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revista de cultura # 35 - fortaleza, são paulo - agosto de 2003 |
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Retrato del mecenas y el artista adolescente: el arte y la dialéctica del encargo Daniel González Dueñas
Los mecenas cambian de rostro, pero no de ideología. Ésta se basa en el
presupuesto de que todo artista joven e inexperto es un peligro en
potencia, ante todo por su energía e “ingenuidad”: cree estar
descubriendo mil mecánicas expresivas, ser capaz de sacudir las
conciencias o de reflejar la realidad como nadie lo ha hecho. Es
peligroso, pues, porque podría hacer el intento de cambiar el mundo.
Dicho de otra forma: el joven artista no representa un peligro porque vaya
a cambiar el mundo, sino porque es capaz de hacer seriamente
el intento por cambiarlo. Esa tentativa podría erigirse en
ejemplo, generar seguidores. Conviene entonces que sólo circulen
historias de quienes fallaron estrepitosamente y sufrieron hasta lo
indecible por haber hecho ese intento. El cúmulo
existente de esas historias volverá automáticamente “ingenuo” a
quien quisiera emularlas. Habrá historias de varias clases: aquellas en que los
protagonistas hayan sido ignorados o menospreciados no serán tan buscadas
como esas otras en que se les haya humillado, escarnecido, vilipendiado o
incluso lastimado; mas no recibirán tanta difusión las historias que
incluyen demencia o suicidio, puesto que no se quiere mártires. Los
mecenas son los principales fabricantes y proveedores de estas historias, y por ello
gozan al descubrir “nuevos talentos”. Su máximo placer brota cuando
el dinero determina el destino del “genio” (una
palabra que nadie como ellos usa con tan tranquila displicencia y, a
veces, con tan marcado sarcasmo). La intemporal misión de los mecenas tiene dos motivaciones primordiales.
La primera es “práctica”: el joven artista necesita “medirse” con
el medio, y el mecenas le da esa “oportunidad”. La segunda es de orden
más oculto: utilizar esa energía para realimentar los canales del poder.
No todos los artistas son Leonardo, capaz de aceptar el encargo hecho por
Ludovico “El Moro”, conde de Milán, para decorar la capilla de Santa
Maria delle Grazieque en Roma, y convertirlo en La última cena. Y
definitivamente no todos son Velázquez, capaz de transformar en Las
meninas una vaga idea de su mecenas, Felipe IV. El arte fue suntuario desde su origen como fenómeno social: la Iglesia y
el Estado lo acogieron para ilustrar sus principios y decorar sus
recintos. En el caso de la religión, sólo el arte pudo hacer que el
“vulgo”, sobrecogido, sintiera la presencia de lo divino respaldando
la estructura eclesiástica. Esto fue
cuidadosamente recogido por el Estado: sólo el arte sería capaz de
representar la fuerza de las instituciones imperiales, hacer perdurar las
conquistas, mantener incólume la jerarquía monarca-súbdito. Diego Velázquez
es el gran ejemplo del rango que en las cortes adquirió el artista, único
autorizado (aunque a regañadientes) a ascender de modo marginal en la
monolítica pirámide de la aristocracia: el artista no sería reconocido
por su “noble cuna” sino por su “dignidad intelectual”.
Y esto, que tiene toda la apariencia de “cosa del pasado”, sigue
perfectamente vigente en un tiempo en que parece lo más natural que el
artista haga lo que quiere. Nadie discute la dignidad del artista, pero a
la vez nadie repara en lo que, cada día y cada minuto, hacen con el arte
no sólo los mecenas sino el enjambre de oficiantes que rodean al mundo
artístico (distribuidores, negociantes, subastadores, representantes,
asesores, consejales, críticos, funcionarios, empresarios, en una lista
que puede prolongarse indefinidamente). Porque, hoy como ayer, de lo que se trata es de que el artista no haga
lo que quiere; se le convence de que primero le conviene “dar al público
lo que éste demanda”. Cuando tenga éxito y haya comenzado a hacerse un
“nombre”, entonces podrá realizar lo que inicialmente pretendía. El
“encargo” se le ofrece como la gran tentación: implica tener medios y
salir al mundo, pero haciendo otra cosa que difícilmente se le habría
ocurrido de propia iniciativa. Es decir que los temas no suelen estar al
arbitrio del artista, y lo que se le deja es un “margen de libertad”
(algunas veces mayor, generalmente menor), en el tratamiento de
esos temas. Puede hacer lo que quiera, siempre y cuando se cumpla
ese encargo que no nació de él pero llevará su nombre. Se trata de
domar el ego del artista novel, pero también sus ambiciones. El máximo
privilegio a que puede aspirar un artista será ascender marginalmente la
pirámide aristocrática; así, el encargo será la forma más práctica
de “domar a la fierecilla” y mostrarle lo que realmente puede
hacer con su talento. Aquellos que rechazan el encargo y se mantienen firmes en su idea
inicial, generalmente confirman el gran lema de los mecenas: “El que no
se dobla, se quiebra”. Doblarse significa ceder al aparato de
poder; el artista confía en que tiene tanta fuerza expresiva que no le
afectará usarla en un “encargo”, bajo la promesa de que, una vez
terminado éste, habrá “hecho méritos” para emprender su proyecto
personal. Por lo demás, la alternativa es aterradora: quebrarse,
quedarse sin “méritos”, sumirse en el anonimato, ser nadie oído por
nadie. Aquel que no se “doble”, o que no sea capaz de formar una
camarilla independiente que lo apoye, será ignorado. En este caso, el ego
que se negó a ser domado se reforzará en un aislamiento pleno de
amargura; algunas veces esta misma persona se convencerá de que “el
arte no era lo suyo”, o bien, incapaz de abandonar el terreno artístico,
se dedicará a una creación solitaria, orgullosa y callada, de la que difícilmente
se sabrá algún día. La historia del arte está claramente determinada por el encargo, con la
única diferencia de que en la antigüedad era una ley autoevidente,
mientras que ahora es una ley sobreentendida. El arte es desviado,
contaminado y manipulado por las grandes corrientes que siempre
tienen nombres nebulosos y a las que nadie puede realmente ubicar: “la
opinión pública”, “el gusto general”, “el espíritu de los
tiempos”… De hecho, la historia del arte es la de las tácticas y
subterfugios, más o menos efectivos, por medio de los cuales los artistas
han asumido los encargos y, “a pesar de”, han logrado vehicular sus
ideas (entre miles de ejemplos puede pensarse en Dickens y sus novelas por
entregas). Por lo general se piensa que los grandes artistas simplemente han creado
sus obras, sin importar cómo consiguieron los medios para ello. Y es que
el arte es social o no tiene repercusión, y, por tanto, para existir
depende del aparato de poder, de los mecenas que ofrecen los “medios”.
El artista puede “vehicular” todas las ideas que quiera en su obra,
pero los mecenas deciden cuáles obras vehicular y cuáles no. El mecenazgo es, como toda institución aristocrática, hereditario y
claramente monárquico en su nostalgia de otros tiempos, ese pretérito en
que no había diferencia entre arte y artesanía, esas épocas en que el
artista estaba en su lugar: no el de “figura pública” sino el
de humilde figurador de la potencia, traductor de la “lógica divina”
que rige (y justifica) los asuntos políticos, portavoz de las
instituciones que garantizan la perduración de la vida social. Quien
posee los medios podrá darse el lujo de usar el arte como ornamento de su
opulencia. De todos los territorios artísticos, el cine es el que más ha
sufrido esa dialéctica y en donde se nota más claramente la conducta
principesca de los mecenas. Y el mundo celebra esa conducta: si un
productor va a arriesgar su dinero en algo tan costoso como una película,
lo menos que se le reconoce es el derecho de imponer y determinar, esto
es, de asegurar los términos de su inversión.
Casi todos los días se generan historias menos conocidas en el mundo del
cine. Un cineasta más o menos joven (en vista de la suprema dificultad de
desarrollo, existe un convenio amable que extiende la juventud hasta los
35 o 40 años) escribe su guión y lo presenta a un productor. Éste se
horroriza al leerlo, pero intuye que el “muchacho” tiene lo que eufemísticamente
se llama “posibilidades”. Entonces le ofrece un encargo. El cineasta
puede haber recorrido infructuosamente las antesalas de numerosos
productores, y entiende que lo que éste le ofrece es una “oportunidad
irrepetible”; la tentación es grande: ser reconocido y, ante todo, la
posibilidad de dirigir, precisamente cuando casi todos sus condiscípulos
están desempleados y siguen de antesala en antesala con sus respectivos
guiones bajo el brazo. El “encargo” es algo concreto, mientras que el
proyecto personal es algo cada vez más abstracto. El cineasta en ciernes
se dice: “Muy bien, lo acepto y luego me consagro a mi proyecto
aprovechando lo que haya ganado con esto”. Una vez que acepta, ha firmado el pacto mefistofélico y se ha vuelto
parte activa de la pirámide del poder. Porque si el “encargo”
funciona, en el mejor de los casos vendrá otro, y otro más, en
tanto el “proyecto personal” espera de modo indefinido. Para entonces,
el artista se habrá acostumbrado a vivir de ese modo: cada vez será
menos “joven” (en palabras de uno de los miles de cineastas mexicanos
que han vivido esta mecánica: “Nadie puede ser una promesa toda la
vida”) y habrá encontrado la manera de justificar, ante sí mismo, el
cambio diametral que el aparato le hizo dar en su vida creativa. Así se
forman las “carreras”, así se llega a ser “director de cine”. El espectador piensa que los temas caen del cielo y que los encargados
de llevarlos a la pantalla son “los que son”. La carnicería de los
“jóvenes talentos” se mantiene en silencio, porque esa parte de la
historia a nadie le interesa. Se espera que el “genio” de los artistas
jóvenes termine casi mágicamente por imponerse, siempre bajo el tramposo
estereotipo del artista rebelde e innovador. En realidad, en esta dialéctica
todo se espera, todo tiene un lugar, todo es previsible: el artista
aceptado debe sacudir conciencias cuando ellas esperan sacudirse; se le
permite expresarse cuando tal forma de expresión está bien vista; se
espera que haga concesiones, que sea rentable y explícito, que no se
complique, que no pida peras al olmo... Bajo esta luz, cobra su sentido la frase de Louis Malle sobre
Woody Allen: “Es el único que realmente hace lo que quiere”. En
efecto, la obra de Allen marca una enorme excepción en Hollywood: es el
único cineasta que se las ha arreglado para conseguir anualmente producción
con objeto de hacer exactamente lo que quiere. Con astucia y perseverancia
(y, sobre todo gracias al juego a través del cual se ha convertido en un
personaje), Allen ha conseguido lo que fue imposible para Orson Welles
(que también jugó con transformarse en un personaje, pero a quien nunca
se le perdonó la transgresión, puesto que jamás hizo reír al aparato).
Consciente de ello, Allen declara: “No puedo imaginar que el negocio del
cine deba ser manejado de cualquier otra forma que la del director que
tiene completo control sobre sus películas. Mi situación puede ser única,
pero eso no habla bien del negocio. Mi caso no debería ser excepcional,
porque el director es el único que tiene la visión y, por tanto, es el
único que debe poner esa visión en un filme”.
Como en el Medievo, el arte sigue siendo suntuario. Los artistas son vistos como niños, necesitados de paternidades, mecenazgos, guías. No saben lo que quieren, lo que les conviene, lo que se espera de ellos. Los mecenas son los maestros en la práctica, aquellos que acomodan al artista en su lugar social, en la maquinaria de poder, en la administración del entretenimiento. Son los encargados de enseñarle, a toda costa, que el arte no cambia la vida, sino que simplemente entretiene a los vivientes. Los mecenas existen para dar “realidad” al arte, es decir, para convertir a los artistas en entretenedores y enseñarles que arte es barullo y que hay dos tipos de ruido: uno redituable, rentable, y otro que queda de fondo y no significa nada. Ambos ruidos son los que forman el “medio”. Desde tiempos remotos, los mecenas existen para matar la energía que en verdad podría cambiar al mundo. |
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Daniel González Dueñas (México) ha publicado Apuntes para un retrato de Alejandra (1987), Para reconstruir a Galatea (1989), Descaro de la máscara (1997) y La raíz eléctrica (2001). Contato: goduenas@compaq.net.mx. Página ilustrada com obras da artista Ileana Moya (Costa Rica). |