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revista
de cultura # 46 |
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Julio Cortázar, altermundista: algunas reflexiones sobre su pensamiento social Carlos Véjar Pérez-Rubio
Julio Cortázar había nacido en Bruselas, de padres
argentinos, el 26 de agosto de 1914, justo cuando recién iniciaba la
Primera Guerra Mundial. En 1918, al terminar la contienda, regresa con sus
padres a la Argentina y se instalan en Banfield (provincia de Buenos
Aires), donde transcurre su infancia, animada por lecturas de Julio Verne
(en La vuelta al día en ochenta mundos le rendirá un lúdico
homenaje) y El tesoro de la juventud, entre tantos otros libros
indispensables para los niños de la época. Al término del bachillerato,
se decide por la docencia y cursa las carreras del Magisterio y de Letras.
Muy joven fue maestro rural en las pequeñas poblaciones de la provincia
de Buenos Aires, Bolívar y Chivilcoy, en donde lee ávidamente, escribe
en algunas revistas literarias y aprovecha para perfeccionar el
conocimiento de los idiomas, que lo llevará a obtener el título de
Traductor Público Nacional, oficio que le dará de comer años después
en París, como traductor de la UNESCO. Luego de esa estancia en la pampa
se instala en Mendoza, al pie de la cordillera de los Andes, en donde
puede enseñar al fin lo que le gusta, literatura, y aprovecha para
ampliar sus relaciones sociales, cultivar una rica correspondencia y
depurar radicalmente su estilo de escribir. Poco tiempo después, en 1945,
hay una intervención fascista en la Universidad de Cuyo que lo obliga a
renunciar y regresar a Buenos Aires, en donde trabaja como gerente de la Cámara
del Libro hasta 1949. De ese periodo de su vida, que duró siete años,
dice el mismo Cortázar: “Entre los años del 37 y el 44, viví
completamente aislado y solitario. Resolví ese problema, si se puede
llamar resolverlo, gracias a una cuestión de temperamento. Siempre fui
muy metido para dentro. Vivía en pequeñas ciudades donde había muy poca
gente interesante, prácticamente nadie. Me pasaba el día en mi habitación
del hotel o en la pensión donde vivía, leyendo y estudiando. Eso me fue
útil y al mismo tiempo peligroso. Fue útil en la medida en que devoré
millares de libros. Toda la información libresca que puedo tener la fundé
en esos años. También escribí bastante, aunque publicaba muy poco. Fue
una época peligrosa en el sentido de que me quitó una buena dosis de
experiencia de vida y hasta de vitalidad.” [2] Clavada la mirada allende el Atlántico, decidido a
ampliar sus horizontes y emprender la gran aventura de su vida, se va a
París en 1951 con una beca de corta duración, a cuyo término, y después
de intentar algunos oficios pintorescos, consigue trabajo como traductor
en la UNESCO. Esto le permite radicarse permanentemente en la capital
francesa, de la que sólo hará en adelante visitas esporádicas a la
Argentina. Ese mismo año de su partida deja publicado en Buenos Aires su
primer libro de relatos, Bestiario, en el que ya se encuentran
maduros los atributos de su oficio literario. El París de posguerra con que se encuentra, y en el
que se sumergirá hasta lo más profundo, está marcado por la austeridad
económica y la tensión política y social propias de un país que había
visto destrozadas muchas de sus estructuras morales y productivas por el
conflicto bélico. Un país que, no bien terminada la Segunda Guerra
Mundial, se veía involucrado en una cruenta lucha por mantener intacto su
imperio de ultramar ante las amenazas del proceso de descolonización
desatado por los pueblos nativos. La guerra de Indochina está en la boca
de todos y hace discutir apasionadamente en los diarios y en los cafés
del Barrio Latino y Montparnasse a la intelectualidad de la época, que
emerge desconcertada de los años negros sin encontrar todavía el camino
de la luz. Es el París cosmopolita de siempre, claro, pero ahora sumido
en el debate del existencialismo y los temores de la guerra fría y la
amenaza atómica. Y de la debacle: la derrota del colonialismo francés
comienza en 1954 en Dien-bien-phu y termina en 1958 en Argel, lo que
propiciará el regreso al poder del general Charles de Gaulle. El París
del jazz de Charlie Parker y de los cantos melancólicos de Yves Montand y
Juliette Greco. Inmerso todo el tiempo que le queda libre de sus
responsabilidades con la UNESCO en la creación literaria, y luego de un
segundo libro de relatos -Las armas secretas (1959)-, Cortázar
publica en 1960 su primera novela, Los premios, una obra maestra
que contiene ya las claves originales de su mundo intelectual, fantástico
y poético. En ella revela su capacidad de subversión con respecto a la
definición de la realidad en la que está inmerso, de la que alguna vez
escribe: “La auténtica realidad es mucho más que «el contexto
socio-histórico y político», la realidad soy yo y setecientos millones
de chinos, un dentista peruano y toda la población latinoamericana, Óscar
Collazos y Australia, es decir el hombre y los hombres, cada hombre y
todos los hombres, el hombre agonista, el hombre en la espiral histórica,
el hombre sapiens y el hombre faber y el hombre ludens, el erotismo y la
responsabilidad social, el trabajo fecundo y el ocio fecundo; y por eso
una literatura que merezca su nombre es aquella que incide en el hombre
desde todos los ángulos (y no por pertenecer al tercer mundo solamente o
principalmente en el ángulo sociopolítico), que lo exalta, lo incita, lo
cambia, lo justifica, lo saca de sus casillas, lo hace más realidad, más
hombre, como Homero hizo más reales, es decir, más hombres, a los
griegos, y como Martí y Vallejo y Borges hicieron más reales, es decir más
hombres, a los latinoamericanos.” [3] “Toda esta realidad en vísperas de manifestarse
-escribe Carlos Fuentes- era la realidad revolucionaria de Cortázar. Sus
posturas políticas y su arte poético se configuran en una convicción y
ésta es que la imaginación, el arte, la forma estética, son
revolucionarias, destruyen las convenciones muertas, nos enseñan a mirar,
pensar o sentir de nuevo”. [4]
Ese mismo año de 1962, su pensamiento social queda
plasmado juguetonamente en su nuevo libro, Historias de cronopios y de
famas, escrito según él “para luchar contra el pragmatismo y la
horrible tendencia a la consecución de fines útiles”. Un manual de ética
disfrazada por el humor y la ternura en el que se caracteriza-caricaturiza
ingeniosamente a la sociedad contemporánea, que pronto se convertirá en
un mito de la literatura latinoamericana. “Cuando los cronopios cantan
sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia
se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y
pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días…
Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo
aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo
escandalizados” [6] Y es que en el mundo de Cortázar, el juego tiene un
papel fundamental. Un juego de paradojas y de ironías. La actividad lúdica
le sirve a los personajes de sus obras para escapar a la inseguridad, al
temor ante un mundo absurdo e incomprensible en el que los peligros
acechan a la vuelta de la esquina, y para burlarse de ellos y de la
solemnidad con que suelen ser tratados. Y junto a la noción del juego,
está presente también en sus creaciones la de la libertad, como en Rayuela
-un juego de niños, por cierto-, la más ambiciosa de sus obras,
contranovela de lectura variable y de indudable carácter autobiográfico
que se publicará un año después, en 1963, y que representa para la
prosa española lo que el Ulises de Joyce para la inglesa. En ella
Cortázar identifica su sentido de la condición del hombre con su sentido
de la condición del artista y denuncia exasperadamente la inautenticidad
de la vida humana en ese mundo que le ha tocado vivir. Dice Oliveira, el
personaje central y alter-ego del autor: “El problema está en aprender
su unidad (la de la vida) sin ser un héroe, sin ser un santo, sin ser un
criminal, sin ser un campeón de box, sin ser un prohombre, sin ser un
pastor. Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad fuera como
el vértice de un torbellino y no la sedimentación de matecito lavado y
frío.” Hasta finales de los años sesenta, Cortázar
escribirá cinco libros más, entre los que destaca 62 Modelo para
armar -surgido de la interminable propuesta de Rayuela-, en
el que toca los límites de lo narrativo y advierte de inicio que “no
serán pocos los lectores que advertirán aquí diversas transgresiones a
la convención literaria”. Libro que la crítica recibe desconcertada,
sin saber por donde agarrar ese clavo ardiente que el autor argentino pone
en sus manos.
Podemos advertir en las líneas anteriores de qué
manera impacta la realidad social de ese tercer mundo hambriento,
degradado y miserable, a sus sentimientos y a sus pensamientos, haciéndolo
asumir posiciones políticas cada vez más comprometidas. Un tercer mundo
que se agita y organiza, encontrando respuestas solidarias y
contestatarias en el corazón de los mismos centros de poder. Son los
tiempos de la descolonización en África, en Asia y en América, de las
cruentas luchas de liberación en Argel y en Vietnam, en Angola, en Kenya,
en el Congo y Mozambique, por citar sólo unos cuantos países. Y de la búsqueda
desesperada de alternativas para construir un mundo mejor. El año de 1968 tendrá un hondo significado en la
vida de Cortázar. Es el año del incidente prefabricado del golfo de
Tonkin y la escalada brutal de la guerra de Vietnam por las fuerzas
estadounidenses, que lo llevará a integrar el Tribunal Russell junto a
Jean Paul Sartre y otros intelectuales comprometidos, para juzgar los crímenes
de guerra del imperio. El año de los movimientos estudiantiles en el
mundo, detonados por la Revolución de Mayo en París, con la que Julio se
solidarizará repartiendo panfletos y discutiendo ideas como un estudiante
libertario más. El año del poder negro, Stokely Carmichael, Ángela
Davies, Martin Luther King, los cantos de Joan Baez en la Universidad de
Berkeley, en donde enseña Marcuse, y la matanza de estudiantes mexicanos
el 2 de octubre en Tlatelolco. El año de la invasión de Checoslovaquia
por las tropas soviéticas y sus aliados del Pacto de Varsovia. “Teníamos
todas las respuestas, pero nos cambiaron las preguntas”, decía el
graffiti en un muro del Barrio Latino. Mario Vargas Llosa, su compañero de trabajo y
aventuras en el París de aquel entonces, atribuye un cambio
extraordinario en Cortázar debido al Mayo francés del 68, un cambio
debido más a la ética que a la ideología, a la que siempre fue un tanto
alérgico. “Se le vio entonces, en esos días tumultuosos, en las
barricadas de París, repartiendo hojas volanderas de su invención, y
confundido con los estudiantes que querían llevar «la imaginación al
poder». Tenía cincuenta y cuatro años. Los dieciséis que le faltaba
vivir sería el escritor comprometido con el socialismo, el defensor de
Cuba y Nicaragua, el firmante de manifiestos y el habitué de
congresos revolucionarios que fue hasta su muerte”. [8] En 1970, Julio Cortázar viaja a Chile para asistir
a la toma de posesión de Salvador Allende, que inaugura la vía democrática
hacia el socialismo. Todo es esperanza en aquel momento histórico para América
Latina. El canto de Violeta Parra y Víctor Jara resuena jubiloso en las
alamedas de Santiago. Tres años después, el derrumbe, la debacle, el
retroceso de la rueda de la historia. Cuando el golpe de estado del
general Augusto Pinochet acaba con el gobierno de la Unidad Popular y con
la vida del Presidente, el 11 de septiembre de 1973, Cortázar pasa a ser
uno de los más activos denunciantes de la trágica situación chilena.
Son los tiempos de la represión, el miedo y las oleadas de exiliados. Poco después, al instaurarse la dictadura militar
en su propia patria, a mediados de los años setenta, escribe desolado
desde París las siguientes palabras: “La Argentina está cerrada para mí,
sine die, y por primera vez en mi vida me siento exiliado y me
duele. Antes vivía aquí porque me daba la gana, pero ahora, si los
franceses se obstinan en negarme la doble nacionalidad y los gorilas de
allá no me renuevan el pasaporte, andá a saber en qué circuito me tocará
ingresar. No tiene otra importancia que la personal, claro, pero hace diez
años hubiera sido totalmente impensable.” [9]
Es indudable la deuda que Cortázar tiene con el
surrealismo, que él mismo proclama en diversas ocasiones. En 1949, por
ejemplo, escribe en la revista Realidad: “El vasto experimento
surrealista me parece la más alta empresa del hombre contemporáneo como
previsión y tentativa de un humanismo integrado. A su vez, la actitud
surrealista (que tiende a la liquidación de géneros y especies) tiñe
toda creación de carácter verbal y plástico, incorporándola a su
movimiento de afirmación irracional.” [10] Habrá que recordar además
que el epígrafe de Rayuela es el fragmento de una carta a André
Breton, aquel que dijo que “para los surrealistas el hombre es un soñador
definitivo”. Y no cabe duda que también exploró en los vericuetos del
existencialismo -Kierkegaard, Sartre, Simone de Beauvoir, Albert
Camus…-, cuyas tesis hacían furor en los cafés del Boulevard de Saint
Germain en los años cincuenta, para encontrar su camino. Son los temas de
la angustia y la desolación tan vigentes en la Europa de posguerra, que
él abordará con su visión de hombre del Cono Sur. Los últimos versos
de su poema Negro el 10, dicen: “Empieza por no ser. Por ser no.
El Caos es negro./ Como es negra la nada.” Según el escritor y crítico literario argentino Saúl
Yurkievich, uno de sus amigos más cercanos, con quien compartiera en París
tiempos buenos y malos, es en su última novela, Libro de Manuel,
publicada en Buenos Aires en 1973 y con la que obtuvo en Francia el Premio
Medicis en 1974, en donde el pensamiento social de Cortázar se plasma sin
embargo de manera más clara y convincente. Dice Yurkievich: “Por
primera vez, en Libro de Manuel, Cortázar busca la convergencia
del compromiso político y la escritura libérrima. Mediante una textura
multiforme, hiperactiva, intenta mancomunar la chispa, lo ocurrente y lo
erótico con lo histórico, lo ético y lo ideológico directamente
explicitados. El divertimento alterna con la documentación, la fantasía
con el alegato, la quimera con el aleccionamiento. El Libro de Manuel
consigna una realidad latinoamericana pesada, oprimente, represiva,
imperiosa: subdesarrollo, colonialismo, gorilato, movimientos de liberación,
rebelión juvenil, guerrilla, todo transcripto y testimoniado
literalmente. La macrorrealidad colectiva, la grávida (como la represión
militar con tortura sistemática de alta tecnología) se entrama
inextricablemente con la intrarrealidad subjetiva (vicisitudes íntimas,
ilusiones, alienación, nudos, fantasmas, sombras, locuras, desmesuras).
La escritura suele ser rapsódica y el arranque es un sueño […] Cortázar
marca con este libro la peculiar, la poco ortodoxa tesitura de su
compromiso político. A la vez, la gravitación de nuestra injusta y
apremiante historia colectiva lo obligará a reconsiderar los socialismos
reales. Y tratará de aceptar las coacciones de la realpolitik, el
constreñimiento del mundo pragmático. Adecuará su inveterado
inconformismo al cerco de las condiciones empobrecedoras, al sojuzgamiento
y la expoliación de nuestras sociedades. Y militará a favor de las
tentativas de cambio, pero tratando de desprejuiciarlas, de
desentumecerlas, de infundirles amplitud imaginativa e inspiración utópica.”
[11] Julio Cortázar. El gran cronopio. Intelectual
militante de la modernidad latinoamericana y universal desde las
trincheras de la literatura. Escritor lúdico comprometido con la realidad
social y sus agudas contradicciones y sus vertiginosas transformaciones.
Creador situado ética, estética y políticamente en posiciones de
vanguardia. Hombre que buscó siempre la verdad. Julio Cortázar,
altermundista. NOTAS
1.
Barnet, Benedetti, Carpentier, Cortázar y otros, Literatura y Arte
Nuevo en Cuba, Editorial Estela, Barcelona, 1971. |
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Carlos Véjar Pérez-Rubio (México, 1943). Escritor, director general de Archipiélago. Revista Cultural de Nuestra América. Ha publicado los siguientes libros: Y el perro ladra y la luna enfría. Fernando Salinas: diseño, ambiente y esperanza (1994), Plaza Cuicuilco y otros cuentos de variada intención (2001), y Utopía de cristal (2003). Contato: elaleph@archipielago.com.mx. Página ilustrada com obras do artista Vicente do Rego Monteiro (Brasil). |
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