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revista
de cultura # 46 |
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Acerca de la creación literaria y artística y su importancia como vía de conocimiento Adriano Corrales Arias
Por supuesto, no dejo de lado las capacidades
creadoras del artista o escritor. Sus características emocionales, psicológicas
e intelectuales, eso que conocemos como inteligencia, sensibilidad y
talento; además de esa especie de “llamado” a la creación.
Ciertamente hay una especie de predisposición a crear en el artista y
escritor (que prefiero llamar Poeta, porque así se llamó en un
principio y su tarea es crear poesía independientemente de la forma que
adopte) en tanto “necesidad de decir”, que se le impone, como vocación
u oficio, cuando realmente la asume. Y la asume con lucidez cuando posee
los instrumentos precisos para hacerlo, además de la labor y la
disciplina que implican el hacerse de un lenguaje y un estilo.
Precisamente me interesa insistir en esa “necesidad de decir”. Hecha la digresión aclaratoria, regreso a
ello: El primer momento, característica o espacio, el Poeta (que
entiendo en extensión como intelectual, el perfecto intelectual que
trasciende las “rejillas” de la ratio occidental) lo expresa básicamente
de dos formas: la crítica visceral, ácida, profunda y lúcida de su
realidad, concentrando sus dardos en lo que lo hace sentirse desajustado,
insatisfecho e incómodo (la avaricia, la usura, la injusticia, la
violencia, el terror, el absurdo, el racismo, la estulticia, y un largo
etcétera.); y/o rescatando lo más tangiblemente humano, lo
representativo de ese margen de humanidad que nos permite aún diseñar
sueños y utopías, lo perfectiblemente propio de la condición humana (la
solidaridad, la ternura, la tolerancia, el equilibrio, la armonía, la
opción por los excluidos y el afán de lucha con y por los demás, la
misma creación estética, etc.). Debo decir que entre esas dos formas de
expresión coexisten diversas maneras de enfrentarse a la creación, las
cuales podrían considerarse como intermedias, o derivativas, de las
mismas: el arte por el arte, la evasión, la nostalgia de la naturaleza,
lo fantástico, ¿la abstracción?, ¿la ciencia ficción?, etc. Pero de
la elección de aquéllas dos grandes formas, o de sus maneras intermedias
o derivadas, se seguirá, fundamentalmente, la aparición de los
diferentes géneros artísticos y literarios, así como las múltiples
posturas existenciales, ideológicas y conceptuales de sus creadores.
Las interpretaciones históricas, políticas,
socioeconómicas, antropológicas, psicoanalíticas, estéticas, incluso
semióticas o sociocríticas, filosóficas en general, por su instrumental
o metodología racionales o racionalistas, con ese afán de cientificidad
y pertinencia epistemológica que arrastran, además de la casi
infalibilidad apoyada en las certezas de su propia mirada, no han
profundizado, hasta ahora, en esas pulsaciones, tan depuradamente, como lo
han hecho el arte y la literatura, desechando peyorativamente el mito y
los arquetipos. De
hecho, los planteamientos de la estética y las teorías literarias y del
arte no serían posibles, o carecerían de sentido, sin la misma práctica
literaria y artística. Son precisamente esas pulsaciones,
individuales y colectivas, las que definen en última instancia, la
identidad del individuo y de su comunidad, contrario a lo que han venido
sustentando el racionalismo y la metafísica. Es desde aquéllas que nos
replanteamos el ser y el estar en la cultura y con los demás. Dicho de
otro modo, es esa corriente, que es la energía vital de un pueblo, la que
nos posibilita comunicamos y modelar nuestro ser en correspondencia con la
otredad. Por eso no es casual que el Pragmatismo del filosofo
norteamericano Richard Rorty busque en la literatura las fuentes de la ética
colectiva y de la moral individual. Para las culturas periféricas de
nuestros países, esta claridad meridiana acerca de nuestro movimiento
vital, es de suma importancia para sabernos otros en la globalizante y
excluyente cultura occidental. Otros significa ser nosotros, es decir,
individuos y pueblos excluidos por el capital simbólico de occidente,
actualmente administrado por la guerrerista enseña imperial del norte,
que nos mira como su traspatio y su mercado inmediatos, jamás como
posibles interlocutores. Por ello, para buscarnos debemos abandonar sus
espejos, es decir, sus maneras de “hacer arte y filosofía”. Es hora
de volvernos hacia nosotros mismos, sin perder la mirada periférica, para
bucear en nuestra rica y plural creación artístico / literaria, desde
donde debemos revelarnos como posibilidad de cambio a través del aumento
de la imaginación y de la intensidad compartida en el viaje por la
proyección estética.
Y así como nuestra tradición intelectual no
cuenta con la rigidez y amplitud de los grandes sistemas filosóficos de
occidente, es decir europeos, habremos de constatar que la historia de
nuestro pensamiento está en las obras de los creadores artísticos y de
los escritores, nuestros Poetas, además de los intelectuales
forjadores de proyectos utópicos. Por eso la reflexión periférica debe
centrarse en las pulsaciones espirituales y emocionales (lo que Bataille
llama el ser de la intimidad dedicado a la creación de valores no
utilitarios, lo sagrado y soberano referido al quiebre de la
producción que esclaviza al ser humano) de nuestros pueblos que, ya es
tiempo de reconocerlo, no solamente tienen Historia sino Prehistoria
(precolombina) como bien lo subraya el erudito costarricense Luis Ferrero. Es urgente, entonces, acudir a las literaturas
y artes indígenas, a esas maravillas de la poesía náhuatl, por ejemplo,
con joyas tales como las del poeta príncipe Netzahualcoyotl, pero,
obviamente, sin descuidar las tradiciones de otras culturas como la china,
la mesopotámica, la egipcia, etc., así como el ancho espectro
greco-latino y judeo-cristiano conocido presuntuosamente como civilización
occidental. Ese acudir debe hacerse holísticamente, despojándonos de
antro y logocentrismos, y armados de una “arqueología” que
exhume las discontinuidades y las exclusiones a partir de una hermenéutica
que reconsidere los diversos legados artísticos y culturales de la
humanidad, así como la órbita y sus influencias en el cronotopo de su
posibilidad. Pero entonces habremos de regresar al
principio: la reconsideración del artista como Poeta: intelectual
apertrechado de una inteligencia, talento, voluntad y sensibilidad
especiales para investigar en su entorno desde otra perspectiva, hurgando
en los depósitos socioculturales y psicológicos menos frecuentados por
la ciencia, esas pulsaciones espirituales y emocionales invisibilizadas
que no han podido describirse ni clasificarse en las taxonomías de la Episteme
(pos-tardo)moderna. Para ello habrá de efectuarse una revolución
epistemológica, o una ruptura en el archivo del conocimiento occidental
(que es el que nos domina con su mirada panóptica y su disciplina
económica de la vigilancia y el castigo), de tal manera que la creación
artística y literaria ocupen el sitio que les corresponde, así como
quienes se ocupan de ello: los hacedores de obras artísticas y
literarias.
Pero, en ese otro mundo posible ¿habría
también artistas? Esos complejos y tensos momentos, características o
espacios, de insatisfacción y de ansias de inmortalidad, ¿serán
necesariamente una condición humana permanente - más allá de los
contextos socioculturales, políticos y económicos - que debe expresarse
con acuciosidad? ¿En el terreno de la Utopía también se precisará de
la Poesía? Claro que sí: el Poeta será el ciudadano común
en una sociedad liberada ya de la cadena humillante de la producción y el
consumo, pero no por insatisfacción, tedio o ansias de inmortalidad, sino
porque la necesidad de comunicación solidaria antropocósmica será tal
que su estado “natural” será el estético. Podrá, como planteó
Foucault, concebirse a sí mismo como una obra de arte. Sin embargo, mientras no convengamos en que el
arte, incluida de una vez por todas la literatura, sea la Poesía,
es la vía de conocimiento más “íntima”, es decir, integral, que
tiene el hombre a su disposición, y el Poeta el intelectual más
orgánico que podamos concebir, no podremos responder a esas dramáticas,
aparentemente tautológicas, cuestiones. Porque
el conocimiento, es decir, la Utopía, solamente encuentra sustento en el
ancho y polisémico terreno de la Poesía. |
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Adriano Corrales Arias (Costa Rica, 1958). Poeta, novelista y editor. Dirige la revista Fronteras. Ha publicado: La suerte del Andariego (Poesía, 1999), Poesía de fin de siglo: Nicaragua-Costa Rica (Antología, 2000, coantologador), y Balalaika en clave de son (Novela, 2005). Contato: cazadelpoeta@yahoo.com. Página ilustrada com obras do artista Vicente do Rego Monteiro (Brasil). |
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