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Revista de Cultura # 16 - fortaleza, são paulo - setembro de 2001 |
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Flâneur Roberto Mascaró 1Bariloche por la noche
Los cruces fronterizos son buenos para tomar decisiones. Hay que decidirse. Situación sartreana. Por instantes envidio infinitamente a quienes nunca sienten la necesidad de decidir nada, a los que se arrollan en un rincón y hacen de cuenta que las decisiones ya están todas tomadas, o que alguien o algo las irá tomando, y así viviendo. Y también envidio a los que dejan conscientemente que las decisiones sean tomadas por el azar de lo que pasa alrededor: "las condiciones sociales", "la presión del medio", "la situación familiar y profesional", "las leyes del patrón", "el bienestar de los hijos", etc. Pero un espíritu (¿matrero, cimarrón?) que me sale del fondo me hace olvidar esa envidia, porque sé que es ilusión y que no podemos dejar que el mundo lo dominen los golems. Al pasar esta frontera voy a tomar una decisión. Al llegar a la frontera argentina, alguien decide que tenemos que descender del bus con nuestro equipaje de mano. Nuestros pasaportes fueron ya decididamente retirados por el guarda del bus. Pasamos a una sala. Un cartel en la pared: "COMBATA AL CÓLERA". Mmmm... ¿No debería poner: "COMBATA EL CÓLERA"? Un sargento joven, mestizo, acicalado, ordena en voz alta: "¡Pasajeros del bus, a este lado!", y el rebaño se acomoda en el sector que él señala. "¡Los iremos llamando por la lista!" Pasa un cabo apurado en procura de agua para el mate. El sargento comienza a llamar con petulancia y dicción exagerada: "¡Martín Riquelme!" "¡Yenni Oyarzún!" "¡María Dolores Prado Pena!", y va haciendo sonar el sello dos veces en las papeletas, y formando un rumor que alguien podría llamar una especie de ritmo, tal vez un ritmo marcial. Un soldado bosteza frente a la pantalla del ordenador. De vez en cuando se vuelve y susurra algo al sargento. Éste detiene su golpeteo mecánico, se vuelve hacia nosotros en silencio, como un conferencista hacia su público, la cabeza un poco gacha, los ojos muy abiertos, y nos escruta un poco, como diciendo "Aquí mando yo". Los rostros de algunos de los pasajeros se contraen, pero no vuela una mosca. Tal vez algunos piensen en la Escuela de Mecánica de la Armada. Nombres mal leídos en voz alta por una voz acicalada y anónima. ¿Así llamarían a los que iban a desaparecer? Recuerdo una insignia que Uruguay Cortazzo llevaba en la casaca en el año 1985: "Uruguay sin ejército". Pienso en Costa Rica y Suiza, dos países que han eliminado el ejército regular y que paradójicamente y contra todas las previsiones, jamás fueron invadidos ni tocados por los conflictos bélicos, jamás vieron sus fronteras amenazadas, es decir se han ahorrado históricamente muchísimos millones de lágrimas y de dólares. ¿Cómo es que los gobiernos del cono sur no han entendido que la única forma de poner punto final a la barbarie y a la memoria nociva de esa barbarie de las últimas décadas -las guerras fratricidas- será desmontando estos aparatos perversos llamados fuerzas armadas? Si por complejo de inferioridad no podemos mirar hacia Suiza otrora pudimos, claro que pudimos- ¿por qué no mirar hacia Costa Rica? Porque no hay olvido, claro que no hay olvido. Es necesaria una medida radical: un psicofármaco potente y decisivo, no un largo proceso de terapia que dure toda la vida del paciente. Los peligros de recaída son demasiado patentes, están demasiado a la vista.
Esta turbulencia en el vacío no tiene nada que les atraiga". La jarana nocturna -discotecas, pubs, restoranes, casinos, casinos, casinos- de Bariloche dura hasta las seis de la mañana. Imposible dormir. ¿Estaremos tan mal de la azotea los poetas? Ya decía que es bueno cruzar fronteras, transitar por ciertos bordes. Cuando cruce la frontera de vuelta, lo sé, ya habré tomado la decisión. Y tal vez, con un poco de suerte, pueda cumplir con ella. 2 Recorriendo islas, viendo el mismo mar a los lados, pasando las franjas de campo por la ventanilla de un bus, navegando en la red, vacas pastando, cada una en lo suyo, entredormido en el asiento de un avión, perdido entre los brillos del tax-free, durmiendo en hoteles pulguientos, en habitaciones ocasionales en donde reina el caos, ofrecidas con bondad filial, las pantuflas que flotan por el piso, en departamentos de paredes heladas, la caja fuerte ha sido forzada con ayuda de cómplices, "el Patito es un rechucha ´e su madre", espacios reducidos, oye niñita te voy a llevar a ver la luna pastando en el mar, nichos apenas para boquear un cacho de aire, el olor dulzón de los cadáveres, un cigarrillo que arde en la noche, suenan los grillos, una ruidosa cumbia a lo lejos, el mar masajea el oído con su rumor y letanía eternos.
dame un lugar en tu comarca, añoro Estambul, la chica aquella de Caballito, acodado en la barra del bar, el Paseo Colón, el Museo del Prado, el Prado a secas, Le Louvre, Port-Bou, la estación de Milán, la isla griega Zachintos, que una vez fue parte del reino de Odiseo. Pero la soledad misma es ficción pura. Nadie está solo nunca, ni siquiera deseándolo. Claro que el solitario elige este estado, tal vez porque busca guapear absurdamente frente a un fantasma tan poderoso, que alimentó tanto arte, tanta literatura, tanta historia. Son las diez. Todo va cerrando: hora de recogimiento. La noche de las islas, de las tierras quebradas se pone pegajosa, sucia, de un tono oscuro. Yo la amo pero. Las medidas de las veredas y de las calles y de los techos y de los alféizares y los de las cornisas y los de las vigas no son las mismas que las de otros países, pueblos y ciudades y barrios y cuadras y casas y cuartos y sillas y camas que conocí. El olor de sus calles no es el mismo que el olor de las calles de Paysandú. Aquí el chorizo uruguayo no se huele ni ha sido olido jamás. N´existe pas. Aunque sí difunda su olor en ciertas calles de Estocolmo, de Lyon. La señora de los congrios ya se fue. Y la cecina de Llanquihue sabe dulzona y se cocina al horno; rara vez a las brasas. Y el viejito del xilantro también se retiró. ¿Vivirá en Quemchi? Echo de menos al señor Montt. Tendré que ir al mercado de Angelmó (¡Ay, Angelmó, cuántos corazones yacen en tus arenas!) para verlo, blanco en canas, entonando un tango de mi flor... ¿Me sonreirá esta vez, como Esteves, sin metafísica?) Cae el frío de la noche junto al mar. El mar: monstruo que cambia de color a menudo; monstruo helado, sordo, cruel. Estoy solo. Pero esto es pura ficción, ficción pura. Ya no tengo tanto miedo de morir aquí. Es buen signo. Claro, mi corazón está dividido en partes, diseminado. Mejor así. El mundo se abre ante mí, respiro, tengo un lugar bajo el sol. Habrá que transmutarse. "¡Me transmuto, p!" "Jueee", dice Marcelo Paredes mientras retoca un cielo en su cartulina, "Qué bueno que tengamos más poetas por aquí. La poesía es la mejor cosa del mundo. Y la tejuela de alerce. Y la escama de lata".
Grados bajo cero. La población, mal iluminada, me recuerda al Montevideo de los ´70; ya no un viaje en el espacio, sino en el tiempo. ¿No es acaso el Seno de Reloncaví pariente cercano de nuestra bahía montevideana, una versión del Pacífico, de aguas jamás templadas ni cobrizas? Aquí huele a milcado y a algas y a pan de papa y a cerveza de apellido alemán y a hot-dog y a piures y a moluscos y a nescafé y a alcachofas hervidas y a tomate y a ají. Tal vez amaneceré en Bahía Expectación, o en Puerto Hambre, o en Bahía Desolada, o en Puerto Charrúa, o en Bahía Inútil, o en Golfo de Penas, o en Última Esperanza. Será seguir y seguir hacia lo austral, hacia el hielo seco y eterno de la Antártida. Sin embargo hoy vi delfines: eran tres o cuatro y avanzaban, saltando entre las olas, acompañando la marcha del transbordador que une Pargua con Chacao, en la Isla Grande del Archipiélago de Chiloé. La primavera se anuncia, sigilosamente. La soledad: un pájaro oscuro que se posa de pronto sobre el hombro; un quiltro que nos mira, detenido, jadeante, y nos retrata contra la pared de tejuelas. Pero eso es tan sólo un instante, un equívoco transitorio, como un tropiezo inesperado en los adoquines: lo demás es, en gran medida, delfines como relámpagos venciendo la corriente helada del Pacífico: la belleza del mundo. |
| Roberto Mascaró (Uruguay, 1948). Poeta, reside en Suecia. Autor de libros como Södra Korset/ Cruz del Sur (1987), Öppet fält/Campo abierto (1998) y Campo de fuego (2000). Funda y dirige en 1980 la revista Saltomortal y la editorial Siesta. En 1984 adquiere la nacionalidad sueca. Colaborador de la revista Posdata (Uruguay) y del diario sueco Sydsvenska Dagbladet. Director de la revista internacional de literatura Encuentro. Contato: mascaroroberto@hotmail.com. Página ilustrada com obras do artista Eduardo Brenes (Costa Rica). |
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