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Revista de Cultura # 15 - fortaleza, são paulo - agosto de 2001 |
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Enrique Molina y Edgar Bayley: Dos grandes poetas argentinos Jorge Ariel Madrazo En Edgar Bayley bulle una constante: la celebración del amor a la vida como un motor esencial aunque ceñido, austero; múltiple y gozoso y circunscrito a la vez. Una fuerza fundadora que se valida al nombrar -resignificándolos- seres y objetos merecedores del más jocundo invencionismo, muchas veces en inédita yuxtaposición ("Nada más que una piedra / nada menos // Una mesa / un paraguas una / pequeña ardilla muy pequeña / y un sombrero..." // O bien, el tono seudo-coloquial, distorsionado hacia otra lógica y hacia la sutil ruptura de los nexos habituales: "Con desatino y mucha persistencia, / sigo esperando no sé qué / ni a quién / en esta esquina; / quizás lo sé, / mas no espero en verdad / y seriamente. / Estoy fingiendo / y me quedo / por quedarme: / Mi sola / solución / es la partida.". En Molina palpita la asunción de todas las volcánicas pasiones terrestres, el vértigo de Dionisos como raíz ontológica primordial. Si Bayley es capaz de revelar la trascendencia de una ¿simple? jarra de vidrio verde rota cuyos pedazos yacían ignorados en el jardín ("una jarra de vidrio verde / es todo lo que tengo / la conozco bien / por una vez / los dos / nos comprendemos / en el reposo de ser / cada uno / por su lado"), Molina desnuda la trascendencia y el desafío tantálico del planeta y de cuanto palpita prohijado por el mar -ese mar que, por años, supo atravesar como marinero raso en barcos mercantes-, de bares y trópicos calcinados por el sol, de la mujer universal que es deidad pagana, fuente de todo lo germinativo y a veces súcuba sin rostro, oscura e inmóvil: "Oh bellos dientes de los demonios que amo! Un sol de mujer / que se evade hasta la raíz de su sangre / rozando con su cuerpo todas las hojas del verano / todas las plumas/ de la locura todos los gallos decapitados bajo el filo de / su presencia... // Y, más adelante: "Criaturas cuya piedad nos exalta como una hostia violada / cuya ternura nos enardece como el escorpión en su círculo de / fuego". En tanto que para el fáustico Molina (1910-1996) el mundo puede ser no sólo tantálico simo también "talismánico", ya que cualquiera de sus fragmentos puede emanar el poder, el contagioso vozarrón de Bayley (1919-1990) nos enseña que toda experiencia poética pivotea entre dos polos o estados de conciencia que se nutren mutuamente: el alerta y la inocencia. La palabra del poeta surgiría de la magnética y dialéctica interacción entre ambos estados, a través de la mayor apertura posible hacia las incitaciones del mundo; adoptando, a la vez, una sabia distancia a fin de elaborar con el mayor rigor esa experiencia poética intransferible. Molina o el deslumbramiento del deseo
Su infancia lo llevó a la provincia de Misiones, una franja de tierra coloradísima y tropical donde "me maravillé ante hormigas, árboles, aves no existentes, una diminuta calavera de pájaro desenterrada en el jardín". Muchos años más tarde arriesgaría, asombrado y con su voz suave: "Las gaviotas tienen alma, son espíritus. La gaviota es el vínculo entre la tierra y el mar". Era en vísperas de publicar su poemario El ala de la gaviota (1989), donde dentro del trasfondo mágico de una realidad siempre oculta, el poeta también inventariaba objetos más prójimos y concretos. Con ello, retomaba una de sus líneas poéticas que no cesaban de alternarse y convivir en su obra. Lo había señalado ya el mismo Paz al comentar Amantes Antípodas, de 1961, cuando destacó que en muchos de esos poemas "la mirada del poeta se detiene no ya para transformar al objeto, sino para penetrarlo". A esta segunda manera ("menos fantástica pero no menos imaginativa", al decir de Paz), perteneció asimismo el que iba a ser su poema más emblemático y famoso, "Alta marea". En El ala de la gaviota, el poema "Momento de Lectura" también ejemplifica esta cotidianeidad maravillada: "Ha llegado la noche, la casa se balancea suavemente / en el vapor que asciende de la tierra. / Hay libros y música aquí, / plegarias inverosímiles, bebidas / que centellean en la sombra / para iluminar el follaje de regiones cálidas / muebles sigilosos a punto de huir...", un anclaje verbal más cotidiano aunque sin abandonar el inconfundible encadenamiento moliniano de imágenes exaltatorias y oníricas: cada poema de Molina, en su crescendo, finge hasta cierto momento querer ceñirse a un discurso poético discernible, o incluso cuasi lineal, y de pronto transita hacia otro andarivel, y otro, y otro; las imágenes manan rojamente, en espléndida y caótica catarata, cada una desde las entrañas de su predecesora, todas ellas tan errantes y fosforescentes como el deseo.
No se vuelve, no, aun cuando sea cierto que "la mestiza de cobrizas mejillas, ignorante y sagrada, / soltó su cabellera caliente en los bordes del mundo". Como Borges, Molina también tuvo responsabilidades en una biblioteca, y durante el último tiempo vivió en el Palermo borgiano. Fue, acaso, el único vínculo con el genial autor de El Aleph de este creador estrechamente ligado al surrealismo (a un surrealismo visceral, profundamente americano y concepción total y vital del hombre-en-libertad, nunca mera escuela literaria) y profusamente editado en Francia y Bélgica. En efecto, juntamente con el poeta y también luchador en favor de la-alta-poesía-que-quema Aldo Pellegrini, E.M. había fundado en 1952 la revista A partir de Cero. En 1973 publicó su única novela, Una sombra donde sueña Camila O´Gorman, uno de los textos más originales de los años 70 que revivió el célebre episodio de aquella joven de familia acomodada que en 1848, bajo el régimen ferozmente autoritario de Juan Manuel de Rosas, huye con un sacerdote, su amante. Como recuerda Molina en las palabras liminares: "Rosas, en el apogeo de su poder, ordena la cacería de los fugitivos. Se los detiene y, con inexplicable ferocidad, decreta su muerte... Ante ese acto inhumano y arbitrario, Camila (ya embarazada, y que por eso antes de morir debe ingerir agua bendita), cuyo propio padre reclama a Rosas un castigo ejemplar por el horrendo escándalo, asume todas las aspiraciones de la poesía". Con Camila..., Molina intentó mostrar que "la historia humana no es más que el caso particular de otra escena más desarrollada, más ambigua, más onírica y más vasta: la poesía". Antes y después de esta crucial novela lírica había surgido el corpus poético de Molina, que abarca Las cosas y el delirio (1941), Pasiones terrestres (1946), Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951), Amantes antípodas (1961), Fuego libre (1962), Las bellas furias (1966), Monzón napalm (1968, sobre la guerra genocida de Vietnam), Los últimos soles (1980), El ala de la gaviota (1989), Hacia una isla incierta (1992) y El adiós (póstumo, 1997). Que incluyó además una notable -aunque casi secreta- trayectoria como pintor y autor de collages colmados de símbolos, misterio, carga erótica. En todas esas facetas, palpita el gran poeta "tendido en la hierba, / solitario de nacimiento, / pensando en su risa, lejos de la salvación eterna". Bayley: "Reinventar el mundo"
Brasil le proveyó personajes de una picaresca indeleble, como esa bella camarera a la que consagró su relato Aracy recorta los himnos y su pieza teatral Dulioto; o como el fullero doctor Tulipán, acaso un pariente lejano del Doctor Pi Torrendell que recorre algunas de las páginas -en prosa- más desopilantemente absurdas de Bayley. En Chile pudo tratar a Vicente Huidobro y entregarle el número uno -y último- de Arturo, la revista que sería punta de lanza del movimiento Invencionista, tributario en buena medida del mismo Huidobro y de Pierre Reverdy (al margen del enfrentamiento entre ambos por la paternidad del Creacionismo). Y, es claro, del amado Apollinaire. En 1945, Bayley integra el grupo Arte Concreto-Invención, publica Invención II; co-dirige luego con Juan-Jacobo Bajarlía la revista Contemporánea. El año 1949 ve nacer su primer poemario: En común. Otros hitos fundamentales de aquella etapa que lo tuvo como continuador de los grandes vanguardistas del 20 -entre ellos, su amigo Oliverio Girondo- fueron su activísima participación en el grupo-revista Poesía Buenos Aires (1950-60, cuya alma mater era el poeta Raúl Gustavo Aguirre), su papel como animador de Zona donde coincidió con Francisco Urondo, Noé Jitrik y César Fernández Moreno, y la aparición del primero de sus muy influyentes ensayos: Realidad interna y función de la poesía.
Porque, Bayley enseñó para siempre, "la poesía no es discurso lógico, ni es solamente lamento, confidencia o efusión. El trabajo del poeta descansa en un reconocimiento y una asunción del territorio que le pertenece. Están el sueño, los otros hombres, las cosas. La capacidad, por una parte, de negar toda salida en éste o en cualquier mundo, de rechazar los valores y la ideología del conformismo y el miedo; de asumir, hasta sus últimas consecuencias, la rebeldía y la desesperación; y, por otra parte, la voluntad de no disolver la propia voz en el desprecio y la agresividad, de afirmar una difícil esperanza, un modo de estar entre los hombres y las cosas...". Esperanza, claridad, amor... la erudición en Bayley jamás da frutos amañados o sujetos a fórmulas. El lo dijo muy bien: "El artista (y el poeta) se encuentra solo, a la intemperie, sin más compañía posible que ese sí mismo cuya revelación aguarda en plena vigilia, acosado por la incertidumbre (...) Cada obra es una apuesta, un salto mortal, la sombra del sueño y del deseo, de la lucidez y la solvencia. No es un abandono, una facilidad; es una conjugación de la alarma y la esperanza, del desencanto y la realidad resignificada. Es la plenitud de un instante". |
| Jorge Ariel Madrazo (Argentina, 1931). Poeta, ficcionista, tradutor e ensaísta. Tem publicado livros como Espejos y destierros (1982), Testimonios de fin de milenio. Conversaciones com Elizabeth Azcona Cranwell (1998) e Para amar a una deidad (1998). Página ilustrada com obras da fotógrafa Lucy Barbosa (Brasil). Contato: arielmadrazo@ciudad.com.ar. |
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