro”.

Es indudable la deuda que Cortázar tiene con el surrealismo, que él mismo proclama en diversas ocasiones. En 1949, por ejemplo, escribe en la revista Realidad: “El vasto experimento surrealista me parece la más alta empresa del hombre contemporáneo como previsión y tentativa de un humanismo integrado. A su vez, la actitud surrealista (que tiende a la liquidación de géneros y especies) tiñe toda creación de carácter verbal y plástico, incorporándola a su movimiento de afirmación irracional.” [10] Habrá que recordar además que el epígrafe de Rayuela es el fragmento de una carta a André Breton, aquel que dijo que “para los surrealistas el hombre es un soñador definitivo”. Y no cabe duda que también exploró en los vericuetos del existencialismo -Kierkegaard, Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus…-, cuyas tesis hacían furor en los cafés del Boulevard de Saint Germain en los años cincuenta, para encontrar su camino. Son los temas de la angustia y la desolación tan vigentes en la Europa de posguerra, que él abordará con su visión de hombre del Cono Sur. Los últimos versos de su poema Negro el 10, dicen: “Empieza por no ser. Por ser no. El Caos es negro./ Como es negra la nada.”

Según el escritor y crítico literario argentino Saúl Yurkievich, uno de sus amigos más cercanos, con quien compartiera en París tiempos buenos y malos, es en su última novela, Libro de Manuel, publicada en Buenos Aires en 1973 y con la que obtuvo en Francia el Premio Medicis en 1974, en donde el pensamiento social de Cortázar se plasma sin embargo de manera más clara y convincente. Dice Yurkievich: “Por primera vez, en Libro de Manuel, Cortázar busca la convergencia del compromiso político y la escritura libérrima. Mediante una textura multiforme, hiperactiva, intenta mancomunar la chispa, lo ocurrente y lo erótico con lo histórico, lo ético y lo ideológico directamente explicitados. El divertimento alterna con la documentación, la fantasía con el alegato, la quimera con el aleccionamiento. El Libro de Manuel consigna una realidad latinoamericana pesada, oprimente, represiva, imperiosa: subdesarrollo, colonialismo, gorilato, movimientos de liberación, rebelión juvenil, guerrilla, todo transcripto y testimoniado literalmente. La macrorrealidad colectiva, la grávida (como la represión militar con tortura sistemática de alta tecnología) se entrama inextricablemente con la intrarrealidad subjetiva (vicisitudes íntimas, ilusiones, alienación, nudos, fantasmas, sombras, locuras, desmesuras). La escritura suele ser rapsódica y el arranque es un sueño […] Cortázar marca con este libro la peculiar, la poco ortodoxa tesitura de su compromiso político. A la vez, la gravitación de nuestra injusta y apremiante historia colectiva lo obligará a reconsiderar los socialismos reales. Y tratará de aceptar las coacciones de la realpolitik, el constreñimiento del mundo pragmático. Adecuará su inveterado inconformismo al cerco de las condiciones empobrecedoras, al sojuzgamiento y la expoliación de nuestras sociedades. Y militará a favor de las tentativas de cambio, pero tratando de desprejuiciarlas, de desentumecerlas, de infundirles amplitud imaginativa e inspiración utópica.” [11]

Julio Cortázar. El gran cronopio. Intelectual militante de la modernidad latinoamericana y universal desde las trincheras de la literatura. Escritor lúdico comprometido con la realidad social y sus agudas contradicciones y sus vertiginosas transformaciones. Creador situado ética, estética y políticamente en posiciones de vanguardia. Hombre que buscó siempre la verdad. Julio Cortázar, altermundista.

 

NOTAS

1. Barnet, Benedetti, Carpentier, Cortázar y otros, Literatura y Arte Nuevo en Cuba, Editorial Estela, Barcelona, 1971.
2. Harss, Luis, “Julio Cortázar o la cachetada metafísica”, en Los nuestros, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1966, pp. 262-262.
3. Ver Alain Sicard, “Julio Cortázar, entre lo fantástico y humano”, en Luisa Valenzuela, Bella Jozef, Alain Sicard, Julio Cortázar desde tres perspectivas, UNAM, UdeG, FCE, México, 2002, pp. 79-80. 
4. Carlos Fuentes, “Veinte años sin Julio”, en Revista de la Universidad de México, Nueva Época, Núm. 1, Marzo 2004, p. 11.
5. Carta a Jean Thiercelin, 2 de febrero de 1968, en Julio Cortázar, Cartas, Alfaguara, Biblioteca Cortázar, Argentina, 2000, p. 1225.
6. Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas, Alfaguara, México, 1990, p. 122. 
7. En Otra flor amarilla. Homenaje a Julio Cortázar, UNAM - UdeG - FCE, México, 2002, pp. 17-18. 
8. Mario Vargas Llosa, “La trompeta de Deyá”, Prólogo al libro Cortázar, Cuentos completos / 1, Alfaguara, Madrid, 1994, p. 21.
9. Carta a Ortega, Saignon, 1976, en “Julio Cortázar entre todos los juegos”, Revista de la Universidad de México, Nueva Época, Núm. 1, Marzo 2004.
10. Ver Bella Jozef, “Julio Cortázar. La metafísica del tango o más allá de la realidad”, en Luisa Valenzuela, Bella Jozef, Alain Sicard, Julio Cortázar desde tres perspectivas, UNAM, UdeG, FCE, México, 2002, p. 42.
11. Saúl Yurkievich, “Introducción general”, Julio Cortázar, Obras Completas I, Cuentos, Círculo de Lectores - Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003.
 

Carlos Véjar Pérez-Rubio (México, 1943). Escritor, director general de Archipiélago. Revista Cultural de Nuestra América. Ha publicado los siguientes libros: Y el perro ladra y la luna enfría. Fernando Salinas: diseño, ambiente y esperanza (1994), Plaza Cuicuilco y otros cuentos de variada intención (2001), y Utopía de cristal (2003). Contato: elaleph@archipielago.com.mx. Página ilustrada com obras do artista Vicente do Rego Monteiro (Brasil).

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